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HÉPTASIS 06+1

© Antonio Alonso de la Torre García

Seis jóvenes artistas seleccionados y una artista revelación conforman la XVII edición de la Muestra de Artes Plásticas del Principado en este año 2006. Ellos ejemplifican un año más que el arte en Asturias posee un alto nivel y que está al día de las propuestas más vanguardistas que se realizan. De modo variado logran expresar con sus creaciones pensamientos, emociones o preocupaciones varias que a todos, de un modo u otro, nos conciernen. En esta muestra se observan reflexiones sobre territorios íntimos, sobre el objeto del arte, sobre temas sociales y hasta ecológicos. Entre tanta variedad y dudas queda una enseñanza y un ejemplo: que las personas que se atreven a afrontar los problemas de modo creativo son el estímulo que nos permite a los demás acariciar la esperanza de un mundo mejor.

La artista revelación de este año, Isabel de la Sierra, reflexiona en la serie Cuadros múltiples acerca de diversos aspectos artísticos que van de lo lúdico a lo reivindicativo y de lo geométrico a lo sensible. Se trata de que cada espectador combine según sus preferencias diversas láminas y fondos. Ella realiza una propuesta y facilita un material de construcción que consiste en múltiples superficies cambiantes. Cada espectador realizará, según su necesidad interior, sus personales composiciones.

Con este método persigue interactuar con el observador para que éste aporte su capacidad creativa y comparta los proyectos y dudas del proceso de creación. En su obra hay un interés didáctico que combate la visión de una sociedad que limita el arte a unos pocos iluminados capaces de expresar pictóricamente sus emociones. En esta propuesta la vida es vista como un juego en el que cualquier ser es capaz de poner de manifiesto su sensibilidad. La cuestión está en cómo debe hacerlo y la respuesta en la propia intuición del creador. Y es aquí donde aparece un elemento reivindicativo al reseñar lo necesario del cultivo de esa intuición. 

Las posibilidades de combinación van más allá del soporte porque a lo largo de su carrera Isabel se ha interesado por relacionar el arte clásico y el industrial. Para ello se sirve de diversas técnicas como enfrentar colores como el blanco, rojo y negro a otros metalizados como bronce, plata y oro. También utiliza materiales salidos de la fábrica; en este caso metacrilatos recogidos de una distribuidora industrial.

En este trabajo subyace la atenta lectura del libro de Kandinsky De lo espiritual en el arte. En él se comenta la consonancia o disonancia de los elementos, la fuerza de cada forma y cada color, el tratamiento de los grupos de formas y colores, la superposición de elementos velados con elementos expuestos, la combinación de lo rítmico y lo arrítmico.... Los efectos infinitos que resultan dependen del momento, de la lucha de emociones, de impulsos, nostalgias, contradicciones... Cada composición artística será el resultado de la inestable armonía de nuestro interior. Ninguna propuesta artística es absoluta, ni siquiera las que nos propone la artista.

Dice Kandinsky que la geometría es el elemento objetivo que permite a la pintura permanecer al margen de cambiantes humores, pero que en última instancia está siempre la sensibilidad y no el cálculo. El artista, cualquier persona puede serlo, debe educar y ahondar en su propia sensibilidad, cuidarla y desarrollarla para que su talento no sea algo sin sentido y vacío. 

 

Enrique Álvarez de Celis se aproximó al ambiente artístico a través de la Asociación Marbás de Siero. Con dieciséis años ha experimentado técnicas, texturas y colores y ha sabido llevar al lienzo con sensibilidad aspectos de su entorno que observa y le preocupan.

A esta temprana edad tal vez esté más presente la excitación de ver y de sentir, sobre todo cuando se vive en un medio en continua transformación. Enrique ha visto como el asfalto, las urbanizaciones y las grandes superficies arrinconan el paisaje rural en el que vive. Él habita un lugar en el que se agudiza la confrontación entre lo natural y lo artificial en tal medida que hay que plantearse la diferencia entre lo que necesita de la intervención del hombre y aquello otro que no es más que un abuso por su parte.

Para expresar su reacción ante este medio Enrique transfiere a la tela fotografías de prensa que reflejan fábricas, edificios o carreteras. A partir de este núcleo original se expanden líneas y colores que integran la obra. La composición dinámica de estos delicados paisajes armoniza con la realidad cambiante que expresan.

En los últimos cuadros de esta serie utiliza colores más suaves y parte de elementos naturales, como árboles o jardines, que reflejan el necesario equilibrio que debe haber entre las exigencias del medio y las exigencias de las personas que viven en él.

Estas obras reconstruyen el paisaje habitado a través de la percepción, la imaginación y la afectividad. Es un signo de madurez representar el mundo como se conoce y siente y no limitado a como se percibe. A través de esta obra podemos acercarnos a lo que hay detrás de la cambiante superficie de las cosas, distinguir lo que es una realidad esencial y duradera de lo que no es más que apariencia accidental.

Analizar la realidad más próxima ayuda a la transformación interior que todos necesitamos para adaptarnos a un medio que se modifica de continuo.

 

El proyecto con el que trabaja en la actualidad Adriana Rodríguez se origina en la idea de crear un museo propio en el que convivan la modernidad formal con las raíces iconográficas de nuestra civilización. Para ello estudia en profundidad la resolución de diferentes pinturas del pasado, desde el análisis plástico hasta el contexto histórico en el que se originaron. Con este método se plantea los mismos problemas prácticos a los que se enfrentaron otros creadores en su momento, pero a través de esta apropiación lo que persigue principalmente es tender puentes entre un arte histórico y otro vanguardista.

El resultado de esta investigación destaca por su espontaneidad y, en gran parte, es inesperado también para la propia pintora. La elaboración de estas obras  conlleva una continua rectificación práctica y en ellas importa más el proceso creativo que el resultado, porque en el tránsito radica el aprendizaje que se persigue.

Esta reflexión se traslada al espectador porque a través de la combinación de imágenes y textos se potencian todo tipo de asociaciones inconscientes. Hay interés en la multiplicidad de lecturas. La obra permanece abierta y cada persona posee su interpretación.

Como sucedía en otras series que Adriana pintó anteriormente está presente la idea de saturación, de exceso de información. Es una forma de denunciar la confusión reinante en nuestra sociedad, en la que el exceso de estímulos lleva a la no comprensión. En la misma disposición de la obra en la pared se busca la acumulación, una manera de aludir a antiguos palacios y museos cuyas paredes rebosaban cuadros para único deleite de su dueño. Al observar estas obras parece que tanto antes como ahora queda en entredicho la función social del arte.

Formalmente se utiliza el mecanismo compositivo de superponer a las figuras símbolos, signos y marcas que se diseminan sobre el conjunto de la superficie. En esta combinación se entabla un juego de relaciones que alberga un doble sentido. Aparentemente es una pintura ingenua pero en su narración se desmitifica el arte y se denuncia con ironía el enredo de la confusa sociedad que vivimos.

 

Para Noé Baranda la fotografía es un modo de expresar emociones y de dar sentido a la vida mientras explora sus propias inseguridades. Es un trabajo de introspección que recuerda a las jóvenes fotógrafas finlandesas Elina Brotherus o Aino Kannisto. En esta serie titulada Antes de la lluvia Noé busca ir más allá de la realidad temporal inmediata. Aunque en cualquier fotografía el tiempo se mantiene congelado en éstas se aprecia un movimiento temporal que se forja en el terreno afectivo. Tenemos la certeza de que algo va a suceder y de que la vida nos aproxima un drama.

En estas imágenes una especie de pregunta sin respuesta queda en el aire. El silencio y la calma que precede a la tormenta atraen la atención y crean una atmósfera opresiva. En ese ambiente cargado hay algo que permanece invisible pero que está muy presente en toda la escena. Se trata del temor a lo desconocido e inevitable.

Para conseguir esa tensión latente y esa intensidad emocional cuida en cada fotografía el equilibrio de formas, sombras o reflejos y busca colores y luces psíquicas que involucren al espectador y le hagan compartir y sentir como propios los interrogantes planteados. Cada localización y cada momento es escogido cuidadosamente para que forme parte de esos personajes que lo habitan, como si el entorno fuera su segunda piel. Con la convicción de que lo externo nos afecta y llegamos a hacerlo íntimo.

De este modo el fotógrafo incita a reconstruir el futuro dependiendo de las experiencias y relaciones personales de cada uno. El espectador se ve envuelto en una red de corrientes emocionales que desatan en el pensamiento inquietantes saltos hacia un futuro lleno de sospechas. Sentimos cierto desasosiego porque desconocemos lo que pasará a continuación.

En definitiva, se trata de lugares y momentos presentes que se abren a un porvenir ausente. Es un intento de alcanzar lo imposible, de aproximarse a lo distante. Por eso el tiempo de exposición fotográfica es toda la vida.

Se trata de la fotografía usada para explorar el transcurrir inevitable de la vida y la cuestión de nuestro lugar en el mundo. El mismo Noé Baranda escribe “fotografié realidades y obtuve secretos. Fotografío un tiempo de espera. Me interesa lo que no veo”.

 

Muy distinto al caso de Noé Baranda es el de Juan José Pulgar, que utiliza la fotografía como un documento social. Su formación como licenciado en historia se observa, por un lado, en su intención de estudiar y registrar las relaciones entre los seres humanos y entre estos y su entorno, y, por otro lado, en los cruces de su obra con otros medios artísticos, como sucede en esta ocasión relacionando la fotografía con los cuadros de bodegones denominados vanitas.

Las vanitas clásicas representan diferentes formas de alimentar los sentidos y el espíritu y recuerdan lo breve de los placeres y logros terrenales. En ellas aparecen objetos inmóviles como flores mustias, relojes o velas apagadas que reflejan la tensión entre la belleza de la vida y su naturaleza efímera ante la certeza de la muerte. Juan José Pulgar actualiza este asunto y presenta unos bodegones contemporáneos que son los escaparates de nuestras calles, unos escaparates que contienen nuestras ambiciones y deseos y que reflejan nuestra nueva forma de consumir.

En las tiendas de “todo a cien” o en las que denominamos “de chinos” se acumulan de modo llamativo los nuevos caprichos de la sociedad. Se trata de objetos extravagantes, de ínfima calidad material y estética, que responden a las necesidades pasajeras de la moda. Cumplen su objetivo de ser deseados un instante y una vez adquiridos no tardan en volver a ser inútiles objetos sin valor.

El comprador moderno no consiente que un antojo le recuerde que puede durar más que él. Por esa razón se fabrican desechables y una sociedad autocomplaciente puede mantener viva la ficción de sobrevivir a todo. En una civilización derrochadora realidades como la fugacidad de la vida, la enfermedad o la muerte no favorecen el consumo convulsivo.

Juan José Pulgar se vuelca en objetos cotidianos que podrían pasar desapercibidos y los convierte en algo más profundo. No construye para el espectador mundos engañosos sino que nos recuerda el constante engaño de lo visible.

Estas fotografías recuerdan el tratamiento teatral de la imagen y la visión  de una ciudad desvariada y maniática que ofrece el fotógrafo inglés Martin Parr o también los bodegones domésticos de Wolfgang Tillmans.

 

La serie de trabajos que presenta Cristina Busto se origina con su traslado desde una pequeña ciudad a una gran urbe. Esta nueva etapa necesitó de una toma de conciencia en la que poco a poco debía organizar mentalmente el nuevo espacio habitado y hasta entonces desconocido.

Hay ocasiones en que el medio es más fuerte que el que quiere adaptarse a él. Para vencer en este conflicto y situarse en ese incierto mundo circundante Cristina acudió a la terapia del trabajo creativo. Intimidada por una masa social enorme en la que no reconocía personas se refugió en su casa y se dedicó a coser y confeccionar los muñecos que hicieran la vez de nuevos compañeros. La versatilidad técnica de Cristina tiene su origen en su facilidad de adaptación a los materiales de que dispone en cada momento. El material utilizable define la estética y, en este caso, la tela y el cosido aportan volumen, variantes de color, texturas… En la seguridad de su sofá creó un mundo propio que se fue enriqueciendo con otros personajes encontrados en sus primeras salidas a la calle, como un maniquí o un juguete abandonado. Surgen así Sofarruco o Miedusa, esa muñeca a la que otorgó larga cabellera al recordarle a las temibles gorgonas. Lo que la asusta acaba siendo el eje de unas obras que disfruta elaborando y que se convierten en terapia. Son habituales en esta artista títulos en los que se aprecia la ironía que surge de, quien con madurez, adopta la misma postura ante los diversos vaivenes del ánimo.

En situaciones así surgen las añoranzas de las raíces y las cavilaciones sobre si merece la pena o no sacrificar lo cercano, la familia y los amigos, para llegar a lo deseado. Existe desconfianza porque lo apetecido es también desconocido. Hay ocasiones en que la ilusión se convierte en engaño y el avance se vuelve retorno arrepentido. Ante estas dudas Cristina acudió al amparo del Paisaje para alejarse de la ciudad enloquecida de ambiciones. Fue así que cosió montañas y prados en los que tumbarse y sentir la paz tranquila de los valles norteños, el amparo de la hierba, y poder observar la inmensidad que empequeñece las dificultades. La distancia y el paso del tiempo son tristeza, pero ayudan a valorar lo que se tiene y a apreciar las raíces.

 

En la obra más reciente de Elena Rato se observa una concepción cada vez más dilatada y abierta de las superficies desnudas, confirmando una mayor apertura y espaciosidad. También gana en luz y colorido ya que las manchas negras, que antes dominaban, parecen derretirse, y a los amarillos los acompañan ahora los rosas.

En sus trabajos funde elementos procedentes de la abstracción con imágenes que poseen intensidad naturalista. Para lograrlo combina de modo dispar formas imprecisas y descontroladas junto a otras imágenes nítidas, minuciosas y realistas, que suelen aparecer fragmentadas. Esta composición mixta en la que combina varias técnicas y motivos se unifica a través de una sensible trama de tonos cálidos. Pero no hay que quedarse nada más que en la emoción estética que producen esos valores cromáticos, ya que en este lenguaje directo y emocional también está presente el subconsciente y los instintos.

Los bocetos de collage de los que parte son nada más una excusa de forma y color que le sirven para llegar a una composición coherente. Una suerte de apropiación y recomposición de imágenes que destacan por su intensidad cromática.

Pero en esta ocasión Elena Rato no presenta pinturas sino imágenes. El soporte no es el habitual y utiliza un objeto, el catálogo, que normalmente es sólo medio de difusión. Ella lo convierte en múltiple objeto artístico y no sólo publicitario. La obra existe en cada catálogo de la exposición y cada persona que posea uno obtendrá la obra que se exhibe. De este modo prescinde irónicamente de los medios habituales de producción artística con el objetivo de condenar el consumo que impone el mercado y la valoración del arte únicamente en dependencia de sus recursos materiales. Es una manera de tender puentes con las acciones artísticas que practica asiduamente y en las que se plantea la identidad y el significo del arte en sí mismo. Esta trasgresión de los medios habituales la ha llevado en esta ocasión a presentar su concepto plástico en esencia. De este modo evita el halo de deseo que desprenden los objetos en venta y abre su gesto únicamente a la iluminación de la mente.

 

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