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LA MONTAÑA EN LA PINTURA ASTURIANA

© Ángel Antonio Rodríguez

Texto editado en el catalogo LA MONTAÑA EN LA PINTURA ASTURIANA

50 aniversario A.M.A. Torrecerredo

 

A la memoria de José Ramón Lueje, y a todas las personas que han dado vida a la A.M.A. Torrecerredo durante cincuenta años de historia

 

Norte agua, azul y verde;

Horizontes de niebla, luces y yerba.

Sur nieve, gris y blanco;

relieves de materia, espacio y piedra.

Rompe nuestro silencio desde la horcada

el gesto de unas alas rasgando el cielo.

La vida pinta trazos sobre la vega

y en lo alto, al infinito,

Torrecerredo.

En 1947, cuando se fundó la A.M.A. Torrecerredo, los pintores asturianos llevaban más de un siglo inspirándose con asiduidad en las bellezas naturales, los espacios y las figuras de la región. A Dionisio Fierros, fallecido en la segunda mitad del XIX, se le definía ya como el fundador de nuestra pintura, entendiendo así su trayectoria como la primera que, de una manera clara, se había interesado temáticamente por las cosas y personas de Asturias. También en 1947 Evaristo Valle, ya en los últimos años de su vida, entraba en un periodo de enorme producción, con numerosas obras coronadas por nubes grises sobre cielos azules, verdes sembrados y lejanas cabañas que acogían a la figura humana. Nicanor Piñole, por su parte, fue uno de los primeros socios de la incipiente agrupación montañera y, sin duda, el autor que se implicó más a fondo en el análisis estético de las escarpadas cumbres astures. Mientras tanto, Florentino Soria, Francisco Casariego, Eugenio Tamayo o Joaquín Vaquero Palacios desarrollaban algunos de los momentos más intensos del paisajismo regional. También entonces, en plena juventud, Magín Berenguer, José Luis Suárez-Torga, Cesar González-Pola, Antonio Suárez, Casimiro Baragaña, Armando Suárez, José Luis Posada y Joaquín Rubio Camín, junto a otros creadores, estaban experimentando el placer de plasmar en sus trabajos las luces norteñas de nuestras montañas. En el ambiente artísticamente prometedor de aquel 1947, un Bernardo Sanjurjo con sólo siete primaveras manchaba en la escuela sus primeros papeles, y estaban a punto de nacer Reyes Díaz y Josefina Junco. Pronto llegaría la década de los cincuenta, fuente de algunos movimientos que personalizaron el arte contemporáneo español y cuna de los futuros pintores Angel Guache, Ramón Prendes, Javier del Río, Estrella Sánchez, Luis Fega, José Arias, Rodolfo Pico, Melquiades Álvarez, Miguel Galano, Ricardo Mojardín, Pelayo Ortega y María Álvarez, representantes de varias tendencias que, actualmente, definen una plástica asturiana de rasgos eclécticos y personalizados.

El nacimiento de la A.M.A. Torrecerredo se produjo, por tanto, en plena madurez de la pintura paisajística asturiana y en los albores de una modernidad cosmopolita que hoy todavía conserva varios rasgos autóctonos. Cierto es que, desde sus vibraciones impresionistas, autores como Valle y Piñole ya habían logrado romper -plástica, no comercialmente- el academicismo imperante en la sociedad asturiana, y que otros pintores estaban entonces, desde el aislamiento regional, bastante comprometidos con algunas propuestas de las vanguardias. Pero, al igual que ocurrió en los demás focos culturales del país, fueron las generaciones posteriores quienes se desarrollaron completamente inmersas en los ismos de las nuevas estéticas. Sin pretensión de establecer límites cronológicos estrictos, podemos pues rememorar el año 1947 como parte de un periodo importante para la pintura hecha en Asturias, tanto en sus ingredientes estilísticos como en sus proyecciones futuras.

No es gratuita esta relación temporal que establecemos entre la pintura asturiana y la A.M.A. Torrecerredo, la sociedad montañera más antigua de la región y una de las más veteranas de España. Durante su trayectoria, los responsables de la agrupación han tratado constantemente de fundir deporte y cultura, tomando el pulso a la sociedad asturiana a través de sus socios y de las actividades que organizan. La revista, editada periódicamente desde 1948 con abundantes estudios sobre temas diversos e ilustrada con obras de Piñole, Rubio Camín, Pelayo Ortega y José Arias, entre otros, alberga un interés excepcional desde el punto de vista artístico. Asimismo, personajes destacados en el ámbito cultural, como Claudio Sánchez Albornoz o Gerardo Diego, colaboraron con la agrupación desde sus respectivas parcelas cognoscitivas.

Pero esa magia cotidiana entre montaña y cultura se ha traducido especialmente al apartado pictórico. No en vano, la gran figura de la montaña asturiana, José Ramón Lueje, socio fundador de la A.M.A. Torrecerredo, fue un coleccionista de arte importante, caracterizado por la limpieza de carácter que suele dominar a todos los amantes de la naturaleza y por ese ansia de conocer, contemplar y gozar las cosas puras. Compañero de fatigas de Piñole, nos dejó un importante análisis sobre las andanzas del insigne pintor por las cumbres astures. Esa manera de entender la vida de Lueje ha sido heredada por otros montañeros. Hoy su memoria está presente en los numerosos proyectos de la agrupación y en las intenciones que promueven esta iniciativa expositiva.

 

Treinta pintores con la montaña

 

Una de las tareas más apasionantes y enriquecedoras de la contemplación de obras de arte es el análisis de diversas miradas bajo un mismo aliciente temático. La pintura guarda sus enseñanzas más ricas, precisamente, en la obra de aquellos autores que han sabido sacar jugo a determinados asuntos estéticos desde infinitas perspectivas, agotando todas las posibilidades expresivas que encierra cada una de ellas y extrayendo las conclusiones oportunas, ya sean formales, conceptuales, matéricas o técnicas. Aquellos creadores que escribieron capítulos en la historia del arte partieron siempre de un compromiso total con el medio, progresando por etapas, jugando con el motivo, apostando por el quehacer diario mediante series y siendo muy exigentes consigo mismos. Por eso, los estudios monográficos constituyen una herramienta fundamental para entender las artes plásticas. El placer está reñido con la monotonía.

Bajo estas premisas La montaña en la pintura asturiana es una exposición que huye de lo monótono, incidiendo en un asunto tan cercano como desconocido. Existen estudios sobre la obra paisajística de varios autores asturianos, pero ninguno ha hecho un recorrido generacional por la pintura de montaña. Esta cincuentenario de la A.M.A. Torrecerredo es un motivo ideal para plantearlo.

La intención de la muestra, por tanto, es exhibir piezas de varios pintores comprometidos plásticamente con esa temática e investigar, en la medida de lo posible, los orígenes y el proceso evolutivo de cada obra. De esta manera el conjunto ofrecerá al espectador lecturas bastante amplias de nuestra pintura contemporánea, caracterizada por la heterogeneidad pero uniformada por rasgos que se derivan, sobre todo, del entorno ambiental y geográfico. Por supuesto, la exposición no es determinante, ni pretende sentar cátedra sobre el tema. Así, se han seleccionado sólo treinta artistas de distintas generaciones, incidiendo en aquellos que utilizaron o están utilizando con mayor asiduidad la media y alta montaña como fuente de inspiración. Para ello hemos valorado la calidad esencialmente plástica de las obras, al margen de afanes tecnicistas, comerciales o decorativos.

Como el espectador podrá comprobar, algunas de las piezas de pintores fallecidos son hermosas obras maestras. En este sentido, ha sido fundamental la colaboración desinteresada de varios museos y colecciones privadas, que suponen para nosotros un valor inestimable. En el caso de los pintores aún activos, hemos escogido cuadros bastante representativos de sus series de montañas, no necesariamente recientes, que nos permiten contactar también con sus intereses estéticos.

En cualquier caso, la muestra pretende ofrecer una visión amplia del arte asturiano actual y relacionarlo, a través de un asunto meramente pictórico, con sus antecedentes históricos inmediatos. Es obvio que podría ser mucho más exhaustiva en cuanto a número de participantes y de obras, pero ni las posibilidades espaciales de la sala ni el tiempo lo permiten. Con todo, creemos que es muy atractiva y puede abrir nuevas perspectivas de análisis en este terreno.

 

"Esas nubes de color de plomo que a un palmo se deslizan sobre nuestra cabeza, para una mirada con alma, acaso sean encendido raudal de coloreados pensamientos". (Evaristo Valle)

 

Para una mirada con alma como la de todos estos pintores, las luces asturianas, sus peculiares contrastes cromáticos y sus abiertos espacios deben ser fuente inagotable de sensaciones. Palpar paredes interminables y coronar una cumbre de los Picos de Europa es sentirse más cerca del cielo. Recorrer los blancos collados de Ubiña, las verdes sendas de Somiedo, las rasgadas foces de Caso y Ponga, los bosques ocres de Narcea y Degaña o contemplar los azulados horizontes del Sueve, el Mofrechu y el Cuera supone admirar durante horas innumerables mezclas de colores, materias y volúmenes. Al escritor le sugieren textos, al músico canciones y al pintor escenas que, más o menos reales, más o menos idealizadas, más o menos abstractas, habitan su retina y se traducen desde el pincel hasta el soporte, al natural o en el estudio, en función de un método personal de trabajo.

Sin duda la montaña, como el mar, convierte a Asturias en un entorno privilegiado para la creación. No en vano José Ramón Lueje, en la introducción a su Guía de la montaña asturiana, aludía a estos textos del literato Juan Maragall, que describen la relación entre la vida en la ciudad, la montaña y nuestras emociones; "¡Oh !, feliz la ciudad que tiene una montaña al lado. Todos sus hombres irán subiendo a ella y volverán transfigurados. Y en la soledad de los estudios, en la mesa puesta de las familias, en la actividad de las industrias, en la lobreguez de los comercios, en la agitación de las vias y de las grandes salas reinará recóndita la alta visión de la cumbre. La rectitud de los pinos, el olor de las matas, la libre armonía de los vientos vivirán en el alma de la ciudad, que sentirá su misión. Todo ha de alzarse a la luz de las montañas y extenderse al aire puro de los campos y esparcirse por las tierras desde las nieves perpetuas hasta el mar azul. Tal será la ciudad grande, la serena, la pura, la gloriosa, que ahora la ciudad apiñada, la turbia, la calenturienta presiente con su espíritu anhelante en la cumbre de la montaña. ¡Oh !, feliz la ciudad que tiene una montaña al lado, porque en ella se siente un tránsito a la luz".

Todos los pintores que trabajan en Asturias tienen un universo creativo con numerosas reminiscencias de ese entorno ambiental único, que atrae ineludiblemente sus miradas. Por eso en la región abundan los pintores paisajistas. Y por eso, quizás, es uno de los géneros que el público suele apreciar mejor. Lo interesante, sin embargo, es encontrar ofertas artísticas originales entre tanta abundancia.

 

 

 

Los pioneros

 

Aunque Asturias cuenta con una larga tradición pictórica que se remonta hasta la prehistoria y pasa por las épocas romana, prerrománica, románica, barroca e ilustrada, los historiadores señalan el siglo XIX como el punto de partida definitivo de la "pintura asturiana", entendiendo el término como una descripción más geográfica que estilística, ya que se refiere a la pintura realizada por artistas que trabajan o han trabajado en la región, al margen de posibles coincidencias formales, que existen, no obstante, en ciertos términos cromáticos y en temáticas como la que nos ocupa. Jesús Villa Pastur afirma que en el pasado siglo se inició, "visto con sucesión orgánica", el desarrollo artístico de Asturias, alcanzando niveles importantes con el surgimiento del cuadro de paisajes. Ahí se inicia, por tanto, la pintura de montaña que tratamos de analizar en esta muestra.

 

Dionisio Fierros (Ballota -Cudillero-, 1827 - Madrid, 1894) fue el pionero de los paisajes de montaña, en una época donde este género pictórico aún no estaba bien considerado en el mercado asturiano. Los pintores nacidos en la primera mitad del pasado siglo dedicaban su esfuerzo a la preparación de los concursos nacionales ciñéndose, con fines más comerciales que creativos, a rígidas normas académicas y a la realización de retratos y cuadros históricos. Fierros se incluye en la primera generación de pintores asturianos del XIX, como Suárez-Llanos, León Escosura y Álvarez Catalá, aunque todos desarrollaron la mayor parte de su carrera fuera de la región. Pintó la mayor parte de los paisajes en su última época, tras regresar de Madrid e instalarse en Oviedo en 1879. Liberado de las ataduras derivadas de sus labores en la Corte, se proyectó con mayor libertad a ese tipo de trabajos, acercándose a las corrientes impresionistas en boga. Algo tuvieron que ver en su actitud los ecos de la pintura paisajista que estaba triunfando en otras regiones de España merced, en gran medida, a la actividad de Carlos Haes, pintor naturalista de origen belga que trabajó en España y fue profesor de muchos jóvenes artistas del país. Haes pintó, además, uno de los cuadros más bellos que se conocen sobre los Picos de Europa, perteneciente hoy a los fondos del Casón del Buen Retiro.

Fierros demostró tener buenas referencias del movimiento plástico español y de la nueva pintura francesa, y no tuvo reparos a la hora de quitarse de encima ciertos excesos representativos para enfrentarse a la pintura de montaña. Así, estas piezas contactan con el verdadero creador, que buscó en la obra algo más que el detalle descriptivo. Donde mejor se aprecia su soltura es en las aguadas, que le permitían sintetizar las siluetas y los colores magistralmente. La que presentamos aquí, titulada "Paisaje", fue sin duda realizada durante estos últimos años de vida, inspirándose en los cortados valles de los alrededores de Luarca. Hermosa en su frescura y en sus soluciones tonales, denota los atrevimientos estilísticos del autor, que incorporó certeras manchas para captar el instante y sugerir atmósferas.

Como señalábamos, el paisaje fue ganando adeptos a lo largo del siglo XIX y, poco a poco, los pintores se interesaron con él. Entre la generación inmediatamente posterior a Fierros, donde se incluyen nombres ilustres como Juan Martínez Abades, José Uria, Darío Regoyos, Tomás García Sampedro, Luis Menéndez Pidal, Carolina del Castillo, Julia Alcayde o Ventura Álvarez Sala, el paisaje tuvo sus principales representantes en el ovetense Telesforo Cuevas y el gijonés Nemesio Lavilla, aunque ambos utilizaron la montaña de fondo para la mayoría de sus cuadros, sin otorgarle un protagonismo plástico absoluto. Serían algunos pintores nacidos en el último cuarto del siglo los que investigarían más este terreno.

No pueden pues faltar aquí las dos personalidades artísticas que mejor influyeron en las futuras generaciones asturianas: Evaristo Valle y Nicanor Piñole, que abordaron la montaña de dos maneras muy distintas. Valle, como uno de los ingredientes ambientales de la composición, perenne en todas sus etapas y parte integrante de la escena, que sirve de marco excepcional a las figuras pero nunca se exhibe al margen de las mismas. Piñole, en cambio, cede a las cumbres un estrellato pleno, con tanta frecuencia que sus obras de montaña merecen un estudio monográfico exclusivo y una amplia exposición individual.

A principios de siglo algunos comentarios artísticos se refirieron a Evaristo Valle (Gijón, 1873-1951) como "el poeta sentimental de los parajes brumosos, que consigue grandiosas sensaciones de ambiente al pintar la melancólica Asturias de los días nublados". En el estudio que publicó en 1972, nuestro maestro Francisco Carantoña afirmaba que durante los años veinte sus cuadros "huían plenamente del natural y eran estrictamente estéticos, sin preocupaciones temporales o sociológicas, sin más ley ni norma que el genio de su autor". Vemos, pues, que Valle cultivó el paisaje prácticamente desde sus inicios, pero que nunca fue un pintor naturalista al uso. Buscaba, ante todo, calidades, al margen del motivo elegido, y solía pintar de memoria. En ese sentido, sus montañas son casi siempre masas idealizadas que respetan el protagonismo directo de ciertos elementos figurativos, como los personajes de las mascaradas, donde el creador se proyecta al estudio del color, la materia y sus efectos visuales. Sin embargo, los picos que asoman en los fondos contienen en su esencia expresiva una fuerza deliciosa que nos hace visualizar, a pesar de ese carácter idealista, toda la magia y el misterio de las cumbres astures.

Tratando de plasmar los matices, a nuestro juicio, más hermosos de la obra de Valle, hemos elegido aquí una de las mejores mascaradas del pintor, que se desarrolla en una típica aldea de alta montaña. Esta Carnavalada fue realizada en torno al año 1922, un periodo donde tales piezas alcanzan, según Carantoña, "las más altas cumbres del arte de Valle". "Luego" -prosigue- "el pintor hizo variaciones sobre el mismo tema, alcanzando brillantes hallazgos parciales o pequeñas sorpresas cromáticas, aunque sin lograr la armonía suprema y la profundidad increíble a que llegó en este período". Bajo unas nubes grises, el contraste entre los tejados rojizos, el verdor del suelo y los ocres herrumbres de los vestidos; el dinamismo del baile y la quietud de los montes lejanos, ofrecen una lectura definitoria de los intereses del pintor.

Si en Evaristo Valle hay varios cuadros que describen su relación con la montaña, en Nicanor Piñole (Gijón, 1878-1978), que había recibido clases del mencionado Carlos Haes en Madrid, resulta imposible acercarse con una sola pieza a la enorme variedad de registros pictóricos que guarda esta temática en su longeva trayectoria. Piñole fue un experto montañero, que recorrió toda la naturaleza asturiana y tuvo especial predilección por las zonas altas. Su espíritu intimista encontraba acomodo en los rincones más hermosos de la Cordillera Cantábrica y los Picos de Europa. Pero, aunque silencioso, Piñole no era un caminante solitario. Salía siempre con amigos, y fue socio de la A.M.A. Torrecerredo desde su fundación, medalla de oro de la Agrupación y Medalla al Mérito de la Federación Española de Montañismo.

Fue José Ramón Lueje quien, en su estudio Piñole, montañero mejor describió estas andanzas del pintor. Lueje conoció a Piñole en 1941 y, durante treinta años, realizó numerosas excursiones colectivas con él y otros amigos, como Julio Gavito, José María Medina, Eduardo Vigil, Carlos Bourgón o Adolfo de la Vega, por Ponga, Cabrales, Amieva, Sajambre, Caso, Aller, Lena, Teverga, Somiedo y otros muchos parajes. Allí Piñole pintaba directamente, o aprovechaba los momento de descanso para tomar apuntes y bocetos. Tenía algunas bases de trabajo que le sugirieron mayor número de piezas, como el collado de "Les Bedules", en los límites de Peloño, el puerto de Panderruedas, los pueblos de Poncebos y Camarmeña, la vega de Enol, las estribaciones de Ubiña, los numerosos pasos rodados de la cordillera o, en sus últimos años de montañismo, la amplia majada de Vegabaño. No obstante, llegó a acercarse a todos las alturas.

Hay obras de Piñole más o menos espectaculares de sus trabajos de montaña que, insistimos, merecerían un análisis más exhaustivo, en una muestra individual. Piezas como "El torito" que pertenece a la colección Alvargonzález - hay otra versión más pequeña en el Museo de Bellas Artes de Asturias- deben formar parte de cualquier descripción ilustrada del arte asturiano. Por sus menores dimensiones, presentamos aquí el cuadro Picos de Europa, temáticamente parecido al referido óleo, que presenta unas lejanas peñas, vistas desde arriba y rodeadas por pendientes cercanas. En este caso el torito se sustituye, desde un punto de vista compositivo, por un caminante con bastón y mochila acompañado de un perro. Es un cuadro anterior a la guerra civil, cuando Piñole salía por Parres, Piloña, las estribaciones del Sueve, los montes de Villamanín, el Puerto de Tarna y, sobre todo, Ponga. Aquí fue pintado este óleo, en las bravas sendas de la comarca, cerca de Cotiones, un centro del coto de caza mayor que poseían los médicos gijoneses Delor, Ron, Villamil y Muñiz, el Ingeniero Director de la Junta de Obras del Puerto, Villaverde, y el catedrático de la Universidad Central, Beceña, con los que el pintor salía de excursión antes de conocer a Lueje.

Desde su genuina mirada, libre de ideas prefabricadas, Piñole creó su propia escuela en la pintura de montaña: la pintura de la luz astur. Supo captar como nadie la niebla, las grietas, el viento y el aroma de los pastos. No rechazaba el gesto, ni la mancha precisa ni la veladura y era, ante todo, un apasionado del matiz cromático y la materia que pintaba por puro placer. Fue un observador fiel a todas las sugerencias ambientales, por eso sus montañas son tan asturianas. Y, por eso, carecen de estridencias, basando su plasticidad en la crudeza del misterio contenido. Son reales, pero hay que tocarlas y vivirlas, como hizo Piñole, para captarlas en plena inmensidad.

Cercanos generacionalmente a Valle y Piñole surgieron otros artistas menos influyentes que también cultivaron la pintura de montaña. Entre todos ellos hemos seleccionado el cuadro de Florentino Soria (Avilés, 1884-Gijón, 1961) titulado "Paisaje asturiano"", de acertada disposición formal y, sin duda, uno de los mejores paisajes de montaña de nuestra pintura. Sorprende por la fluidez de su trazo y su acierto emotivo, de vivo impresionismo en el tratamiento del claroscuro. Soria fue profesor de dibujo en el Instituto de Gijón, donde fijó su residencia en 1924. Amante de la naturaleza, nos ofrece un modo de contemplarla y plasmarla en el lienzo que, sin ser innovador, consigue superficies vibrantes, de registros bastante contemporáneos.

 

Nuevo siglo y nuevas tendencias

Nacidos en la última década del XIX, un grupo de pintores desarrolló la que se denominó "escuela paisajística ovetense", una de las generaciones que mejor analizó las cumbres asturianas desde perspectivas plásticas. Los pintores que la forman son Francisco Casariego, Eugenio Tamayo, Joaquín Vaquero Palacios y Paulino Vicente, cuyas carreras coincidieron cronológicamente con las de otros artistas importantes de la región, como Luis Fernández, que desarrolló casi toda su carrera fuera de España, o Mariano Moré, que analizó el paisaje litoral, acercándose poco a la montaña. Para esta muestra hemos seleccionado piezas de Casariego, Tamayo y Vaquero, que aportan tres visiones muy personales, dentro de las lógicas similitudes derivadas de una afición común a la naturaleza. Prepararon sus cuadros al aire libre con frecuencia, tratando de equilibrar sus emociones íntimas ante las luces de Asturias con referencias postimpresionistas que llegaban de Francia.

 

Francisco Casariego (Oviedo, 1890-1956) pintó en directo muchas obras de pequeño tamaño, recorriendo zonas de la costa central y el occidente asturiano. Los cuadros grandes, sin embargo, solía realizarlos en el estudio, a partir de apuntes del natural. Se sentía muy atraído por los montes de Somiedo, donde las sendas permiten integrarse en zonas altas y solitarias sin salvar exagerados desniveles. Su estilo también evolucionó sin sobresaltos, caracterizándose siempre por ciertos intereses matéricos, de trazos rápidos, que derivaron después hacia la austeridad. Su formación como arquitecto en Madrid se deja entrever en la aplicación de criterios constructivos y esquemáticos a muchas piezas. La obra "Somiedo" presenta aquí un tipo de pintura que solía cultivar bastante, situando los árboles en primer plano para equilibrarlos con las montañas del fondo. De texturas vigorosas, indica un especial interés por el juego de colores y la síntesis de manchas.

Eugenio Tamayo (Oviedo, 1981-San Sebastián, 1972) fue también asiduo de las montañas somedanas, junto a Tamayo, aunque se distingue de él en varios rasgos disciplinarios. Tamayo pintó siempre del natural, salvo raras excepciones, y en formatos muy pequeños. Desarrolló cientos de obras, muy intimistas, de deliciosas soluciones cromático-formales. Sus pinturas solían evitar la figura humana, como ocurría también con casi todos sus dibujos. En sus cuadros de montaña se reconocen bien los perfiles de Asturias, Santander, León o San Sebastián, donde prima la capacidad dibujística del autor, que idealizaba la realidad frecuentemente mediante tonalidades cálidas, con pocas estridencias en el ajuste de los espacios y las luces del cuadro. Sus rasgos expresivos fundamentales se pueden analizar en la obra "Estribaciones de las Ubiñas", austera de color y línea pero plena de fuerza expresiva. Tamayo, profesor de dibujo durante muchos años en la Escuela de Artes y Oficios de Oviedo, aplicaba en las clases sus secretos de taller y ofrecía gran claridad de ideas en el ámbito didáctico, por lo que influyó positivamente en las generaciones posteriores.

Joaquín Vaquero Palacios (Oviedo, 1900) es, actualmente, uno de los pintores asturianos con mayor proyección fuera de la región, lo que debe no sólo a su longeva trayectoria, sino a su enorme variedad de recursos en distintos terrenos. Como arquitecto ha realizado importantes obras públicas que han sido premiadas, en muchas ocasiones, dentro y fuera de España. Pero durante su dilatada actividad no abandonó jamás la pintura, la ilustración y la obra gráfica. Su obra paisajística contiene frecuentes incursiones en la media y alta montaña, aunque se inspiró también en las llanuras castellanas a partir de la madurez, persiguiendo, al margen de ataduras representativas, la pureza estética de la obra. Pasó del impresionismo matérico, también por las zonas de Somiedo, a la depuración formal, casi esquemática, de amplia paleta y esenciales curvas. Su vasta producción atravesó etapas expresionistas, neofigurativas e incluso surrealistas, pero en el terreno que nos ocupa se caracterizó por un análisis de la naturaleza muy constructivo, que desecha elementos ajenos al motivo y rozan los limites de la abstracción. El "Paisaje de Somiedo" es un buen ejemplo de su obra reciente, pintada de memoria e inspirada en las primeras épocas. Aquí el autor se zambulle de lleno en el paraíso del color, donde pintar es lo único que importa. Las desnudas masas cromáticas extraen todo el poder emotivo de la imagen, que sugiere amaneceres o crepúsculos sin apoyarse en otros elementos figurativos.

 

Los ecos de las vanguardias

 

En las generaciones posteriores la pintura de paisajes estaba consolidada, y casi todos los nuevos valores la practican asiduamente. Surgieron muchos pintores comerciales, con meras preocupaciones académicas, para quiénes la montaña servía como instrumento decorativo. Sin embargo, los autores comprometidos con sus tiempos no se ciñeron a los géneros habituales, y sus motivaciones se diversifican de manera personal e independiente. Asturias cuenta con pintores muy importantes nacidos entre 1900 y 1920, aún en activo, con propuestas estilísticas diversas, como Aurelio Suárez, uno de los mejores pintores surrealistas de España, apartado voluntariamente del circuito expositivo desde joven, o Magín Berenguer, más cercano a la temática que nos ocupa.

 

Magín Berenguer (Oviedo, 1918) ha sido siempre un intelectual interesado por varios campos, y la pintura constituye un arma esencial en sus tareas de investigación, arqueológicas y docentes. Conoce los secretos técnicos del dibujo y la materia, y ha estado en permanente contacto con las circunstancias artísticas de cada periodo de su vida, ahondando en la pintura mural y la reproducción de las cuevas prehistóricas de Asturias. Así, domina muchas herramientas expresivas y consigue, a menudo, piezas de gran belleza. Por su impactante aspecto, hemos seleccionado el cuadro "Paisaje de montaña", de ejecución reciente, donde el autor logra una composición perfecta en cuanto a esquematización y limpieza, muy atractivo desde una resolución aparentemente sencilla. Los colores utilizados sugieren una escena típicamente asturiana, que recuerda el sosiego de las sierras costeras, con las calizas, pastos, caballos y luces que adornan los días despejados. Los trazos que perfilan las faldas de las rocas, de cuidada factura, demuestran la eficacia que el pintor obtiene desde sus sanas intenciones realistas.

 

La mayoría de los artistas nacidos en la década de los años veinte despuntaron tras la guerra civil. Algunos desarrollaron su carrera en Asturias, mientras otros probaban fortuna fuera, contactando con la herencia vanguardista y viviendo de cerca las situaciones históricas de la pintura europea y americana. A pesar de las dificultades políticas que se impusieron en España, el arte contemporáneo español despertó lentamente, explotando en los cincuenta con la formación de varios grupos como Dau al set, en Cataluña, o El Paso en Madrid, decisivos en el posterior desarrollo orgánico de nuestra plástica. Los artistas asturianos bebieron de esos avances, algunos de forma directa, como Antonio Suárez, miembro de El Paso, y Joaquín Rubio Camín, que en su larga estancia madrileña estuvo en contacto con numerosos movimientos.

En Gijón se desarrolló, en la posguerra, la denominada "escuela gijonesa", con los mencionados Suárez y Rubio Camín, a los que se unieron Trinidad Fernández, Pepa Osorio y José Luis Suárez-Torga, entre otros. Todos fueron muy receptivos con los ecos foráneos, mientras traducían a sus inquietas miradas el entorno rural o urbano. No fue una escuela propiamente dicha, sino un conjunto de autores que anhelaban nuevos aires pictóricos. En ese sentido, la montaña sirvió frecuentemente de estímulo a sus intereses. Mientras tanto, en Oviedo surgieron varios seguidores de la citada "escuela paisajística ovetense", como Ruperto Caravia, Cesar González-Pola o Andrés Vidau, que también analizaron a menudo las montañas y valles regionales.

 

José Luis Suárez-Torga (Gijón, 1920-La Coruña, 1970) es un pintor injustamente olvidado en la actualidad. Su primer apellido es compuesto, aunque él firmaba en un principio como Torga y posteriormente prescindía del guión firmando Suáreztorga. Discípulo de Florentino Soria, que le inició a las técnicas del dibujo, se lanzó a la pintura desde muy joven, dotando a sus cuadros de unas valientes propuestas formales que pronto le hicieron triunfar en los ambientes artísticos gijoneses. En la madurez, pese a que cayó en frecuentes periodos de inactividad creativa, recibió críticas muy positivas de los medios de comunicación nacionales. Sus paisajes de montaña destacan por un sentido franciscano del dibujo, sintético y estructurado, de gran potencia emocional, fuerte trazo y paleta limpia, que apuesta por la fusión de verdes y ocres en espesas atmósferas. Este "Paisaje" define bien tales intereses: recreación ágil, empaste grueso, formas esquemáticas y superposición de planos; al fondo unas cumbres sobrecogedoras y al frente una pequeña aldea, en composición que recuerda el cuadro de Valle comentado anteriormente. Suárez-Torga sustituye aquí la mascarada por unas figuras perfiladas mediante simples y acertados trazos.

Mucho menos arriesgado en sus propuestas, Cesar González-Pola (Oviedo, 1921-1989) supo ambientar algunos rincones emblemáticos para los montañeros asturianos. Bastante aficionado al excursionismo, recorrió muchas zonas en las cercanías de Oviedo y en las estribaciones centrales de la Cordillera. La obra "Pico Torres desde el Pino" es un cuadro muy correcto, que respeta la esencia del motivo sin enmascaramientos, denotando la capacidad del autor. La majestuosidad del Torres se incrementa con el contraste de luces, apoyado en las sombras de los altos neveros y compensado en el inferior de la tabla con árboles y cercas solitarias, plasmados mediante firmes trazos de pincel. El Pico Torres, en el puerto de San Isidro, ha sido tradicionalmente la montaña más pisada por los componentes de la A.M.A. Torrecerredo, que tiene su refugio social en las faldas del pico, sin duda uno de los más bellos de toda Asturias, por su forma piramidal, su negra caliza y su privilegiada situación en el centro de la región.

Antonio Suárez (Gijón, 1923) comenzó a pintar en los muelles y arrabales de su ciudad natal junto a Rubio Camín, y enseguida plasmó con su visión genuina algunas cumbres asturianas. De su enorme producción, donde los paisajes de montaña cobran protagonismo a menudo, es difícil seleccionar una obra definitoria, pero todas son inconfundibles por sus rasgos técnicos y expresivos. Suárez, en cada etapa, ha sabido vibrar con los empastes, exprimiendo emociones, fiel a unos principios que funden oficio, calidad y constancia. Este "Paisaje" de 1980 resume sus intereses expresivos: Búsqueda de fuerza matérica, armazón informalista y fragmentos reales envueltos en masas de color donde priman azules, verdes y sienas. La pasta, la vigorosa textura, las veladuras y los frotados mantienen un equilibrio admirable en su prolífica trayectoria. Pero cada cuadro, lejos de caer en la falta de originalidad, conserva intacta su pureza.

Otro de nuestros pintores independientes es Casimiro Baragaña (Pola de Siero, 1925) que se ha interesado por las matizaciones cromáticas de las laderas y los bosques asturianos durante su carrera. Artista de sólidos conocimientos técnicos, Baragaña es un autor muy comprometido con la calidad de las piezas, desde todos los puntos de vista. Así, desecha muchos trabajos que no le satisfacen, y penetra hasta el último rincón de cada cuadro para perfilar contrastes, masas o efectos de color. Las manchas precisas se encargan de sugerir figuras en envolventes conjuntos, cargados de efectividad expresiva.

Baragaña es, además, paseante infatigable de los montes de Asturias, y dedica todas las semanas unas cuantas horas a tomar apuntes o, simplemente, disfrutar la naturaleza en su esplendor. Esta "Ladera en malvas" responde a las intenciones del pintor, siempre tendente a los juegos cromáticos mediante precisos trazos. La obra de Baragaña nos introduce en otra de las posibilidades de estudio que ofrece la pintura de montaña, a través de la amplia variedad de especies vegetales de nuestros bosques.

Armando Suárez (Gijón, 1928) es un pintor aislado y secreto. A los veintiocho años, cuando ya empezaba a despuntar en algunas muestras colectivas, una enfermedad mental le apartó del circuito expositivo. Sin embargo, continúa pintando todos los días en su pequeño estudio gijonés. Su obra, en general, denota buenas maneras en el tratamiento de la línea gruesa y dura, en el trazo límpio y, sobre todo, en la flexibilidad del color, empleado en bodegones, paisajes y retratos. Aunque utiliza habitualmente el óleo sobre tela, madera o papel, realiza también murales -se conserva uno de gran formato en la sala Altamira- y utiliza barnices en hermosas composiciones cercanas a la esencialidad. La figuración, leve y sugerente, aparece en cuadros que adquieren connotaciones casi metafísicas, con un intransferible lenguaje de perenne intimismo. Nuestro "Paisaje de montaña" es tremendamente simple, pero define bien las maneras de Armando, magistrales desde la sencillez. Su principal baza es el equilibrio entre misterio e ingenuismo, que desarrolla estos peculiares instantes que le definen.

José Luis Posada (Villaviciosa, 1929) es un pintor emigrante cuya trayectoria está llena de anécdotas y vicisitudes desde que, en plena infancia, tuvo que exiliarse con su familia a Francia y Cuba. Participó activamente en la Revolución de la isla caribeña, donde pasó la mayor parte de su vida, y allí desarrolló, como artista plástico, una fecunda trayectoria creativa en múltiples facetas. Hace seis años que regresó a Asturias, donde trata de abrirse camino con la ilusión de un novel, sin alardear de su enorme curriculum. Los museos Evaristo Valle y Antón organizaron recientemente sendas exposiciones de sus pinturas, pasteles y tintas, acercando al público una obra rica en sugerencias y calidades. Su capacidad como caricaturista e ilustrador se aprecia mejor en los dibujos a plumilla, donde obtiene ricos contrastes, pero en los últimos tres años le atrae enormemente la montaña asturiana, que disfruta desde su retiro en Amandi o en sus numerosas excursiones por los Picos de Europa. Esta pieza, que titula "Cares," alude claramente a la humedad, otra de las características primordiales de la alta montaña. Así, la niebla y el agua, con sus motivaciones cromáticas, confieren propiedades genuinas a nuestras cumbres. Las cascadas de los desfiladeros, fuentes de luces y sombras, proporcionan al artista las referencias gestuales que, además, se combinan con finas vibraciones de materia. Posada pinta estas obras con la mano desnuda sobre el lienzo, manchando y jugando con el óleo, que salpica la tela tal como el agua naciente de las rocas.

La relación que aún sigue existiendo entre Joaquín Rubio Camín (Gijón, 1929) y la A.M.A. Torrecerredo coincidió en los años cincuenta con la etapa pictórica más rica y conocida del artista. Premio Nacional de Pintura, Rubio Camín se interesó por los paisajes fabriles, las escenas callejeras, las naturalezas muertas y el entorno rural de Gijón mientras realizaba, en sus salidas con la agrupación, numerosos apuntes y dibujos por la alta montaña asturiana, especialmente la zona del Mampodre y de Ubiña, donde surgirían hermosas piezas como "Peña Ubiña" o "Torrebarrio". En ellas se advierte un denotado interés por los espacios constructivos, que le proyectaría en 1960 hacia la escultura. Combina la espátula y el pincel para extraer relieves de la textura, precisando los elementos figurativos y los guiños matéricos, en tonos grises, ocres y malvas, sin excesos, brillos ni amaneramientos.

Camín ha entrando recientemente en una nueva etapa de su carrera, retornando a la pintura en gran formato, tras muchos años donde sólo practicaba el dibujo, el colage o el pastel en cuadros pequeños. La atracción por las naturalezas abiertas o los acantilados agrestes le mantiene hace varios meses obsesionado con incipientes proyectos. El cuadro "Torrecerredo" es, en este sentido, una primicia de sus renovados intereses. En él vemos que ha girado su paleta, más clara y tenue que en el pasado, hacia matices muy concisos. Los empastes son ligeros, y el relieve se insinúa mediante claroscuros. Es, en cierta manera, una pintura que logra aprovechar los conocimientos escultóricos adquiridos en estos largos años, gestándose desde la intimidad de los ritmos, espacios y volúmenes; más sosegada que antaño, menos impulsiva, pero con similar frescura. La imponente imagen de la cumbre más alta del Cantábrico se presta a tal efecto, con sus escarpadas murallas como símbolo del poder de la imagen y de nuestra propia insignificancia. Son reflexiones desde la madurez y el recuerdo.

 

 

La montaña dinámica

 

En la posguerra, como señalábamos, la actividad de los artistas asturianos dentro de la pintura de montaña fue ampliándose y casi todos la practicaron, al menos puntualmente. Aún estaban en plena actividad, además, los pioneros del paisaje. Por eso, los que fueron naciendo sucesivamente en las décadas treinta, cuarenta y cincuenta recogieron el testigo temático. Así, la nómina de pintores de interés para los propósitos de nuestra exposición crece inexorablemente en esos años, durante los que las motivaciones de aquellos artistas ligados al progreso se nutren de circunstancias dispares. Unos utilizaron las referencias de sus antecesores, ésto es, los ecos de Valle, Piñole, Aurelio Suárez, Tamayo, Casariego o Vaquero. Otros, más radicales, trataron de romper esquemas siguiendo exclusivamente las corrientes contemporáneas extranjeras. Pero algunos supieron equilibrar ambos argumentos, compensando los registros foráneos con los valores autóctonos de nuestro arte, que se asientan precisamente en las lecturas geográfico-ambientales.

La pluralidad fue movilizando a la sociedad artística asturiana y, poco a poco, los nuevos autores se incorporaron a los ya comentados. Muchos de ellos forman parte activa del panorama actual de nuestra pintura, como Alejandro Mieres, Joaquín Vaquero Turcios, Adolfo Bartolomé, Miguel Ángel Lombardía, Manuel Linares, Carlos Sierra, Ramón Rodríguez, José María Legazpi, Eduardo Úrculo, Elias García Benavides, José Santamarina, Humberto, Fernando Redruello, Francisco Fresno y otros que, en sucesivas generaciones, vienen enriqueciendo la contemporaneidad de la región. Dentro de su carácter heterogéneo, Asturias goza una rica diversidad estilística, y esta exposición permitirá al público analizar algunas de sus bazas. De la década de los cuarenta hemos seleccionado tres personalidades que suelen inspirarse con asiduidad en las connotaciones montañosas de su entorno: Bernardo Sanjurjo, Reyes Díaz y Josefina Junco. En los años cincuenta aumentó bastante el número de pintores con tales características, por lo que nuestra elección se ciñe a las visiones más originales respecto a la temática. De esta manera repasaremos trayectorias que, con una experiencia considerable a sus espaldas, constituyen el grueso de nuestro presente plástico.

Bernardo Sanjurjo (Barres -Castropol-, 1940) es uno de los protagonistas de la pintura asturiana de hoy. Bajo su ética creativa se han formado muchos artistas, aprendiendo a respetar la materia y buscando experiencias dinámicas en el trabajo. Sus formas de expresión genuinas nos acercan a la fuerza primaria del instinto, la abundancia de gestos, la libertad y el control racional de las manchas, que parecen desplazarse sobre el soporte. Sus colores, generalmente puros, entienden la pintura como un medio casi religioso, heredero de los espacios y las texturas profundas.

Los primeros trabajos de Sanjurjo tenían ciertas connotaciones naturalistas, derivadas de estudios realizados en la ría del Eo, donde residía. Esos ondulados paisajes anunciaban ya entonces la inmediatez que caracterizó su trayectoria posterior, donde fue poco a poco haciendo primar la experiencia intelectual y el gusto compositivo, dentro de vibraciones abstractas tendentes a la síntesis, mientras los matices se tornaban hacia la austeridad. La obra que presentamos en esta muestra se inspiró en una masa montañosa que el autor reconoce asiduamente desde su estudio, en la frontera con Galicia. Es un óleo bastante diluído sobre papel pegado en tabla, dentro de un ambiente cromático lleno de energía, movimiento y frescura; un universo de borrones azules y negros rodeado de la aureola aceitosa que produce el papel tras dejarse invadir por la pintura.

Reyes Díaz (Gijón, 1948) ha desarrollado una pintura lírica y personal de excelente factura, basándose a menudo en paisajes rurales y urbanos donde priman la calidad técnica y la depuración compositiva, que cuidan al máximo el detalle desde una estética íntima. Esa clase de pintura puede apreciarse en esta "Montaña en otoño", filtrada con un peculiar instinto hacia los ajustes tonales. En este sentido, su método de trabajo recoge el testigo de la pintura francesa de entresiglos, pero saca sus propias conclusiones frente a los motivos, valiéndose de los amplios recursos expresivos adquiridos en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, donde fue alumna de Antonio López, de sus labores docentes en la Escuela de Artes Aplicadas de Oviedo y, principalmente, de la sabiduria acumulada durante treinta años de quehacer artístico.

El universo pictórico de Josefina Junco (Arriondas, 1948) viene evolucionando desde el ingenuismo, tratando de equilibrar los planteamientos existencialistas y la complejidad de texturas. Con las referencias temáticas de sus recuerdos infantiles y la naturaleza como aliadas la pintora ha profundizado siempre en su interior, a través de la materia y el color. Le gusta investigar los juegos de distintos materiales obteniendo, en las composiciones paisajísticas, complejas atmósferas dominadas por el magicismo. La hermosa pieza titulada "Esplendor de invierno" exhibe los intereses ilustrativos de alguien que frecuenta los bosques asturianos, perdiéndose en el goce cromático de estos espacios. Las connotaciones poéticas se funden celosas al soporte y encierran ligeros ritmos metafísicos en cada rincón de la tabla.

La pintura de Angel Guache (Luanco, 1950) ha pasado por numerosas etapas, muy distintas formalmente pero vinculadas entre sí por la búsqueda de lo esencial, al margen de planteamientos narrativos que enmascaren su apuesta. Aunque últimamente se dedica más a la poesía, su obra contiene ingredientes que encajan bien en esta muestra. Guache presentó en 1982, según los principios comentados, un conjunto de pinturas estéticamente alineadas en las fronteras del minimalismo, cuyo interés se centra en la fuerza matérica. Mediante gruesos empastes, superficies accidentadas, bultos y relieves monocromos, los cuadros tratan de emular a la roca, el granito, la caliza o la "Erosión" aquí presente. Así, Guache obtiene dualidades que enfrentan al espectador con una íntima visión de la montaña, en realidades artificiales que, tras un primer análisis, invitan al tacto. La pintura hace las veces de muro, a modo de frontera exterior-interior en el soporte.

La carrera de Luis Fega (Piantón -Vegadeo-, 1950) se está desarrollando hace años en los ambientes artísticos madrileños, pero sigue evidenciando, precisamente en ciertos cuadros de montaña, sus orígenes asturianos, y equilibra la herencia informalista y la fuerza cromática en una tensión que le atrapa desde el riesgo. Sus cuadros suelen ser inquietantes, vivos, de absoluta fluidez e infinitos rincones, y están resueltos con gestos impulsivos, fruto de una batalla contínua en la soledad del taller. "Montaña negra, montaña blanca" data de 1988 y nos presenta sus registros principales: densidad en los fondos, violencia en la superficie, armonía entre el azar y la racionalidad, agotamiento... Fega, siempre autodidacta, huye de la monotonía persiguiendo una materia vibrante que, lejos del detallismo, camina tras el rastro de nuestras emociones.

La pintura de Ramón Prendes (Gijón, 1950) atrae, sobre todo, a miradas ávidas de color y equilibrio compositivo, que apuestan por la plasticidad esencial; miradas fieles a los juegos que derivan por territorios fronterizos entre el goce estético y la fantasía. Pintor de soledades, su trabajo le sumerge en íntimos paraísos cromáticos que definen una identidad propia. Sus señas personales se encuentran en elementos como los postes, el mar, la mitología y las montañas solitarias, que emanan sensaciones más intensas cuanto más sintéticas se brindan, como es el caso de su obra "Campa", un perfecto ejemplo de austeridad, dominio de la mancha y amor por la materia que, mecida por la espátula entre las venas del lienzo, le permite excelentes calidades en el tratamiento de sus características gamas.

Reflexionando sobre la trayectoria de Javier del Río (Gijón, 1952) hemos afirmado en varias ocasiones que todas sus pinturas, esculturas o grabados forman un constante devenir de ideas y de estilos; una explosión de materiales, formatos y temáticas capaces de despistar por su heterogeneidad estética, pero fascinantes en su homogéneo discurso, que constituye una amalgama de luz y color insólitamente definida. Esa huida de la inmovilidad y esa constante insatisfacción hacen que un artista se defina como tal, pero incitan a muchos detractores a condenar sus trabajos aludiendo falta de personalidad o escasez de criterios. En su última exposición individual de pinturas Javier, estimulado por esas condenas, presentó una obra perfectamente conjuntada que hacía reinar la gama azul en las manchas de cada cuadro y tenía como protagonista principal a la montaña, siempre haciendo de entorno para historias casi surrealistas. Con una limpieza inusual y plenos de exquisitez constructiva, dominio técnico e imaginación, cuadros como este "Nocturno" desvelan algunos de sus secretos, dejando patente su excelente calidad como pintor, que se constrasta en luces y sombras bien definidas.

Mucho más sosegada es la mirada de Estrella Sánchez (Santander, 1952), cuya carrera está ligada a Gijón, donde reside y está dando a conocer su obra. Estrella es una pintora claramente colorista, cuyas investigaciones se centran en equilibrios compositivos que aprovechan el efecto de la pintura acrílica, aplicada sobre lienzos, con frecuentes incorporaciones de papel coloreado. Desde esas técnicas mixtas se hace cómplice del espectador, obligándole a acercarse a los cuadros a descubrir qué partes del mismo son pinturas y cuáles son los papeles, que sugieren relieves o masas. Este paisaje idealiza cromáticamente la alta montaña asturiana, obteniendo una emotiva imagen de sus contornos. Los tonos no tienen ese ocre otoñal que suele dominar todas las pinturas de Estrella, pero ofrecen una emotividad deliciosa y absorbente.

José Arias (Gijón, 1953), que se nutre básicamente del dominio técnico y la experiencia intelectual, es uno de los pintores más independientes de nuestro actual panorama artístico. Sus obras se caracterizan por una peculiar técnica de vertido que el pintor ha logrado estilizar de manera especial, sintetizando el empleo de tintas, acrílicos y barnices sobre distintos soportes para alcanzar soluciones donde razón y azar mantienen equilibrios dinámicos. Durante tres décadas de experiencias José, que ilustró en varias ocasiones la revista de la A.M.A. Torrecerredo, ha acumulado varios rasgos iconográficos -manchas, veladuras, signos, vacíos, improntas...- y profundizado en las distintas disciplinas del arte, en procesos presididos por el sentido y la capacidad plástica. Su obra, por tanto, está dotada de armonía plena pero carente de suavidad; sin concesiones a expresiones superficiales. Procedimiento éste, contra lo que pueda parecer, muy reflexivo, en el que todos los elementos se tornan cómplices del espectador, encargado de interpretar los resultados. En la "Foz" que aquí tenemos ha derramado la materia haciéndola tender hacia temáticas de montaña que contienen, en su esencia formal, esa tremenda fuerza expresiva que ha reclamado durante toda su trayectoria.

La búsqueda de una pintura basada en la pureza de elementos es el ingrediente fundamental en la extensa obra de Rodolfo Pico (Luarca, 1953), que persigue un espacio emotivo heredero de los artistas franceses de principios de siglo, dotado de un personal instinto hacia el color y opuesto a procedimientos complacientes. En este sentido, Pico pertenece a una generación de autores cuya obsesión se proyecta, desde la constancia figurativa, hacia el placer de pintar sin concesiones. Disfruta haciendo vibrar las luces en el plano para componer historias donde los equilibrios simbólicos son un apoyo fundamental, nunca subordinado a hechos narrativos. En los trabajos recientes, ligados a la montaña, la pureza de color ha derivado hacia una gama tonal más amplia, como puede observarse en "La vega", donde la esponja empapada de materia sirve de guía para ambientar un fondo en armonía con los pretextos figurativos. A menudo esas presencias se contrastan con formas vegetales, evocando ciertas tendencias del fauvismo para alcanzar finalmente, en las fronteras del pop lírico, una obra cada día más personal.

Los trabajos que viene realizando desde 1990 Melquíades Álvarez (Gijón, 1956) son mucho más líricos que antaño, cuando su pintura se caracterizaba, sobre todo, por la expresividad. En los últimos años ha profundizado también en la escultura, incorporando sus abundantes registros pictóricos a las tres dimensiones, mientras su capacidad para el dibujo le permite recrearse en la diversidad temática. Pero la naturaleza es una constante en toda su trayectoria. En la obra reciente priman, en plenitud romántica, la esencia de las líneas y el gusto cromático, en piezas plenas de contrastes tonales y sosiego compositivo, centradas en los bosques, la mar y la montaña. Desde la reflexión, las texturas y el color son su forma; la poesía y el talento, su alma. En el cuadro "Último viento", fechado en 1993, Melquíades inspira soledad con presupuestos simbólicos, y la montaña alude a tiempos de nostálgicos silencios.

Pintor tremendamente sintético, Miguel Galano (Tapia de Casariego, 1956) denota en su quehacer una fina sensibilidad respecto a la materia que alcanza efectos donde el público puede intuir cantidad de improntas y emociones. En su obra se perciben ecos variados, en juegos que guardan el equilibrio entre los paisajes de mar o, como en el caso que nos ocupa, de montaña. Desde el misterio, Galano juega con el espectador, que debe encontrar formas recorriendo lentamente los rincones y dejarse llevar por el placer de la contemplación pausada. Así, la supuesta abstracción desaparece, y las presencias se hacen más evidentes. Cada estigma, cada trazo o cada gota de pintura, frutos de una armonía entre el azar y la intención, pueden hacer bailar nuestra imaginación a un ritmo prudente, como en esta pieza de la serie "Montañas", de 1985. Su apariencia gestual contrasta con los intereses actuales del creador, que ahora minimaliza mucho más sus pinceladas.

La trayectoria ascendente de Ricardo Mojardín (Rebollal -Boal-, 1956) le alejan del conceptualismo radical con que inició su andadura artística en la primera mitad de los ochenta. Sigue persiguiendo el arte como pregunta, no como respuesta, pero ahora proyecta los interrogantes hacia sí mismo, analizándose en la obra. Para ello realiza obras muy implicadas en el paisaje onírico y en la montaña. No en vano, Mojardín vive en Loriana, rodeado de naturaleza y con cercanas vistas al Aramo y la Cordillera. En pinturas como "Anclados en las montañas-lago" los elementos figurativos dialogan en atmósferas entre lo metafísico y lo romántico, donde no faltan las referencias simbólicas, las deudas con la poesía o la literatura y las sugerencias ambientales.

Hace ya varios años que, tras el reconocimiento del público, los paisajes lluviosos y los oscuros barnices de Pelayo Ortega (Mieres, 1956) empezaron a dirigirse hacia las transparentes pinturas de hoy, donde prima una esencialidad que funde geometría con limpieza cromática y síntesis figurativa con rigor constructivo introduciendo, además, frecuentes meditaciones sobre el arte, el tiempo y el espacio, preocupaciones cotidianas en su trabajo. La herencia estética de determinados maestros de las vanguardias, homenajeados frecuentemente en series recientes, las reflexiones diarias en su ciudad, Gijón, y el análisis de vivencias personales proyectan hacia sus lienzos y tablas una sugerente personalidad, amiga también de ciertos guiños narrativos donde subyacen iconografías íntimas como la pipa, el paraguas o el sombrero, cómplices, sin duda, de velados autorretratos.

Sus paisajes, sin embargo, mantienen casi intactas las sugerencias misteriosas, los periodos crepusculares y las atmósferas de otros tiempos. Miembro activo de la A.M.A. Torrecerredo y amante del paisaje, el pintor profundiza periódicamente en trabajos con montañas, donde extrae toda la majestuosidad ambiental sin venderse a afanes representativos. En este sentido, Pelayo conserva la ética piñolesca que le viene animando desde la adolescencia, y, así, sus composiciones se ven compensadas a menudo con pastores o animales envueltos en la niebla, en claro homenaje al maestro. La atrayente obra Garrapozales, inspirada en una reciente excursión de grato recuerdo, alude a una zona rocosa de los Picos de Europa tan inaccesible como cautivante, que el pintor ha logrado captar en su estado más puro y primitivo, definiendo perfectamente la grandeza de esas cumbres.

Cronológicamente nuestra nómina de artistas termina con María Álvarez (Luanco, 1958), cuya pintura se basa en estéticas muy peculiares, que se sustentan en suaves equilibrios de cuidada factura. Son, generalmente, elementos vegetales, ramas, estigmas y flores de alta montaña, elegidas de diversas regiones, que le sirven de pretexto temático y señalan otra manera posible de nutrirse pictóricamente del paisaje. María también utiliza procedimientos similares en su abundante obra gráfica, campo en el que alcanza la perfección. Sin embargo, a finales de los años ochenta realizó una serie de montañas de tendencia expresionista, espontáneas, gestuales y matéricas, al uso de las corrientes en boga aquellos años. Hemos elegido una pieza en formato vertical perteneciente a aquella etapa, que marcó, en cierto sentido, el final de una época para el arte español y el paso de esta pintora hacia la austeridad que la definen actualmente.

 

Epílogo

 

Aún no ha transcurrido suficiente tiempo para analizar con bastante perspectiva a las generaciones siguientes, que denotan todavía más eclecticismo en sus propuestas que las comentadas hasta aquí. En Asturias, no obstante, la montaña seguirá siendo un motivo muy utilizado, más allá de los escarceos paisajísticos habituales en los pintores primerizos. La montaña es y será algo mágico, misterioso y atrayente, que emana deliciosas sensaciones, difíciles de describir con palabras. Lo saben bien los montañeros, que penetran asiduamente en sus entrañas, acariciando la materia que la compone o contemplando sus colores. Lo saben bien los pintores que la saborean de veras, por encima de actitudes miméticas. Ya en 1781, Shen Tsung-Ch'ien escribía: "El mismo espíritu que crea la vida en el universo es el que impulsa a la creación de un cuadro. Los cuadros de verdad son infinitos, igual que la vida es infinita". Por eso, quizás, la pintura y la montaña se compenetran tan bien, y a menudo actúan como fuentes de inspiración. Por eso se transmutan eternamente, y logran proyectarnos al goce estético a través de la mirada, el tacto o el silencio. Por eso están vivas, más allá de las formas.

 

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