AJIMEZ ARTE

Crítica

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Antonio Alonso de la Torre García

Pensar los objetos que nadie piensa

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Texto  perteneciente al catálogo de la  exposición

Chatarraurelio
Centro de Escultura de Candas. Museo Antón
13 de Julio- 29 de Agosto


A lo largo de los años treinta la práctica surrealista se había ido centrando cada vez más en torno al objeto. Aurelio Suárez, lector y viajero incansable, estaba al corriente de éstas y de otras novedades científicas y artísticas. Lleno de inquietudes, también él sentía la necesidad de involucrarse directamente en el mundo de las cosas, de acercarse todo lo posible a unos objetos que formaban parte de las complejidades y contradicciones de la vida.

Sin embargo, las cosas que habitualmente rodean a las personas están acomodadas a su vista, no les sorprenden ni se hacen preguntas sobre ellas. Las tienen muy vistas, las conocen bien y pueden despreciarlas con cierta soberbia. De este modo se evitan las preguntas que surgen ante lo desconocido. Aurelio Suárez no se contentaba con este simulacro y necesitaba romper esa apariencia engañosa. Él buscaba lo que se ocultaba detrás de los objetos, quería descubrir lo mucho que había en ellos aún por conocer. Necesitaba alterar su orden y buscar la sorpresa y la duda. Nada fácil, porque para eso se necesita una mirada transgresora y libre. Aurelio la tenía.

Para él los objetos escondían muchas cosas desconocidas, y esas cosas ocultas los convertían en intermediarios entre el hombre y el cosmos. Tal vez la mayoría de la gente huyera de esa realidad escondida por miedo a encontrar un universo absurdo o incomprensible, pero él prefería pensar que esa infinitud sólo era misteriosa y, por tanto, podían desentrañarse sus secretos. Las respuestas a estas interrogantes las iba a buscar en una naturaleza que le ofrecía todo un rico potencial de formas y motivos. El repertorio de objetos era muy amplio, pero no le llamaban la atención los materiales nobles, cargados de lastres estéticos y conceptuales. Al contrario, le parecían más válidos los objetos cotidianos e insignificantes, posiblemente porque eran más genuinos y estaban menos contaminados.

En su quehacer diario, o en sus largos paseos, que para él eran exploraciones, se encontraba con un vasto entramado de materiales: piedras, huesos, caracolas... No se trataba de escoger uno al azar, sino que, de pronto, se producía el hallazgo de algo inesperado. Aunque ese algo fuera un objeto vulgar y no destacara por nada especial, en él se atisbaba una sospecha que estimulaba la imaginación y la reflexión del artista. Se había producido una revelación, un no sé qué se abría en su interior y le hacía valorarlo de otra manera. Una idea iba tomando cuerpo y había que materializarla.

Era por tanto un casual encuentro externo lo que ayudaba a resolver una inquietud interna. Cada uno de estos hallazgos era un paso que ayudaba a sintonizar el entorno visible con la propia percepción del mundo. Esta fusión exterior-interior nacía en el momento en el que la atención del artista quedaba prendida de ese objeto en el que intuía su anverso secreto. Había que recogerlo e intentar verlo, intervenir en él hasta hacer real lo pensado o imaginado. En ese momento el objeto dejaba de pertenecer a un inmenso universo incomprensible y pasaba al pequeño entorno de un creador que organizaba a su manera lo que estaba a su alcance.

Estos nuevos objetos eran habitualmente construcciones minúsculas, pero eran más poderosas en su nueva vida que en las anteriores, porque habían sido hechas por sus manos. Fue así como, poco a poco, Aurelio fue creando un mundo de referencia propio, un interior doméstico a su gusto y medida. En ese entorno incluyó también los objetos que lo rodeaban en su vida diaria. De esta manera rediseñó mesas, sillas, lámparas, cerámicas, cajas de naipes..., se afanó en reordenar los objetos de su habitación, de la casa que habitaba, con el objetivo de crear una realidad duplicada que acoplara con su mente y, al mismo tiempo, con el cosmos. Su hogar era donde mejor podía poner en contacto estas esferas. Fuera de ese ambiente reinaba lo confuso. Rodeado de sus objetos podía entender mejor y sentirse transformado. No era de extrañar por tanto que no estuviera en absoluto preocupado por el mundo comercial. Las nuevas posibilidades formales que encontró en las artes aplicadas y decorativas no tenían fines tan mundanos.

En definitiva, Aurelio se rodeó de cosas que mantenían en parte sus huellas originales junto a nuevos significados que él les había dado. Esta parte del mundo tan cercana al artista era un eslabón esencial en la serie de estructuras interconectadas que debían llegar a lo universal. Él, su mundo aureliano, y el cosmos. Creaba su propia cosmología, intermediaria entre el mundo interior y el inabarcable universo exterior.

En todo este esfuerzo de recreación se intuye un cariz lúdico que retrotrae a la infancia, a esos años en los que se descubre el mundo por primera vez. Igual que un niño, también Aurelio se apropiaba de lo real a través de la imaginación. Se observa, sobre todo, en los cachivaches y bagatelas que Aurelio guardaba en cajas. Al estar reunidos, estos desperdicios se convertían para él en pequeños tesoros. Seguramente podía sentir la melancolía que emana de esas cosas perdidas y olvidadas. La misma nostalgia que se siente por la edad de la    inocencia.

En este gran desafío que se planteó Aurelio Suárez se observa su afán por clasificar. Era la manera de conseguir un orden que ejemplificara otros órdenes superiores. Pero seguramente era consciente de que su enorme archivo podría desbaratarse con facilidad. No dejaban de ser unos objetos más que se desvanecían en la inmensidad del cosmos. Reconocer esto tras tanto esfuerzo era como volver al principio. Posiblemente por eso hay una constante ironía recorriendo su obra. Las grandes preguntas seguían sin respuesta.

Sin embargo estos objetos han resistido el paso de los años, aunque estén fuera de sitio y aunque, sobre todo, falte el creador que fue su referente. A los espectadores de hoy les siguen pareciendo intrigantes por la variedad de montajes en los que la naturaleza aparece maquillada, burlesca, disfrazada, misteriosa... Todos seguirán siendo llamativos mientras permanezcan inexplicables y se mantengan tenazmente insubordinados.


                                                                  

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