BENJAMÍN MENÉNDEZ Y EL HUMO DE LAS CHIMENEAS
© Ramón Rodríguez
Texto publicado en el catalogo “Aviles. Benjamín Menéndez”. 2005
Hay artistas cuyo lugar de nacimiento va a influirles a lo largo de toda su trayectoria y va a predisponerles en la realización de sus obras; Benjamín Menéndez, nacido en 1963 en el Avilés de los primeros años tras la llegada de la gran industria recibirá los hálitos de toda una educación tan sensitiva como sentimental que se traducirá en su mayor filón temático, tanto en lo objetual como en lo conceptual. No resulta nada complicado rastrear toda esa serie de experiencias que van siendo cada vez más en número y, en cada nuevo proyecto, más elaboradas y mejor resueltas. Unas veces con la obviedad de la transcripción de la realidad que siempre contempló desde sus sucesivas viviendas –que siempre le permitieron ver desde las ventanas, como observador privilegiado, todo cuanto bueno y malo ocurría- y en otras ocasiones penetrando en la historia a través de narraciones interiorizadas que concluyen en experiencias ajenas filtradas por la suya propia. A lo largo del tiempo, de una manera paradójicamente antitética, ha ido construyendo desde el fragmento y reconstruyendo desde el todo; ha inventado historias desde hechos históricos y, desde luego, ha sabido crear una poética en la que el humo de las chimeneas de la gran fábrica, a cuya sombra nació y vivió, más que unas columnas de vapor son el pretexto para componer un discurso cada vez más coherente y, no cabe duda, obsesivamente repetido aún en etapas aparentemente distantes de esa temática.
Benjamín Menéndez, tras escarceos infantiles en la Escuela de Artes y Oficios de su ciudad natal, llevará a cabo estudios de diseño gráfico en la Escuela de Artes Aplicadas de Oviedo y los complementará con los de cerámica en distintos talleres, especialmente en el de Daniel Gutiérrez, un ceramista que, como el propio Benjamín, muy pronto entenderá que el barro es un soporte válido pero al que hay que poner en consonancia con otros elementos para sacarle toda su potencialidad expresiva. Estos planteamientos se pondrán de manifiesto ya desde su primera muestra individual –convengamos que importante- que celebrará en 1986 en el Museo/Escuela Municipal de Cerámica de Avilés. En ella, bajo el título Fragmentos de una naturaleza, contraponía elementos “naturales” con otros “artificiales” o, según sus propias palabras, lo dado por la naturaleza y lo hecho por el hombre. En esencia, trataba de descontextualizar las funcionalidades de los objetos cerámicos –elementales por otra parte al ser conseguidos por placas que se transforman en estructuras más complejas- de las planchas de hierro y de otros elementos como la arena y las limaduras de hierro que hacían de hilo conductor de la totalidad de las piezas expuestas y que las ponían en relación con el espacio circundante. Casi veinte años después puede decirse que aquella exposición, contrariamente a lo que ocurre con otros artistas primerizos, marcó el inicio de un camino tan ascendente como congruente y del que el artista no se ha apartado por más que haya trabajado con las técnicas más diversas.
Una de esas técnicas, la pintura, le ocupará en sus siguientes apariciones públicas y lo hará desde unas ausencias temporales del paisaje de chimeneas –quizá buscando una depuración- y acercándose a otros más límpidos y brillantes. Chile, Ibiza y Marruecos serán los lugares en los que se impregnará, como antes lo hicieran los impresionistas y los postimpresionistas, de nuevas sensaciones cromáticas y luminosas y de algo que podría definirse como la llamada del sur. En la Escuela de Artes Aplicadas de Ibiza expondrá Infinito, una pintura “sin fin” de más de cincuenta metros que ocupa perimetralmente las paredes de la galería y de la ciudad marroquí de Essaouira se traerá, además de ese impulso que podría llamarse africanidad –que será otra de las líneas en las que posteriormente se moverá su producción pictórica- el concepto de la eterna disyuntiva espacio/tiempo que se traducirá en la primera de sus instalaciones: Frontera/Sensación, mostrada en el centro de Cultura Huerta de la Salud de Madrid y en la Iglesia de las Francesas de Valladolid. La instalación era la transposición de lo aprehendido en Essaouira y, como ya escribí en 1993, un viaje ritual y fronterizo entre el sur de Europa y el norte de África, un encuentro entre dos religiones y un choque entre cálidos ritos tradicionales y fríos procedimientos tecnológicos.
En el mismo año expondrá en la Biblioteca Municipal de Piedras Blancas una serie de pinturas realizadas en Essaouira a lo largo de los años 1989 y 1990, con la que inaugurará una vía a la que regresará frecuentemente por medio de dibujos, monotipos y collages plenos de color que, en sucesivos momentos, ya realiza desde ese lugar inabarcable que se llama memoria. Como todo artista inquieto también sentirá la llamada de la gran urbe y Madrid será el lugar de una larga estancia, marcada por cortos regresos a su villa natal, escasamente fructífera en su recorrido profesional y que se interrumpe a mediados de la década de los años 90 con lo que parece ser la vuelta definitiva a los humos. Esas ausencias, curiosamente, le forman, pero también le impiden ser más conocido en Asturias al no ser habitual de los espacios expositivos ni figurar en colectivas de importancia como podrían ser las Bienales de Oviedo.
No obstante conseguirá ser seleccionado, entre otros jóvenes creadores, para la convocatoria 1994 de la muestra De lo nuevo, organizada por Cajastur en la que ya podrá observarse, nítidamente, su eclecticismo material y procedimental, su tendencia a la modulación de elementos y también su inequívoca vocación de artista multidisciplinar. Y sin solución de continuidad, en la colectiva Asturias: Escultores de cinco décadas, en la que se reafirmará en los planteamientos antes citados. En esta exposición, que se mostraría en distintos lugares de Asturias y en las salas de exposiciones temporales del Museo de Arte Contemporáneo de Madrid, Benjamín Menéndez introduce ya de manera concluyente elementos cerámicos o paracerámicos de manufactura industrial, a los que despoja de su utilidad funcional originaria y a los que dispone en acumulaciones modulares que pueden variar en función del espacio disponible. En aquel momento, sin olvidarse de su formación artesanal, reivindica la utilización del objeto encontrado y, de nuevo e insistentemente, la categorización de la cerámica como arte mayor.
Los siguientes años, ya establecido de nuevo en Avilés, serán de una constante e imparable carrera creativa en la que sabrá ir alternando pintura, instalación y creación escultórica. Con ello, se reafirmará en sus planteamientos de artista polifacético y diverso pero no disperso. Su pintura ocupará los espacios de las galerías Altamira, en Gijón, y Amaga, en Avilés, en cuyas paredes cuelga la muestra titulada Recorrido industrial, con la que regresa, mediante paisajes resueltamente apaisados, a aquello que le sirvió de origen: la industria que tiene cerca, los colores sombríos y, otra vez con sus palabras, “la plasmación de lo que llevo viendo desde mi infancia”.
En el terreno de las instalaciones, siempre con elementos comunes a todas ellas pero sin repetirse en ninguna de ellas, inicia una carrera tan desenfrenada como, no podía ser de otra forma tratándose de Benjamín Menéndez, reflexiva. En el Centro de Cultura Antiguo Instituto de Gijón montará su Ciclo de la materia: Creación, Devastación, una intervención en el espacio tratando de redefinir espacialmente una sala que, hasta ese momento, casi siempre albergaba manifestaciones más tradicionales. Otra vez elementos tomados de la manufactura cerámica industrial -piezas refractarias para hornos, crisoles, bolas de molino...- además de otros elaborados por el propio artista, serán los objetos de los que se valga, además de paneles traslucidos, iluminaciones y espacios visibles pero inaccesibles para el espectador que, hasta llegar a ese muro había podido alterar el “orden” dispuesto en origen por el creador y modificado por cada nuevo visitante. Todo conforma un “homenaje a la industria refractaria, a la revalorización del viejo sabor industrial”.
Estamos en 1996 y ese mismo año interviene en el espacio del Centro de Escultura Museo Antón de Candás con la instalación Barreras del Norte en la que repite la utilización de objetos cerámicos industriales, las bolas de porcelana realizadas por él mismo y el concepto de universo representado por las esferas que soportan muros que se abren ¿o se cierran? dejando ver parte de la instalación o, por el contrario ocluyéndola casi por completo y prolongando el espacio a través de las mirillas que conforman los orificios de descarga de los ladrillos o los resquicios que dejan entre sí. Y sin cambiar de año, en ese “tour de force” que se ha impuesto, ahora es el Museo Bartola de Gijón quien recibe una exposición de sus obras escultóricas que hacen escribir a Javier Barón que “en esas ideas antitéticas que el artista glosa subyace, seguramente, la conciencia de la irreversible destrucción del paisaje industrial avilesino por el desmantelamiento de sus fábricas; destrucción de un mundo cuyo surgimiento, a su vez, había supuesto el final de otro…”. En efecto, muchas de las piezas expuestas se nutren de elementos provenientes de esas ruinas en que se van transformando las otrora productivas fábricas renovando el eterno ciclo creación/ destrucción siempre presente en su obra.
Su participación en 1997 en la exposición 10 x 10, 10 años de arte emergente en Asturias va a confirmarle como valor a tener en cuenta en el campo de la instalación al ser uno de los cinco artistas seleccionados en tal especialidad, mientras que en 1998 una nueva convocatoria colectiva devuelve sus piezas, en esta ocasión unas grandes esferas colgadas de cables de acero, al Museo Barjola en la exposición De Regreso en la que estuvieron representados todos los escultores asturianos que hasta ese momento habían expuesto individualmente en el museo gijonés.
Comienza a continuación un periplo fuera de Asturias asistiendo al 2º Simpósio de Escultura em Terracota celebrado en la localidad portuguesa de Montemor-o-Novo realizando allí dos piezas compuestas por varios elementos e incidiendo en las formas del cono y de la esfera, geometrías que permanecen presentes a lo largo de su trayectoria, bien como partes modeladas o moldeadas por él mismo –como es el caso presente- bien recuperándolos de manufacturas preexistentes. Y en 1999 será el Horno de la Ciudadela de Pamplona quien acoja la instalación Tierra, tierra que viene a ser la primera síntesis a gran escala de todo su recorrido anterior; en ella, junto a la propia estructura de la cúpula del horno conformada por ladrillos, uno de los elementos constructivos preferidos por el artista, había pintura, cerámica, elementos naturales como sal y semillas, además de todo un juego de conceptos en los que lo germinativo adquiría una gran importancia. Tras tantos años utilizando la tierra quiso rendirle un homenaje y hasta reinventar aquella parte de la narración bíblica en la que el hombre es creado del barro, hombre al que en esta instalación introduce de nuevo en la tierra de la que surgió. Poco después, en los años 2000 y 2001, volverá a asomarse al exterior con sendas exposiciones en la Galería Bacelos de Vigo y en la muestra El sentido de la vista itinerante en la Universidad del País Vasco y en la Casa Duró de Mieres.
La explosión final de esta etapa, ya válida para abrirse al nuevo milenio que acababa de comenzar, lo constituirá un nuevo canto al fundamento nuclear de toda su obra: la industria; o, como en el presente caso, lo que resta de ella. El Centro de Escultura Museo Antón de Candás le sirvió de ámbito físico en el que volcar su cuaderno de notas, un cuaderno que había comenzado a escribir, como ya queda expresado, desde sus primeros años infantiles en el Poblado de Llaranes, a la sombra de las altas chimeneas de ENSIDESA. La instalación Caja de herramientas estaba compuesta por diez piezas individuales que se fundían en un todo para retrotraer la memoria de lo que había sido la gran empresa siderúrgica mediante la exhibición de materiales de todo tipo salvados de la destrucción a la que estaban condenados, proyecciones del derribo de las chimeneas, reproducciones de las duchas como metáfora de fin de jornada laboral, tapas de registro de alcantarillas, fotografías y un sin número de elementos que se convirtieron en arqueología de la memoria antes de serlo materialmente. No exenta de cierta polémica al invadir el espacio urbano circundante al Museo con la pieza titulada Farolas -que no era más que un inocente apunte de los prostíbulos que proliferaron en Avilés en los primeros momentos del gran éxodo que provocó la llamada de la industria- la exposición constituyó un aviso de que algo se estaba perdiendo y, como bien apuntó Jaime Luís Martín, fue Benjamín Menéndez quien “se convirtió en espectador privilegiado de la degradación de la industria asturiana, uno de cuyos máximos exponentes, ENSIDESA, ha podido seguir con espíritu de fedatario, interrogando, desde una preocupación personal y artística, su persistente deterioro…”. Con esta instalación formula, inequívocamente, una denuncia personal de lo que no supo o no quiso hacer quien debiera haberlo hecho para conservar algo que era nuestra propia historia.
Como le ocurre a todo creador, como le ocurre a toda época artística, a momentos de convulsión sucederán otros de sosiego. Sin querer olvidar su faceta multidisciplinar se verá impelido a una etapa en la que la pintura se erigirá de nuevo en protagonista; y tras lo sombrío, restallará el cromatismo apresado en aquellos sures de antaño para iluminar, eso sí, las mismas estructuras fabriles de siempre que, en esos momentos, son tratadas como los paisajes de Essaouira y aquellos otros acuáticos en los que aflora un Benjamín neorromántico que creemos descubrir tras los collages de papel seda que, como si de veladuras pictóricas se tratasen, ocultaban hasta ese preciso instante una dicción tierna y apasionada. Así fue la exposición de 2002 en la galería Nogal de Oviedo y otra, El color de la seda, más lírica en su temática y presentada en 2003 en la galería Altamira de Gijón. Entre ambas, La argamasa de la ciencia, una nueva exposición en la que se conjugaban esculturas e instalación, en la Posada del Potro en Córdoba y en la que el crítico cordobés Jesús Alcaide descubre un Benjamín “paseante por los derribos recuperando elementos y utensilios del ajuar industrial como si de piezas utilitarias de la antigüedad clásica se tratara. Ambos son vestigios de un tiempo, ambos tienen sobre la epidermis el tatuaje de un momento y una época, ambos llevan la pátina de la historia sobre sus cuerpos…”
Distintas muestras colectivas, de innegable interés, requirieron su participación; desde Confluencias 2002. La escultura asturiana hoy, expuesta en el patio del edificio histórico de la Universidad de Oviedo, a La Industria en el Arte en el centro Municipal de Arte y Exposiciones de Avilés, pasando por Ochobre, 34 artistes, 14 díes de Revolución en la Casa Duró de Mieres, Blanc et Bleu en la Galerie des Franciscains de Saint-Nazaire y participaciones en Artransmedia 2002 de la Fundación Danae en Universidad Laboral de Gijón y en la Exposición Internacional de Cerámica “Desde la Posada del Potro” itinerante por España. En el año 2003 se hará merecedor de uno de los premios de mayor prestigio de cuantos se celebran en Asturias, ya que con una pintura titulada Memoria, muy en su línea cromática y planteamientos formales habituales, se alzará con el Premio de la Junta General del Principado de Asturias en su tercera convocatoria.
Y a no olvidar su aportación a Otro lugar de encuentros, Proyecto de Arte Público para el que creó El vientre de la vida,
una escultura arquitectónica dentro de la Capilla de los Castro en el Santuario de la Peregrina, en Grajal de Campos (León), en forma de torre helicoidal, construida con ladrillos y en la que propuso un diálogo de culturas, de materiales y hasta de contenedores y contenidos tal como se formulaba conceptualmente en el proyecto general en el que participaron varios artistas y que aludía, claramente, a una serie de trabajos de Eduardo Chillida. Según Javier Hernando la pieza era “conciliación y réplica simultánea y también e este caso la unión del artificio arquitectónico con la naturaleza, como una prolongación de de ésta última en aquél”. En esa torre volverá a introducir, por si no hubiese símbología suficiente del envolvente ciclo vida/muerte, las semillas que iban germinando en los diferentes pisos de la construcción.
La vocación urbana de la obra de Benjamín Menéndez queda demostrada cuando al echar la vista atrás nos encontramos con una amplia serie de obras que no es fácil hallar en artistas de su edad y trayectoria. En efecto, desde bien pronto, obras suyas, escultóricas o pictóricas –resueltas en material cerámico- se encuentran al paso en distintos lugares. La primera fue Trecho, realizada en acero cortén y fruto de un trabajo colectivo en el que también participaron Cristina y Esther Cuesta, además de Pedro Pubil, que realizaron una especie de edificación arcáica que se ubicó en una de las glorietas de acceso a Avilés. Resultado de su estancia en el Seminario de Montemor-o-Novo fueron varias piezas cerámicas emplazadas en distintos puntos de la localidad portuguesa. Y sin salirnos del procedimiento cerámico, pero con un tratamiento pictórico, es el mural realizado en el Parque de “Les Conserveres” de Candás en el que retomaría la idea de paisaje infinito al representar, en un recorrido circular, una vista de todo el conjunto urbano de la villa marinera. Una escultura titulada Árbol, realizada en acero cortén, es un sencilla propuesta de diálogo entre naturaleza y artificio, intentando que entre ambas estructuras, la natural de un espino albar y una plancha de metal, se establezca una comunicación espacial. Y en la misma línea podríamos enmarcar Naturalezas dos piezas de varilla de acero, retorcidas, enmarañadas y aún con inclusiones del hormigón constituyente de algunos de los cimientos de la industria siderúrgica avilesina, todos ellos elementos recuperados del desmantelamiento, con forma de árbol y que se emplazaron, como símbolo del hermanamiento entre las ciudades de Avilés y Saint-Nazaire, en un bosquecillo costero de la ciudad francesa –otra vez el diálogo entre naturaleza y artificio tan frecuente en la obra de Benjamín Menéndez- frente al océano y orientadas hacia la latitud geográfica de Avilés.
Mención aparte merecerá, sin duda, la pieza Avilés conformada por tres grandes conos de 30 metros de altura, en acero cortén, y que situados en el renovado Paseo de la Ría, será una de las obras escultóricas públicas de referencia en Asturias. Como casi toda su obra, cargada de analogías y una síntesis temática de la ciudad en la que nació, se formó y en cuyas cercanías aún vive. Sean velas de barcos, grúas, esquemáticos pescados o chimeneas, son un canto embelesado del artista a una ciudad a la que, pese a lo que pese, quiere y a la que rinde homenaje ya desde el título que ha adoptado. El propio artista declara que “se trata de una trilogía que recoge muchos momentos vitales y creativos. Es un canto, un poema dedicado a la mar y a la historia de la ciudad, a la ría que le dio origen”. Son, no nos quepa duda, chimeneas sin humo, símbolo de lo vertical y, por lo tanto, de la unión entre cielo y tierra, símbolo de la confluencia entre lo superior y lo inferior, y símbolo, en suma, de la inexcusable unión entre el pasado y el futuro de una ciudad.