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Crítica

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Ángel Antonio Rodríguez

Paisaje, caos y orden

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Las delicadas composiciones del avilesino Benjamín Menéndez, en la nueva galería Adriana Suárez, de Gijón


Publicado en El Comercio




Nostalgias de alguna cocción, técnicas mixtas, alegorías y paisajes nómadas. Un hermoso caos de geometrías y delicadezas envuelve las obras recientes de Benjamín Menéndez (Avilés, 1963), que desde ayer ocupan la nueva galería Adriana Suárez, en la plaza del Instituto, en Gijón. La muestra consta de obras realizadas en 2008 que bajo el título ‘Al Rojo vivo’, describen los colores fundamentales en su trayectoria. 

El fuego, la perenne pasión por la cerámica y el impacto de los viajes por Marruecos también destacan entre los trabajos, concebidos de manera conjunta, a modo de instalación activa. 

Benjamín Menéndez siempre ha simultaneado la pintura, la escultura, la cerámica, la obra gráfica o el aprovechamiento de los restos industriales. 

Ahora, además, este conjunto emplea pigmentos africanos y recuerdos de otras circunstancias, o experiencias vitales, viajes más o menos cercanos a Ibiza, Chile o Gredos que, de algún modo, se ocultan entre sus tablas y papeles. 

Hay, además, curiosos volúmenes de cera con forma cónica, recreaciones de su conocida escultura pública ‘Avilés’, que hace años preside el margen de la ría, símbolo de su ciudad natal. No en vano, en este inquieto artista se armonizan presente y pasado, con un cuidado discurso acerca de la memoria, el desarraigo y la huella del entorno, que transmite una y otra vez mediante un variado juego de propuestas plásticas. Porque para Benjamín Menéndez, la materia es infinita. Así, suele aludir a ella y a sus múltiples posibilidades, infinitos recursos que él pone a disposición de un sutil discurso creativo. 

Herencia industrial El cono, en las esculturas de Benjamín Menéndez, es un eco del trabajo con el torno, pero también un símbolo que rememora las relaciones entre la ciudad y la ría, un sitio emblemático con el que convive. 

En las pinturas, el color genera composiciones alegres y gestuales que demuestran sus inquietudes estéticas y su particular actitud ante el cuadro. Intuitivo, Benjamín Menéndez se inspira en escenografías cercanas, con tablas y acuarelas que no se detienen en la anécdota, sino que se conjugan con registros poéticos y eficientes claves cromáticas. 

El artista asturiano suele decir que las problemáticas derivadas de la industria y la naturaleza afectan bastante a su quehacer. Quizás por eso, el atractivo enredo que ha planteado en la sala, a través de volúmenes, trazos, geometrías y planos , entronca directamente con la esencialidad y evita los excesos formales o conceptuales. Aguadas donde late el olor del mar, el silencio contenido en la naturaleza y un cierto orientalismo. Del rojo al naranja, del azul al violeta, las piezas despliegan el tarro de sus horizontes expresivos, un creciente dinamismo que, pese a esa amalgama geométrica, resulta más ordenado que antaño. 

Da la impresión de que el artista, en el retiro profesional a su casa familiar en Ferroñes (Llanera) está viviendo una etapa vital más sosegada, respirando nuevas brisas y metas, sin desdeñar jamás el peso de la nostalgia y del recuerdo.

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