JOSÉ MARÍA NAVASCUÉS, 25 AÑOS DESPUÉS
© Julia Barroso Villar.Catedrática de Historia del Arte de la Universidad de Oviedo
Nacido en Madrid el 20 de septiembre de 1934, y fallecido el 11 de Noviembre de 1979, este artista se consideró asturiano por su residencia en Gijón durante buena parte de su vida. Desde 1939 a 1952, con el proyecto de estudiar en Madrid Ingeniería o Arquitectura, comenzaba su residencia en la capital española. En Madrid asistió a clases de dibujo en la Academia de Gerardo Zaragoza y el Círculo de Bellas Artes, mientras abandonaba sus otros proyectos de estudios para convertirse en un creador plástico autodidacta. Esta característica fue seguramente la razón del progreso lento que tuvo su obra en aquellos años, y en parte también, de su relativo descontrol. A semejanza de grandes autores de la historia como Van Gogh, y hasta ahí llega el parecido, cierto toque de bohemia marcó a Navascués en los inicios, que realizó lo mejor de su obra en los ocho años finales de su vida, cuando contaba tan sólo cuarenta y cinco años. Como el pintor holandés, que en once años realizó el montante de su obra hoy cotizada de manera desorbitada, cuando contaba treinta y nueve. Ambos desaparecieron por voluntad propia, según los indicios.
Pintaba desde comienzos de los años 50, pero hasta 1961 no realizó su primera exposición individual en el Hotel Saboya de Gijón. Sus inicios, correspondientes con la trayectoria de compromiso de las vanguardias anteriores a la guerra en España, se desarrollaban dentro de una figuración con ecos de Vázquez Díaz y la recepción del cubismo en el interior de España, pujando por asomar a planteamientos abstractos. Fue con su descubrimiento del volumen, con la escultura, con lo que el este autor adquirió su verdadero sesgo creativo y lo que representa la verdadera madurez y originalidad en la obra del artista. Tomó parte desde sus inicios del grupo Astur 71, fundado en 1971 por un conjunto de escultores: él mismo, María Antonia Salomé (1934), Mariano Ciagar, (1936), Fernando Alba (1944) y Manuel Arenas (1949), dedicados todos ellos también a la pintura salvo Alba, y por el pintor Alejandro Mieres. Fue visitante del grupo Arte en Asturias.
Su obra se estructuraba en series, y en 1969 comenzaba las denominadas “Eros” y “Contactos”. La técnica empleada era de pura ebanistería, con maderas como el pino del Báltico y el abedul como materia prima, a base de encolar tablones que más tarde pulía con lijadora eléctrica, y que finalizaba con varias capas de cera. Según la obra fue adquiriendo mayores volúmenes, comenzó a utilizar la motosierra, cepilladora universal y sierra de cinta. Con estas herramientas artesanas realizó las “Cajas de resonancia”, nombre de otra serie comenzada en 1973. En ella las formas bulbosas se han relacionado con la obra de Amadeo Gabino, que por entonces realizaba obras figurativas con temas mitológicos y simbólicos, como sus Venus, o Agamenón, antes de sus conocidas estelas y esculturas de formas cóncavas y huecas, en las que utiliza con frecuencia metales como el acero cortén, y autor de formación académica, el mismo académico de San Fernando propuesto poco antes de fallecer el pasado 7 de junio de 2004.
Navascués pronto evolucionó, a partir de “Eros”, hacia un lenguaje propio en esa dimensión. Las piezas acaban por adquirir un carácter simbólico totémico al apoyarse sobre patas cilíndricas sugiriendo animales. Con la serie “Laberintos”, aumenta la escala y la complejidad de las obras.
Sus formas figurativas se consagran, por así decir, en 1974 con los murales de la Facultad de Medicina de la Universidad de Oviedo, realizados en hormigón de mármol policromado. Su textura rugosa es contraria a la lisura y pulimento de sus piezas lacadas en madera. Semejante en el estilo, y tallados en madera, eran los relieves de la desaparecida cafetería La Ronda, en el edificio Jirafa, de Oviedo, cuyo paradero no conozco. A esa época corresponden también los relieves hoy en la sala de espera de la Consejería de Cultura en el Palacio del Sol, espacio conocido por todos los pacientes postulantes asturianos en materias de arte.
En 1973 Navascués adquiere proyección en Cataluña mediante el apoyo del también escultor, nacido un año más tarde que el propio Navascués, Xavier Corberó, que comparte con nuestro autor el tactilismo, el sentido de sumo refinamiento material de los acabados que sugieren a través de la vista las cualidades de la obra. El artista asturiano tomó además parte del grupo Núcleo Abierto, donde también figuraban artistas como Joaquín Rubio Camín, Oscar Estruga, García Ramos, Nassio (Nassio Bayarri Lluc, Valencia, 1932) que entre sus muchas otras actividades, expone en 1971 (Arte al Aire Libre. Parque de Atracciones. Madrid con el título Eros en el Arte, clausurada oficialmente al ser calificada de pornografía). Y el teórico López Gradolí (su libro de poemas más conocido, Los bosques de la memoria).
A partir de 1974 José María Navascués abre una nueva dirección en sus obras, progresivamente más herméticas, y el juego formal y simbólico de las envolturas como hilo argumental, se convierte en una de sus preocupaciones temáticas y formales, metáfora del juego entre continente y contenido de la obra, pero también de la vida misma, apariencia e ilusión frente a interior. En sus Cajas, compuestas por tablas muy delgadas organizadas siguiendo las vetas de la madera, se respeta siempre el material y su naturaleza.
Las cajas -evocación de los “ready made” de Duchamp tal vez, y de otros objetos artísticos inexplicables desde una perspectiva tradicional de las artes, llevan alojamientos para objetos como estacas, martillos y otras armas en las que parece reflexionar sobre la violencia y el sexo, como en la serie Erosex de 1975, recogiendo la tradición sadomasoquista de Marcel Duchamp y de gran parte del arte conceptual conectado con el surrealismo, y también alusión clara al vampirismo. Las cajas con muñecas de José Cornell son otro de sus lejanos referentes. En paralelo, realiza aparte dibujos coloreados a tinta, detallistas y exactos, en que representaba piezas de madera y arpilleras deshilachadas, algunos de ellos de autoría incierta-
Realiza también sus grandes objetos escultóricos como Hamaca, de 1974, y Armario, 1975. En ellas afronta esculturas de formato grande de paredes delgadas, huecas, y perfecto remate y pulimento tanto interno como externo. Esta directriz culmina en las series Cascos y Pilotos, realizando las mayores obras como Fórmula y Avión.
Otra orientación supusieron sus Cascadas, como la de grandes dimensiones realizada en 1976 en que se estimulan de manera simultánea, el perfeccionismo técnico (ejecutado por un equipo de ebanistería que él dirigía) y la capacidad de inventiva del autor. Conectada con esta concepción resulta la serie Madera + color, donde los rasgos denotativos residen en el color aplicado de manera sutil, la ondulación de las superficies en relieves, en los que parece esbozarse, como paso atrás y cierre de una trayectoria, de nuevo la figuración. Sus dibujos precisos siguen ampliando su repertorio, que se han emparentado con los de Gerard Titus-Carmel, nacido en Paris en 1942.
Como referentes contextuales, su escultura respira una situación de transición entre la tradición de los grandes volúmenes y el ensayo de nuevos materiales de las vanguardias, como el hierro en Julio González o Gargallo, por el que no se sintió atraído, pero si por una concepción renovadora de la escultura, que rompe moldes con la idea de estatua. Sin embargo, Navascués mantuvo el esquema de culto al cuerpo humano, como aún en los tiempos de Rodin, solo que formulado en una interioridad hueca con un sentido metafórico del vacío de la existencia, en contrapunto con las envolturas y capas exteriores, con ligeros ecos de la iconografía “pop”, al referirse a bólidos y aeronaves propios de una cultura de masas que devora los acontecimientos deportivos. Este aspecto, sumado a la tradición vanguardista internacional desde los años 10 del pasado siglo XX del “arte de objetos-concepto” parafraseando a Marchán, es el que marca el carácter de una obra ejecutada con un mimo y pulimento materiales más que notorios.
Su obra permanece prodigiosamente joven.
Navascués fue seleccionado para la XV Bienal Internacional de Escultura de Sâo Paulo, Brasil, en 1979, logrando una apreciable recepción en galerías de arte de rango internacional. Residente en Asturias con importantes contactos fuera de la región, fue hombre con importantes conflictos internos. Su viuda Carola reunía una importante colección de dibujos y obras, que en opinión de quien comenzó un estudio sistemático sobre el autor, el desaparecido Pepe Aller Albuerne, no estaba del todo claro su atribución. Su fallecimiento provocado como decisión personal según los indicios, se realizó en un contexto de actividades esotéricas por las que sentía atracción. El mundo oscuro, el lado inabordable de la vida, considerada como abismo irresoluble, pudo haberlo atraído demasiado, tal vez tanto como a Goya que convivió con la enfermedad y el tormento interior plasmándolo en su obra quizá más valiosa. O tal vez una indisposición lo hizo caer al vacío del hueco de escalera del lugar donde realizaba sus prácticas, como opina su familia, ya que Navascués estaba justo en un momento de reconocimiento de su obra.
Con su pérdida se produce también la de uno de los autores más personales que produjo el arte en Asturias, y que, al mismo tiempo, estaba comenzando una notoria proyección internacional, si bien queda patente el relativismo de su relación plástica con las tradiciones de la región. Fue homenajeado en la II Bienal Nacional de Arte Ciudad de Oviedo en la que también había sido seleccionado, celebrada entre noviembre y diciembre de 1979 en el recién acondicionado espacio del Museo de Bellas Artes de Asturias, y donde algunos velamos armas (presentando el libro de mi tesis doctoral sobre Grupos de pintura y grabado en España en la época franquista, otro artista de talla muy superior a la que solemos demostrarle de puertas adentro, el polifacético y entrañable Jaime Herrero).
Sobre Navascués han escrito, entre otros, Juan Cueto Alas para la Galería Tantra de Gijón, en 1978. Publicaciones del fondo de Arte Masaveu, San Sebastián, 1976; Evaristo Arce, en el tomo XV de Pintores Asturianos del Banco Herrero, Oviedo 1983, o el catálogo de varios autores para la Caja de Ahorros de Asturias, Oviedo 1984, además de Javier Barón en su Diccionario de pintores y escultores de Asturias, y de José Aller Albuerne, que llegó a realizar su Tesis de Licenciatura monográfica sobre el autor, dejando comenzada e inacabada la Tesis Doctoral.
Los principales conjuntos de obras del artista están en el Museo Casa Natal de Jovellanos, de Gijón, y en el Museo de Bellas Artes de Asturias, que le dedican dos salas que, en mi opinión, si se reunieran en otro contexto más actual de las artes, mostrarían con mayor claridad su esplendor y validez actuales. Otras obras en la calle y sin protección, como la de muchos otros artistas, al hilo de algunos comercios y portales, reclaman una atención y conservación antes de tener que lamentar su pérdida. Queda abierto el proyecto de visitar ambos espacios como colofón de esta actividad de Tribuna Ciudadana, a cuya directiva agradezco el honor de haberme ofrecido la oportunidad de hablar de un gran artista contemporáneo español de denso significado para el Arte contemporáneo en Asturias, siempre bajo el signo de la penuria, el desprecio y el desaliento de tantos artistas ignorados y minusvalorados, así como agradezco al crítico, editor y gestor cultural Jaime Luis Martín la elogiosa y afectuosa presentación que me hizo con motivo de la presente conferencia en el Club de Prensa de La Nueva España el día 14 de Enero de 2004.
Conferencia de Julia Barroso sobre Navascués , el 14 de Enero de 2004 en el Club de la Nueva España de Oviedo, organizada por Tribuna Ciudadana