AJIMEZhttp://www.ajimez.comAjimez Arte. Noticias de ActualidadESPuertas al espacio mental http://www.ajimez.com/criticas/detalle.php?cat=0&id=549Sat, 16 Aug 2008 00:00:00 +0000Ángel Antonio RodríguezÁngel Antonio Rodríguez


Publicado en El Comercio

Piezas de animación y murales componen la muestra. / E. C. La exposición 'Alicia hacia dentro' de Fernando Gutiérrez (Oviedo, 1973) anuncia estos días los renovados registros de este joven artista en la sala 1 del Centro de Cultura Antiguo Instituto, en Gijón. El proyecto es fruto de una subvención concedida el año pasado por la Fundación Municipal de Cultura, Educación y Universidad Popular en su convocatoria para producciones artísticas.
Licenciado en Bellas Artes por la Universidad de Salamanca, Fernando Gutiérrez expuso por primera vez en la Casa de Cultura de Avilés en 1999, tras brillar en la Muestra de Artes Plásticas y otros certámenes de la región. Poco después se fue de Asturias para continuar formándose, pintando e iniciando otros trabajos interdisciplinares, de carácter ambiental, alterando espacios y transformándolos en paisajes interiorizados. Su regreso ha coincidido con la apertura de LABoral Centro de Arte, que le incluirá en alguno de sus próximos proyectos.
En aquella exposición avilesina decíamos que la obra de Fernando Gutiérrez era un canto a la sublimidad de la pintura, con interesantes registros líricos. Se trata de una pintura básicamente emocional, de suaves vibraciones. El artista huía de cualquier argumento anecdótico y apostaba por la sobriedad, sin estridencias cromáticas, resolviendo las texturas con eficacia y manteniendo intensos equilibrios entre azar y razón, para configurar hermosas atmósferas que reivindicaban sus firmes creencias expresivas.
Austeridad formal e introversión subyacen aún en 'Alicia hacia dentro' donde los argumentos poéticos han desaparecido en favor del discurso teórico. Las imágenes pretenden abrir puertas hacia un espacio mental («submundo de posibilidades retroalimentadas en crecimiento exponencial», según el autor) aprovechando piezas de animación y murales intercomunicados, realizados en la sala de exposiciones y en un espacio urbano. El proyecto parte de la revisión de dos conocidas obras de Lewis Carroll ('Alicia en el país de las maravillas' y 'Alicia a través del espejo') y pretende analizar los vínculos entre ficción, realidad y proceso creativo, en línea con algunas teorías conceptuales que exploran el desplazamiento del objeto hacia la idea.
Los murales se nutren de composiciones efímeras, con dibujos que siguen alternando órdenes y azares mientras aprovechan paredes y rincones. Las obras digitales juegan con similares herramientas, generando un conjunto repleto de metáforas que, si logran mantener vivas las llamas de la reflexión y la emotividad, seguramente permitirán a Fernando Gutiérrez asumir con garantías sus próximos envites.

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Jugar para vivirhttp://www.ajimez.com/criticas/detalle.php?cat=0&id=548Sun, 03 Aug 2008 00:00:00 +0000Jaime Luis MartínJaime Luis Martín

Homo Ludens Ludens
Colectiva
Laboral. Centro de Arte y Creación Industrial
Hasta el 22 de Septiembre



Un grupo de jóvenes chinos son contratados para jugar diez o doce horas diarias a videojuegos on-line como «World of warcraft». Su trabajo consiste en conseguir premios virtuales que posteriormente se venden a jugadores ricos de todo el mundo a cambio de dinero real. El documental que relata esta experiencia, dirigido por Ge Jin, se puede ver en la muestra «Homo ludens ludens», que explora los aspectos lúdicos y su transcendencia social y cultural, releyendo a Johan Huizinga, para quien el origen de nuestra cultura se encuentra en el acto de jugar, y rastreando el pensamiento de Vilém Flusser, que considera el juego como un acto de emancipación.

El juego, que ya interesó a las vanguardias artísticas -dadaístas, Fluxus y los situacionistas fueron destacados ludópatas que trataron de arrancar el arte de las academias y el aburrimiento para transformarlo en algo divertido, participativo y accesible-, conoce un renovado impulso de la mano de las nuevas tecnologías. Y en este principio de siglo el videojuego se expande hacia nuevos espacios conceptuales, «donde se abordan -como señala Laura Baigorri, comisaria de la muestra junto con Erich Berger y Daphne Dragona- temas políticos y sociales como la biotecnología, la emigración, el abuso empresarial o la religión».

Precisamente la mayor atención a los temas sociales y políticos diferencia a «Homo ludens ludens», que completa la trilogía dedicada por Laboral al juego, de las anteriores entregas, «Gameworld» y «Playware». Y, aún cabe destacar, que, en esta ocasión, algunos artistas se hayan dejado contaminar por el territorio en el que se desarrolla la muestra, convirtiendo a Gijón en protagonista de sus obras. En este sentido el juego «Bordergames» (2005-2008) de La Fiambrera Obrera, creado como resultado de unos talleres llevados a cabo en el barrio de La Calzada de Gijón, trata de reconstruir, a través del videojuego, la vida cotidiana de estos jóvenes de barrio, convirtiéndolos en protagonistas de esta aventura lúdica, como anteriormente lo fueron los inmigrantes de Lavapiés en Madrid. Por otra parte «Objects of desire» (Objetos de deseo), de Ludic Society, propone trazar el mapa de los accesos inalámbricos -redes wifi- localizados durante un paseo por la ciudad de Gijón. Más ácida, aunque en esta misma línea próxima a los situacionistas, resulta la visión de Gordon Savicic, que, provisto de un corsé equipado con servo motores y una consola con capacidad wifi, traza un recorrido de dolor por la ciudad de Gijón, pues los motores aprietan el corsé, dejando marcada la carne, cuando detectan una red inalámbrica próxima.

Entre las 31 creaciones participantes en esta ambiciosa exposición destaca el juego de acción «UnderSiege», del ingeniero sirio Radwan Kasmiya -realizador del primer videojuego árabe en 2001-, que narra la vida una familia palestina durante la segunda «intifada» (1999-2002), basándose en historias reales documentadas por Naciones Unidas. Y otro conflicto, en este caso el afgano, se encuentra entre las preocupaciones de Jhon Klima, que en la instalación «The great game. Epilogue», compuesta por un monitor acoplado a un pequeño elefante mecanizado que funciona con monedas, una atracción de niños, nos ofrece una parodia de la guerra incruenta que nos quieren vender. Las disputas entre religiones se erigen en protagonistas de «Faith fighter», un videojuego en el podemos enfrentar a los iconos religiosos (Cristo, Buda, Mahoma) convertidos en dibujos animados y trasladados a un escenario de lucha clásico de los videojuegos.


El concepto de fronteras y sus implicaciones sociales se encuentran presentes en los proyectos «Folded in», de Personal Cinema & The Erasers, y «Estrecho adventure», de Valeriano López. En el primer caso se trata de un juego on-line -http://www.foldedin.net- que se sirve de las redes sociales para impulsar un jugador reflexivo y crítico. El vídeo «Estrecho adventure» adapta la forma narrativa y visual de los videojuegos para denunciar el drama de los inmigrantes norteafricanos en España, los obstáculos y sufrimientos que padecen para cruzar la frontera y la explotación a que son sometidos cuando logran su objetivo.

Entre los juegos más divertidos y sorprendentes cabe destacar «LevelHead», del artista neozelandés afincado en España Julian Oliver, que ha recibo, junto con el ya citado «Constraint City / The pain of everyday life», de Gordon Savicic, la mención de honor en el apartado arte interactivo en los prestigiosos premios que otorga Ars Electroniza Linz.

Sin duda, esta muestra, junto con el Simposio internacional «Homo ludens», celebrado coincidiendo con la inauguración, que reunió a un importante elenco de especialistas de diversos países -un resumen de las ponencias se encuentran recogidas en el magnifico catálogo editado con motivo de la exposición-, convierte a Laboral en un centro de referencia en la exploración, significado y relevancia artística y social del videojuego.

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Las ruinas del paisajehttp://www.ajimez.com/criticas/detalle.php?cat=0&id=547Sun, 03 Aug 2008 00:00:00 +0000Ángel Antonio RodríguezÁngel Antonio RodríguezPublicado en El Comercio

Las ruinas del paisaje
Fotografía sobre Dibond, de la serie 'Tierra de Koningsbos'. / E. C.
Título: 'Tierras de Koningsbos'.
Lugares: Sala de exposiciones Álvaro Delgado (Luarca)/ Delegación del Principado (Madrid) / Sala Cajastur Teatro Campoamor (Oviedo).

Hace tiempo que Carlos Suárez (Avilés, 1969) dió un salto en su singular universo plástico para captar mediante fotografías los escenarios que venía plasmando en los últimos ocho años con sus pinturas de . Así, la galería ovetense Vértice albergó en marzo sus 'Paraísos artificiales', mostrando la primicia de esos trabajos.
Entonces, las figuras inanimadas emergían del soporte, homenajeando a su obra pictórica. Pero ahora, aprovechando la exposición itinerante que ha podido configurar con el Premio Cajastur obtenido el año pasado en el Certamen de Luarca, este artista y profesor de la Escuela Superior de Arte de Asturias ofrece al público su serie 'Tierras de Koningsbos', una mirada fotográfica que prescinde de cualquier referencia al ser humano y se centra en la soledad del paisaje.
La muestra, tras pasar por la sala de exposiciones Álvaro Delgado de Luarca, viajará a la sala de la Delegación de Asturias en Madrid y posteriormente se presentará en el Centro Cultural Cajastur del Teatro Campoamor, en Oviedo.
La austeridad y la destreza compositiva eran los intereses básicos de las pinturas de Carlos Suárez, donde abundaban los argumentos narrativos. Pero poco a poco, su obra fue saliéndose de los límites de la pintura, derivando a las tres dimensiones, en ritmos metafísicos centrados en el sentimiento efímero de las cosas.
Su nueva exposición trasciende hacia otros horizontes. Huyendo del ruido, el artista ha buscado un lugar para refugiarse, un paraíso territorial que emplea para proponer al público otras maneras de mirar. Y lo hace con un sencillo paisaje cercano al centro de investigación gráfica de Kasterlee (Bélgica) donde residió varios meses. Una propuesta que podría entroncar, como señala Jaime Luis Martín en el catálogo, con algunas formulaciones del 'land-art' o el 'earth-art', terrenos de difícil definición, en una visión «próxima a las ruinas, pero unas ruinas alejadas de cualquier romanticismo, de cualquier imagen transformadora». Laten aquí palpitaciones inquietantes, entre maizales quemados, inquietantes y casi secretos, que merecen la pena descubrir. Aunque Carlos Suárez se aleja ese Friedrich que lleva dentro, la emotividad de sus empeños y la nostalgia de estos envites permanece aquí, a la intemperie, bajo espacios casi sagrados.

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Los paisajes de Carlos Suárez o como respirar una profunda melancolíahttp://www.ajimez.com/criticas/detalle.php?cat=0&id=545Thu, 17 Jul 2008 00:00:00 +0000Jaime Luis MartínJaime Luis Martín
Fechas Exposiciones:
 
Luarca del 11 al 31 de Julio de 2008
Madrid del 4 al 26 de Julio de 2008.
Oviedo, Octubre de 2008.




Miguel Ángel Buonarroti despreciaba a los pintores de paisajes, los consideraba unos burdos embaucadores que con cuatro sombras de árboles embelesaban a los coleccionistas menos cultivados. En Flandes, le contó a Francisco de Holanda, se pintanverduras de campos, sombras de árvores, e ríos e pontes, a que chaman paisagens”[1]. Pero a pesar de estas críticas, el paisaje no ha dejado de ganar adeptos  y  desde entonces ha recorrido un largo camino de la mano de la pintura y luego de la fotografía, para desembocar, finalmente, en formulaciones tan radicales como el Land Art, Art in Natura y EarthArt. Sin embargo a principios del siglo XX Nietzsche todavía se preguntaba “¿desde cuando la naturaleza se deja meter en un cuadro?”, pudiendo reformulase la cuestión y plantearse ¿desde cuándo la naturaleza se deja atrapar en una fotografía?, pregunta a la que ha tratado de responder en su última obra Carlos Suárez, transitando por los paisajes agrícolas que se encuentran en las afueras de Kasterlee. Un nuevo reto en una trayectoria creativa recorrida por la permanente insatisfacción y la búsqueda de una mirada que siempre ha cuestionado convencionalismos visuales, situando sus obras en terrenos movedizos, de difícil definición, entre la pintura, la escultura, la arquitectura, la instalación y la fotografía.

 

Pero tampoco resulta extraño que el artista ensaye una mirada renovada frente al paisaje, presente como preocupación plástica desde sus comienzos, en una primera etapa con una percepción pictórica expresionista, que culminó en el proyecto “El bosque encantado” realizado en la estación de autobuses de Avilés, “relevante en tanto que muestra su intención de sacar la pintura del cuadro y repensar el soporte, algo que se convertirá en premisa recurrente en su obra”[2]. Pero en su exposición “Paisaje íntimo” realizada en 1999 en la Sala Borrón van abriéndose paso otros materiales –tinta, parafina y madera- que desplazan a los campos cromáticos abigarrados y emocionales que caracterizaron sus primeras etapas pictóricas, explorando nuevos territorios sobre los que se asentaría, definitivamente, en años posteriores.

 

En la serie “Mi país” (2000) el paisaje se definía por el empleo de la parafina que junto con tubos metálicos, mallas y estructuras con forma de escalera conformaban una particular morfología, una experiencia que cuestiona “la naturaleza formal de la pintura”[3]. Y por primera vez introduce en el espacio pequeñas figuras de hombres, mujeres, árboles y animales, empleadas en las maquetas de arquitectura, convirtiéndose en una constate en su obra, en un recurso que sirve como marca de escala pero, también, para acentuar la percepción del no-lugar, concepto “que no puede definirse ni como espacio de identidad, ni como relacional, ni como histórico”[4], por el que deambulan estos solitarios personajes. Profundizando en estas radicalidades surgen los trabajos con planchas de cera virgen que emplean los apicultores en sus colmenas, un material dúctil que le permite ensayar con unos paisajes esenciales, territorios despojados y efímeros que constituyen el corpus principal de la serie “Escenas del cine mudo” (2002). Sin embargo, años más tarde se produce un regreso a soportes tradicionales. “Mares de otro mundo” (2004) reunió una serie de piezas realizadas con una pincelada que “genera una orografía agreste sobre la que descansan las figuras, aunque casi cabría afirmar que dichas pinceladas semejan plataformas desde las que las figuras podrían precipitarse hacia el abismo”[5]. Pero estos desbordamientos pictóricos y románticos se agotarían muy pronto y la pintura termina por sucumbir en brazos de la fotografía, si bien, es cierto que, todavía, conservando evidentes grados de pictoricidad.

 

Los paisajes de la serie “Paraísos artificiales” (2008) nos sumergen en el vacío, en el blanco, un color que proyecta un espacio abstracto, un nihilismo representativo, tan sólo contaminado por las sombras y los figurantes condenados a deambular por este laberinto glacial. Son imágenes fotográficas construidas en un plató, con actores de juguete ocupando la escena y sometidos a la tensión, bajo la luz de los focos, de lo abismal e inhóspito. El artista ha realizado «una singular hibridación de lo pictórico con lo escultórico sedimentado finalmente de forma fotográfica»[6]. En este tránsito se han producido desplazamientos desde lo gestual hacia el «punctum» fotográfico «ese azar que en ella me despunta (pero que también me lastima, me punza)»[7]. Ese detalle, ese aguijonazo que nos sobrecoge, que nos conquista, puede ser, en las fotografías de Carlos Suárez, una sombra, un personaje o ese color que se incrusta en el blanco, como un fraseado cromático imposible de verbalizar y que otorga a la imagen un resto emocional.

 

Esta construcción fotográfica del paisaje sufrió profundas modificaciones tras su última estancia en el Frans Masereel Centrum (Kasterlee, Bélgica) al que había acudido en repetidas ocasiones, becado para trabajar en sus talleres en los que produce una  importante obra gráfica de indiscutibles afinidades pictóricas. “Koningsbos” es el título de una estampa realizada en el año 2005 en la que ya mostraba su interés por estas tierras situadas en los alrededores de Kasterlee. Dos años más tarde regresa al mismo lugar y aquellos parajes que habían sido sintetizados mediante técnicas de carborundo y gofrado son ahora registrados fotográficamente, pasando del comentario gráfico a la “cita de las apariencias”[8].

 

El paisaje que le interesa a Carlos Suárez es precisamente aquel  que se extingue, el paisaje agrícola, que pasa desapercibido a la mirada y subsiste en los países europeos gracias a las subvenciones y aranceles, con una producción férreamente controlada preocupada, tan sólo, de que no se produzcan excedentes que saturen al mercado y provoquen una caída de precios. Un paisaje prácticamente abandonando como consecuencia de la industrialización de la agricultura, del éxodo de  los campesinos a la ciudad y la globalización que hace innecesaria “la cercanía de un entorno agrícola”[9]a las ciudades. Pero la visión que el artista nos ofrece de estos maizales anclados en la geografía está próxima a las ruinas, pero unas ruinas alejadas de cualquier romanticismo, de cualquier imagen transformadora, y más cercanas a la tragedia, a la destrucción, con las humildes mazorcas cimbradas, amarillentas, sosteniendo  en el aire una cultura ancestral. No es, desde luego, el paisaje ideal construido por la burguesía para solazar la vista, el jardín con verdes campos, estanques y arroyos; dista mucho de cualquier atractivo estético de tan irregular y enfangado como se presenta a consecuencia de las tareas de laboreo;  y su vecindad con los bosques le hace participe de leyendas y mitos populares, una memoria muy poco noble frente a otros territorios distinguidos con ilustres batallas o convertidos en fuente de inspiración de pintores y poetas. Y sin embargo, Carlos Suárez se siente atraído por estos arrabales agrarios que al igual que los suburbios evocados por Smithson en su recorrido por Passaic “existen sin un pasado racional y sin los “grandes acontecimientos” de la historia”[10], lugares en los que nadie repara porque tienen un presente incierto y han perdido el futuro.

 

El paisaje es una imagen cultural construida a partir de la experiencia y sensibilidad del observador, que “alude a una cierta estabilidad –y por ende tranquilidad- en las percepciones humanas”[11]. La premisa se hace evidente en estas fotografías en las que reconocemos los signos visuales como metáforas provenientes del pasado con las que fácilmente podemos identificarnos. La mirada capta una luz mustia, entristecida, de cielos grisáceos, que refuerza la idea de paisaje neutro, anodino, sin la presencia de personas, con tan sólo las huellas de la maquinaria dando cuentan de las labores agrícolas. Posteriormente la fotografía es tratada digitalmente, reparando aquellas pequeñas heridas que infligió el progreso, como los cables de alta tensión que cruzan los campos, suprimidos durante la manipulación para que el paisaje recobre toda su intensidad, toda su verdad porque “el arte no imita a la naturaleza, tampoco a bellezas naturales concretas, sino a lo bello natural en sí”[12].

 

A veces, cuando el artista fotografía estos campos amarillentos con la línea del horizonte alta y las mazorcas en primer plano, desafiantes, dominando la composición, se produce un efecto de inmersión, quedando el espectador atrapado en la intimidad de estos parajes. Esta sensación desaparece tras la recolección, dejando un paisaje abierto que muestra toda su profundidad, con el bosque visible en la lejanía recortándose contra el cielo. Ambas escenas tienen en común un punto de vista muy bajo que produce pretendidas irregularidades compositivas, desequilibrios que propician una experiencia del espacio diferente, una rebeldía contra la uniformidad de las imágenes.  

 

Ciertamente estas fotografías poseen una intensidad emocional derivada de la nostalgia que convive con el malestar de la naturaleza que Carlos Suárez ha sabido encauzar como experiencia estética, una combinación que se aproxima a lo sublime, sentimiento que se manifiesta cuando nos movemos entre el dolor por la perdida de esos paisajes que nos están robando y el goce al respirar una profunda melancolía.   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1]Horacio Fernández relata esta anécdota recogida por Francisco de Holanda en Diálogos en Roma, Lisboa, 1984, pp.29-30, que deja patente la indiferencia de Miguel Ángel por el paisaje porque a su entender, como nos recuerda Horacio Fernández, “El arte era una aplicación racional en  la que la simetría, la proporción y la armonía debían desplegarse. Y todo eso no se podía encontrar en la naturaleza”,  Horacio Fernández, “Del paisaje reciente” en  Del paisaje reciente. De la imagen al territorio, Fundación ICO, Madrid, 2006,p. 97

[2] Javier Hontoria, “Carlos Suárez: geografía y escenario” en Carlos Suárez. Mares de otro mundo, Madrid, 2004

[3] Cabe citar a Javier Hernando  cuando se refiere en el catálogo Pintura sin pintura a algunas obras “procedentes del ámbito de los reduccionismo pictóricos de los años sesenta y de ciertas derivaciones del minimalismo, en los que los elementos constitutivos de la pintura se expanden hacia delante con tal intensidad que terminan por generar un objeto híbrido, es decir, que cuestionan la naturaleza formal de la pintura aunque sin alcanzar la condición de escultura”, “Pintura sin pintura. El concepto toma el mando” en Pintura sin pintura, Junta de Castilla y León ,Salamanca, 2002, p. 14

 [4] Marc Augé, Los no lugares, Gedisa Editorial, Barcelona, 2005, p.83

[5] Javier Hontoria, Ob. cit., 2004

[6] Fernando Castro Flórez, “La Esperanza y el vacío” en Carlos Suárez. Paraísos artificiales, Gijón, 2008, p.5

[7] Roland Barthes, La cámara lúcida, Paidós Comunicación, Barcelona 2002, p.65

[8] Si hacemos caso a Berger “Las fotografías citan las apariencias. Extraer la cita produce una discontinuidad , que se ve reflejada en la ambigüedad del significado de una fotografía”, John Berger y Jean Mohr, Otra manera de contar, Ed. Mestizo, Murcia, 1997, p. 128

[9] “En tiempos no tan lejanos, el paisaje agrícola rodeaba las ciudades y era su fundamento histórico y económico, ya que garantizaba el alimento de sus habitantes. Pero ya no parece ser necesario. La subsistencia urbana  en el tiempo de la globalidad no depende de la cercanía a un entorno agrícola”,Horacio Fernández, Ob. cit., 2006, p. 92

[10] Robert Smithson, Un recorrido por los monumentos de Passaic, Nueva Jersey, Editorial Gustavo Gili, Barcelona,2006, p.20

[11] Daniel Hiernaux, “Paisajes fugaces y geografías efímeras en la metrópolis contemporánea” en La Construcción social del paisaje, Joan Nogué (ed.), Biblioteca Nueva, Madrid, 2007, p.249

[12] Th. W. Adorno, Teoría Estética, Ed.Akal, Madrid, 2004, p.102


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Avelino Sala, el enemigo interiorhttp://www.ajimez.com/criticas/detalle.php?cat=0&id=543Thu, 17 Jul 2008 00:00:00 +0000Mariano NavarroMariano Navarro
Publicado en El Cultural
A.
Galerçia Raquel Ponce. Alameda, 3. Madrid. Hasta el 26 de julio. De 1.100 a 6.000 E.
De la serie Águilas, 2008

El arte y los artistas han contribuido a lo largo de la Historia a la construcción de los símbolos del poder, ya fuesen estos los propios de la monarquía o la aristocracia, ya los de la burguesía ciudadana o la propiedad rural, cuando no la de los partidos políticos o sus imágenes gubernamentales. Del mismo modo, al menos desde el siglo XVIII el arte y los artistas han mostrado, en otra cara de la moneda, y nunca mejor dicho, un extraordinario interés por demoler, caricaturizar o destruir esos mismos símbolos y su recepción pública.

Entre los más antiguos y repetidos ya fuese por los césares, por los emperadores, por los reyes absolutistas, por las democracias del nuevo mundo o por las dictaduras europeas del siglo XX, el águila brilla con luz propia y alza su vuelo inmóvil por encima de casi todos los demás. El águila, la corona imperial, el yugo y las flechas figuraban en el escudo español durante la época franquista, y algunos, aunque cada día menos, se exhiben todavía en edificios de distintas provincias. Así, el que se yergue sobre la fachada del patio de la Universidad Laboral de Gijón.

Esa y otras más –fotografiadas en blanco y negro, lateralizadas, oscuras y amenazantes– son el motivo de la serie Águilas de Avelino Sala, quien propone en un video derribar la de Gijón –con la que le unen recuerdos biográficos–, aunque, lamentablemente, no cae. Una propuesta que, a mi modo de ver, enlaza con otras precedentes de artistas como Fernando Sánchez Castillo o Eugenio Ampudia, y que combina la crítica a la memoria con el sarcasmo o la ironía, así yendo a buscar un águila imperial que campa sobre el neón anunciador de un McDonald’s, cual si ese fuese hoy su dominio o su mejor presa.

Una reflexión que atañe directamente a la servidumbre del arte respecto al poder y que expone, de otro modo, en la serie Culture, un acto grabado en el que unos perros devoran el término escrito con carne, del que únicamente restan las palabras trazadas con babas. La memoria de las aguilas, con el inquietante referente del museo de Broodthaers, la grandeza simulada y perdida, y la deglución de la cultura, cual síntomas fatales del siglo que se fue y del que empieza.

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Una exposición impecablehttp://www.ajimez.com/criticas/detalle.php?cat=0&id=546Wed, 16 Jul 2008 00:00:00 +0000Jaime RodríguezJaime RodríguezPublicado  kaosart.org/
Otty Pérez Laspra / D-Espacio
Litografía VIÑA
C/ Honesto Batalón 14, bajo. Gijón
Hasta el 1 de Agosto - Horario: lunes a viernes, de 10 a 14h. y de 17 a 20h.



    No suelo hacer críticas sobre las exposiciones que aconsejo visitar en mi website; pero este caso, en concreto, no tengo más remedio que admirar la maestría ejemplar, técnica y conceptual de la obra de Otty. Una persona que busca en lo recóndito de la cotidianidad para descubrirnos la esencia de algunas cosas o algunos momentos que pasarían desapercibidos a nuestra mirada. Nos muestra los elementos de la sencillez y los eleva a una categoría estéticamente tan sútil y lírica que nos hace exclamar lo maravilloso que es despertar cada día y poder sobrevivir. Nos hace reflexionar sobre la importancia de los instantes fugaces que nos dejan amables huellas en nuestra memoria: Unas simples raices que evocan la naturaleza viva ya muerta; pero que se regenera. Un Espacio infinito en la atmósfera que se quiebra por reiteradas líneas de nuestras acciones en el entorno. Un silencio que suena en nuestra mirada perpleja y que interpreta notas de gran vitalidad contenida... Podría alargarme poéticamente en describir su obra; pero nada de lo que diga es comparable con la posibilidad de habitar entre sus creaciones. Para ello hay que estar ahí, entre sus manos, que tiñen de sentimientos sus composiciones tan bien resueltas. No queda nada fuera de su alcance: desde el interior de la misma tierra hasta el espacio aéreo... la forma se condensa en iconicidad de nuestra propia vida, de nuestra "conciencia", haciéndonos pensar sobre lo absudo de nuestras inconveniencias personales, sobre la importancia de que se debe vivir cada día dando gracias por estar aquí, pudiendo disfrutar de las cosas sencillas, del Arte. Unas piezas realmente acogedoras como su autora, una obra que retoma sus pensamientos para entregárnoslos abiertamente al espectador sin más ambición que compartirla con quien realmente quiera ver más allá de si mismo. Y para ello, esta artista trabaja constantemente, superándose día a día, con la mirada fija en el presente, en cada momento, en cada objeto, que descubren un instante de emotividad y de compromiso... Un regalo para los sentidos, una exposición impecable.

   
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El compromiso con las metáforashttp://www.ajimez.com/criticas/detalle.php?cat=0&id=542Wed, 16 Jul 2008 00:00:00 +0000Jaime Luis MartínJaime Luis MartínPublicado en La Nueva España

David Martinez
“Tout va bien” (toda va bien). Instalación
Del 7 al 31 de Marzo
Casa Municipal de Cultura de Avilés


No se trata de una sensación, realmente ya no vemos, nos hemos quedado atrapados en la ciénaga de imágenes contemporáneas y tenemos los ojos saturados, empachados visualmente. Tal vez por eso David Martínez (La Huería; El Entrego, 1984), licenciado en Bellas Artes por la Universidad del País Vaco, busque una salida a la ceguera mirando hacia Godard, el cineasta francés director de «Tout va bien», película que narra los inicios de los años setenta en Francia a través de las voces de la patronal, el partido comunista y los perdedores de siempre, aquellos que se encuentran fuera de juego. Pero sobre todo, el film explora, desde la izquierda, cuando ya sólo quedaban residuos desencantados de la revolución proletaria, nuevas formas de expresarse, abriendo rutas a través de la confusa realidad.

David Martínez reivindica en esta muestra aquellas preguntas formuladas por Godard que siguen vigentes después de cuatro décadas. ¿Cómo revalorizar la imagen?, ¿cómo generar nuevas formas y nuevos contenidos?, ¿qué queremos comunicar?, ¿qué tenemos que comunicar?, ¿qué entendemos por comunicación?
A estos interrogantes responde David con una obra abierta y flexible, una serie de collages concebidos como dispositivos de resistencia frente a la vacua retórica artística, porque «las imágenes -afirma el artista en «Papeles Plástica»- no necesitan un reconocimiento, sino una construcción».

Conviene tener presente que vivimos en una cultura narcisista, que igual se atiborra de anabolizantes para potenciar el músculo que queda fascinada por las operaciones de estética en un intento desesperado por conseguir la belleza y prolongar la juventud. En este sentido, David recicla imágenes de culturistas, modelos y actrices que junto con recortes de prensa configuran una trama de residuos, signos de la abundancia que nos arrastran hacia un cinismo desencantado.

Estas estrategias utilizan restos sociales e individuales para elaborar un conjunto perfectamente estructurado que remite a las primeras vanguardias y se actualiza mediante el empleo de viejos códigos que remezclados producen nuevos significados, como esos rostros que el artista compone con fragmentos, que remiten, con la mueca vacía y a punto de descomponerse, a los despojos que configuran el semblante contemporáneo.

Por otra parte, construye una potente pieza realizada con metal, madera y neón, con reminiscencias de Txomin Badiola, que sirve de refugio a la imagen. Este producto híbrido, un accidente escultórico que altera el espacio expositivo y prolonga las insinuaciones de los collages, consigue sugerir antes que definir, jugando con la ambigüedad de la estructura y su proximidad, también, a lo arquitectónico.

En la obra de David Martínez conviven diversos conceptos y un ánimo meditativo que se traduce en la complejidad de sus propuestas, siempre abiertas para dejar sitio al espectador, al que se le exige un esfuerzo interpretativo. A cambio, Martínez nos entrega un soplo poético, el compromiso con las metáforas.

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Nuevos aires para el digitalhttp://www.ajimez.com/criticas/detalle.php?cat=0&id=541Fri, 11 Jul 2008 00:00:00 +0000Paula AchiagaPaula AchiagaPublicado en el Cultural

El arte digital en España pasa por uno de sus mejores momentos. Los pioneros se consolidan y recogen frutos en Europa y los jóvenes, atraídos por los avances tecnológicos, cada vez utilizan más sus recursos. No es casual por tanto que coincidan en la cartelera tres exposiciones que vienen a repasar el panorama del digital español y que confirman la buena salud del medio. Los comisarios de la exposiciones, con Peter Weibel, director del ZKM alemán (uno de los templos europeos para los nuevos medios), a la cabeza, nos ayudan a acercarnos a un arte que para muchos está aún por descubrir. Además, destacamos a ocho artistas fundamentales para no perderse.

Los festivales relacionados con el arte digital (Sonar, Art Futura, etc.) se consolidan y son muchos los centros que programan ya a artistas que trabajan con este tipo de lenguaje y de soporte. La próxima bienal de Sevilla, la Biacs3 liderada por Peter Weibel, pope teórico del arte digital, estará dedicada a los nuevos medios, dispuesta a que el público andaluz se familiarice también con el soporte. MediaLab Madrid, que lleva años trabajando en este contexto, es un proyecto cada vez más abierto y amplio que aglutina a más intereses y más artistas que nunca y que ha acercado al público el media art. La llegada, hace poco más de un año de Laboral en Gijón, ha venido a cubrir un hueco importante en el panorama expositivo en cuanto a nuevos medios se refiere, y la Fundación Telefónica, muy sensibilizada con todos estos avances, prepara ya su centro dedicado al arte electrónico.

Pero faltaba algo más, algo que realmente sirviera de revulsivo para el público, algo que hiciera constatar la importancia de estos nuevos medios en el arte contemporáneo más actual. Y este empuje se ha materializado en la exposición que estos días dedica el Museo Reina Sofía al arte digital. Máquinas y almas, comisariada por José Luis de Vicente y Montxo Algora viene a normalizar una situación que para la comunidad artística es habitual, pero no lo es tanto para el espectador, por muy familiarizado que esté con las salas de exposiciones. Y es que, como dijo Algora en la rueda de prensa celebrada en el MNCARS, han tenido que pasar nada menos que 22 años para que el museo nacional de arte contemporáneo se haya fijado de nuevo en el media art, ya que desde 1986, cuando se inauguró la muestra Procesos dedicada también a las nuevas tecnologías, no entraba el arte digital en esta casa. “Esperemos –dice Algora– que no tengan que pasar otros 20”.

Repaso por nuestra historia
Y el destino ha querido que, junto a Máquinas y almas se inauguren otras dos exposiciones que, juntas, vienen a ofrecer un panorama de 360 grados por el arte digital en España: El discreto encanto de la tecnología en el MEIAC de Badajoz y banquete_nodos y redes en Laboral de Gijón. Más historicista la primera, comisariada por Claudia Giannetti y el propio Peter Weibel, reúne en Badajoz más de un centenar de obras que repasan la historia del digital en España. Y más actual la segunda, comisariada por Karin Ohlenschläger, que habla del media art en España pero desde el presente-futuro, no desde el pasado, y lo hace a través de más de treinta proyectos.

Pero, ¿es sólo casual esa conjunción de exposiciones de arte digital? No para Ohlenschläger. “El arte digital español atraviesa ahora un momento de madurez, de consistencia y consolidación que además se ve en la proyección internacional de algunos de los artistas españoles, como Antoni Abad. Ni los comisarios de Máquinas y Almas, ni los del MEIAC hemos sabido de los proyectos de nuestros colegas hasta que estos estaban ya muy avanzados. Y no es casualidad, es síntoma de que el momento es de madurez, de normalidad. Es maravilloso y enriquecedor que proyectos tan distintos como El discreto encanto..., Máquinas y almas y banquete hayan coincidido”.

Desconocimiento del público
Aunque no todos los comisarios son tan optimistas. “No creo que haya un boom”, dice Giannetti, “el media art español sigue siendo desgraciadamente muy desconocido para el público en general y lo cierto es que se expone muy poco arte digital en España. Es importante además que la visibilidad del arte digital no se reduzca a eventos como estos de los que hablamos y que tengan continuidad”. Lo cierto es que uno de esos centros, Laboral, está directamente relacionado con los nuevos medios, y el MEIAC tiene una larga tradición de casi ocho años en arte digital (fue el primer museo en incorporar a su colección arte digital). Es distinto para el Reina, un museo nacional que cumple otra función y cuya programación está más alejada de esta línea. Lo más probable, como dice José Luis de Vicente, es que haya un poco de las dos cosas: “Ha coincidido un momento de transición histórica con un ambiente favorable y la barrera que hasta ahora separaba a las instituciones de los nuevos medios ha empezado a diluirse. Son muchos los factores que influyen en esto, hay que tener en cuenta que muchos de los artistas que trabajan en este ámbito lo hacen desde hace más de 20 años, ya no hay especulación o exploración sino discursos consolidados. También el recambio generacional hace que la aproximación a estos discursos sea más fácil”. En esta línea opina Weibel, para quien el arte español digital goza de una buena reputación en el circuito profesional internacional, “ahora es el momento de sorprender a la audiencia con piezas que son conocidas fuera de España pero no dentro”.

A pesar de todo, el público todavía muestra cierto desconcierto ante este tipo de trabajos, aunque, no cabe duda, cada vez estamos más familiarizados con las nuevas tecnologías. Para De Vicente todavía hay mucho desconocimiento y culpa de ello a las propias instituciones. Es que pocas tienen en cuenta que este tipo de proyectos necesitan de un trabajo muy fuerte de contextualización intelectual y en muchos centros la pieza se presenta en la pureza del cubo blanco o negro, según toque, y no siempre funcionan, la construcción de esta clase de obras es más compleja y depende de procesos de trabajo largos que no siempre se ven en la exposición. “De pronto –dice el comisario– uno entra en una sala donde las reglas son distintas a las de otras salas del museo, el espectador no sabe qué puede tocar, hasta dónde acercarse. Lo que pasa es que el público muchas veces nos sorprende y por propia intuición sabe cómo relacionarse con las piezas, sobre todo en las obras más sensoriales”. Desde el arte digital se plantea además una mayor participación del ciudadano y eso atrae a gran parte del público, son piezas que buscan “un espectador maduro y comprometido”, apunta Ohlenschläger. “A través de exposiciones como éstas se plantean proyectos y propuestas que participan en la creación de una realidad social y cultural basada en las nuevas tecnologías pero desde el arte más alejado del ocio y del consumo”, continúa. Peter Weibel va más allá: “El futuro del media art es la emancipación del espectador. Él compartirá con el artista el monopolio de la creatividad. Todo el mundo podrá ser artista o comisario”, sentencia. Y es que si miramos atrás vemos cómo en las últimas dos décadas la participación del espectador en la creación se ha incrementado notablemente, alcanzado su cota más alta en los trabajos que en estas tres exposiciones nos encontramos.

Falta apoyo a la creación
Pero el público no es el único problema con el que se deben enfrentar estos artistas. La complejidad de las piezas y la financiación de las mismas es lo que, a juicio de los expertos, frena más la producción española. Básicamente, la idea es que hay gran potencial creativo pero falta apoyo. Son obras muy caras. “Debe haber una coordinación en las ayudas –explica Claudia Giannetti–. La mejor forma es fomentar la producción de piezas para las exposiciones desde los propios museos”. Pero el apoyo no debe ser sólo financiero. “Estas obras –añade De Vicente– son fruto de un arduo trabajo de investigación y por lo tanto los centros y museos deben dirigir sus esfuerzos a fomentar este tipo de laboratorios y talleres. Crear redes que sirvan para estos procesos de investigación que hay detrás de las piezas”.

Y más difícil todavía lo tiene el mercado de las galerías de arte que tienen que encajar en el circuito habitual una producción que nada tiene que ver con la obra tradicional. “Muchas de las galerías que hoy trabajan con media art no están preparadas en términos de conservación”, asegura Giannetti. Y esto es esencial para el coleccionismo: efectivamente, si el comprador no tiene confianza, no compra. Pero además, la mayoría de estas piezas, nos recuerda José Luis de Vicente, no cumplen las reglas básicas de mercado. La inversión es dudosa a la hora de valorar un software, por ejemplo. “Creo que las galerías no van a ser la base económica que sustente los nuevos medios”, concluye. Y éste, seguramente, es uno de los principales retos del arte digital para el siglo XXI.

 

Evru (Barcelona, 1946): Es uno de los primeros artistas digitales españoles. Desde los ochenta viene aplicando la tecnología digital a su obra. Está presente en la colección del MoMA.

Joan Fontcuberta (Barcelona, 1955): Importante teórico además de artista. La reflexión que propone a través de sus fotos digitales le convierten en imprescindible.

Antoni Abad (Lérida, 1956): Presente en las tres exposiciones, es nuestro artista más internacional. En 2006 recibió el prestigioso Golden Nica de Arts Electronica y en 1999 el premio ARCO Electrónico.

Daniel Canogar (Madrid, 1964): Partiendo de la fotografía trabaja el formato digital y la instalación. Ha participado en el European Media Arts Festival y ha expuesto en el Centro de Linz.

Francisco Ruiz de Infante (Vitoria, 1966): Su trabajo con nuevos medios se centra en el terreno audiovisual y la instalación. Es profesor de la ESAD de Estrasburgo.

Daniel G. Andujar (Almoradí, 1966): Miembro de irrational.org, en 1996 funda el proyecto Technologies to the People. Ha expuesto en el ZMK y en el Pompidou.

Daniel G. Andujar (Almoradí, 1966): Miembro de irrational.org, en 1996 funda el proyecto Technologies to the People. Ha expuesto en el ZMK y en el Pompidou.

Dora García (Valladolid, 1965): Centra su obra en la alteración del esquema de comunicación emisor-mensaje-receptor. Ha expuesto en Telefónica, MUSAC o SMAK de Gante.

Antoni Muntadas (Barcelona, 1942): Considerado el padre del net.art español y pionero del uso de la web como instrumento de crítica. Vive en Nueva York desde 1971.
 


 

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Las mujeres de Aureliohttp://www.ajimez.com/criticas/detalle.php?cat=0&id=540Wed, 09 Jul 2008 00:00:00 +0000Jaime Luis MartínJaime Luis MartínPublicado en La Nueva España

Aurelio Suárez
La mujer. El aurelianismo
Del 27 de Junio al 7 de Septiembre
Centro de Escultura de Candás “Museo Antón”

Cuando se habla de un pintor asturiano extraño, capaz de poner condiciones caprichosas para la compraventa de sus cuadros, un personaje huraño que decidió en un momento de su vida no conocer a más gente de la que habitualmente trataba, un artista raro que firmaba con su nombre invertido siempre acompañado del trazo de un pez y empleaba el mismo tamaño en todos los cuadros para facilitar su transporte en una maleta; cuando se habla de un creador con un mundo propio y original que tomaba todo tipo de precauciones para evitar las falsificaciones de su obra, sólo cabe pensar en Aurelio Suárez (Gijón, 1910-2003), a quien Villa Pastur definió como «el más importante pintor surrealista español de todos los tiempos».

Si en aquella plúmbea España franquista que le tocó vivir apenas había espacio para la imaginación y los sueños, en provincias cualquier desvío de lo canónico te situaba fuera de escena, como un neurótico extravagante, y, sin embargo, tuvo la valentía de salirse de la norma y explorar nuevos caminos estéticos. Por eso resulta tan interesante su trayectoria, un oasis de color e irrealidad cuando todo a su alrededor era funestamente gris, tenebrosamente real. Aunque a mediados de la década de los cuarenta rebrotan algunas semillas surrealistas que cultivan, como una rareza incomprendida, los poetas Carlos Edmundo de Ory, Miguel Labordeta y Eduardo Chicharro, que, junto con grupos artísticos como «Dau al Set», sugieren otro modo de mirar, al que se uniría el pintor gijonés, que, en repetidas ocasiones, manifestó su admiración por los «catalanes», que no eran otros que Ponç, Tarrats, Tàpies y Brossa.

Si bien el surrealismo de Aurelio Suárez se encuentra «profundamente anclado -como señala Carlos Santullano- en la estructura anímica de este artista desde su juventud, y asumido por él, aunque desde una posición de partida culturalmente marginal y geográficamente periférica», participa de muchas de las ideas del psicoanálisis, compartiendo el poder expresivo de los sueños y la pulsión de la muerte, y alejándose, en su control del detalle, en su negación de las casualidades, de la pureza surrealista que propugnaba el automatismo psíquico sin la intervención de la razón.

En este mundo onírico, la mujer se encuentra presente en todas sus etapas pictóricas como una pieza esencial de sus tensiones creativas. Mujeres que desde sus primeras obras «aparecen mostrando -apunta Alfonso Palacio en el texto del catálogo- una androginia que será una constante de muchas de las visiones que de la mujer proporcione este artista a lo largo de su vida». El universo femenino de Aurelio Suárez rebosa, en ocasiones, una sexualidad enfermiza, fría e impersonal, carente de erotismo. En otros momentos rastrea lo monstruoso, convirtiendo a la mujer en un ser híbrido, mitad animal, mitad persona, o alude a lo íntimo en escenas cotidianas que exploran los papeles femeninos tradicionales. El resultado es una figuración que parte del geometrismo para llegar a escenografías surrealistas, jugando entre la tradición y la vanguardia, un campo indefinido en el que se sentía cómodo.

Esta muestra se une a serie de individuales que desde el fallecimiento del artista han venido sucediéndose, descubriéndonos distintas temáticas de su obra, el mundo complejo de un pintor raro y solitario que se negó a exponer a partir de los años setenta y regresa en este siglo como un creador de singular atractivo.

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Javier Riera, más allá del paisajehttp://www.ajimez.com/criticas/detalle.php?cat=0&id=539Sun, 06 Jul 2008 00:00:00 +0000Rocío de la VillaRocío de la VillaNoche áurea
MNCARS. Santa Isabel, 52. Madrid. Hasta el 1 de septiembre.
Esc Lab, 2008. Caja de luz

Aprovechando el ciclo “Producciones” del MNCARS, el pintor Javier Riera (Avilés, 1964) ha llevado a cabo un viejo proyecto: pintar con luz el paisaje. El resultado es una serie de foto-pinturas que demuestra la madurez de este artista, por lo que el cambio de medio no ha supuesto un corte en su trayectoria, sino más bien la profundización o, si se quiere, otra versión en total coherencia con la construcción de su lenguaje expresivo. De manera que Riera continúa con su indagación del paisaje que, si bien al comienzo se emulaba como referencia de su lirismo abstracto, ya en las últimas obras presentadas en su retrospectiva de una década en el Palacio de Revillagigedo de Gijón en 2006 se decantaba hacia una explicitación de su morfología geométrica, tornándose cada vez más sensible hacia los detalles. Y en consecuencia, después, guiaba su travesía desde la mancha al dibujo y la línea sobre oscuros fondos monocromáticos y, con ello, auspiciaba eso que llamamos silencio en la contemplación plástica para aludir a la hondura en la experiencia estética de raigambre espiritual: eco de la noche oscura del alma como fuente intuitiva de revelaciones.

Ahora bien, el título de la “noche áurea” de esta serie de foto-pinturas en paisajes nocturnos no sólo hace alusión al baño (dorado) de luz (espiritual) sobre las oscuras masas de siluetas vegetales para provocar una romántica reacción emocional. También se refiere aquí a la razón áurea o “divina proporción”: auténtico talismán de la teoría artística de la belleza en la tradición occidental de la mímesis –pero que tiene sus vasos comunicantes en otros estadios del resto de civilizaciones– y cuyo sentido último residiría en la convicción de la capacidad teorética de la visión como instrumento de saber. De manera que la ordenación geométrica de las formas artísticas revelaría la verdadera estructura subyacente de lo visible, mostrando la correspondencia entre la naturaleza y el hombre (macrocosmos y microcosmos). Y que ya en la época del racionalismo se explicita en la conversión del paisaje en el jardín geométrico. Como hace Riera en estas fotos. Pues el pintor, tras un arduo procedimiento (proyección de luz coloreada a través de plantillas con diversas formas geométricas interviniendo en las sombras del campo), impone una suerte de tapizado plano y estático sobre las masas orgánicas. De aquí que resulten más logradas las cajas de luz que las copias en papel de las diapositivas, al retener más equilibrada la nitidez en la relación fondo-figura de estas representaciones cuya intención es, sin duda, abrir un juego de correspondencias también con la epidérmica teoría de los fractales de Mandelbrot.

Pero si estos son los muy respetables presupuestos poéticos que discurren en el proceso de la serie, es difícil esquivar el carácter efectista y decorativo de estas imágenes. Pues, a pesar de la intencionalidad crítica del artista respecto al estatus banal de la representación en nuestro tiempo –y de ahí, la búsqueda de la quietud y del silencio–, para el espectador se hará complicado deslindar su simplicidad de los ya acostumbrados espectáculos más complejos con proyecciones en movimiento mediante láser que suelen acompañar a eventos musicales y terminan con euforizantes fuegos artificiales.

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