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Crítica

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Juan Carlos Gea

Del arte culinario

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Once creadores y colectivos artísticos ocupan con sus trabajos la cocina de la Universidad Laboral en la décima edición de «Arenas Movedizas»





 

Publicado en LaNueva España





 Hace un par de años, el cuerpo y el espíritu de Marina Abramovic flotaba, con Santa Teresa de Jesús en las mientes, por las abandonadas cocinas de la Universidad Laboral de Gijón en busca de una inspiración que acabó por plasmarse en una imponente serie fotográfica. Seguramente, a la artista balcánica y a la santa abulense les hubiera gustado comprobar que la creatividad artística sigue manteniendo encendidos -siquiera metafóricamente- los fogones de esa colosal cocina. Haciendo literales los viejos símiles de «el arte culinario» y «la cocina del artista» (y el más reciente y dudoso de «cocina de artista»), en sus recovecos se han encerrado durante los últimos días los artistas invitados por el colectivo asturiano Fiumfoto a la novena edición de «Arenas Movedizas»: un encuentro, en el sentido más literal de la palabra, entre la creatividad contemporánea, los espacios de un edificio inagotable y los propios creadores entre sí que se ha consolidado como una de las citas más interesantes del calendario artístico asturiano, a la sombra de los Encuentros Internacionales de Cabueñes. Del mismo modo que hicieron, en años anteriores, en las antiguas habitaciones de los internos o en la lavandería, los participantes se han zambullido en el entorno de la Laboral, un auténtico festín de sugerencias, para elaborar, en la mayor parte de los casos, piezas específicamente concebidas para sus rincones. 

El resultado son las nueve instalaciones que se exhiben a partir de hoy, complementadas por dos colectivas también instaladas en las viejas cocinas: «When the Apes met?» -una colectiva en la que 40 ilustradores internacionales coordinados por el asturiano Juan Roller han reinterpretado la sugerente imaginería de «El planeta de los simios»-, y «Video found footage», un ciclo de piezas creadas a partir de «archivos robados» de imagen comisariado por Txema Agiriano, que oportunamente se exhibe en un monitor empotrado en el interior de un viejo horno industrial. 

A partir de ahí, empieza el verdadero diálogo. Cristina Busto se ha colado en los grandes calientaplatos para urdir «Platos calientes», una batería de pequeñas instalaciones en torno a la libertad de moverse y aquello que la limita, pero invirtiendo su método habitual: hasta ahora filmaba imágenes en movimiento plasmadas sobre objetos cotidianos, y ahora son los objetos cotidianos los que se mueven para generar imágenes. También se mueven, paroxísticamente, los ratones que Carlos Gispert, que ha recordado que en todas las cocinas se esconden ratones, los ha encontrado y los ha puesto a roer viejos papeles de la intendencia culinaria de la Laboral como una alegoría sobre la inutilidad y el absurdo del trabajo. 

Pero, puestos a moverse, los que no paran son los «frijoles saltarines» importados desde Sonora (México) por Daniel Romero. En realidad, los protagonistas de «Qlux Puba. Música para 200 brincadores» no son frijoles, sino unas nerviosas larvas que se encierran en semillas para realizar su metamorfosis, y que no dejan de saltar durante el proceso. Romero las ha puesto en platos, y a generar música bioelectrónica. Hay vida, igualmente, simulada y real, en «Gerris Lacustris», instalación con la que Daniel Acevedo ha vuelto a inundar los fregaderos de la cocina creando una suerte de ecosistema a partir de lentejas de agua (y sus inesperados bichitos asociados) y una serie de obra gráfica (flotante) en torno al entrañable insecto conocido como zapatero. 

Tanto el colectivo Laramascoto como José Luis Macías se han encerrado. Los primeros, en un antiguo frigorífico, en el que han desarrollado una claustrofóbica instalación audiovisual sobre el cuerpo humano en la que el espectador se introduce visualmente en los órganos de un «Antropófago» que forma parte de la serie de monstruos contemporáneos en la que vienen trabajando los dos artistas. José Luis Macías, por su parte, ha preparado en las despensas una instalación interactiva que captura y almacena junto a otros alimentos al visitante del recinto. No en vano, su título es «Inventario». En otro de los rincones más recogidos, el colectivo Basurama ha empotrado una videoinstalación de especial elocuencia en una cocina industrial como es el caso: bajo el título «Chainwork (Trabajo en cadena)», vemos una cadena sin fin de alimentos convirtiéndose instantáneamente en desechos. 

Quedan las dos instalaciones más espectaculares de «Arenas Movedizas 10». El colectivo Lamodern Modern recrea en una gran instalación llena de humor, dramatismo y una especie de pop tridimensional un «Accidente LABORAL» totalmente verídico que se produjo en una de las freidoras de la cocina, y cuyos efectos son aún legibles en una de sus bóvedas. Documentos abandonados y testimonios directos han alimentado la pieza. Y, finalmente, «Bonus Extra» han desatado bajo una de las campanas un barroco y delirante «tableau vivant» de tema gastronómico, como una suerte de escenificación contemporánea de un delirante y divertido bodegón barroco. «Bonus Cuisine Vivant» es su título.


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