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DESDE LA NUEVA ESCULTURA HASTA LA OTRA ESCULTURA

© Ramón Rodríguez

Texto extraido del Catalógo "Galicia Terra Única"

 

Las especialidades artísticas - tal como ya hice constar en un texto similar al que nos ocupa, redactado en 1995 a propósito de la exposición "Asturias: escultores de cinco décadas" - están, en nuestros días, originándose interferencias mutuas, cada vez con una mayor frecuencia y llegando a ocasionar problemas de encasillamiento, no sólo a los espectadores poco documentados, sino también a los expertos. No es nada raro toparnos con una pintura - porque como tal quiere su autor que sea considerada - en la que la categoría de la tridimensionalidad es el valor más acusado, imponiéndose a los tradicionales conceptos de cromatismo, y composición. Tampoco es nada raro valorar, aunque sólo sea de una manera superficial, los aspectos escultóricos de un edificio y en el, como estamos viendo, inevitable trayecto de intercambiabilidad de las artes, podremos encontrarnos - y quizá lo estamos haciendo con una frecuencia mayor que la deseable- con una escultura en la que el color juegue un importante papel, o con aquella otra en la que el carácter manifiestamente arquitectónico, aunque sólo sea en un estadio de maqueta, adquiere preponderancia sobre lo históricamente conocido como escultura.

Vemos que el concepto tradicional de escultura ha cambiado, si cabe, en mayor medida que el de la pintura. Han variado los planteamientos teóricos, los conceptos; pero no lo han hecho en menor medida los materiales empleados : carece de importancia el término "noble" tan manejado por muchos críticos hasta bien entrado el siglo XX. A lo "noble" parecía haberle sucedido lo "definitivo"; hoy en día se entremezclan nobleza y durabilidad pero, curiosamente, se ha introducido también lo "provisional" y hasta lo "efímero". No por ello los escultores - los cada vez más raros artistas a quienes podríamos adjudicar en puridad el vocablo - dejan de serlo y continúan ocupando el espacio con volúmenes que cada vez, eso sí, resultan ser menos individuales y autónomos, precisando para su total efectividad la relación con otros elementos, sobrepasando el terreno estrictamente escultórico y llegando al de la instalación en el que lo global va a primar sobre lo particular.

Siguiendo el texto antes citado, vemos que en Asturias la adscripción de los artistas actuales es tan equívoca como en cualquier otro lugar del mundo. Cada vez es mayor el número de practicantes de lo que todos entendemos por escultura, cada vez es más acusado el arrumbamiento- en algunos casos también el desconocimiento - del oficio, de los materiales y de la intención escultórica canónica; es frecuente el paso - temporal o permanente - de muchos conocidos pintores al campo de lo tridimensional, de la misma forma que se produce el movimiento en sentido contrario. Cronológicamente, las generaciones que comienzan su itinerario artístico en los primeros años de la década de los cincuenta serán quienes defiendan, de manera más rotunda, la esencia escultórica tradicional - en lo formal, no en lo actitudinal - como en los casos de Amador (Ceuta 1926) y Cesar Montaña (Vegadeo 1928). Más polivalente es Camín (Gijón 1929), una de las figuras más conocidas de la escultura asturiana actual, que ha logrado los Premios Nacionales de Pintura (1955) y de Escultura (1962). A ellos podemos unir los nombres de Alejandro Mieres (Astudillo, Palencia 1927) más conocido como pintor aunque nunca haya rehuido lo volumétrico, actividad a la que ha dedicado una parte sustancial de su tiempo en los últimos años, y el de Christa Beissel (Freiburg, Alemania 1924) de muy reciente aparición expositiva y que realiza un trabajo escultórico que en nada delata su condición femenina. Todos los citados, exceptuando a Christa, son artistas que han ejercido, en mayor o menor medida y dependiendo lógicamente de su lugar de residencia, alguna influencia en las siguientes generaciones; así Montaña y Amador lo han hecho desde Madrid, el primero a través de unas posiciones organicistas y el segundo desde unos planteamientos geométricos de gran rigurosidad, mientras Mieres y, de forma especial, Camín sí que han sido verdaderos motores en el devenir de la plástica asturiana actual. Mieres lo fue desde la enseñanza oficial y sigue siéndolo como catalizador de actividades y de grupos artísticos, mientras que la impronta de Camín, a poco que se observe entre los escultores más jóvenes, es bastante identificable en las maneras y en los materiales de muchos de ellos. Todos estos artistas, nacidos en la década de los veinte, pueden considerarse, hecha las salvedades de la cortedad del currículo expositivo de la Beissel y la mayor dedicación de Mieres a la pintura, como los padres de la escultura moderna en Asturias y a quienes se debe adjudicar el punto de inflexión entre los escultores apegados a la tradición y aquellos otros a quienes los cánones académicos no llegaban a satisfacer en su búsqueda expresiva. Igualmente, han sabido mantenerse vivos, creativamente hablando, desde sus momentos de auge que, en el caso de Montaña, fue su época de estancia en la Academia Española de Roma y en el de Amador su participación en las Bienales de Venecia de 1970 y 1972.

Avanzando cronológicamente, nos encontramos con el escultor más renombrado fuera de Asturias y cuya temprana muerte privó, a la sociedad asturiana en general y a los artistas en particular, del disfrute de una figura que se intuía como de alcance internacional y que podría haber dinamizado el mundillo artístico asturiano; se trata de José María Navascués (Madrid 1934 - Oviedo 1979), autor de una personalísima obra, casi toda ella realizada en madera; dotado de un lenguaje plástico pleno de hallazgos singulares, perfeccionista en la construcción, dejó cierta impronta tanto en los escultores como en los pintores asturianos de las siguientes generaciones. Pero, como queda dicho, su itinerario vital se vio bruscamente interrumpido y con el, dejó en incógnita el gran potencial de magisterio que podía haber ejercido. Curiosamente, no fue artista de encargos públicos si se exceptúan algunas puertas y murales en locales comerciales, aunque tanto en el Museo de Bellas Artes de Asturias en Oviedo, como en el Museo Casa Natal de Jovellanos en Gijón, cuenta con salas propias bien representativas de las distintas etapas por las que fue atravesando en sus peculiares maneras escultóricas.

Otros artistas destacados de la misma generación de Navascués, al igual que él nacidos fuera de la región aunque estrechamente vinculados a ella y en quienes se da en mayor o menor medida ese rasgo, que comienza a ser común, de la alternancia en la práctica de pintura y escultura, son Joaquín Vaquero Turcios (Madrid 1933) y Eduardo Úrculo (Santurce 1938). Ambos han llegado a la escultura después de haber logrado gran reconocimiento en la pintura; Vaquero es autor de una escultura más autónoma aunque su gusto por la decoración cromática y efectos cinéticos y de muaré nos remitan a lo pictórico. Por su parte, Úrculo transcribirá volumétricamente sus conocidos planteamientos pop, no dejando de introducir componentes de su universo formal: sombreros, frutas, prendas de vestir, etc. Manuel Calvo (Oviedo 1934) se orientará a una escultura modular, también transcrita de su pintura y otro tanto podría decirse de Adolfo Bartholomé (Gijón 1937). En todos ellos, y aún en otros nombres que se podrían citar, siquiera de pasada, como María Antonia Salomé (Pola de Lena 1934), "Hyto Posada" ( Mieres 1935-1992), Mariano García "Ciagar" (León 1936) y Vicente Santarúa (Candás 1936) destaca un mismo rasgo común: la dedicación a la pintura y a la escultura. Si acaso, como escultores "puros", podríamos nombrar a Félix Alonso Arena (Piloña 1931), dedicado casi en exclusiva en los últimos años a la enseñanza, y a Vicente Vázquez Canónico ( Gijón 1937). Una escueta cita a un ceramista, - atención al desarrollo de esta técnica en las siguientes generaciones - como es Agustín Iriondo (Ribadesella 1937) autor de ponderados volúmenes geométricos poco vistos, hasta el momento, en exposiciones.

No se interrumpirá, antes al contrario, la tendencia observada de la dedicación a la escultura de los iniciados como pintores y de todos cuantos componen la generación de los nacidos en los 40, en una nómina que ya comienza a ser abundante, únicamente siete podrían considerarse, en sentido estricto, como escultores. Son ellos Manuel Castañón (Llananzanes 1941), Ángela García Cuetos "Angela" (San Martín del Rey Aurelio 1942), Victoria Blanco del Dago (Cangas de Onís 1943), José Luis Fernández (Oviedo 1943), Fernando Alba (La Folguerosa 1944), Mauro Álvarez (Oviedo 1945) y Manuel Arenas (Oviedo 1949). El resto del elenco alternará ambos medios expresivos, topándonos con figuras de cierto reconocimiento en el plano nacional como son Armando Pedrosa (Oviedo 1941), Juan Gomila (Barcelona 1942), José Manuel Legazpi (Bres 1943) o Miguel Ángel Lombardía (Sama de Langreo 1945), de quienes se aprecia su pintura y se desconoce, bastante, su otra faceta de escultores. En un ámbito más regional hemos de referirnos a Manuel García Linares (Navelgas 1943), José Ramón Muñiz (Trubia 1943), Pedro Sanjurjo "Pieycha" (Posada de Llanes 1943), Herminio Álvarez (La Caridad 1945), Pedro Santamarta (Santasmartas, León 1945), José de la Riera (Gijón 1946), Juan Zaratiegui(Oviedo 1948), José Paredes (Oviedo 1949), Justo José García (Avilés 1949), Enrique Rodríguez "Kiker" (Cabañaquinta 1949) y Luis Cecchini (Oviedo 1949). El repaso estilístico de todos los citados nos lleva desde las posturas costumbristas en Linares al tratamiento realista, cargado de magisterio artesanal, de Mauro Álvarez; desde los organicismos de referencias geológicas de Santamarta a los perfeccionistas, como buen dominador del oficio, de José Luis Fernández o los más conceptuales de Alba, siendo este último uno de los escultores a quien se puede considerar como artista puente - y también clave - entre las viejas y las nuevas generaciones, tanto desde el punto de vista de la realización, como desde el del magisterio ejercido en la Escuela de Artes Aplicadas de Oviedo; desde el surrealismo de Paredes, o de "Kiker", a las posturas expresionistas de Lombardía; desde los planteamientos conceptuales de Muñiz y de la Riera a los minimalistas de Pedrosa; la singularidad viene dada por las sutiles construcciones en equilibrio de Herminio Álvarez, cada día más atinado en sus búsquedas ; por el empleo de uralitas y fibrocemento por parte de Justo José García y por la escultura de raíces etnográficas - perfecta en su resolución formal - de Legazpi. Convendría, para finalizar, citar a Guillermo Basagoiti (Madrid 1944), un escultor bien dotado, autor de interesantes piezas con chapas procedentes del desguace naval, ahora voluntariamente apartado de la creación para dirigir el Centro de Escultura de Candás Museo Antón - del que posteriormente hablaremos - y el Museo Evaristo Valle, en Gijón.

Los artistas que nacen en la siguiente década continuarán con la característica, antes reseñada, de no adscribirse claramente a una forma de expresión, dándose ahora la circunstancia de que algunos de ellos harán el camino en sentido inverso: acuciados por la necesidad de ventas, siendo difícil la colocación de obras volumétricas, algunos escultores se dedicarán a la pintura o al dibujo como complemento a su obra escultórica. También es la generación que comienza a encontrar en las instalaciones el mejor medio para expresarse, evolucionando, casi siempre, desde la pieza individual y aislada, pasando por un conjunto armónico de piezas y llegando, por fin, a la relación obra/espacio que delimita y define la instalación. No obstante, serán más los pintores que miren hacia la escultura que lo contrario, algunos de ellos con una obra encomiable tanto en una como en otra especialidad. El caso más notorio es el de Fernando Redruello (Luarca 1950) autor de una escultura muy peculiar en la que su principal connotación es la carga simbólica de los objetos encontrados, siempre tratados con una gran perfección artesanal y erigiéndose como dominador de una personalísima poética no exenta de algunas referencias de raíz mediterránea, consecuencia, quizá, de su estancia en la capital italiana con motivo del disfrute de una beca en la Academia Española de Roma.

Sería excesivamente abundante la simple enumeración de los muchos artistas que componen esta generación, por lo que es preferible dedicar unas líneas a aquellos cuya obra o cuyo discurrir profesional aconseje una cita. Así, Manuel Rey Fueyo (La Felguera 1950) y Francisco Fernández (San Juan de la Arena 1950) son dos excelentes pintores que han sentido la necesidad de utilización del volumen ; el primero en el ámbito de la instalación y el segundo como elemento casi constante en la mayoría de sus obras pictóricas y en gran parte de objetos. José Antonio García Prieto "Llonguera" (Llonguera 1950) es un tallista que se nutre temáticamente del costumbrismo y la mitología. José Antonio Nava (Oviedo 1951) pasó por momentos de gran actividad escultórica en la década de los ochenta, pero ahora permanece, aparentemente, en estado inactivo o, al menos, letárgico. Javier del Río (Gijón 1952), por contra, está atravesando en los últimos tiempos una etapa verdaderamente fructífera, encontrando en el hierro y la madera los materiales idóneos para realizar una obra de gran carga expresiva, siempre cambiante como lo es su pintura, pero plena de contenido subjetivo. Angel Nava (Oviedo 1953) comenzó como pintor y ha llegado a la especialidad de las instalaciones siempre con referencias a épocas históricas pasadas y con un gran contenido simbólico. Alejandro Corominas (Gijón 1953) iniciará su trayectoria en el terreno minimalista, ya casi instalaciones en cuanto a la forma de presentación en parques y jardines, hasta derivar en planteamientos cercanos al land-art y encontrando en el video su mejor medio expresivo. Ignacio Bernardo (Avilés 1954) es también un creador tremendamente versátil, habiéndose valido de la pintura y escultura tradicionales en sus primeros momentos, pasando por una abstracción de recuerdo organicista, muy respetuosa con lo artesanal, hasta llegar al objeto encontrado y a la conjunción de pintura y escultura siempre tratado con grandes dosis de libertad creativa. Junto al de Redruello, antes citado, el caso de Francisco Fresno (Villaviciosa 1954) es el de un pintor contrastado que encuentra en la escultura una vía de escape a fórmulas bidimensionales que le parecían estar atenazando ; sus primeras piezas volumétricas de los años noventa recuerdan al pintor reconvertido por su alto grado cromático y en menos de un lustro se ha afianzado como un escultor que ha encontrado un lenguaje, cercano a postulados geométricos, de gran autonomía y personalidad. Jorge González (Mieres 1955) después de completada su formación académica se ha decantado claramente por el campo de las instalaciones en las que emplea materiales industriales en constantes repeticiones. Joaquín Jove (La Felguera 1955) es autor de pequeñas esculturas constructivistas en madera coloreada. Melquíades Álvarez (Gijón 1956) es otro caso de los pintores de dilatada trayectoria que vuelve sus ojos al volúmenes, con los que consigue piezas de gran contenido simbólico y poético dentro de las coordenadas realistas por las que, actualmente, también transita su pintura. Casos similares son los de Javier Díaz Roiz (Gijón 1956) y Vicente Pastor (Luarca 1956) que transcriben a la escultura sus mismas intenciones pictóricas, si bien en el caso de Pastor primará la estética del objeto encontrado. Juan Méjica (Navia 1956), un caso de eclosión meteórica en el panorama artístico de la región, parece no saber desembarazarse de la excesiva deuda a las maneras de algunos de los más conocidos creadores surrealistas. Julián Bravo (Gijón 1957) es un artista prácticamente desconocido en Asturias ; obtuvo la Beca Antón en 1995 con la que consiguió montar su primera exposición individual Esculturas y Proyectos, realizando una obra de una fuerte componente teorizante. Ernesto Knör (Vitoria 1957) comenzó en el campo cerámico pero se ha decantado a construcciones geométricas en hierro. Adolfo Manzano (Bárzana de Quirós 1958) es un escultor nato, poseedor de uno de los lenguajes más válidos entre los de los componentes de las últimas generaciones de artistas asturianos ; tanto por la elección de sus materiales, como en su concepto, ha sabido ir quemando etapas hasta encontrar ese punto que hace que determinados artistas sean distintos y perfectamente reconocibles. Las mismas o parecidas palabras podrían dedicarse a María Jesús Rodríguez (Oviedo 1959), poseedora de un estilo inconfundible en el que no sabe si admirarse más la sobriedad matérica y cromática o la perfecta relación entre zonas texturadas y lisas de lo que podrían llamarse sus esquistos, casi siempre realizados en cartón, siendo una de las artistas jóvenes que sin duda triunfarían en el campo internacional de haber gozado de algún apoyo - institucional o privado - verdaderamente importante. José Andrés Gutiérrez (Luanco 1959 - Oviedo 1994) realizó algunas piezas volumétricas coloreadas, de similares propósitos a los de Francisco Fernández y Vicente Pastor.

Aunque a algunos críticos no satisfaga el planteamiento, creo de justicia reseñar la importancia de la cerámica, respetuosa con su propia naturaleza, pero tan material escultórico como cualquiera otro, que en Asturias cuenta con importantes creadores. Algunos alternando lo artesanal con lo artístico, otros exclusivamente dedicados a la cerámica escultórica, pero todos ellos intentando potenciar una especialidad injustamente marginada. Encasillables en muy diversos estilos, podrían citarse a Maru García Megido (Palencia 1953) que realiza unos objetos a mitad de camino entre el pop-art y el surrealismo ; Inma Suárez Llana (Gijón 1954) autora de piezas minimalistas en concepto y colorido ; los torsos escultóricos de gran perfección técnica de Manuel Cimadevilla (Oviedo 1956); la sencillez de los contenedores escuetamente esmaltados de Angel Domínguez-Gil (Gijón 1956) ; los relieves pictóricos de Jesús Castañón (Gijón 1956) ; Marián Blanco (Noreña 1957) destacaría por sus planteamientos arquitectónicos y el rigor de sus geometrías y Marta Trabanco (Barros 1959) con sus rostros expresionistas, tan rematados y pulidos en su textura como mesurados en su decoración. Y aún otros muchos, más dedicados a otras tipologías no estrictamente escultóricas, que están intentando, desde escuelas y talleres, como la Escuela Municipal de Cerámica de Avilés o el taller Textura de Gijón, entre los más destacados, que la cerámica pierda su calificativo de escultórica y sea, simple y llanamente, escultura o cerámica sin más.

La siguiente generación es la de la ruptura con los procedimientos y los materiales habituales, dándose la paradoja de que la mayor parte de sus componentes llegará a los espacios expositivos después de seguir estudios reglados en Facultades de Bellas Artes o Escuelas de Artes Aplicadas. A esta promoción pertenece uno de los más caracterizados escultores de la última hora del arte asturiano : Pablo Maojo (San Pedro de Ambás 1961) es autor de vigorosas maderas coloreadas con vibrantes azules y rojos, tan potentes aquellas de gran tamaño como las más reducidas y siempre con recuerdos a la naturaleza cercana en la que vive y trabaja. Otro artista singular es Cuco Suárez (Pola de Laviana 1961) quien aunque provenga del campo de la cerámica es artista de disímiles lenguajes y, eso sí, siempre polémico y confrontador en sus procedimientos y en la elección de los materiales de soporte. También ceramista, a la vez que pintor, Benjamín Menéndez (Avilés 1963) ha tardado en explotar, pero lo ha hecho recientemente a través de unas obras basadas en elementos manufacturados de cerámica industrial, con los que consigue ensamblajes de gran rigor conceptual. Aurora Suárez Moreno (León 1964) emplea todo tipo de material encontrado - muebles, telas, enseres caseros - hasta transformarlos en objetos artísticos dentro de un planteamiento muy actual. Otra ceramista, Charo Cimas (Avilés 1964), es poseedora de un lenguaje ciertamente parco en formas y colores, pero muy rico desde el momento que van agrupándose las piezas hasta constituir un todo en remedo de mínima instalación. Carlos Coronas (Avilés 1964) es un pintor que se vale de construcciones en madera en las que cobra gran valor el espacio circundante, con lo que se queda a mitad de camino entre pintura y escultura. Las minuciosas y perfeccionistas esculturas cerámicas de Javier Tablón (Oviedo 1964) aparecen cargadas de un gran sentido irónico. El proceso creación/destrucción es el rasgo más definitorio de las esculturas realizadas con muebles por Dionisio González (Gijón 1965). Paco Cao (Tudela Veguín 1965) ha llegado a una postura conceptual en la que su propio cuerpo es el objeto artístico, después de haber realizado esculturas en un material tan poco artístico como el esparto. Isabel G. Cuadrado (Oviedo 1965) destaca por su afán investigador de nuevos materiales con los que consigue acertadas y simbólicas creaciones. Las esculturas blandas de Susana Villanueva (Oviedo 1966), construidas con telas encoladas, de cierta raigambre pop, han ido atemperando la violencia cromática de las iniciales y se acercan a posiciones más minimalistas siempre dentro de la figuración. La utilización del estiércol como material en muchas de las construcciones geométricas de Gonzalo García (Gijón 1966) está aún en fase experimental y a buen seguro que darán frutos en un futuro no muy lejano, ya que este artista se está mostrando como uno de los más válidos entre los escultores asturianos de las últimas generaciones, realizando unos "assemblages" muy rigurosos en forma, concepto y empleo del material, sea madera o piedra. Francisco Jesús Redondo (Cangas del Narcea 1968) dedica su atención a la creación de escuetos paisajes escultóricos cargados de color. Fermín Santos (Oviedo 1969) es autor de unas esculturas constructivistas en madera y fuertemente coloreadas, lo mismo que otras realizadas en papel prensado de distinto concepto. Para terminar, podrían citarse una serie de artistas que se mueven en un terreno más próximo a la instalación y que han destacado en la especialidad desde propuestas muy diversas como son Pedro Suárez Flórez (Oviedo 1966),François Winberg (Bilbao 1967), Pelayo Varela (Oviedo 1969) y Gema Ramos (Oviedo 1969).

En el ámbito institucional cabe destacar la creación, en la pequeña localidad de Candás, del Museo Antón, dedicado a un escultor - Antón Rodríguez - nacido en el pueblo y fallecido durante la guerra civil, en torno al que ha surgido un vital Centro de Escultura que concede becas de creación, organiza exposiciones y, lo que es más importante, concede a la escultura un status que no es demasiado habitual en nuestro país. En uno de sus jardines exteriores y en los alrededores, ribereños del Cantábrico, ha ido plantando grandes esculturas hasta convertirse en uno de los centros vivos más importantes para Asturias y para sus escultores. No debería olvidarse, tampoco, la gran labor realizada a través de las exposiciones temporales por el Museo Juan Barjola, en Gijón, dedicadas a los más importantes escultores y posibilitando su acercamiento, visión y el subsiguiente diálogo a los jóvenes artistas asturianos. Tanto el Museo de Bellas Artes de Asturias en Oviedo y el Museo Casa Natal de Jovellanos en Gijón cuentan con salas dedicadas a la escultura, atendiendo de manera especial a la obra de José María Navascués; el primero de ellos, mejor dotado, con obras de Miquel Navarro, Txomin Badiola, Pello Irazu y otros, contando incluso con un patio exterior dedicado a obras significativas de Amador, Montaña, Camín y un granito del gallego Manolo Paz.

ESTÁN EN NUESTRO CAMINO

Una relación exhaustiva de la escultura al aire libre implantada en Asturias en los últimos años sería, por una parte, bastante abundante numéricamente, pero de muy dispar valoración artística y estética. Destacaría en este sentido la disposición de las dos grandes ciudades, Gijón y Oviedo, para ubicar en sus calles y plazas todo tipo de creaciones volumétricas. Posiblemente más rigurosa la selección en Gijón y menos afortunada la de Oviedo por los constantes bandazos estilísticos y la muy discutible calidad de bastantes de las esculturas encargadas en la capital de la región, pero apostando, una y otra, por el "enfrentamiento" - o mejor el acercamiento - entre paseante y artista. De la obra de los artistas no asturianos, tendríamos que citar, muy por encima de cualquiera otra - y siendo como es una de las más importantes de las enclavadas en toda España - como obra cumbre, al Elogio del horizonte de Eduardo Chillida en el Cerro de Santa Catalina de Gijón. En un tono menor deberíamos situar una Maternidad de Fernando Botero ; una figura - Mujer sentada - de Manolo Hugué fundida a partir de una pieza original más reducida ; la construcción Nova dos de Santonja en el exterior del Banco de España en Oviedo y la titulada Asturias de Pepe Noja en la Estación de RENFE de Oviedo. En el exterior del antes citado Museo Antón, de Candás, está una obra de José Luis Sánchez - Damocles - ; Little Box del artista alemán afincado en España, Bodo Rau, y un bronce fundido de Amancio González, sin título, siendo estos dos últimos citados becarios de la institución candasina. Y ya en una tercera línea obras de Santiago de Santiago, Esperanza Dors y Juan de Ávalos, todas ellas en la capital del Principado.

Siguiendo el mismo desarrollo cronológico utilizado en el estudio de las distintas generaciones de escultores asturianos, enumeraremos las obras realizadas para el aire libre o espacios públicos por todos ellos. Amador cuenta con una estela en el Aeropuerto de Asturias, una gran cubo de hormigón en el Museo Antón de Candás y otra obra en la Facultad de Ciencias del campus universitario ovetense. Alejandro Mieres acaba de instalar un cubo luminoso en la Plaza del Humedal en Gijón. De Cesar Montaña es la Llama olímpica en el exterior del Palacio de los Deportes de Oviedo y Diálogo en los jardines del Archivo de Indianos en Colombres. Camín es uno de los escultores de más numerosa presencia pública, con dos obras de hormigón, de gran tamaño, tituladas Génesis y Fusu - huso en bable- en el Paseo de Begoña de Gijón, Encuentros en el parque de Arriondas, el árbol muerto en el parque de Ferrera, en Avilés, y el Ara del Polideportivo de los Canapés en la misma ciudad; un Monumento a los víctimas de accidente de helicóptero en los Lagos de Covadonga, dos obras en los jardines del Museo Antón de Candás - Encuentro en tres y Homenaje a la amistad - y otras dos en los jardines del Museo Evaristo Valle de Gijón: el acero Aquí y la madera La tarde; en la localidad minera de Mieres ha emplazado Caudal I en angulares de corten; Caudal II bajo un puente de la autovía; el busto de D.Ramón Antuña y un gran bronce La aguadora en la pasarela de Figaredo-Ujo. En el Polígono de Riaño, en las cercanías de La Felguera, está un gran Cuélebre (animal de la mitología asturiana) de 30 metros de longitud entrando y saliendo de la tierra, en acero corten, y de gran aceptación popular. Finalmente en la mina La Buferrera en los Lagos de Covadonga ha colocado recientemente un monumento en recuerdo a los mineros de tal explotación. El Monumento al dibujante Alfonso, en el parque de San Francisco de Oviedo, es una obra de corte tradicional de Félix Alonso Arena. De Joaquín Vaquero son una gran pieza en el entronque central de la Autopista "Y" Oviedo-Gijón-Avilés y Nordeste en la subida al Cerro de Santa Catalina en Gijón, teniendo pendiente un proyecto para Oviedo. Vicente Santarúa es el autor del gran busto de Philippe Cousteau en el Museo de Anclas de Salinas, además de otros pequeños bustos conmemorativos en distintas localidades asturianas. De Eduardo Úrculo es la emblemática El regreso de William Arrensberg en la Plaza de Porlier de Oviedo y el Monumento a la Manzana en Villaviciosa. Manuel G. Linares transpuso sus maneras pictóricas en La Lechera de la Plaza de Trascorrales en Oviedo. José Luis Fernández ha plantado una de sus Osamentas en las cercanías de San Claudio, pueblo próximo a la capital. Otro artista de gran presencia pública, no siempre bien entendida o aceptada es Fernando Alba que comenzó sus trabajos de grandes proporciones con una pieza en hormigón para la Autopista del Mediterráneo, pronto seguida por otras en Asturias como un Monumento a Clarín en El Entrego, otro hormigón para la Fosa Común del Cementerio Civil de Oviedo, la del puente de Cangas del Narcea, la erigida en el Valle de Saliencia y otra originariamente ubicada en el Barrio de Ventanielles, retirada por la presión popular y en vías de ser trasladada al Parque de Llamaquique de Oviedo. Un interesante proyecto para la plaza del Humedal de Gijón está en fase de consecución de financiación. Mauro Álvarez está trabajando en tres proyectos para el Ayuntamiento de Oviedo: La Regenta que se instalará en la Plaza de la Catedral, el Violinista en el futuro Auditorio y La Torera, una fotógrafa popular, en el mismo lugar en que trabajaba: el Campo de San Francisco. Miguel Ángel Lombardía ha instalado en fechas recientes el Monumento al minero en Mieres y aún no ha sido instalado otro ya realizado, titulado Ensoñaciones de la Regenta en el Viaducto del Pintor Dionisio Fierros en la carretera N-632, además de estar proyectado otro gran bronce para la ciudad de Gijón. De Manuel Arenas es el Monumento a la Paz en el Parque del Lauredal de Gijón. José Antonio Nava es el autor de dos grandes monumentos en piedra, ubicados en la ciudad de Oviedo, uno dedicado a los Economistas y Hacendistas Asturianos y otro al escritor Pérez de Ayala; además, un monolito de talante dispar a los anteriores, en homenaje a Simón Bolívar. De Llonguera es el bronce El vendedor de pescado, ubicada en el exterior de la Plaza del Pescado de Oviedo. Javier del Río, como becario del Museo Antón, plantará en breve su escultura El chato en el Jardín del Museo, lo mismo que los becarios de los últimos años, Julián Bravo y Juan Manuel Villanueva. Un gran relieve de Francisco Fresno se encuentra en el exterior del edificio de Servicios Múltiples del Principado de Asturias en la misma ciudad, sirviéndole de contrapunto simétrico otro de las mismas dimensiones de María Jesús Rodríguez. Ignacio Bernardo, en los comienzos de su carrera escultórica realizó el Monumento al Dr. Villalaín, en Piedras Blancas, con unos planteamientos bien distintos a los de su actual manera de entender el arte. La escultora aragonesa Carmen Castillo, residente en Asturias, colocó en el estanque del Parque del Pozón, en Avilés, una estilizada figura en bronce, ahora retirada y emplazada en el Centro Cultural de la Luz de la misma ciudad y el monumento al mestizaje, Somos diferentes, somos iguales, en el municipio de Corvera. El pintor Amado G. Hevia "Favila" es el autor del bronce Las vendedoras del Fontán, ubicada en el mercado del mismo nombre en Oviedo y una Santa Eulalia de Mérida en la misma ciudad, teniendo en proyecto La Monstrua, una transcripción de La Monstrua Vestida del pintor barroco Carreño Miranda, para ubicarla en Avilés. Pablo Maojo, pese a su juventud, es autor de varias obras monumentales, como el Homenaje a Ernesto Winter en el Orfanato Minero de Oviedo; Blacanal serviados de un cierto aire conceptual situada en el Jardín del Museo Antón de Candás, otras dos en el Jardín del Museo Evaristo Valle de Gijón y Escalada una gran estela de acero pintado en el exterior del Palacio de los Deportes de la misma ciudad; está en fase de instalación otra gran pieza del mismo material y tratamiento en la localidad minera de Ujo, encargada por la Confederación Hidrográfica del Norte, lo mismo que otra del gijonés Julián Bravo, quien también tiene una obra realizada en hormigón en el vestíbulo del Tanatorio de Gijón. Cuco Suárez ha instalado en una plaza de su villa natal, Pola de Laviana, un monumento a la cabra tratado en su habitual línea polémica. Un equipo formado por Benjamín Menéndez, Pedro Pubil, Cristina Cuesta y Esther Cuesta realizaron la escultura Trecho, emplazada en la rotonda de Los Canapés en Avilés. Finalmente, el más joven de los escultores reseñados, Francisco Jesús Redondo, es el autor de una pieza en hierro pintado, colocada en el interior del Polideportivo de Cangas del Narcea, conocida popularmente como El balón de rugby.

Como se puede observar, la escultura pública contemporánea en Asturias es numerosa; incluso han quedado fuera de esta relación algunas otras esculturas realizadas bien por unos autores más próximos a postulados artesanales o por otros de nula trayectoria curricular, entendida esta en términos de rigor y verdadera profesionalidad. Por otra parte, no siempre han sido elegidos correctamente autores, estilos y ubicaciones, notándose una gran disgregación formal y una no excesiva coherencia en las líneas selectivas de las piezas que pasarán a ser parte integrante de la vida de los asturianos.

TRES NOMBRES DE LA EMERGENTE ESCULTURA ASTURIANA

Cabe señalar en este punto que tras un intento fallido de ofrecer un más amplio panorama de la escultura que se hace en Asturias y en el que figuraban representantes de distintas generaciones, la Consejería de Cultura del Principado de Asturias ha querido ofrecer una visión de la más reciente escultura que se hace en la comunidad. Con los escultores seleccionados - Javier del Río, Gonzalo García y Francisco Jesús Redondo- se ofrece una oportunidad a la escultura emergente de la comunidad.

Así, un artista polivalente como Javier del Río nacido en la década de los cincuenta pero de muy reciente dedicación al campo de las formas volumétricas y que en un período de tiempo ciertamente corto - apenas tres años - ha sabido y podido crear en la libertad que le confiere el heterogéneo quehacer que ya caracterizaba su pintura y logrando colages escultóricos de un considerable nivel artístico. Gonzalo García perteneciente a las más recientes generaciones aunque ya con un peso específico entre quienes son sus compañeros en las actividades plásticas, logrando alcanzar, desde el cultivo y el respeto de las artesanías tradicionales de la región, un lenguaje universal en planteamientos conceptuales y en la utilización de materiales tan poco escultóricos como el estiércol. Por último, Francisco Jesús Redondo, el más joven, aún no alcanzada la treintena es el representante de aquella escultura que nada quiere oír hablar de materias nobles y desde su formación como grabador está en la búsqueda de un nuevo repertorio temático que le sitúa entre quienes se apropian de modelos que son más pictóricos que escultóricos, hasta el punto de considerar que sus esculturas no son sino trasplantes de escenas.

Posiblemente algunos otros artistas deberían haber concurrido a esta manifestación de Galicia terra única; pero de lo que no cabe duda alguna es que los tres artistas asturianos elegidos representan las nuevas maneras que hacen que la escultura sea considerada como la vía de salida de una situación que, en otras especialidades artísticas, parece estar acartonada.

JAVIER DEL RÍO: EL COLAGE

Nacido en Gijón en 1952 entrará en contacto con el mundo de las artes plásticas a través de las clases de pintura en la Academia de Alejandro Mieres y las de grabado de Adolfo Bartholomé. Posteriormente se trasladará a Londres donde practicará también la cerámica y, más tarde, a Italia para residir principalmente en Urbino, ciudad en la que se matriculará en la Academia de Bellas Artes y desde la que viajará por diversas zonas del país estudiando la obra de los renacentistas italianos. De espíritu inquieto, regresará a Asturias a principios de los años ochenta para, en una primera fase, volcarse en la interpretación del paisaje asturiano y a continuación iniciar la etapa que podría considerarse ya definitoria de sus intenciones plásticas, dedicándose al grabado, la pintura y la escultura en una actividad casi sin límite.

Actividad que no se limitará exclusivamente a desarrollar las más variadas especialidades, materiales y estilos, sino también a la utilización de heterónimos - como Xavier Flúminis se presentaría en 1991 en la Casa de Cultura de Avilés - que lo hacen irreconocible en su variabilidad temática y técnica. Y en esta muestra de Avilés será la primera ocasión en la que exhiba, de manera conjunta, pinturas, dibujos, grabados y esculturas. Como artista versátil que es, su obra parece carecer de eso que se llama estilo, pero a poco que nos sumerjamos en ella llegaremos a la conclusión de que esa versatilidad es, precisamente, su estilo.

En su escultura, cuyas primeras apariciones públicas se remontan a la citada exposición de Avilés, lo mudable de sus materiales, de sus técnicas, de sus temas, es también una constante: la madera virgen de cualquier árbol, sea palmera o roble, el hierro de materiales de desecho o el acero en planchas, el hormigón coloreado, el poliéster o la fibra de vidrio, la piedra arenisca; todo le vale para lograr unas piezas reconocibles como suyas en su variedad, del mismo modo que inclasificables en estilo alguno, ratificándose en su intento de ser un artista con mil facetas, ser el hombre de las mil caras y confundirnos hasta hacernos ver una exposición individual como si fuera una colectiva. Otra de sus características fundamentales será el de la dedicación a la creación en un estado que se podría decir febril. Es bien reciente la concesión de la Beca Antón 1996 del Centro de Escultura de Candás y en el prefacio del catálogo de su exposición individual ya se manifiesta que, en apenas un par de meses, la actividad creadora ha sido tal que ha desbordado todas las previsiones, tanto en el número de obras realizadas como en la diversidad de líneas temáticas y estilísticas que se acercan a culturas ancestrales del Lejano Oriente, de la América precolombina y hasta a los kuroi o korai de la Grecia arcaica. En estas piezas, realizadas en piedra arenisca y en talla directa, podrían encontrarse trazas de la casualidad, del objeto encontrado, que parece ser una de las pocas constantes de toda su escultura, valiéndole de la misma manera temas de referencias humanas y animalísticas, resueltas siempre con la fuerza que da la espontaneidad y el vigor expresivo aplicado y tenaz.

En los hierros es donde parece encontrarse mayor creatividad en el trabajo de Javier del Río; bien cierto que las referencias picassianas están muy presentes, pero ello no debe extrañar a nadie al provenir de un artista que ya a los catorce años veía al genial artista malagueño como uno de los faros al que dirigirse. Como el Picasso de los primeros años 50 se dedicará a una búsqueda abnegada y negada - recuérdese el "yo no busco, encuentro" - que le permitirá transformaciones de significado desde las formas halladas y perdiendo todo su anterior valor las azadas, las palas, los muelles, las tapas de cárter, los maceteros y mil elementos más, para convertirse en orejas, en una figura humana, en un cuello o una cabeza, en una calavera - otro gran tema picassiano -, en una bañera. Y no olvidándonos tampoco de las valoraciones por medio de signos, líneas, tramas y hasta las simples soldaduras que nos remiten a un escultor que también es pintor, faceta ésta que se advierte de manera especial en las esculturas realizadas en poliéster o en fibra de vidrio, ya que la policromía es uno de los aspectos más buscados en ese momento creativo.

Las piezas que presenta para Galicia terra única son dos realizadas en hierro y claramente identificables con la idea escultórica que le es tan querida: la del objeto encontrado. Los materiales metálicos, no importa si de desecho o no, aunque casi siempre lo sean, van a unirse en ensamblajes a partir de la recreación de sus formas o de sus texturas; la forma final vendrá dada por dos vías bien distintas: unas veces serán los objetos quienes las vayan configurando; en ocasiones, el proceso será justo el opuesto, es decir, que se tratará de encontrar el objeto válido para una idea ya preconcebida, al menos en un estadio inicial muy elemental. Las distintas partes irán conformando un todo del que han desaparecido los detalles y desde lo parcial surgirá lo total. Al igual que en toda su trayectoria escultórica, incluso en la pictórica, los temas y los estilos serán cambiantes; pero permanecerá, clara e persistentemente, esa su devoción por lo picassiano. En este caso, a través de la interpretación de uno de los personajes más importantes en la composición del Guernica, precisamente la de la mujer que sale por la ventana con la luz de la verdad en la mano. Del Río lleva a cabo en esta obra de considerables proporciones un doble homenaje, por una parte a la figura del artista que siempre ha admirado, y por otra a la verdad representada por la simbólica figura.

Y en un gesto de los suyos, habitual, la otra pieza aportada da un vuelco temático construyendo una especie de paisaje con figura, más bien con animal, en la que la idea de la fuente sobre la que está posado el gran pájaro parece remitirnos a la idea de la búsqueda de la infancia y también, como no iba a ser de esa manera, al admirado momento en el que estaba descubriendo o tratando de hacerlo, el camino al que iba a dirigirse en el futuro: el de un artista polivalente en técnicas y lenguajes, en formas y en colores, en materiales y métodos, hasta llegar a convertirse, tal como ya expresé en otra ocasión, en el hombre de las mil caras, en el hombre de los mil artistas. Y lo que es más difícil, sin dejar de ser, porque no puede dejar de serlo, con sus hierros o con sus hormigones, con sus sombras y sus luces, el genuino Javier del Río.

GONZALO GARCÍA: LAS RAICES

Nacido en Gijón en 1966, es uno de los jóvenes valores de la escultura asturiana contemporánea en quien, por su manera de pensar y de crear, se pueden esperar grandes realizaciones. Formado de manera autodidacta, con la experiencia por compañera, siempre apoyado en la figura paterna que le corrige y ayuda en los pasos mal dados, dedicará desde siempre una gran atención a la cultura y a los ancestros de la tierra en la que nació. Sus primeras obras, confusas como no podían ser de otra manera, nos hablan de un escultor que se mueve entre lo artesanal y lo artístico, dentro de unas coordenadas organicistas. También dedica atención a la talla en azabache de pequeñas figuras. Poco a poco irá centrándose y encontrando, primero, un lenguaje mixto en el que conviven los elementos organicistas antes citados y otros de sesgo constructivista. Lleva a cabo su primera exposición individual en la galería La Sala, de Oviedo, en 1991; la instalación titulada Mancorniu era fiel reflejo de las dudas y vacilaciones juveniles de quien entonces se hacía llamar Gonzalo Morís; siguientes apariciones en certámenes reservados a artistas jóvenes van a ir decantando su estilo y hasta se permitirá la participación destacada en dos certámenes de carácter nacional creados para la selección de un trofeo y de un volumen sígnico: el Premio Rionda y Balbín del Colegio de Arquitectos Técnicos de Asturias y el Premio Gaudí de Diseño de Caja España; en ambos concursos, ya como Gonzalo García, sus piezas brillaron a gran altura y rondó el Premio en las dos convocatorias.

Como a tantos otros artistas jóvenes, la Sala Borrón de la Consejería de Cultura del Principado, le posibilitará lo que será su primera muestra de importancia. Bajo el título genérico de Esculturas expondrá en 1995 una serie de esculturas en hierro y en madera, preferentemente en este último material, realizadas entre 1992 y 1994, que ya nos sitúan ante un escultor que sabe lo que quiere llegar a conseguir. Perfeccionados los oficios aprendidos autodidactamente, su lenguaje formal se simplifica, tanto en las composiciones en hierro - apenas esquema de vacíos conseguidos con finas varillas de hierro que conforman el esencial volumen total - como en las de madera, preferentemente vaciadas, hechas pura cáscara en las que introduce un material ciertamente insospechado: estiércol o "cuchu", por mejor decirlo en asturiano como a Gonzalo García le gusta y que va a ser un material en el que, por raro que parezca, volcará todo su conocimiento en pos de un mejor aprovechamiento escultórico de tan inusual materia, tratando de llegar a conferirle una mayor estabilidad física, una mayor durabilidad, una atemperada dureza que permitan la extrusión, el moldeo e, incluso, la talla. Cientos de ensayos se acumulan en las estanterías de su taller dando buena prueba de que nada es ocasional y de que nos encontramos ante un artista tan joven como riguroso en sus planteamientos.

En un par de años más su obra, expuesta en la Casa de Cultura de Avilés, habrá evolucionado en la búsqueda y supravaloración de los vacíos, tanto en los calados y perforaciones de espesas planchas de madera, como en la ordenación, a la vez urbanista y arqueológica, de los elementos individuales que van a componer piezas como Muros, Extramuros y Fundación. En cambio, para la realización de Ur, Gonzalo García emplea un material nuevo en sus creaciones como lo es la piedra arenisca y más que conjunto escultórico, los elementos van a conformar una instalación de manifiesto sentido arquitectónico, lo mismo que otras pequeñas relieves murales en los que la referencia a elementos constructivos está presente. De esta manera, urbanismo, arqueología y arquitectura se unen a materiales como el "cuchu" en un ejercicio absolutamente simbólico de resurgimiento de la materia desde la putrefacción al renacimiento de una masa orgánica a la que el escultor pretende sacar todo su fruto, es decir, reciclarla desde su vuelta a la tierra hasta proporcionarle una nueva entidad en el eterno ciclo de vida, muerte y resurrección.

Las dos obras que Gonzalo García aporta a Galicia terra única nos permiten efectuar un mínimo repaso a cuanto de su obra se ha hablado hasta el momento. Por un lado la pieza Trifones, realizada en 1992 en madera y "cuchu", es claramente representativa de su etapa en la que los volúmenes eran tallados, más propiamente se diría vaciados, hasta ir conformando unas, a modo de, columnas salomónicas cargadas de barroquismo formal a las que en un juego simbólico descarga de todo oropel para con su revestimiento de "cuchu", retrotraerlas al mundo concreto y hacerlas, de nuevo, tierra. Tal como el mismo escultor reseña con el sorpresivo efecto de retornar, mediante el añadido de colas, a su aspecto primitivo y transfigurarse en una textura como de tierra recién arada. Lo surgido de la tierra a la tierra ha de volver, tal parece ser la premisa conceptual de la que se vale el escultor.

No son otra cosa distinta que lo surgido de la tierra, antiguas civilizaciones excavadas en la memoria, las tres piezas Fundación, Muros y Extramuros que en una nueva disposición parecen adoptar la condición de ciudad alta, de acrópolis, en la que las tapias, en su elevación, se hacen bien un símbolo de la impotencia o detención de su asalto, bien un cerco protector en el que los vacíos han dejado de ser planta, como lo eran en su disposición anterior y se han convertido en alzado. De huella han pasado a convertirse en estela evocadora de una arcaica civilización en la que los signos ¿sagrados ? se han hecho evidentes.

En las dos esculturas, Gonzalo García, no hace más que estrechar su acercamiento al mundo rural asturiano y nutrirse de la simbología fertilizadora del estiércol, del mismo modo que se manifiesta claramente contrario a su empleo esnobista, es decir a no utilizarlo como novedad y sí a hacerlo como consecuencia de una necesidad antropológica y, en cierta medida , también ecológica.

FRANCISCO JESÚS REDONDO: EL PAISAJE

Natural de la localidad minera de Cangas del Narcea, donde nació en 1968, se trasladará a Oviedo para estudiar en la Escuela de Artes Aplicadas; allí coincidirá, además de con un profesor - Fernando Alba - que le marcará conceptualmente, con otros muchos artistas jóvenes que comienzan a destacar en las Muestras Regionales de Artes Plásticas hasta conseguir la graduación en Grabado y técnicas de estampación. No obstante, no será en esta especialidad artística en la que comenzará a destacar, pues sus primeras apariciones públicas lo serán una exposición individual en la sala Borrón de Oviedo y la Muestra de Arte Joven de 1990. Para esta muestra fueron seleccionados dos esenciales volúmenes que se podrían emparentar con un minimalismo y con un arte forzosa y necesariamente pobre, realizados con madera, cartón y chapa de hierro la una y con madera y papel prensado la otra.

Al año siguiente, 1991, es seleccionado de nuevo para la Muestra Regional de Artes Plásticas con unas piezas que formalmente recuerdan a las del año anterior por su conformación prismática, pero en las que ya comienzan a dejarse ver una serie de elementos compositivos - clavos - que adquieren valor simbólico y en las que las intenciones de interrelacionar los espacios - el dentro y el fuera - las aleja conceptualmente de la serie realizada en las etapas anteriores. La aparición de los clavos es la primera manifestación de sus intenciones de convertir la escultura en pintura volumétrica, de trasponer el paisaje, en aquel momento humano, a sus realizaciones en volumen.

En su obra grabada el concepto es el mismo o, por mejor decirlo, el inverso, ya que sus temas vienen a ser los mismos; los clavos son las figuras humanas circunscritas a paisajes abiertos o a paisajes urbanos, todo ello resuelto con una gran sencillez formal, la misma de la que había hecho gala en aquellas piezas minimalistas de años anteriores. Tras una época en la que se dedicará a estampar obras para conocidos artistas asturianos, retomará con más fuerza, si cabe, su vocación escultórica siendo seleccionado para la muestra De lo nuevo 92, auspiciada por Caja de Asturias como plataforma de lanzamiento y de confrontación incruenta de jóvenes artistas. En esta ocasión ya es manifiesto su interés por la transposición del paisaje en elementales formas y acercándose tanto a la pintura que, si se hiciera salvedad de los volúmenes introducidos, estaríamos en presencia de un pintor que se vale de soportes con formatos singulares. 1992 será, pues, el momento cronológico que nos acerca a su obra más actual al haber atravesado una fase de cierto silencio creativo, sólo interrumpido por la realización del gran mural El balón de rugby, de 6 x 6 metros, en el Polideportivo de Cangas del Narcea, con piezas colgantes en estudiados escorzos que representan a jugadores y espectadores y que viene a ser, una vez más, un claro ejemplo de la intención de Redondo de no realizar esculturas cerradas en sí mismas y que lo pretendido es esbozar significados que sean válidas para el autor y de múltiples interpretaciones para los espectadores.

Tres son los trabajos que Redondo presenta en Galicia terra única; y los tres vienen a ser clara muestra de sus intenciones escultóricas en las que los volúmenes, presentes no obstante, ceden parte de su valor a la línea y al color. En una de ellas, Sin título, parece regresar a aquellas formas mínimas y esenciales de sus comienzos, incluso por la reaparición de un elemento prismático que se convierte, a la vez, en peana y en centro de una mirada obligatoriamente dirigida al interior; la utilización del hierro - material común, junto con la pintura industrial, de las tres piezas - también entronca con aquellas obras primerizas y hasta el concepto viene a ser bastante cercano a los trabajos antes citados en los que nos referíamos al paisaje en el que se integran elementos humanos. De dimensiones parecidas, cercanas a los dos metros, es la pieza titulada Sí, desde el cerro hay buena vista podría considerarse el punto de inflexión entre las maneras más antiguas y estas otras en las que el concepto y hasta el género paisaje es la obsesión, por paradójica que parezca, del escultor; mediante unos simples pliegues hechos a la chapa y con una cierta inclinación consigue un retazo de paisaje marino en el que también están incluidos los omnipresentes clavos/hombres. Como no podría suceder de otra manera, el color juega un importante papel y hace que quede completa la transposición de ese género más propio de lo bidimensional que de lo tridimensional.

Casi podría considerarse como una instalación la más voluminosa de las tres obras en lo que puede suponer un paso adelante en la trayectoria de Redondo; la titulada Marina contiene los elementos narrativos que le son propios al género del paisaje, pero también un carácter de relación con y en el espacio propio de las instalaciones. Cuatro altos postes van a delimitar un espacio interno, pero a la vez constituirán el soporte de los elementos paisajísticos tópicos: nubes, agua, tierra en la que la nube, la línea del horizonte y el mar nos sitúan ante la obviedad de un paisaje apenas esbozado, de una escultura en la que el color se hace protagonista y lo simbólico adquiere una valoración añadida por la inclusión de otros componentes que matizan y posibilitan lecturas distintas a la linealidad de lo propuesto desde el título de la instalación.

Color, simplicidad de líneas y elementalidad son pues las coordenadas de una escultura que se hace plenamente contemporánea con el paso del tiempo y que tan diferente resulta de los planteamientos, ya no clásicos o tradicionales, sino de los propugnados por los maestros de hace apenas dos décadas. La metamorfosis de la escultura es tan manifiesta que, tal como decíamos al inicio del texto, ni material, procedimental o conceptualmente la escultura de nuestros días tiene nada que ver con la idea que hasta hace bien poco teníamos arraigada en nuestra mente.

 

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