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IMPRONTA II. LA ESTAMPA EMERGENTE EN ASTURIAS: EN CLAVE DE BÚSQUEDA Y DE CONFORMACIÓN ESTÉTICA

©  Mª del Mar Díaz

A diferencia de la edición anterior, cuyo itinerario nacional no pasó desapercibido en otros lugares, la muestra Impronta II concita en esta ocasión trece artistas asturianos. Número altamente simbólico, cuyas negativas resonancias no empañan en nada la calidad y la prestancia de un conjunto de estampas tan singulares. Si la anterior exposición inició su punto de despegue en Asturias, siendo acogida posteriormente en el Taller Gravura de Málaga y en el Jardinico de Murcia, en esta ocasión la muestra está pensada para un recorrido estrictamente regional, un circuito itinerante que se inicia en Avilés. Acogida en las galerías de Cajastur, patrocinadora del evento, la colectiva pone de manifiesto las más recientes aportaciones de este grupo de jóvenes grabadores. Lo mismo que en la pasada ocasión, Jaime Rodríguez y Ana Vila son los ideólogos de esta iniciativa, que ellos organizaron y planificaron desde el principio, es decir cuando aún se gestaba la primera Impronta y cuando aún no había finalizado el primer recorrido. Desde esa perspectiva, Impronta se ofrecía en aquel momento, y se ofrece ahora, como el primer eslabón de una cadena, que traduce el enorme compromiso de los organizadores y de los participantes de la muestra con la gráfica, sin menoscabo de la tutela institucional de Cajastur, que prodiga una atención especial a la difusión del arte gráfico contemporáneo desde hace bastante tiempo. Por no citar más que unos ejemplos, recordemos las diversas muestras auspiciadas por la primera entidad bancaria regional: Trienales de Arte Gráfico o exposiciones tan significativas y elocuentes como las tituladas Frans Masereel, La estampa contemporánea en Flandes y Obra gráfica en Asturias 1998. Concebida siempre a modo de balance y como un resumen de propuestas y de experiencias, la actual exposición pretende dejar huella como su nombre así lo indica, pero también quiere dejar la indeleble imprimación de su singular identidad, de su peculiaridad expositiva.
En efecto, el panorama artístico general tampoco ha cambiado consustancialmente en dos años y los términos empleados en el prólogo del anterior libro siguen vigentes aún. Desgraciadamente, el sombrío horizonte que se había trazado en aquella ocasión no parece despejado, tampoco se adoptaron vías de solución para paliar unas deficiencias ya seculares. Insistir nuevamente en la carencia de infraestructuras de estampación adecuadas o denunciar la insuficiencia de talleres públicos, que facilitarían con toda seguridad la producción de los grabadores asturianos, es un discurso que corre el riesgo de anquilosarse, por viejo, por caduco o por manido. Sin embargo, la realidad es la que es y no por obviada resulta menos realidad, ni son menos acuciantes las necesidades. En este sentido, a través de las aportaciones más recientes, Impronta II viene a recordarnos a todos lo que hay, lo que se hace, pero también nos indica lo que aún falta, lo que todavía no se ha conseguido. En el mejor de los casos, aún replantearemos lo mismo y del mismo modo durante la tercera edición, porque Impronta se propone seguir reuniendo la producción de una serie de artistas divergentes e insurgentes tanto en sus propuestas como en sus planteamientos temáticos, formales y estéticos. (1)
La suma de géneros, la particularización e individualización de unos trabajos que se distancian del tradicional concepto de seriación -consustancial e intrínseco a la gráfica-, el propósito de mestizaje estilístico, el sentido de universalización de formas y tendencias son las directrices más llamativas de este conjunto de estampas, pues todas las creaciones participan de estas características. Si bien se presupone fácilmente, conviene destacar que los integrantes de esta edición atesoran una sólida formación en grabado y técnicas de estampación que se pone especialmente de manifiesto en la resolución de los trabajos de Jacobo de la Peña, “Israel” (La Coruña, 1974) y de María Mieres (Mieres, 1977), quienes emplean con absoluta maestría, y con gran logro, la punta seca. Valoramos igualmente su economía de medios que no resta ninguna prestancia al carácter fuertemente monumental de las representaciones abstractas, en un caso, y profundamente humanísticas y figurativas en el otro. Pertenecientes a la serie Errante en la sombra, las estampas de la artista mierense sorprenden tanto por su gran formato como por los simplificados y reveladores gestos que articulan formas envolventes y movimientos instintivos.
Bien es verdad que el dominio de los procedimientos capacita ampliamente a todos nuestros artistas, que los emplean con ambivalencia, sin cortapisas y sin complejos, que tocan todos los palos, como así debe ser. Se presupone que el conocimiento y el dominio de las técnicas es una ayuda sustancial para el artista, pues se transforma en herramienta creativa plural y simbiótica, como tan bien podemos advertir en las pulcras estampas xilograbadas de Laura Blanco (Gijón, 1975), dotadas de un impulso creativo inusitado, debido posiblemente a ese juego contrastado fuertemente expresionista y contundente al mismo tiempo. No menos interesantes resultan las composiciones - superposiciones tridimensionales habría que señalar, a buen seguro- de Angélica García (Oviedo, 1972), cuya gran mesura y equilibrio apelan a la contemplación reflexiva, a la admiración, al fin y al cabo. Además, el medio favorece ahora el mestizaje técnico y la incorporación de nuevas tecnologías, la suma de recursos infográficos e informáticos amplía, sin lugar a dudas, la noción de estampa, que traspasa los restrictivos márgenes tradicionales. Vale la pena mencionar, en este sentido, a Jaime Rodríguez (Oviedo, 1968), artista que despliega un derroche de medios técnicos y formales sin parangón. En esta ocasión, eligió la impresión digital sobre tela para trasladar tres piezas de contextura autobiográfica impregnadas de sentimientos y de vivencias dramáticas. Llama poderosamente la atención la versatilidad de una sintaxis en la que se conjugan toda clase de recursos, puestos siempre al servicio del tema, subordinándolos al asunto a través del que Jaime vuelca, en muchos casos, un inconformismo desgarrador. Sus obras traducen casi siempre su insaciable inquietud artística, su bullicioso e imparable afán de crear, de experimentar, de innovar.
En ese contexto de préstamos formales, conceptuales, estéticos y técnicos, una estampa es una obra de arte más, léase pintura, escultura o instalación. Una estampa contemporánea, una estampa emergente, juega en igualdad de condiciones, ajena a la lesiva e insostenible jerarquización artística, que catapultó el arte gráfico hacia un terreno de inferior categoría. Una estampa debe situarse, por derecho propio, al margen de los prejuicios de los entendidos, del público y de la crítica. No obstante, también hay que advertir que al participar de esa misma equivalencia, la gráfica contemporánea participa igualmente de todas las cualidades y de todos los defectos que se imputan a la creación contemporánea en general, participa de su dispersión y de su desorientación por glosar los términos del crítico Alfonso Palacio (2). La experiencia de la historia del arte nos demuestra que, incluso, los movimientos más arraigados, de fértiles y sólidos planteamientos, han sido fagocitados por el devenir de otras corrientes y de otras pulsiones arrebatadoras.
Resulta esperanzador advertir que, en este contexto, de dispersión artística, el dominio de la gráfica todavía tiene retos que cumplir en muchos sentidos, pues aún quedan caminos por explorar y barreras que traspasar, y es que en la gráfica no todo está dicho aún, no todo está felizmente concluido. Los constrictivos formatos, los soportes tradicionales, las técnicas más canónicas y puristas impelen constantemente a la ruptura, a la trasgresión audaz y sorprendente. Los artistas experimentan nuevos efectos procedimentales más versátiles, mucho más prolijos y también más complejos, que se aderezan con una sintaxis formal simbiótica, muy enriquecedora, de tal manera que ahora incluso la cerámica y la fotografía devienen grabado. Estos dos medios expresivos están en la base de las sorprendentes propuestas de Marta Fermín (Oviedo, 1973) y de Ana Vila (Oviedo, 1954), quien gracias al dominio de la técnica cerámica pudo reactualizar la milenaria noción de las tabillas de arcilla grabadas con punzón. En lo que podemos denominar grabado corporal sobre lámina de porcelana, la autora dejó impresas las huellas de sus manos y de sus pies, trazas que ella confronta conscientemente con otras estampas aéreas y transparentes, unas estampas muy delicadas, también más canónicas en un todo que conforma una agradable instalación. Como no citar las complejas multigrafías de Marta Fermín, que condensan diversos lenguajes formales, concitándose en ellas la precisión de la fotografía, la plasticidad maleable de la infografía y un poderoso signo que delata su pasión por la gráfica. Lo cierto es que un viaje a Brasil actuó como verdadero catalizador de emociones y de experiencias para la artista que desencadenó, a partir de esta experiencia, una nueva serie de sugeridoras aportaciones, recogidas bajo el preciso titulo Geografía de la memoria. Esta fecunda serie es, sin duda, el alegato más elocuente e inapelable que nos pudo aportar la autora sobre ese espléndido país.
En estos momentos, las estéticas gráficas contemporáneas traducen asimismo un mayor compromiso creativo, una intensa implicación de otros géneros, entre ellos la literatura, como se advierte fácilmente en los emocionados caligramas que la versátil creadora Rocío Pinín Tolivia (Gijón, 1975) dedica a La pequeña Frida, la célebre y singular pintora mejicana. Desgajadas de las palabras, cayendo como burbujas de aire y de sol, bajando como alfileres pinchosos, anegándo el espacio como la lluvia y el agua, las letras gravitan sobre un impoluto cosmos celeste. Al trabajar sobre un texto la autora nos invita a profundizar sobre los sentimientos, a reflexionar sobre el pensamiento, a apurar nuestro conocimiento. No menos interesantes resultan las metonimias intimistas de Jezabel Rodríguez Asperilla (Oviedo, 1977), cuya esencialidad resulta conmovedora. La codificación de sus escuetos y, a la vez, sinceros, relatos gráficos (buril y punta seca) canaliza otra suprarealidad, que surge desde la atenta y minuciosa observación del entorno y del contorno de la artista. Son partes que se engarzan en un todo más complejo, más amplio y más notorio del que Jezabel selecciona un latido, una palpitación que resuelve primorosamente en unas composiciones, que trasladan el “encuadre fotográfico” y toda su sabiduría de este medio.
Aunque el proceso de búsqueda y de experimentación debe ser constante y debe concitar a todos los grabadores, los artistas más jóvenes acometen el proceso de indagación con escasos recursos, con menos bagaje artístico y con más riesgo, situándose de este modo siempre a la deriva. Bien es verdad que, en contrapartida, los nuevos postulantes, asumen igualmente la creación con mayor amplitud de miras y con más libertad creativa porque eso es, al menos, lo que atestigua este conjunto de estampas. Las ansias creativas de los artistas, de todos los niveles, jerarquías y estamentos, se abren paso en ese caldo de cultivo vacilante que los empuja perennemente, a veces sin rumbo y en otras ocasiones de forma errática, a hacer y a contar a través de sus obras. Se trata de un territorio lleno de riscos, siempre inestable y siempre inseguro, en el que los artistas dejan, en muchas ocasiones, las desoladoras señales de su personalidad o la orfandad de sus sentimientos. Vale la pena citar aquí el caso de Sandra Fernández Sarasola (Grado, 1971), cuya valiente trayectoria merece nuestro elogio. Tras sus prácticas de fin de carrera en el taller de Oscar Manesi en Madrid, la artista emprendió una aventura tan arriesgada como emocionante cuando abrió taller en Madrid, anclando allí su vida personal desde entonces. Esta gran cosmópolis española ya había dejado unas huellas imborrables en la personalidad de Sandra Fernández. El denso parcelario madrileño imponía su laberíntica idiosincrasia en algunas de sus obras grabadas. La autora venía a confrontar de este modo unas vivencias idílicas en el medio rural asturiano con su nueva vida en el seno de una gran ciudad. Ahora, la artista remite unos trabajos muy diferentes, profundamente sugeridores, pero muy inquietantes igualmente, porque condensan, a buen seguro, otras experiencias personales y unos presupuestos estéticos que se encardinan dentro de las vías de la instalación tridimensional con incorporación de materiales y añadidos a su aportación gráfica.
Como se ha insistido más arriba, estas imperecederas improntas codifican las señas de identidad de cada uno de los integrantes de la exposición: once féminas y dos varones. El elevado número de mujeres artistas y su particular quehacer llama poderosamente la atención, porque se empeñan en evocar de otro modo, con otra sensibilidad, la idiosincrasia de su particular creativa, antaño silenciada y acantonada en las lindes del hogar o en los reductos de la vocación. Las muestras colectivas regionales reúnen una nómina de autoras cada día más abultada y, en este sentido, podemos afirmar que, al concitar mayor número de creadoras que de creadores, Impronta II se muestra en clave femenina. Las sutiles y reflexivas obras de Fernanda Álvarez Jímenez (México DF, 1967) encabezan por derecho propio este fecundo elenco artístico femenino. Su codiciada patria, su paraíso inocente es, sin ninguna duda, su infancia perdida, infancia irresponsable siempre segura e incontrovertible, a la que ella trata de retornar perpetuamente a través del arte, siendo éste un medio de profundizar el conocimiento de sí misma, un medio de exploración de los demás y del mundo. En esta ocasión, la serie Flores negras, viene a registrar las pulsiones de una nueva y potente alegoría de su cuerpo y de ella como ser humano, porque Fernanda quiso acotar, mediante estas gráciles y efímeras siluetas, el contorno y la morfología de sus Problemas de crecimiento. Semejantes propósitos de reflexión y de indagación caracterizan la trayectoria de Beatriz Corredoira Viñuela (Gijón, 1971) que presenta dos espléndidas obras pertenecientes a un conjunto ya expuesto bajo el epígrafe Grabados y monotipos. El carácter poético y nostálgico del paisaje asturiano estimula, ciertamente, las series “verde” y “azul”. Especialmente bella y delicada aparece la otra estampa, perteneciente a la serie “los espacios no pintados” en la que se nos propone una reflexión sobre la negación espacial, determinada por la rebaba. Además de reunir dos importantes cualidades, la discreción y la transparencia, el soporte elegido por la autora (entretela sobre armazón de madera) resulta absolutamente definitorio de la estética femenina, de su condición de creadora. En este caso, la luz actúa además como agente activo de la obra, pues discurre en intensas miríadas de energía y de color cristalino.
Sorprende y mucho la concepción artística, el tema y el tratamiento elegidos por la corverana Yolanda Valverde Gutiérrez (Corvera de Asturias, 1974). En principio, inició estudios de Ingeniería Técnica Industrial lo que, de alguna manera, explica la elección del motivo artístico. Pero, otra fructífera coincidencia vino a confirmar a la autora las directrices de su trayectoria, pues la interiorización intuitiva de los vestigios industriales avilesinos se abría paso en unos primeros trabajos en los que proliferaban las chimeneas, los altos hornos, los gasómetros y los recintos industriales. Experimentó sobre toda clase de soportes, utilizando incluso planchas metálicas galvanizadas sobre las que desplegó todo un abanico de técnicas y de procedimientos. Yolanda no ha cesado aún de exprimir el univoco carácter de aquellos vestigios en unos particularizados trabajos al óleo y serigrafía sobre tela, que se tornan más luminosos, y también más coloristas. La rigurosa concisión de sus deconstruidas figuras traduce mejor ahora, si acaso, una percepción interior muy arraigada.
Este viene a ser el recuento de una muestra interesante, que incorpora las creaciones más recientes y singulares de una nómina de jóvenes artistas, comprometidos desde la formación, el conocimiento y la investigación personal con un medio expresivo que aún deparara un ilimitado campo de actuación.

 

(1) Con relación a la producción artística contemporánea, refiriéndose sobre todo a las aportaciones más innovadoras, también a los artistas más jóvenes y noveles, merece la pena citar la cuidada reflexión y el riguroso análisis efectuados por las autoras BARROSO, J. y TIELVE, N: Arte actual en Asturias un patrimonio en curso, Trea, Gijón, 2005 (en prensa).

(2) “El mestizaje, valor positivo durante mucho tiempo, ha perdido el norte y devenido, por así decirlo, en una especie de potaje dentro del cual uno puede encontrarse las cosas más variadas, sin que de su combinación surja nada revitalizador”. Alfonso PALACIO: “Del dispar-arte al arte disipado” en Dispararte, Muestra de Artes Plásticas 04, Servicio de Publicaciones del Principado de Asturias, 2004, p. 7

 

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