¿Qué arte? Discursos sin fronteras?
© Soledad Álvarez
Texto extraído ¿Qué arte? Discurso sin fonteras La exposición.
En el marco de las actividades organizadas para conmemorar el IV centenario de la Universidad de Oviedo, la exposición ¿Qué arte? Discursos sin fronteras constituye una propuesta cultural que refleja la proyección de la institución en la sociedad más allá de lo académico, así como la visión de fututo que orienta toda su actividad.
¿Qué arte? Discursos sin fronteras pretende aproximar al públicola producción más reciente de los jóvenes creadores que desarrollan su actividad en Asturias y constituye por ello una muestra verdaderamente novedosa. No pretendo afirmar que se trate de la primera exposición dedicada al arte joven en nuestra región. Pero sí debo destacar que, salvo las muestras anuales de Arte Joven, organizadas por la Consejería de la Juventud, apenas han existido en Asturias exposiciones de ofrezcan visiones de conjunto, aunque sí se hayan celebrado algunas monográficas de artistas o de lenguajes específicos.
La novedad de esta muestra reside en que la selección de obras y de artistas se ha realizado con la intención de que queden recogidos los diferentes comportamientos y discursos creativos del arte actual, y en que, además, dichos comportamientos y discursos se muestren en espacios habitualmente dedicados a artistas y tendencias que ya forman parte de la historia del arte, aunque se trate de la historia más reciente. En efecto, los espacios del Edificio Histórico de la Universidad de Oviedo y de la sala del Banco Herrero, entidades que organizan la muestra junto con la Consejería de Cultura y Turismo del Principado, acogen ahora la actividad de los creadores más jóvenes, y respaldan, de este modo, sus propuestas.
Los espacios expositivos son amplios y, por tanto, la muestra extensa y bien nutrida de obras, que, salvo excepciones, han sido realizadas para la ocasión. Y en este punto nos hallamos ante otro aspecto digno de destacar: los artistas han realizado sus creaciones teniendo en cuenta el lugar en que éstas iban a ser ubicadas, de modo que el factor espacial ha sido determinante en su configuración al formar parte como elemento activo de un buen número de las creaciones expuestas, según se comentará más adelante. Pero además, en varios casos, las obras han sido realizadas directamente in situ, identificándose la materialización del proceso creativo con el montaje de la exposición.
Dentro del Edificio Histórico, la exposición desborda lo que es la sala de exposiciones para ocupar también el patio, el claustro alto y el aula 4. Los artistas que han ocupado dichos espacios han tenido que hacer frente a un reto importante: establecer un diálogo con un medio cargado de fuerza, expresividad e historia, y hacerlo, además, con las limitaciones que impone cualquier actuación en un edificio histórico. Es decir, han tenido que prescindir de cualquier intervención directa sobre su estructura, de tal manera que ha sido preciso crear elementos sustitutivos del pavimento y de los muros cuando las actuaciones artísticas requerían un soporte de ese tipo.
Esos condicionantes no han impedido el diálogo entre las obras y el edificio, con el que las relaciones establecidas han resultado de naturaleza muy diversa. Coexisten soluciones conciliadoras entre obra y espacio a través de propuestas conceptuales o a través de soluciones estrictamente estéticas; pero también se aprecia una relación dialéctica con el medio a través de propuestas aparentemente distantes por su soporte tecnológico de la historia que entraña el edificio, aunque, por otra parte, dicho soporte constituya una herramienta básica del funcionamiento de la institución. El diálogo estético, es decir, la adecuación de forma y proporción existe en todos los casos. Pero además se ha buscado en determinadas creaciones un diálogo semántico que puede basarse en la evocación del pasado, en la introspección personal o en la comunicación social, con todo lo que suponen de análisis y reflexión, en las vivencias más íntimas o en la aportación de sugerencias y de soluciones para alcanzar nuevas realidades, aspectos estos en los que insistiré al analizar las obras.
En la sala del Banco Herrero la situación ha sido diferente. El espacio de la sala está concebido expresamente para exposiciones y, por lo tanto, es un espacio neutro, sin protagonismo propio, salvo el impuesto por el propio trazado de su planta y los tres ámbitos diferenciados que se generan. En este sentido, los artistas que muestran allí su obra han actuado de forma más libre, sin condicionamientos visuales ni semánticos, y sin limitaciones para actuar directamente en sobre los muros.
En ambos ámbitos expositivos, esta muestra persigue similares objetivos. Pretende reflejar las transformaciones experimentadas por el arte en la sociedad actual; intenta ilustrar las múltiples vías y estrategias que siguen los jóvenes creadores al enfrentarse al hecho artístico y busca contribuir al mejor conocimiento de esas opciones orientando las miradas y enriqueciendo las lecturas.
En ese sentido, los contenidos de la muestra constituyen un magnífico exponente de la diversidad de comportamientos y de discursos del arte actual. Son productos artísticos de difícil clasificación dentro de las disciplinas artísticas tradicionales. Obras que participan del mestizaje característico del arte de las últimas décadas, con actitudes transgresoras en el concepto, las técnicas, la estética, la exposición al público y, en ocasiones, en su propio carácter efímero, que es opuesto a la idea de permanencia asignado a la obra de arte.
Se trata de cuadros que devienen en libro, de pinturas que hacen guiños al graffiti y a la poesía visual, de composiciones de color ejecutadas con diversas técnicas y soportes que se salen del plano bidimensional o que se complementan con otros elementos volumétricos y/o aparatos mecánicos. De intervenciones gráficas aplicadas directamente sobre el muro, que desaparecerán con la exposición. De instalaciones en las que tan importante como los elementos creados por el artista es el diálogo establecido con el espacio en que se ubican, como la instalación escultórica del patio del Edificio Histórico, que sólo tiene sentido en ese ámbito y en torno a la figura de Fernando de Valdés. Y también de instalaciones multimedia, que proyectan imágenes con intención estética y/o conceptual, en las que los aparatos tecnológicos también desempeñan una función plástica en la ocupación y redefinición del espacio junto a objetos comunes, que, descontextualizados en ocasiones, se instalan reforzando el sentido discursivo de la obra (pupitres, mapas, etc. del aula 4) , o, sin prescindir de su función original, se integran como mero soporte de los elementos significantes, pero valorando aún así su potencial morfológico, como en el caso de la mesa integrada en la instalación multimedia del patio.
Junto a esos productos caracterizados por la hibridación y el mestizaje, por la versatilidad y la permeabilidad de materiales y de técnicas, la pintura-pintura también está presente, como lo estará siempre dentro del panorama artístico, pero representada por lenguajes expresivos de gran originalidad en sus imágenes, formatos y soluciones, así como en su presentación y configuración formal. Y lo mismo se puede decir de la fotografía, que refleja la pluralidad de miradas de sus autores y da cuenta de las infinitas posibilidades a las que está abierto el lenguaje fotográfico en el momento actual.
Resumiendo, se trata de una muestra que trata de recoger las múltiples modalidades expresivas del arte joven de Asturias, que pretende mostrar su diversidad icónica, técnica y formal e ilustrar a través de todo ello la absoluta libertad que rige los comportamientos creativos de los artistas actuales en su intento de franquear fronteras, de explorar nuevos territorios y de ampliar el horizonte de la creación artística. De una muestra que emociona con obras intimistas y delicadas, que provoca con propuestas heterodoxas, que hace pensar con discursos conceptuales, que hace gozar con soluciones formales de gran fuerza, expresividad o sutileza, de una muestra, en fin, que nunca dejará indiferente al espectador, al que se proponen múltiples itinerarios que recorrer y otros tantos universos creativos para explorar.
Los artistas y sus lenguajes
Aunque los artistas de la exposición sean tema específico de otro texto del catálogo, deseo hacer una breve referencia a ellos en esta introducción a la muestra. Ya se ha dicho que se trata de jóvenes creadores; jóvenes por edad y por comportamiento ante el arte, pero que no por ello carecen de una trayectoria que los avale, ya que en su mayor parte han nacido en la década de los setenta.
En ¿Qué arte? Discursos sin fronteras están representados 21 artistas y dos colectivos de dos artistas cada uno. Por lo tanto es una muestra integrada por 23 firmas y 25 creadores, casi todos multidisciplinares y conocedores de diversas especialidades y lenguajes.
Existen entre ellos, no obstante, creadores que han manifestado desde los inicios de su trayectoria una clara preferencia por un lenguaje artístico concreto. Es el caso de las pintoras Chechu Álava y Adriana Rodríguez, de los fotógrafos Noé Baranda, Tomás Miñambres y Juan José Pulgar, de la grabadora Fernanda Álvarez, del colectivo de escultura integrado por Mercedes Cano/ Antonio Sobrino y del colectivo Fiumfoto, integrado por Cristina de Silva y Nacho de la Vega, especializado en la videocreación y el multimedia. Y con su personal y abierta aproximación a dichos lenguajes están representados en la exposición.
Pero no es extraño que buena parte de los creadores actuales practiquen diferentes modalidades de expresión. Como Pablo Armesto y Laura Blanco, que exploran las posibilidades del grabado y la escultura; Marta Fermín, Jacobo de la Peña (Israel) y Daniel Jove, centrados en el grabado y la pintura, vertientes a las que Angélica García y María Mieres suman también una experiencia con el espacio; Rebeca Menéndez, que ensaya con la pintura y la fotografía; Sandra Sarasola que se mueve en el mundo del grabado y la ilustración, lo mismo que Rocío Pinín, que también ensaya en el campo de la poesía visual.
Las obras que representan a estos creadores en ¿Qué arte? Discursos sin fronteras pertenecen a alguna de sus vertientes creativas, como la pintura de Angélica García, Marta Fermín, María Mieres y Jacobo de la Peña (Israel), a la que Daniel Jove suma además un libro de artista; la escultura de Laura Blanco y los trabajos fotográficos de Rebeca Menéndez. Pero también encontramos representando a algunos de ellos trabajos más transversales, como la instalación escultórica de Pablo Armesto, la gráfica y sonora de Sandra Sarasola y la multimedia de Rocío Pinín.
Aunque la multidisciplinariedad puede enunciarse como rasgo común a la práctica totalidad de los integrantes de la exposición, los artistas aún no mencionados han de ser entendidos dentro de esa constante en el sentido más amplio del término. Es el caso de Isabel Cuadrado, que ahora muestra una instalación fotográfica y de Avelino Sala, que ha realizado para esta ocasión una intervención gráfica. Y lo mismo se puede decir de Gema Ramos, Jaime Rodríguez y Paco Nadie, que exponen unas instalaciones multimedia que suponen la incorporación de nuevas tecnologías, como ya lo habían hecho para expresar sus discursos Fiumfoto y Rocío Pinín.
Veintitrés propuestas y otros tantos comportamientos y discursos, que, no obstante, persiguen un objetivo común: la aproximación del arte a la vida, eliminando barreras y acortando la distancia establecida entre ambos, y con tal fin, abriendo y ampliando los horizontes en los que explorar, ahora tan amplios como la propia realidad.
Las obras y los espacios
Se ha comentado con anterioridad que las obras expuestas son de creación reciente, y en no pocos casos han sido realizadas para el espacio o en el espacio de exposición, que, así intervenido estética y conceptualmente, provocará en el visitante una nueva experiencia del lugar. Por ello, el análisis de las obras ha de realizarse dentro del contexto espacial que las acoge y el orden a seguir en este texto será el del propio itinerario de la muestra.
Edificio Histórico
Tres intervenciones de diferente naturaleza redefinen estéticamente el patio del Edificio Histórico. Una instalación escultórica ocupa su centro en torno a la estatua del fundador, Fernando de Valdés; una propuesta multimedia se ubica en las proximidades de la puerta de la capilla en el lado este, mientras que algunas columnas del lado oeste presentan una intervención gráfica que marca el recorrido hacia el pasillo que comunica con el patio de Isabel II.
La instalación escultórica Hoguera (2008) es obra del grupo formado por Mercedes Cano/Antonio Sobrino, creadores que cuentan ya con una dilatada trayectoria en el campo de la escultura y que, sin renunciar a las más novedosas estrategias, presentan como cualidad destacable el perfecto dominio de la técnica del hierro. Y con apoyo en ese dominio han trabajado directamente en el centro del patio para configurar una instalación de formas tubulares de hierro, soldadas a chapas dispuestas sobre el pavimento que posteriormente se cubrieron con escoria del mismo metal. Los módulos tubulares emergen del fondo de mineral quemado con ondulaciones cargadas de significados, e imponen una fuerte presencia plástica en el patio, estableciendo un nuevo discurso artístico en él, tanto en el plano estético como en el connotativo. Se trata de una obra efímera, que desaparecerá con la exposición. Aunque sus elementos de hierro puedan ser reutilizados en otras creaciones, nunca en otro lugar tendrán la formalización que aquí han adquirido para establecer la interacción semántica con la figura de Valdés Salas y con los antiguos muros del edificio. Y sobre esa interacción semántica han reflexionado los artistas en un texto que creo interesante reproducir:
“Cuando nos propusieron intervenir en el patio del Claustro, estaba claro que el lugar era imponente, pero la posibilidad de articular una obra con la estatua del fundador y que dialogara con el espacio, resultaba complicada. Sometidos a la presencia de Valdés, nuestras posturas parecían irreconciliables. Después de muchas vueltas -al patio y a la cabeza- decidimos rodearle, envolverle, aprovecharle. Ya no sería Él contra nosotros, con su mirada censora contemplándonos desde su pedestal. Nos ensalzaríamos mutuamente. Ver al inquisidor resurgir de las cenizas, era demasiado tentador.
La primera impresión, sería una venganza estética, un acto de justicia plástica con el fundador de la Universidad, por que también fue Inquisidor General, persiguió y castigó la disidencia cultural, moral y por supuesto religiosa. Probablemente se merezca ese fuego purificador, pero no somos verdugos sino escultores y expresamos a través de esta obra nuestra idea de lo que es la Universidad: un cuerpo central, sólido, imperturbable, con la estatua de Valdés como símbolo de la Institución que vela y cultiva el saber durante siglos, pero rodeada por un cerco de fuego, por siluetas de hierro que son alegoría de las llamas del conocimiento y no de la ira. Hoguera es la representación del deseo de saber y de la voluntad de enseñar, que son el principio de la Universidad.
Es un acto de reflexión sobre la independencia y sobre la ambivalencia de esta institución que, por una parte es el gran armario de la cultura del pasado y por otra, foco y germen de la vanguardia y el progreso bien entendido”.
También en el patio, en su crujía oriental, Jaime Rodríguez presenta una instalación multimedia integrada por tres piezas interrelacionadas: Sinapsis (2007), Dar el paso (Sinapsis III) (2007-2008) y ¡No tocar! Dar el salto (2008). La primera ofrece una propuesta digital interactiva que, además, establece una relación directa con los muros del edificio, en los que se proyecta. La segunda también reclama la intervención del espectador, aunque prescindiendo del apoyo tecnológico y recurriendo a soportes (poliéster, papel, metal, madera, etc.), técnicas (grafito, gouache, acrílico y collage) y objetos diversos (molde de pie, rotuladores, fotocopias, enganches, etc.) que dispone sobre una antigua mesa de despacho universitario, ahora extraída de su contexto y función habituales para desempeñar por deseo del artista un nuevo cometido plástico. Entre ambas creaciones, ¡No tocar¡ dar el salto (2008) es una intervención pictórica de pequeño formado y presentada sobre caballete, que viene a establecer un puente entre las propuestas anteriores, puente discursivo por sus iconos y concepto, y, en este caso, no interactivo. .
Dentro de la amplitud de estrategias ofrecidas por Jaime Rodríguez, en las que como se puede apreciar ahora se recurre a los más dispares lenguajes y a las nuevas tecnologías para indagar nuevas formas de expresión, existe una preocupación constante por la comunicación. Los guiños realizados al espectador para hacerle cómplice de la obra pueden partir del manejo de programas informáticos, que tratan de romper las barreras entre lo real y lo virtual, o de propuestas de intervención directa con soportes y medios más tradicionales, como los de instalados sobre la mesa, que invitar a enriquecer visualmente la obra para romper, en términos del propio artista, el “mito de separación” entre obra de arte y espectador. Similar discurso encontramos en Dar el salto (Sinapsis II) (2007) que ocupa el espacio de la sala de exposiciones con sus cuatro módulos cúbicos de cartón reciclado, ensamblados a modo de columna e intervenidos con técnica mixta en sus superficies para definir todo un repertorio icónico común a las piezas del patio y dotado de similar discurso conceptual que ellas.
Esta pieza constituye la única con volumen que se muestra en la sala, dedicada en esta exposición a las creaciones pictóricas. En ella, Angélica García interviene los muros con Caminos interrumpidos (2008) y un conjunto de cuadros de pequeño formato que traducen las estrategias creativas de la pintora en el plano técnico y en el conceptual, que en su obra están muy interrelacionados. Así, con el apoyo de mallas metálicas y tarlatanas, la pintora da origen a veladuras y tapados y crea diferentes planos que rompen con el concepto bidimensional del lienzo y se liberan de la tiranía del marco para expandirse hacia fuera. Desprovisto así de su condición de límite, el marco alcanza en la obra de Angélica un valor plástico puro y con diferentes formalizaciones y tamaños se superpone a los restantes componentes de la obra para establecer con ellos un diálogo compositivo y cromático. Las búsquedas y los resultados, los hallazgos y soluciones casuales en la formalización de la obra, traducen plásticamente un mundo de experiencias y de vivencias, de caminos recorridos y por recorrer, de verdades desveladas, de secretos escondidos y de significados ocultos, y todo ello con la mancha de color, el elemento que implica permanencia en el cuadro, y el trazo de la línea, con todo lo que supone de movimiento, como herramientas fundamentales del lenguaje.
Bien diferente es la opción pictórica de Jacobo de la Peña (Israel) que en la composición creada para esta ocasión, un díptico de original montaje vertical, da cuenta de la depuración alcanzada en su pintura y del equilibrio conceptual que la genera. La huella secuencial, de formas geométricas y gran esencialidad, que a modo de celdas surca con diferente protagonismo e intensidad la superficie de color, genera un icono que en el plano plástico introduce ritmo, armonía y orden compositivo y en el conceptual nos remite a la reflexión sobre la evolución, el cambio y los procesos relacionados con el tiempo, el espacio y la luz. Por su parte, María Mieres traduce en Los pájaros de Amadeus (2008) las sensaciones y sentimientos que ha generado en ella la música de Mozart a través de seis obras de pequeño y variado formato, que integran en la exposición dos composiciones diferenciadas. Ese punto de partida tiene consecuencias en un resultado pictórico de gran fuerza expresiva, que con sus manchas de fuerte colorido y su impronta dinámica, evoca toda la libertad que impulsa el vuelo de los pájaros. Pájaros, como la propia pintora indica, que han de poblar la cabeza de los grandes genios, pero que también representan metafóricamente la libertad y la frescura de la música. Frente a estas obras, las que presenta Marta Fermín, ofrecen una nueva versión del posicionamiento de la artista ante la naturaleza y los procesos temporales. Son dos cuadros de gran formato que pertenecen a la serie Naturaleza sin fronteras (2008), que, con el apoyo fundamental del color, entendido como elemento vivo del discurso plástico, del gesto procesual de la pintora y de unos fondos de gran limpieza y luminosidad, aportan una personal visión del mundo que la rodea. Marta Fermín crea y recrea en ellos unas naturalezas pensadas y vividas, que suponen la apertura sin límites del concepto y de la imagen de lo natural, únicamente mediados por los recuerdos, las vivencias y los sueños que las hayan podido generar.
Completa la sala la intervención gráfica y sonora Origen. Cuenco (2008) de Sandra Sarasola, artista que parte de estrategias creativas abiertas a los más diversos recursos técnicos y materiales. Tabla de madera, cuerpo volumétrico de metacrilato y reproductor de sonido constituyen los soportes intervenidos con una actuación gráfica sobre el plano, más sugerida que expresada, de mínimas proporciones y formas germinales, que se complementa con las hojas y tallos naturales protegidos por el metacrilato y con los latidos de un corazón que emite el reproductor. La reflexión sobre el origen, la germinación, la explosión de la vida, el latido, la permanencia y la contingencia, se entiende como la propuesta conceptual de esta pieza, que, además, hace también pensar en términos plásticos sobre la esencialidad de la materia y de la forma y sobre la amplitud de vías de expresión a las que está abierto el arte actual.
En el patio del edificio Histórico se inicia también la intervención gráfica de Fernanda Álvarez, que se imprime sobre algunas columnas del lado oeste para desde allí marcar el itinerario hacia el pasillo de tránsito entre los dos patios universitarios. Frágil (2008) parte de la estampación directa sobre las columnas y los muros de monotipos sobre papel. En ellos, con un lenguaje plástico de gran delicadeza y un repertorio icónico aparentemente idílico, la artista plantea temas que siempre la han interesado y preocupado, temas que surgen de sus vivencias personales y de todo un imaginario femenino, temas que muestran un entorno amable, próximo, cálido, cargado de belleza, pero dotado en el fondo de una carga de incertidumbre y misterio, de inseguridad y crueldad. En un paisaje floral, que se graba fragmentado sobre los muros con evidente intención semántica, como también ocurre con su monocromía, se mueve con forzado equilibrio la silueta de una niña. Una niña feliz en un medio amable, en el que no obstante ha de permanecer en equilibrio, ha de encajar y hacerse un hueco, salvando la fragilidad, el engaño e incluso la perversidad que la rodea.
Los lenguajes y estrategias presentados en torno al patio del Edificio Histórico de la Universidad se enriquecen con la videoinstalación que ocupa el aula 4. Homo-videns, la vuelta al cole (2008) ofrece una mirada crítica de la sociedad actual, “teledirigida”, en términos de los artistas, y de ciertos valores que le han sido impuestos desde determinados sectores del poder. Cristina de Silva y Nacho de la Vega, autores de esta creación e integrantes de Fiumfoto, recurren para traducir ese planteamiento a una instalación multimedia que recrea con el ingenio que caracteriza a estos creadores una escuela antigua, que pone en evidencia a través de sus materiales didácticos y de sus lemas morales el cambio habido en materia de educación y de conducta. La instalación recrea la escuela de entonces con el encerado, un pupitre y la mesa de profesor, con mapas, esquemas de anatomía y materiales didácticos diversos, con dos figuras de escolares vestidos con el característico mandilón, e incluso con el sonido de las voces y gritos infantiles en los tiempos de recreo. Pero tan importante como la recreación es en esta obra la evocación, la presencia de la ausencia que nos habla de un tiempo pasado por medio de los espacios intencionadamente vacíos que debieron ocupar los restantes pupitres, unos huecos perfectamente señalados y ordenados sobre el suelo, lo mismo que la cancha deportiva pintada en la zona de recreo. La propuesta de Fiumfoto no alcanzaría toda la carga expresiva y conceptual sin el apoyo en las nuevas tecnologías, campo en el que se han especializado sus autores, pero lo novedoso en este caso es el modo de incorporarlas a la obra: proyectando lemas morales sobre el encerado y abriendo las cabezas de los escolares, aquí sustituidas por pequeños monitores, al mundo escolar y familiar recreado.
La exposición se completa en el claustro alto con las propuestas de fotografía realizadas por cuatro artistas. Se trata de cuatro propuestas diferenciadas que dan cuenta de la buena situación que atraviesa dicho lenguaje en Asturias en el momento actual, así como de la diversidad de miradas de los artistas para presentar lo íntimo y lo ajeno, el presente y el pasado, la realidad y la ficción. Desde la mirada introspectiva hacia el mundo femenino de Rebeca Menéndez, que en las dos obras de la exposición (Sin título, 2007) da cuenta nuevamente de su singular estilo elegante y ampuloso en la escenografía, refinado en la imagen, cuidado hasta el extremo en la forma y angustioso en su mensaje. Hasta la lectura crítica de la realidad que presenta Noé Baranda en su Casa de Fieras (2008), serie de seis fotografías que enfrentan el mundo real con un bestiario de juguete para hablarnos, en términos de su autor, de un mundo de plástico, de una sociedad de plástico, de un planeta tierra envasado al vacío, de un mundo globalizado en la era del parque temático. Un mundo que parte de la realidad, pero también del subconsciente, para plantear situaciones imaginarias de naturaleza estrictamente artística.
Las series de Juan José Pulgar Puntos de vista I y II, integradas por 5 y 6 fotografías, respectivamente, introducen al espectador en otro tipo de reflexiones y de miradas. Las fotografías recogen en ambos casos imágenes actuales del puerto de Gijón, El Musel, y del Edificio Histórico de la Universidad de Oviedo; imágenes en color, que es como vemos la realidad que nos circunda, pero entre ellas, una fotografía en cada serie, en blanco y negro, recoge momentos trágicos acontecidos en esos ámbitos en el pasado. Son imágenes que se hacen eco de la memoria del lugar, de las gentes que huyeron desde Gijón de las tropas franquistas, de los estragos causados en el edificio y la institución académica en octubre de 1934, imágenes duras, que se enfrentan a la serenidad surcada de huellas de las actuales, para constituir un escenario compartido por el pasado y el presente, entre los que media una distancia que va más allá de lo temporal y muestra de forma cruda el abismo existente entre la guerra y la paz.
Tomás Miñambres es un creador que en el mundo de la fotografía ha demostrado especial interés por adentrarse en el análisis de la relación del se humano con su medio y con su tiempo. En este caso, a través de las cuatro obras ahora expuestas del año 2007, desarrolla una reflexión sobre el diálogo del hombre con un entorno natural, donde la figura solitaria se enfrenta a todo el enigma que entraña un medio lleno de fuerza y de vida, un medio que cambia, que envuelve, que condiciona. Pero también se adentra en otro tema que implica la relación con un entorno más próximo, en el que la sensación de aislamiento, de soledad, de refugio en el propio yo frente al otro toma cuerpo en figuras infantiles, distantes en cuanto a expresión o en cuanto a posición de toda aquello que las rodea y del espectador que las observa.
Sala del Banco Herrero
Como en los espacios del edificio Histórico, en la sala del Banco Herrero la obra expuesta recoge una representación de las diversas poéticas y discursos que practican los diez creadores allí representados. Con ellas, se intervienen los muros de la sala y se ocupan sus espacios, pero también se rompen los límites físicos de éstos mediante la apertura a otros mundos virtuales. En los muros, la pintura, la fotografía, las intervenciones gráficas y los monitores con imágenes abren al espectador nuevos itinerarios que recorrer entre lo recreado y lo inventado, lo vivido y lo soñado, lo aceptado y lo combatido, lo aprendido y lo desconocido.
Las propuestas de las pintoras Chechu Álava y Adriana Rodríguez introducen al espectador en ese universo caracterizado por la diversidad. Los cuadros Fontainebleau y Le Déjeneur sur L´herbe (2005-2006), y Lago (2006) de la primera artista evocan en sus títulos, lo mismo que en sus iconos, la capacidad del arte actual para apropiarse del legado del pasado y crear a partir del él nuevos discursos. La pintora rinde homenaje de este modo a un pasado pictórico que necesita mirar, un pasado que la introduce en los géneros del paisaje y del retrato, que le habla del romanticismo, del impresionismo o del expresionismo, que la transporta a Velásquez y a Goya, a Giorgione, Tiziano y Manet, a Friedrich y Munch, y que la ha inclinado a decantarse de forma decidida por la pintura y a explorar con el color y el dibujo, con la forma y los fondos, con la composición, la figura y la luz.
Frente a estos cuadros, la exposición presenta una opción pictórica bien diferenciada, TENTENpié (2008), en la que Adriana Rodríguez reflexiona sobre la actualidad de la pintura, sobre su sentido, su función, su discurso, su independencia de la tiranía del mercado. Y en este sentido, la obra es tan actual como que ha sido ejecutada directamente sobre el muro de la sala para la ocasión, estando por ello libre de las imposiciones mercantilistas, orientada a un espectador que debe pensar, que debe leer los mensajes emitidos por los textos pintados junto a las imágenes siguiendo una estética próxima a los graffiti. Textos espontáneos, que informan de lo que siente y piensa la autora en el mismo momento de la acción artística, y que junto a la acumulación de 65 cuadros y cajas que completan la obra, transmiten una singular reflexión sobre la pintura, sobre la caída del lienzo y la búsqueda de una nueva sujeción.
También de pintura habla Daniel Jove a través de sus tres obras de 2007, dos cuadros y un libro de artista. Los primeros, plantean una indagación puramente plástica con la arena, que en ellos es al mismo tiempo soporte material y tema de la composición. El resultado plástico, sutil y delicado, da cabida a múltiples opciones y miradas, desde el ensayo formal de los agujeros negros hasta el temático de los posibles paisajes que han proporcionado el material. Paisajes de arena convertidos en microlugares, que en la tercera obra, un libro de artista, se adaptan a la forma volumétrica del libro para reproducir la profundidad del horizonte, representado en papel super alfa mediante la impresión digital, el collage y, de nuevo, la arena. Paisaje abierto y micropaisajes que en la obra de Daniel Jove dan cuenta de las preocupaciones medioambientales que fundamentan su ideario.
Más transversales son las propuestas realizadas sobre el muro por Isabel Cuadrado y Avelino Sala. Islas pasajeras (2006-2007) es una composición fotográfica de 15 piezas que transgrede lo que habitualmente entendemos por esa forma de expresión y da cuenta de la capacidad de la artista para expresarse con diferentes medios. Isabel Cuadrado fragmenta la imagen y la interviene con color, la proyecta sobre un fondo de espejo, la delimita con un marco, la distribuye irregularmente por el muro para dar origen a una composición que varía en cada montaje y que ofrece al visitante unas creaciones que engañan, que son fotografía al mismo tiempo que pintura y que, además, tienen mucho de instalación al asumir reflejado como imagen el propio espacio expositivo. La obra invita a disfrutar con la impresión permanente del cielo y del mar, pero también con la efímera composición que genera la proyección de la sala en el espejo que nos introduce en un mundo de representación, pero también de cambios e imaginación.
Avelino Sala es habitual que nos sorprenda con un discurso renovado en cada exposición, y así ocurre en este caso con Imperial Mcdonald (2008), creación gráfica sobre papel directamente adherido al muro de la sala e intervenida con pintura en una segunda fase del proceso. Las grandes dimensiones, que invaden la práctica totalidad del muro, la monocromía a base de negro, la imagen del águila, el letrero grandilocuente dorado, imponen una presencia aplastante sólo capaz de competir en la muestra con la instalación contigua de Pablo Armesto. Presencia impositiva que desasosiega al espectador y traduce plásticamente con crudeza e ironía el papel en el mundo actual del poder desde la política, la economía o la publicidad a través de la imagen imperialista del águila, que se nos muestra aquí intencionadamente ambigua en toda su amplitud de significados al tiempo que cargada de fuerza visual y de expresividad.
En la ocupación física del espacio también encontramos comportamientos variados, que comprenden desde la escultura de Laura Blanco a la escultura instalación de Pablo Armesto o la instalación multimedia de Gema Ramos. La Escultura móvil XVII (2008) de Laura Blanco es una perfecta muestra de la aproximación de la artista al mundo tridimensional de la escultura desde la ligereza y la liviandad de los materiales y la delicadeza de la forma, antes dibujada y sugerida que conformada volumétricamente. Como buena parte de la producción de su autora, esta escultura representa sensaciones antes que realidades, aunque en su origen se encuentre la observación del entorno natural, de la superficie del agua y de la luz reflejada en ella. Pero en el resultado plástico final se evitan las evidencias y se incorpora el discurso de la materia y el diálogo de ésta con la escultora en el proceso de ejecución, se evita la rigidez de un orden preconcebido y se deja un lugar al azar, y, siempre, se establece el vínculo con el entorno, con el medio que acoge la escultura, medio que la transforma al generar nuevas formas visuales con la incidencia de la luz y del movimiento, y que se ve intervenido estéticamente con su volumen y las sombras que proyecta.
Y frente a la liviandad de la escultura de Laura Blanco, la contundencia de la de Pablo Armesto, Atabasar (2008), una instalación escultórica y lumínica que condiciona plásticamente todo su entorno. Y al hablar de contundencia no me refiero solamente a presencia volumétrica, que la tiene, sino también a toda la carga metafórica que implican los elementos y procesos seguidos en la ejecución de la obra. Se trata de un cebatu, pieza de la cultura tradicional de Asturias trenzada con madera de avellano, que incorpora en su interior una luz eléctrica. Esa unión resume el binomio tradición y modernidad, pero además, hace alusión al evento conmemorado en 2008 en la Universidad de Oviedo: su fundación. A través del elemento tradicional se rememora la larga andadura de 400 años de historia de la institución; con la luz el conocimiento que en ella se genera; conocimiento que no tiene freno en su difusión, proyectándose hacia el exterior como lo hace la luz a través de la trama perimetral del cebatu para intervenir los muros y espacio de su entorno.
Por su parte, Gema Ramos presenta en la muestra dos creaciones: la instalación Nourishing Ability (2004-2008) y la vídeo-performance Odio el Arte (2007), esta última realizada en colaboración con su hermano Luis. Ambas creaciones responden a similar actitud de explorar las posibilidades expresivas y discursivas de múltiples recursos objetuales e icónicos. En esta ocasión, a través de sus personales imágenes-objeto, juega a trucar el espacio y la realidad con imágenes fotográficas recortadas y mediatizadas por objetos relacionados con su imaginario, dando origen a un lenguaje conceptual, sugerente y complejo. La referencia a lo personal, a lo femenino, a las relaciones de todo tipo, de complicidad, de amor, de odio, de aceptación, de rechazo, la reflexión sobre el cuerpo y el espacio, están en el sustrato de esa producción, en la que la figura de mujer, en ocasiones a partir de la estética del fragmento y del recorte, se presenta como imagen extraña con todo su objetuario simbólico, y otras veces, como en Odio el arte, a través de la acción directa del propio cuerpo, narra con apasionamiento todo tipo de emociones provocadas por la vida y por el arte.
De las posibilidades de la aplicación tecnológica a la creación artística da cuenta en esta sala el espacio dedicado a las obras de Paco Nadie y Rocío Pinín. Horizonte de sucesos (2008) es una videoinstalación presentada como díptico en dos monitores que hacen una propuesta conceptual y virtual de aproximación a lo interior a través del agujero y de la luz. El límite entre la forma definida por la luz, o lo que es lo mismo en este caso, luz entendida como materia, y un interior de estructura y contenido desconocidos, un agujero negro, que se muestra como punto de no retorno, plantean problemáticas ya abordadas en anteriores creaciones de este artista, como la identidad y la extinción a través de un lenguaje conceptual hermético en sus ideas y en sus imágenes.
Por vías muy distintas se adentra Rocío Pinín en la reflexión sobre la identidad y la capacidad de relación desde la perspectiva del propio yo. En la proyección A solas (2007) figura y poesía visual se alían con el movimiento para articular una narración sobre la vida y su discurso, sobre los encuentros y los desencuentros, la soledad y la amistad, sobre el cambio y la permanencia con el lenguaje poético e intimista que caracteriza toda la producción de esta polifacética artista.
Estos jóvenes artistas no son los únicos que trabajan actualmente en Asturias. Las limitaciones físicas del espacio expositivo han impedido incluir otros nombres dignos de estar aquí representados. No obstante, los autores y las obras de ¿Qué arte? Discursos sin fronteras ofrecen un muestrario suficientemente amplio para abrir las miradas del público a la imaginación, originalidad y diversidad de los comportamientos y lenguajes creativos del arte actual.
Memoria fotográfica de Asturias
Antonio Alonso de la Torre García
Diseño, política y nuevas industrias
Material Beliefs mezcla biología, diseño y tecnología en nuevos objetos
Dialéctica del mundo imposible
¿Qué se hizo del capitalismo cognitivo?
Antonio Alonso de la Torre García
Hugo Fontela. “Revillagigedo star”
Evocaciones del paisaje crepuscular
Ars Electronica. Experimentos creativos
Los paisajes de Carlos Suárez o como respirar una profunda melancolía
Avelino Sala, el enemigo interior
El compromiso con las metáforas
Javier Riera, más allá del paisaje
Antonio Alonso de la Torre García
Adolfo Manzano, el hogar como frontera
Antonio Alonso de la Torre García
Museos: ¿Agentes de cambio o de inmovilismo?
Construir una mirada diferente
Antonio Alonso de la Torre García
La esperanza y el vacío.[Consideraciones mínimas sobre la obra de Carlos Suárez].
La vida como trauma de la naturaleza
El libro de viaje de Jaime Rodríguez o el emocionario plástico y pictórico de un relato en imágenes
La apropiación de la inocencia
Sala de Control. Activismo e Institución
Gijón una instalación multimedia del creador Pablo de Soto
Antonio Alonso de la Torre García
Con dudas pero con desesperanza
Emergentes. Más allá de Frida y más acá del vídeo.
Signos de la Ciudad. Señas de identidad
Un creador de su medio y de su tiempo
Laboratorio de sensaciones electrónicas
El reglamento de las Exposiciones: El jurado
Arte y ciencia del comportamiento
Antonio Alonso de la Torre García
Pintutras de Vicente Pastor con coda para dos instalaciones
Bienal de la Carbonera:todo invita al pesimismo
Bienal de La Carbonera: todo invita al pesimismo
¿Qué es Arte? Intervención y estudio sobre Pintura Rápida
Espacio y Juicio. Sobre la IX Convocatoria de "Un espacio en un espejo"
Antonio Alonso de la Torre García
Pinacoteca y cine Felgueroso, puntales del arte visual
Arenas Movedizas, Cimientos sólidos.
Ni bueno, ni bonito, ni barato
Laboral: «Extensiones-Anclajes», ¿síntoma o diagnóstico?
Arte Público. Barrio del Carmen
Sala Lai, una ventana desde Asturias al arte actual
Textual: la multiformidad como obra de arte
Lo más intimo de la Naturaleza
Antonio Alonso de la Torre García
Enrique Álvarez de Celis expone en la Casa de Cultura de Avilés su último trabajo: “Lo que veo”
Antonio Alonso de la Torre García
Antonio Alonso de la Torre García
Antonio Alonso de la Torre García
Laboral, un centro de arte y tecnología
Una lúcida y arriesgada propuesta conceptual en la 52º edición de la Bienal de Venecia
Bernardo Sanjurjo, forma y poesía
Antonio Alonso de la Torre García