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Crítica

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Jaime Luis Martín

Coágulos de belleza

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Publicado en La  Nueva España

Cristina Cuesta
Ahora soy una barca
Del 9 de Septiembre al 16 de Octubre
Galería Gema Llamazares
La pintura de Cristina Cuesta (Avilés, 1966), elaborada con enorme sinceridad, se caracteriza por una mezcla entre la levedad y una intensidad dramática, próxima al barroco, que, en sus últimos trabajos, cobra un renovado protagonismo, revitalizando su obra, que adquiere, de esta manera, una gran potencia expresiva. Pero esta creadora es consciente de que la crisis de la pintura no deriva tanto de la irrupción de las nuevas tecnologías como de una falta de significado. Por ello ensaya nuevos registros buscando ese espacio negado a lo pictórico, esa vitamina que devuelva a la pintura la fuerza que la caracterizó. A la búsqueda de esos refuerzos se empeñó desde sus inicios, con una trayectoria que se inició en el centro municipal de Cultura de Candás en 1990 y a la que seguirían numerosas exposiciones individuales y colectivas. Cuenta en su haber con el primer premio en el XXVIII Certamen nacional de pintura de Luarca y en el XV Concurso de Mujeres Pintoras del Oriente de Asturias, en el año 2006 ha sido reconocida con el segundo premio en el II Certamen nacional de pintura contemporánea «Casimiro Baragaña» y el accésit del XVII Certamen de pintura «Nicanor Piñole».
Si como afirma Danto la historia de la pintura moderna puede concebirse como un desmantelamiento de los recursos técnicos y expresivos inventados a lo largo de los siglos, volviendo la perspectiva arbitraria, disolviendo las formas y el dibujo, y apostando por áreas de tonos saturados, los trabajos de Cristina Cuesta pueden entenderse como terminaciones sensibles de esa modernidad que ha terminado el proceso de «despictorialización» acuchillando el cuadro. Sin llegar a esos extremos la artista raya profundamente la superficie en un acto irracional dominado por la angustia, un desgarro que deja profundas huellas en el lienzo. Esa poética del gesto, esos rastros, desencadenan instantes de espesor, momentos táctiles, convirtiéndose en lo más esencial de esta serie. En cierto sentido son elementos purificadores y provocan una reacción frente al actual adormecimiento pictórico, rompiendo la homogeneización y expandiéndose como un magma de dolor sobre el espacio cromático. 


Nos encontramos con trabajos en los que se hace más visible la presencia de formas, la insinuación del lugar, la afirmación de lo real, pero la artista mantiene la tensión, no disimula las heridas y se reafirma en el gesto. En otras composiciones deja que la mancha se expanda, que adquiera densidad y se produzcan diferentes interferencias cromáticas, superposiciones, logrando unas atmósferas perturbadas por las rayas, que marcan el pulso entre el aliento y el abatimiento. Entre esas dos notas se mueve su actual expresionismo y nunca como hasta ahora fue tan fuerte el impulso hacia el paisaje ni tan evidente el deseo de intervenir en el mismo cargándolo de energía emocional. Ciertamente lo lírico define su pintura, pero su particular abstracción se encuentra regida por un desaliento que ha estimulado una creación que extrae de las profundidades pictóricas coágulos de belleza.

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