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EL ESTADO DEL ARTE ASTURIANO ACTUAL

© Ramón Rodríguez

Conferencia pronunciada con motivo de los encuentros Internacionales de Arte "DIASPORA" celebrados en Oviedo en Noviembre de 1999

 

Debo iniciar mi intervención con una mínima aclaración; ignoro las razones por las que en el folleto de presentación de estas jornadas se ha obviado la que considero como la más importante de mis actividades: la de artista. Y hago esta aclaración porque sin ella, quien no me conozca, podría pensar que voy a invadir terrenos que no me pertenecen. Como dice el folleto ejerzo de comisario de exposiciones y también dirijo un centro de enseñanza artística; es muy posible que la organización hubiese preferido una argumentación basada en esos condicionantes y en mis experiencias en ambos campos, pero a una y a otra actividades he llegado, precisamente, desde mi condición de artista plástico y por ello no puedo, de ninguna manera, dejar de llamar la atención sobre una situación no excesivamente halagüeña para el conjunto del arte asturiano actual aunque puedan existir, no demasiados pero sí algunos, que tengan resueltos sus problemas desde lo individual.

 

Expresado que lo colectivo es lo que debe primar, voy a evitar cualquier referencia personal aunque, como es lógico, haya de apuntar, mejor sería decir insinuar, algunos nombres concretos de personas, de lugares, o de instituciones. Dejando bien claro que aún sabiendo, después de 37 años de ejercicio de la profesión, el quien es quien y el qué es qué en el arte asturiano, he preferido esta fórmula y he dirigido la mirada más hacia un deseable futuro que hacia un obstinado presente. También lo he hecho, porque para mí el arte asturiano –entiéndaseme bien- no existe, ya que prefiero hablar de arte sin ningún calificativo geográfico añadido que muy poco puede significar en esta aldea global en la que nos ha tocado vivir, crear e intentar dar continuidad a lo que hacemos. Como es natural, siendo habitantes de esa aldea universal, debemos serlo desde lo que tenemos más cercano y este estado del arte asturiano actual no es sino el reflejo de todo lo que hemos ido recibiendo y transformando, por más que las herencias se reciban, en estos precisos momentos, no desde dentro de nuestros límites –escasos límites por cierto- sino de cualquier lugar del mundo. También he preferido, como por otra parte lo vengo haciendo siempre, emplear un lenguaje comprensible y alejarme de sesudas cábalas y de ininteligibles teorías que pueden quedar muy bien en el plano teórico pero que únicamente van a entender, después de guiños cómplices, el ponente y muy pocas personas más. Expuestas las premisas, pasemos al tema.

 

Actual; lo de ahora mismo, lo que está sucediendo en el presente. Sin embargo he de manifestar, antes de nada, que cuando me refiera a arte estaré tratando de lo que se da en llamar arte contemporáneo, obviando cualquier otra referencia a esas otras manifestaciones absolutamente fuera de época, realizadas -eso sí- por artistas tan contemporáneos como aquellos de los que nos vamos a ocupar en estos días, pero cuyas producciones están mucho más cerca del ya remoto siglo pasado que del que estamos a punto de alcanzar. Por otra parte, esos artistas y sus obras ya gozan de una estimación popular, de un consenso público y de una apreciación por los poderes económicos tales que no precisan, en modo alguno, que nadie dedique ningún "lugar de encuentros", como este de Diáspora, para tratar de encontrar los puntos comunes que pongan en situación de una verdadera compenetración y de un real conocimiento entre artista y espectador, ya sea de una manera voluntaria o de forma circunstancial.

 

Nos encontramos en un momento a la vez finisecular y finimilenario, y lo que en otros momentos históricos, ambas situaciones, podrían acarrear una fuerte dosis de oscurantismo, de temor a lo que está por llegar, no es el caso de ésta nuestra oportunidad histórica. Estamos, además, en una época en la que, paradójicamente, resulta mucho más fácil comunicarse con alguien en nuestras antípodas que con nuestro vecino de enfrente. Vía internet podemos conocer la obra de cualquier artista de cualquier lugar del mundo en el preciso momento en que se está creando; no nos cuesta trabajo desplazarnos quinientos kilómetros para ver alguna exposición en otra ciudad, como tampoco nos da pereza alguna tomar un avión y acercarnos a Londres, París, Nueva York o Venecia porque queremos estar al tanto de lo que se cuece en esas ciudades. Por el contrario, nos resulta mucho más complicado desplazarnos treinta kilómetros –y lo mismo les ocurre a cualquiera de nuestros paisanos, incluidas las clases dirigentes- para conocer aquello que estamos haciendo nosotros mismos. Y cuando digo nosotros, digo lo que estamos haciendo los artistas asturianos. En algún texto anterior, posiblemente en más de uno, exterioricé que, pese a todos los avances tecnológicos, el artista asturiano –y serían bien pocos los que podrían escaparse de esta aseveración- es de los que gustan, casi podría decirse que lo necesitan, de estar encerrados entre las montañas, sentirse protegido pero también acorralado por ellas y aunque sabe que le resta la escapatoria del mar también es conocedor de que el Cantábrico es un mar proceloso que, las más de las veces, devuelve, maltrechos, fracasados y -como dice la sentencia popular- sin maletas a quien no regresa con la fortuna necesaria. Quizá sea por el temor a lo desconocido, pero con más seguridad que gran parte de esas desconfianzas dejarían de existir si alguien –ese "quien corresponda" que siempre se nombra pero que en muy pocas ocasiones aparece- proveyese un buen barco para la travesía o perforase un túnel que eliminase la montaña y pusiese en comunicación, de una vez y para siempre, al arte asturiano contemporáneo con el resto del que se hace en otras partes de España y del mundo. Tómense mis palabras de manera metafórica y requiérase a ese "a quien corresponda" para que el artista asturiano esté en igualdad de condiciones con otros artistas tan malos, tan mediocres o tan buenos como él. Y aunque hubiese preferido no personalizar en nadie, me gustaría citar al crítico José Francés cuando a inicios de los años treinta y refiriéndose a un artista asturiano de tan desdichada vida como la del avilesino Alfredo Aguado, dijo de él que era un artista "con un penacho de nubes sobre la frente, pero calzado con unas pesadas sandalias de plomo que acabaron por hundirle en la tierra". Casi setenta años han pasado desde entonces y pese a que ahora parece haber más facilidades, son muchos los artistas asturianos que aparecen tocados con ese airoso tocado de ideas y bastantes los que, por unas u otras razones, continúan calzando aquellas mismas paralizantes sandalias.

 

¿Y cuáles son las razones para que el artista asturiano no haya conseguido esa ansiada equiparación con los de otras latitudes? Muchas y muy diversas. Cierto es que ha habido un buen número de acciones encaminadas a resolver ese inveterado aislamiento, pero las más de las veces, sin poder calificarlas como fracaso, se han quedado en un mero ejercicio de intenciones. Se han llevado a cabo intentos de ida y vuelta, de exportación y de importación, pero casi siempre el barco iba mal dotado de velamen, o si lo iba no sopló el viento; o el túnel horadado tras múltiples esfuerzos se hundió cuando ya se atisbaba su final y la luz comenzaba a vislumbrarse. Y casi nunca los naufragios o desmoronamientos lo fueron por culpa de los artistas porque –antes lo expresé- aquí los hay tan malos, tan mediocres o tan buenos como los de cualquier otro lugar. Hace cuarenta años, cuando Asturias era un yermo –recuerdo que estoy hablando de arte contemporáneo- mucho antes que en otros lugares de España con más tradición cultural y artística, a alguien se le ocurrió presentar un grupo que ahora mismo, ya ratificada su condición por el devenir histórico, a nadie se le ocurriría cuestionar. Aquella manera de entender el arte propugnada por el "Grupo El Paso", que se presentó en Oviedo en 1959, fue el primer proyecto de acercamiento a un lenguaje actual, que se quedó en mero intento por la incomprensión, la falta de apoyos o la desidia, en un simple manifiesto de intenciones sin apenas haber calado en una sociedad que, pese a esas cuatro décadas transcurridas, aún continua recibiendo de uñas a casi todo aquello que le huela a contemporaneidad artística. Como en intento se quedaron las sucesivas y polémicas bienales de Oviedo –que casi nunca lo fueron, no de Oviedo sino bienales- y que, pasadas las primeras convocatorias cargadas del morbo de una selección previa, han ido pasando con más penas que glorias entre la indiferencia del mismo público que organiza fugaces viajes a ARCO o meteóricas visitas al Guggenheim, por no sufrir el desdoro de tener que confesar a sus amistades que aún no han ido ni a uno ni a otro lugar. No obstante, es bastante peor no haber conseguido ser el espacio de confrontación entre lo que se hace aquí y lo que se hace fuera, no haber podido ser un verdadero foco puntual de atracción y escaparate de las últimas creaciones, tanto de nuestros artistas como de los foráneos que puedan enseñarnos algo y con los que podamos establecer un diálogo.

 

Cierto es que en los últimos tiempos todo se ha modernizado, cierto que las exposiciones se hacen con más dignidad y rigor, puede que haya más galerías privadas, más centros de arte públicos o semipúblicos y hasta más museos en los que puedan exponer nuestros artistas; cierto que se han creado talleres para uso de nuestros artistas; cierto que ha habido convocatorias de ayudas a la creación, de ayudas a la primera exposición y de becas de estudio que han posibilitado su trabajo o ampliaciones de conocimientos a nuestros artistas; cierto que se editan catálogos de cierto empaque y hasta, en ocasiones, de lujo, en un intento de difusión de la obra de nuestros artistas; cierto que se han promovido exposiciones colectivas y que alguna de ellas se han llevado fuera de nuestras fronteras autonómicas o nacionales. Pero igual de cierto es que también han desaparecido muchos otros lugares de exposición, que algunos museos y no pocos centros de arte, salas de exposiciones o galerías languidecen –en relación con lo contemporáneo- por los recortes o los desvíos interesados de sus presupuestos y, en el caso de la iniciativa privada, por la escasez de un mercado que en estos momentos, dada la situación económica y la roñosería de los intereses bancarios, tendría que ser como una especie de tabla de salvación para una posterior y más rentable conversión de bienes. Como igual de cierto es que han desaparecido todos aquellos talleres para artistas creados en los años ochenta por la administración regional y como igual de cierto es que la misma administración ha eliminado cualquier tipo de ayuda a los artistas plásticos, a los que, sin embargo, se ve obligada a solicitar -y hasta se atreve a hacerlo directamente o a través de intermediarios- un préstamo gratuito de sus obras en aquellas ocasiones en que las necesite y siempre para cumplir un objetivo puntual e inmediato, nunca para impulsar una actuación a largo plazo que redundase en un mayor beneficio, tanto de la comunidad en general como de los creadores en particular.

 

No todo ha decaído, pues en el espacio considerado como de arte joven, la atención y el interés han tenido una cierta continuidad, habiéndose facilitado primeras exposiciones, itinerancias de obra e intercambios de artistas con otras comunidades y con otros países. Pero, -siempre tiene que haber un pero- cumplida la edad joven, alcanzada la madurez, el artista se verá, las más de las veces, abandonado a su suerte, huérfano y desorientado. No creo que se pretenda, por parte de ningún artista, ser un eterno subsidiado, pero si que se le podría demandar a nuestra comunidad, a nuestros ayuntamientos y a nuestras instituciones culturales, una menor cicatería. Lo que sí se les podría exigir son unas miras más lejanas a aquellas que limitan con la barrera cuatrienal de unas elecciones y sí que se les podría sugerir que el patrimonio artístico no es cuestión de una legislatura, de un mandato o de una jefatura, sino de un largo período de tiempo, el suficiente para establecer unos planes en los que no deberían interponerse, por eso de las posibles alternancias, ni las siglas, ni los colores.

 

Sólo de esta forma, estableciendo planes a largo plazo se podrán cumplir objetivos de verdadera trascendencia; esos planes no impedirían ni la recepción de aplausos temporales ni la explotación de entusiasmos parciales que es lo que, con más frecuencia de lo deseable, parece ser lo perseguido por encima de un éxito final que redunde en el ansiado beneficio de todos. Quizá por esa ausencia de visión a larga distancia tengamos que conformarnos a ser meros espectadores de un sin fin de discusiones: se nos llama a opinar sobre la ley de patrimonio, pero una vez expresadas nuestras ideas y constatada la realidad de que en el anteproyecto ni se citaba al arte contemporáneo, vuelve a olvidarse todo dejándolo para una mejor ocasión en la que, seguramente, los defensores de nuestras tesis, entonces en la oposición, sean más tarde discrepantes al ostentar el poder. De nada vale que luchemos porque nuestra región cuente con un museo de arte contemporáneo, ya que si a alguien se le ocurre que el mejor de los emplazamientos es la cárcel –y digo la cárcel pero podría decir el enclave del antiguo manicomio de "La Cadellada" o los terrenos ociosos de ENSIDESA-, aunque la elección parezca correcta, vendrán otros que, por el mero hecho de que la propuesta haya sido hecha por el vecino de enfrente, no tendrá más empeño que el de arrasar con todo lo planeado y retirar el proyecto. Tampoco valdrá de mucho la demanda de gran parte de la sociedad –y no únicamente de los artistas plásticos- para que se cree la Facultad de Bellas Artes, porque desde el primer momento comenzarán las presiones para que se asiente en tal o cual ciudad o, lo que es peor, para que bajo ningún concepto se ubique en tal otra. Y entre tanto, los que deberían ser los tres motores -el de la educación, el de la exhibición y el de la conservación- para que el asentamiento en una deseable mayoría de edad del arte contemporáneo en nuestra sociedad se lleve a cabo, permanecen estancados y, en consecuencia, el arte asturiano en una situación que no me atrevo a calificar abiertamente como de hibernación -puesto que pese a todos los inconvenientes se sigue creando- sino de atonía, en un ejercicio tan de liberación anímica como de práctica voluntarista.

 

Hemos estado escuchando hablar de la ciudad de las artes, pero nuestro gozo en un pozo cuando nos enteramos que la tal ciudad es –por el momento- virtual. Y nada tenemos contra la virtualidad, al contrario ya que miembros como somos de una sociedad que apenas existiría sin esa red, no le hacemos ascos a su utilización, pero un colectivo como el de los artistas plásticos, en sintonía con creadores de otras ramas del arte, podría ser –y no hace falta dirigir la mirada muy lejos, simplemente hacerlo hacia Bilbao, una ciudad de características bien similares a algunas de las nuestras- podría convertirse, decía, en uno de los reactores de un cambio que una sociedad como la nuestra, en una caída libre hacia una sima de la que no se ve todavía el final, se recupere y se valga –como se ha valido Bilbao, como lo hará San Sebastián, como lo han hecho Santiago y Santander- de los artistas, de sus obras y no únicamente para que estos puedan seguir creando, sino también para convertirlos en foco de atracción del que se podrían beneficiar otros sectores sociales y económicos. Y a la vez, simplemente, para que nuestra comunidad no sea la única de toda la cornisa cantábrica que se queda rezagada en el concierto de la modernidad artística que, como hemos visto, trae consigo un cierto bienestar que no es únicamente espiritual. Bien está lo virtual, pero piénsese también en lo material, en las dificultades que tienen nuestros artistas en encontrar lugares de creación, lugares de exposición y, lo que es absolutamente imprescindible para la gran mayoría, lugares de almacenamiento digno para que algunas de las obras –futuro patrimonio artístico- no se pierdan irremediablemente. Hacia esas funciones podría orientarse la institución de esa supuesta ciudad para la que no sería nada difícil encontrar un asentamiento real. Hasta en eso podríamos imitar a Bilbao y reconvertir las destartaladas naves, los atraques marítimos y los terrenos, ahora improductivos, en resplandecientes y atractivos contenedores –no forzosamente de titanio- de la obra de importantes creadores internacionales, de celebrados artistas nacionales y de deseosos buscadores de reconocimientos –siempre escasos- regionales.

 

Y si hasta el momento toda mi argumentación, rondaba lo colectivo desde lo particular, quizá fuese el momento oportuno para recordar –a ese hipotético "quien corresponda", a esos nebulosos "quien corresponda"- algunos de los principios rectores que la UNESCO promulgó hace ya veinte años; desde la obvia consideración de que "el arte refleja, conserva y enriquece la identidad cultural y el patrimonio; que constituye una forma universal de expresión y de comunicación, por lo que debería asegurarse el acceso a las creaciones artísticas de toda la población". También dicen esos principios rectores que "deberían fomentarse todas las actividades encaminadas a poner de relieve la contribución de los artistas al desarrollo cultural de los pueblos, especialmente por medio de la enseñanza y los medios de comunicación de masas, así como la contribución de los artistas a la utilización cultural del tiempo libre". Otro de los principios rectores es más explícito: "deberían adoptarse medidas encaminadas a definir una política de ayuda y apoyo material y moral a los artistas y hacer lo necesario para informar a la opinión pública acerca de la justificación y necesidad de dicha política". Podría seguir casi hasta el infinito, pero temo alargarme demasiado y aburrir con planteamientos quiméricos que quizá nunca puedan ponerse en práctica, pero sí que me gustaría apuntar tres más, resumiéndolos: el primero sería el de "adoptar las medidas necesarias a fin de ofrecer una enseñanza capaz de estimular la vocación, la creación y el talento artísticos"; el segundo "reconocer que la práctica de las artes tiene una dimensión universal, debiendo proporcionar a sus practicantes los medios necesarios para mantener un contacto vivo y profundo con la sociedad"; el tercero "otorgar al artista el reconocimiento público en la forma que mejor convenga a su medio cultural respectivo y, cuando no exista o sea insuficiente, crear un sistema que pueda dar al artista el prestigio al que tiene derecho a aspirar". Son, démonos cuenta, los mismos tres motores a los que me refería en párrafos anteriores: el de la educación, el de la exhibición y el de la conservación patrimonial; sin ellos, difícilmente podamos hablar de una política artística en nuestra región y tampoco podamos, siquiera, mantener lo poco de lo que ahora disfrutamos. Esto es lo que debe perseguir -aunque suene a utopía, aunque ya se haya intentado en anteriores ocasiones sin demasiado éxito- el artista actual, sea el asturiano o el de cualquier otra nacionalidad. De esta manera, intentando convencer a nuestros poderes públicos de nuestra utilidad, arrinconanaríamos esa creencia generalizada de que la nuestra es una profesión, sino la más ingrata, sí que una de las más incomprendidas. El escultor Nicolas Schöffer, hace ya un montón de años, encasilló a los artistas plásticos en un subproletariado del que, casi en los albores del siglo XXI, aun no hemos conseguido sacar la cabeza por más que nos hayamos esforzado en hacerlo. Efectivamente, seguimos sin contar con ningún tipo de infraestructura que nos permita participar en la vida política, en la vida social, en la vida económica y casi, si me apuran, en la vida cultural. El mismo Schöffer hacía otra aseveración, infinitamente más dura y quizá un tanto exagerada, calificándonos como esclavos hambrientos, dispuestos a cualquier tipo de compromiso para asegurarnos la supervivencia dentro de la sumisión e inclinados a aceptar el pretencioso mecenazgo cultural al que nos vemos sometidos ante la escasa productividad económica de nuestras creaciones. Ambas consideraciones del artista cinético francés fueron expresadas en los años setenta y si bien la sociedad ha visto cambiar sus estamentos desde entonces, para el artista plástico, como tal, posiblemente haya empeorado, pues los tiempos han traído más competencia y, en consecuencia, menos a repartir.

 

Esta es la situación. Este es, al mismo tiempo, el estado actual del arte asturiano y el estado del arte asturiano actual. Ambos enunciados, aún pareciendo lo mismo, contienen gruesos matices diferenciales. Lo que sí debe quedar claro es la exigencia de los artistas a ser aprovechados más que ahora lo son, por supuesto que sin los servilismos a los que se refería Schöffer, pero reclamando la puesta en práctica de un mecenazgo inteligente, desinteresado e intemporal. Queremos disfrutar de una Facultad de arte en la que se formen las venideras generaciones; queremos poder pasear por un Museo de Arte Contemporáneo para no sufrir la envidia de verlos, siempre, en las regiones limítrofes; queremos ser parte integrante de esa ciudad de las artes, ser sus habitantes, pero no como exclusivos ciudadanos de un ghetto, en una situación que a nada nos conduciría y de quien la sociedad que tenemos más cerca nada obtendría. Si en algún momento llegásemos a tener la posibilidad de cruzar sus muros, qué duda cabe que veríamos cumplidas gran parte de nuestras ya viejas esperanzas de ser útiles a la sociedad en la que vivimos. En ese momento sabríamos agradecer que alguien, "ese quien corresponda" antes citado, haya sido capaz de cambiar los planteamientos culturales de nuestra región y de nuestro restringido campo artístico, para dejar de condolernos de la ínfima extensión de la parcela que se nos ha venido reservando. Y termino con una frase que ya fue pronunciada por mí en 1978, en representación de la Asociación Asturiana de Pintores y Escultores, y en el transcurso de la I Semana del Patrimonio Artístico Asturiano, que desgraciadamente, pese al tiempo transcurrido, continúa teniendo vigencia: "los artistas no queremos ser santones, ídolos o curiosidades de feria; tampoco un subproducto o el lumpen de la sociedad; así que, para evitarlo, dejen de coleccionar artistas, pinchándolos en cajitas cual si fuesen mariposas, y pónganse a utilizarlos"

 

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