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UN RECORRIDO HACIA LA DIVERSIDAD EN LA EXPRESIÓN PLÁSTICA

© Julia Barroso Villar. Catedrática de Hª del Arte. Universidad de Oviedo.

[Texto para el catálogo de la exposición Exposición “Contrastes. Pintura desde ayer y fotografía, hoy”, Universidad de Oviedo, Oviedo,2004. Comisaria: Julia Barroso]

 

El arte del siglo XX, cuyas rentas innovadoras todavía seguimos aún capitalizando, se distinguió por la diversidad de propuestas, ya desde el nacimiento de las vanguardias históricas. Frente a la aparente linealidad de la disciplina histórico artística, cuando se exponen habitualmente los contenidos anteriores a esta época, el siglo ya pasado para nosotros, y sin embargo tan vivo y actual en sus efectos, nacía y se desarrollaba con estruendos de apariciones vanguardistas en los que se rompía, de forma definitiva, el discurso de la lógica evolutiva y del buen parecer de la obra. Los creadores artísticos más atrevidos, ya desde la corriente romántica de principios del siglo XIX, venían manifestando su disconformidad con el statu quo academicista y conservador de las artes. A partir de aquellos momentos, el tono rupturista de las novedades se hizo patente. Tanto los impresionistas, como los fecundos pintores postimpresionistas, pugnaban frente a la academia y a favor de la espontaneidad, la subjetividad y la no dependencia de reglas externas a la propia concepción de los creadores. Y el signo de la diferencia era patente, sin que ello restara, sino que añadía, interés a sus conquistas visuales.
Esa herencia de nacientes libertades de elección en los modos de expresión, se intensificó de manera extraordinaria en los principios del siglo XX. Fauvismo, expresionismos, Cubismo, Neoplasticismo, Suprematismo, Dadá, Surrealismo, se sucedieron e imbricaron en el tejido del arte moderno. La separación tajante entre “estilos” fue más una operación de maquillaje exterior, en parte académica y en parte de difusión periodística, destinada a la propia clarificación conceptual y al intento de explicación de los fenómenos que se revelaban nuevos, incomprensibles, y caóticos, que un reflejo de una nueva realidad estilística estructurada con diafanidad.. La convivencia en tiempos y espacios de los planteamientos, aunque muchas veces en pugna abierta, fue uno de los signos de la novedad vanguardista, de aquella “modernidad”. Ya no había que esperar a que un estilo desapareciera del mapa de la actualidad para que se produjese el nacimiento de otras corrientes. Por citar algún ejemplo concreto, el Berlín de 1913 conoció, por iniciativa de los “expresionistas” del grupo muniqués Blaue Reiter, donde militaban W. Kandinsky, F. Marc y August Macke, una exposición magna que reunía artistas de toda procedencia estética y local: cubistas parisinos, expresionistas alemanes, algunos rusos de estirpe futurista, entre otros. El espíritu común era el de la modernidad, por oposición a los “decadentismos”, tanto de corte simbolista y literario como, sobre todo, frente a la rigidez de los salones oficiales y de la enseñanza.
La fase de la pintura europea que se produce a partir de los finales de la Primera Guerra Mundial, conoció llamadas al “orden” de los años veinte, el regreso de la figuración y de ciertos toques clasicistas, pero ya el tono mimético del arte figurativo parecía perdido para siempre. Si había representación de facetas de la realidad, en corrientes surrealistas, magicistas, o expresionistas tardías como la “nueva objetividad” alemana, lo que ya no había era un discurso lineal, lógico, con pretensiones de “totalidad” y de modelo universal. El crédito de la estética racionalista, heredada del Renacimiento y el Humanismo en los siglos XV y XVI, se derrumbaba ante el esperpento de la realidad de una Europa bañada en sangre por las guerras que marcan su primera mitad, época de las legendarias vanguardias históricas. Y se prefería la “surrealité”, los aspectos por encima y por debajo de las apariencias, a la evidencia formal de los objetos.
Es después de la Segunda Guerra Mundial, que amplió las revanchas entre bandos y las intervenciones exteriores a la propia Europa, cuando irrumpen en sus escenarios las diversas corrientes artísticas nacidas, cada vez con mayor frecuencia y por conveniencias del mercado, en ámbitos norteamericanos. La pintura matérica y desgarrada subsistía en autores que como Frautier y Wohls, habían conocido la guerra y los campos de concentración. Pero la mayor competitividad, la capacidad de implantarse, venía de fuera. Pop-art de la mano de Andy Warhol o Liechtenstein, pero también crudo pop inglés; y sucesivas manifestaciones abstractas, geométricas unas, otras de tono expresionista. Invaden por doquier y se entremezclan los signos expresionistas, la materia cruda y evidente de los soportes y de los pigmentos, se trastocan hasta los modos personales de enfrentarse a la obra: El pintor se acerca al performer, al representar él mismo con sus movimientos corporales, parte del ímpetu que consideraban necesario para estampar su sello en los lienzos. En las dos orillas del Atlántico se percibe esta furia, desde el francés Ives Klein, al americano Jackson Pollock.
Pero lo que nos atañe aquí, dentro de este marco conflictivo del desarrollo de las artes en los comienzos del siglo pasado, es lo que ocurría dentro de las fronteras españolas en aquellos momentos. Ahí se ubican los fundamentos de la situación artística de las artes visuales, hoy.
El universo cultural occidental estuvo cerrado para los españoles desde los inicios de la “Guerra Incivil”, hasta pasada la llamada época de la “autarquía”, en los años 50. Hasta 1957 no se aprecia un cambio de alcance en la punta visible del iceberg del arte contemporáneo español, como registran las obras especializadas en este sentido. La presencia de Antoni Tàpies, de los componentes del grupo El Paso, como Canogar, Saura, Millares o Juana Francés, con los precedentes del aragonés grupo Pórtico, y el barcelonés Dau al Set ya casi una década antes, serán referentes de la pintura nueva. Impregnados de un deseo agónico por sobrepasar los límites establecidos para el arte por la bienpensante sociedad oficialista española, sufrieron el rechazo de los agentes promotores y difusores de las artes de fronteras adentro, hasta que descubrieron el filón de la nueva imagen que podían dar del conjunto del país mediante una obra exportable y parangonable con los modelos foráneos.
La cuestión que muchas veces se apunta en este sentido es si la llamada “segunda vanguardia” española estaba ya fuera de lugar frente al establecimiento y el consenso de las nuevas corrientes en otros países occidentales. Muchos opinamos que era necesario, todavía, reaccionar frente a la estrechez de límites de un arte sometido al oficio como único baremo, sin valorar el otro pilar de la validez artística, aun dentro de la tradición histórica: el concepto. Ya Leonardo da Vinci, de cuya raigambre y validez plástica nadie duda, concebía el arte como “cosa mentale”. En España se valoraba, por el contrario, (y en muchos ámbitos, aún se valora) como meta máxima de lo artístico, el ornamentar, decorar, dentro de un buen oficio. Aquellas “nuevas vanguardias” de los años 60, se atrevían a romper el cerco de las artes.
Pero la pluralidad de apuestas venidas del exterior no se limitó a ofrecer modelos de expresionismo abstracto, sino que se solaparon y combinaron otras pautas. Los años 60 conocieron el auge de nuevos realismo de carácter crítico, y la pervivencia de actitudes más líricas, aunque no críticas, ante el arte nuevamente “surrealizado”, convertido en magicista, testimonio de vivencias íntimas ante la realidad externa de los objetos.
En estos contextos, lo que podía hacer el arte dentro de la región asturiana era heroicidades, aislada como estaba y continúa estando, de los centros del poder en España, donde la presencia apreciable culturalmente es consecuencia no solo de la creación de los artistas, sino de los mecanismos de recepción de una sociedad, de su política de potenciación, y de la trama de mercado ágiles y convincentes. Es decir, sometida a las limitaciones de un arte regionalista, costumbrista, de gran encanto para el “lugar”, pero de escaso o nulo alcance ante la rapidez y fuerza de las presencias venidas de fuera.
Hubo, y la muestra que ofrece la Universidad de Oviedo ofrece de ello algunos ejemplos, artistas que se propusieron romper con aquellas barreras de la tradición, y ciertamente, muchos somos testigos, a partir de los tempranos años 70, de algunas de las vicisitudes que pasaron por atreverse a plantear un arte más actualizado, conectado con valores más universales, y sobre todo, hijos de la época en que vivimos, lo que quiere decir no solo realizados en el siglo XX, “actuales” en ese sentido, sino también candentes y no fósiles.
Buscar una uniformidad de estilos o tendencias se convirtió en una actitud estéril, pues la diversidad de propuestas caracterizaba cualquier intento de agrupación artística, bien en grupos estructurados como Astur 71, Arte en Asturias, Glayíus, Abra, Onza, y algunos otros; o bien en actitudes más individuales, de otros muchos artistas amantes de la búsqueda y el esfuerzo innovadores, diversidades que conoció la vanguardia española tanto anterior como posterior a la guerra.
La llamada postmodernidad, con su nueva dispersión de valores, y la fragmentación, parece que definitiva, del “corpus” de un arte concebido de manera universal y unívoca, acaba con el espejismo de las vanguardias en el caso español. Los valores son la ruptura con los géneros artísticos tradicionales, y la experimentación con las nuevas prácticas: objetos artísticos lúdicos, arte corporal, instalaciones diversas, fotografía en auge, vídeos, siempre dentro de la conceptualización de propuestas. La relación entre oficio e idea, ahora se invierte. Muchas veces la obra reciente, no importa si realizada en Asturias o en cualquier otro lugar al que llegue la “globalización” de los medios visuales actuales, más que interesarse por la elaboración, lo hace por el concepto. Esto suele irritar sobremanera a los públicos habituados al arte de salón, sin percatarse de que aquél, solía carecer de uno de sus requisitos para ser arte: el concepto creativo.
La exposición presente, con organización y sede en la Universidad de Oviedo, la hemos concebido como un espacio de reunión de algunas muestras de este arte reciente, del siglo pasado, aún pendiente de reconocer de manera clara e institucional en las apuestas del coleccionismo, del mercado y de la opinión, en demasiados niveles. Ofrecer una selección de artistas consolidados y respetados por su trayectoria innovadora en años atrás, dedicados a la pintura entre otras posibles actividades plásticas y que continúan, en su totalidad, en la brecha de la actividad creativa, fue uno de los puntales de la iniciativa.
Compensar esta presencia, imbricando en los propios espacios de la exposición las aportaciones de artistas más jóvenes, que en su totalidad han apostado por la reivindicación de la fotografía como soporte preferente de sus actividades plásticas, fue el otro punto de apoyo. A mi modo de ver, aún es preciso ubicar la importancia de las aportaciones del pasado artístico reciente, y tratar no de aislarlas de otros parámetros actuales de la creación, sino confrontar la diversidad para extraer riqueza.
Si las vanguardias no fueron unívocas ni tan ejemplares como se plantea; si el caso español que nos asume y engloba tuvo el retraso histórico que conocemos; y si las instituciones en la región asturiana han hecho caso relativamente omiso de la fuerza de la creación actual, tratando con tibieza y cicatería su arte, generador del patrimonio del mañana, es aún preciso resaltar valores arrinconados, cuando no ignorados, ahora que las propuestas jóvenes se demarcan en su mayoría por alternativas artísticas más novedosas que la pintura, o por el tratamiento novedoso de técnicas tan añejas como la fotografía.
En Asturias, el tratamiento de las artes recientes se manifiesta insuficiente, en sus carencias estructurales aun pendientes: estrechez de miras a la hora de dotar de un centro de arte contemporáneo en condiciones, con una colección de referencia, al arte del inmediato pasado; y una exigua visión, al arrojar al exilio temporal y a veces, definitivo, a los jóvenes creadores, que tienen que asumir su formación en universidades fuera de Asturias, al carecer aquí todavía de una Facultad de Bellas Artes.
Una sola exposición, no perteneciente a circuitos comerciales, no pretende ni puede llegar más allá de una muestra testimonial. En esta ocasión, la selección la he realizado por los motivos ya expuestos, entre la amplia oferta de importantes artistas asturianos ya “consolidados” y que no era posible incluir por razones prácticas. Y en contrapunto, esa otra obra, la fotográfica, igual que la pintura, también sobre soporte plano destinado a colgar en algún espacio mural.
Entre ambos registros he intentado establecer un diálogo de presencias. La fotografía, nacida avanzado el siglo XIX como simplificación del daguerrotipo, recorrió unos caminos de vasallaje al ser considerada arte menor, como mera reproducción mecánica. No obstante, pronto hubo intentos de creación plástica utilizando esta técnica, y entre las vanguardias, es cita de referencia la obra de Man Ray, además de la documentación fotográfica de los eventos performáticos de los futuristas y dadaístas, el fotomontaje de Huelsenbeck, o de Hannah Höch. A pesar del largo camino recorrido desde entonces, podemos decir que hasta ahora, este género nunca gozó de una consideración tan alta entre las artes visuales. Ya no se resigna a copiar la realidad ni a ser su transcripción, sino que avanzó de manera significativa hacia espacios propios.
La relación entre fotografía y pintura existe desde el principio de su aparición, de manera similar a como ocurre con el cinematógrafo: los referentes escénicos, las composiciones y expresiones de las primeras fotografías, tratan de imitar los lienzos tanto de asunto histórico, como costumbrista, o los retratos. Andando el tiempo se independiza, y hoy se asiste a una efervescencia de la foto creativa. En algunos casos, sigue emulando la pintura, aunque sea abstracta, expresionista, o de materia. En otros, dispersa y atomiza con ecos del Manierismo las composiciones. Fragmentos, texturas, espacios arquitectónicos, estética povera del desecho, crítica conceptual desde el feminismo, registro de actividades performáticas, son solo algunas de las posibilidades de la fotografía, hoy.
La pintura con raíces en los años 60, hoy un valor asumido aunque a mi juicio, no suficientemente valorado, ve como la atención del público y la institucional se polarizan hacia las nuevas alternativas del arte, quedando, en parte, relegada. Sin embargo, y como paradoja de estos intrincados procesos, es la fotografía uno de los soportes más valorados entre las corrientes alternativas del arte actual, posiblemente por su versatilidad, y porque al fin y al cabo, puede subvertir cualquier concepto de la obra de arte, igual que otras variantes de mayor volumen y quizá, más aparatosas.
Confrontar creadores sobre el plano, tanto en pintura como en fotografía, es más que un juego ocasional. Hay una reivindicación de la validez de los móviles creativos siempre que haya concepto y resultados, en cualquiera de sus manifestaciones. Esta selección, realizada a propósito de la exposición “Contrastes. Pintura desde ayer y fotografía, hoy”, reúne a diez autores y obras muy diversos, pero que conocen la colaboración, la lucha por ideales comunes sobre el papel del arte, el contraste de modos y pensamientos, y la manera profundamente diferenciada de hacer su obra.
En el apartado de pintura, hay artistas que hacen su obra a partir de los años 60, época de la eclosión informalista, caso de Alejandro Mieres y de Bernardo Sanjurjo, afines a la abstracción, que en Mieres pugna por acercarse a la integración de los materiales reales de la naturaleza, y en Sanjurjo, en cambio, se aleja hacia territorios de la expansión de la mancha que pierde las connotaciones figurativas. Alejandro expuso estas obras en su exposición organizada como homenaje al artista por la Fundación Díaz Caneja y el Ayuntamiento de Palencia, en abril del 2000. Bernardo, aporta obras inéditas, en sintonía con las que recientemente expuso en una galería gijonesa. Sombras majestuosas evanescentes de lo que ya es una importante página de su vida familiar, tal vez actuando dentro del presentimiento fatal.
Están presentes otros dos artistas que siguieron planteamientos figurativos, como es el realismo de raíz pop-artista que comenzaba a cultivar en los años 60, de Ramón Rodríguez, que aporta aspectos de una realidad poetizada y trabajada en soportes de collage y de info-fotografía, con muestras de algunas de sus series recientes: Los Días del jardín, Los días de la luna, Niebla en el espejo, y Los días del agua. Por otro lado, Miguel Ángel Lombardía, de honda raigambre expresionista y autor de potentes obras neoexpresionistas, muestra su energía en el gran díptico con calas ubicado en la sala de exposiciones, y en sus otras obras de tema floral, que constituyen una primicia expositiva. Su fuerza ha logrado ya niveles de síntesis de sí mismo y de los referentes internacionales, interesado por el simbolismo, los volúmenes y colores, y la dedicación a la escultura, una de sus grandes pasiones.
Otra artista, Consuelo Vallina, es pintora de texturas como pintura-soporte. Ella eligió desde años atrás antiguas técnicas artesanales como base de su creación abstracta, irrumpiendo en los años setenta avanzados con sus tapices, hoy sometidos a planos que tienen de textil solo la pulpa con que fabrica sus materias, y algunas alusiones mediante los colores puros y los grafismos. La madurez de sus prácticas se revela con fuerza en la presente exposición, paralela a la expansión de la proyección de su obra fuera de nuestras fronteras.
Todos los precedentes han tenido, pese al contraste entre los caminos elegidos, la característica vanguardista común de luchar, hace unas décadas y algunos hasta el presente, por unos ideales solidarios y profesionales, en el arte de una región ahogada dentro de un país que hacía agua por todos sus costados. Su trayectoria personal lo avala.
Respecto a la fotografía, se reúnen otros cinco artistas actuales que aportan importantes logros plásticos y de enfoques argumentales desde este otro soporte, aunque más joven que el caballete, con un siglo y medio aproximado de existencia. Fruto de la lucha de la fotografía por implantarse como arte más allá de la mímesis artesanal, y de entre la selección que era posible, como en el apartado pictórico, se han elegido a dos autoras y tres autores capaces de aportar diversidad de lecturas, desde cada uno de sus respectivos supuestos. José Ferrero, Roxana Popelka, Soledad Córdoba, Julio Cuadrado y Carlos Casariego, ofrecen la variedad exigible para el enfoque de la exposición, al mismo tiempo que la capacidad de dialogar tanto entre sí, como con las obras pictóricas.
Se pueden establecer, además de las conveniencias del montaje, siempre asesorado por el saber hacer de Ramón Isidoro, otras conexiones menos evidentes. La transversalidad de relaciones resulta tentadora si lo enfocamos desde perspectivas múltiples, aunque ya se trataría de otra exposición, mucho más amplia posiblemente. Confrontar composiciones, texturas, colorido, fotografía como pintura y fotografía “independentista”, fotografía como registro de procesos performáticos, soporte corporal como base crítica de Roxana Popelka, frente a la evidencia sexuada de las Venus de Alejandro Mieres, el rostro y sus máscaras intervenidas en las series de Soledad Córdoba, las acepciones del mundo del residuo y el desecho sin pretensiones ornamentales y como foto no pictórica de Julio Cuadrado, la relación una vez más entre pintura y fotografía con préstamos mutuos en Carlos Casariego, y el ingenio compositivo y pulcritud de imágenes de José Ferrero, ofrecen un elenco importante de artistas de la cámara, opuestos en sus planteamientos pese a ligeros aires de familia entre los temas que abordan, y que en su trayectoria personal, se encuentran ubicados en destacados puntos de mira de la posmodernidad actual dentro y fuera de Asturias.
La Universidad en su Vicerrectorado de Extensión Universitaria, y mi propia labor como comisaria, han coincidido en reivindicar aspectos de lo que se da por conocido, sin serlo. Deseamos que la muestra sea de interés para una reflexión sobre los cometidos del arte, hoy, por muy de atrás que nos venga. Con mi reconocimiento para la labor de los artistas presentes en la muestra, que sin excepción colaboraron con eficacia y aliento, y para muchos otros que, por limitaciones materiales, no ha sido posible incluir en este muestreo de confrontaciones.


Oviedo, a 5 de Marzo de 2004

Breve referencia bibliográfica
Bozal, Valeriano: Pintura y escultura españolas del siglo XX. (1900-1939). Summa Artis XXXVI, Madrid, Espasa Calpe, 1993.

Bozal, Valeriano: Pintura y escultura españolas del siglo XX. (1939-1990). Summa Artis XXXVII, Madrid, Espasa Calpe, 1993.

Brihuega, Jaime: Las vanguardias artísticas en España. 1909-1936. Madrid, Istmo, 1981.
Calvo Serraller, Francisco: Del futuro al pasado. Vanguardia y tradición en el arte español
Guasch, A.M.; Hernández de León, J.M.; Julian, I.; Sureda,, J.: Historia del Arte Español, X. El siglo de los creadores, Planeta-Lumwerg, Barcelona, 1997.
Jiménez-Blanco, Mª Dolores: Arte y Estado en la España del siglo XX. Madrid, Alianza, 1989.
Marchán Fiz, Simón: “Nuevos comportamientos artísticos en España”, en Del arte objetual al arte de concepto, 1986, Madrid, Akal, pp. 273-289.
Sougez, Marie-Loup: Historia de la fotografía, 1986, Madrid, Cátedra.
VVAA: Del Surrealismo al Informalismo. Arte de los años 50 en Madrid. 1991, Comunidad de Madrid (Catálogo).

 

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