AJIMEZ ARTE

Crítica

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Juan Carlos Gea

Oscura Luz

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Publicado en Materia Parva
Hasta el 24 de julio en la  galería Robayera, de Miengo (Cantabria)

La escultura es un arte de la corporeidad, un arte de la presencia. Al margen de aquello que pueda representar, presenta siempre un cuerpo, remite a un cuerpo a cuerpo singularmente intenso (el de la materia y quien la ha trabajado) e incita a otro (el del objeto y su receptor) para verse cumplida. Aunque toda obra de arte tradicional –entendiendo como tal aquella que se ejecuta con medios tradicionales y fuera de las tendencias conceptuales y desmaterializadoras- da testimonio de esa confrontación física, hay disciplinas como la pintura que, durante la mayor parte de su historia, han buscado obsesivamente el borrado de todo rastro de esa pugna con el fin de perfeccionar la ilusión de la representación, que no es otra cosa que la presuasiva presentación de una ausencia. No sucede así en la escultura, donde la pura presencia corporal de la obra se impone invariablemente como uno de los temas dominantes, si no el tema dominante. En términos casi dramáticos, ese cuerpo presente de la obra viene a ser en sí mismo la representación, diferida y congelada, de un enfrentamiento físico (sacudida por trepidaciones y golpes, rodeada de ruido, polvo o virutas) que inevitablemente se evoca y se repite de otro modo en el acto de su recepción. De ahí que la escultura sea un arte plenamente sinestésico, un arte que involucra y entrecruza todos los estímulos y todos los sentidos en una suerte de percepción total que incluye la memoria de otras sensaciones (las de su ejecución) que la pieza a la vez presenta y representa.

Y aun así, aun considerando la escultura en ese sentido amplio como una presencia que interpela a la totalidad del cuerpo de quien la percibe como a una especie de macro-órgano sensorial, de un modo a la vez bruto y complejo, la categoría “escultura” resulta cada día más insuficiente para concebir y, sobre todo, percibir el trabajo de Pablo Maojo. Un trabajo que, en su estadio actual, y a despecho de la pureza y esencialidad que siempre lo ha identificado, es una apoteosis de lo sinestésico. Sus piezas se escuchan con las manos, se palpan y se tañen con los ojos, se miran y se leen con todo el cuerpo, inmóvil o en desplazamiento. Inclusive, desde su flanco más constructivo y arquitectónico, se habitan mentalmente, como las habitan el color , la textura o el vacío.

Obviamente, Maojo esculpe; sus métodos son los que competen al escultor: vérselas con la triple dimensión de espacio considerado como volumen y contenedor de volúmenes; con la docilidad o la resistencia de la materia y del vano; con el tacto y la textura; con la sombra, la luz y sus efectos –el color incluido- tal y como se generan, habitan o inciden en todos esos atributos, tratados en tanto que atributos puramente físicos, corpóreos. Y es escultor, según lo dicho, por la contundencia y la riqueza con las que su obra consigue transmitir el testimonio de un cuerpo a cuerpo que se actualiza y reconstruye en la intensa experiencia del espectador (un término también insuficiente en este caso, en la medida en que el término pueda remitir sólo al ojo).

Lo que sucede es que, cuanto más perfecciona estos objetivos esenciales de toda escultura y cuanto más afina su destreza como escultor, más se produce en la obra de Maojo el desbordamiento de lo puramente escultórico hacia otras artes, otros lenguajes, otros registros. La mezcla de franqueza creativa y sutileza, de urgencia e ironía, de expresividad casi autobiográfica y rigor constructivo que conviven de manera inseparable en sus trabajos se despliegan en una variedad de acercamientos y formatos que son genéricamente escultura, pero que para su autor ya han sido mucho más que eso y que acaban siendo también mucho más que escultura para el receptor. Maojo no sólo talla, modela, configura, trata y pinta la madera, a la que profesa una lealtad absoluta: además construye, incluso edifica, vaciándola y haciéndola habitable para la luz, el aire o el sonido; erige herméticos tótems y compactos monumentos, no importa a qué escala; la convierte en instrumento sonoro, como un luthier silvano; pinta y escribe en ella; pinta y escribe con ella, de manera análoga al modo en que esculpe sus prolijos títulos -casi micronarraciones o micropoemas- tan literales y corpóreos como sus propias piezas. Y, con todo ello, invita a sentir (y en consecuencia a pensar) en su propia versión de un arte total tan alejado de grandilocuencias wagnerianas como pueda estarlo un tronco desbastado de una ópera.

Es posible que todo ello tenga que ver con la raíz más profunda (y “raíz” es palabra oportuna) de una labor que precede y excede al arte en cualquier sentido posible: un acto prometeico, mágico, chamánico, confusamente vinculado al don de hablar con lo que ha muerto y revivificarlo, arraigando lo humano en procesos cuyo diámetro excede con mucho el limitado horizonte de lo humano y transplantando a la vez lo natural al ámbito del hombre para que eche nuevas raíces. Al fin y al cabo, un escultor que trabaja con la madera trabaja con una sustancia orgánica a la que, de algún modo, se ha dado muerte sacrificial y que a la que confiere una segunda vida, una existencia cualitativamente distinta, transformada en medio para la manifestación de algo muy diferente a sí mismo (o, directamente, transformada en algo diferente a sí mismo). Puede que este sea la clave profunda para interpretar lo que se encierra en la sutil violencia, en la agresividad reverencial con la que Maojo ataca la madera, la lacera, descarna y reencarna reconfigurando su cuerpo e inyectándole su propia experiencia biográfica para convertirla en una pequeña arquitectura orgánica o en un poema tridimensional; para hacer aún más opacos sus secretos o abrirla a la traslucidez sin revelarlos del todo; incluso para hacer que vibre o cante de muchos modos, como en sus musicales celosías. Sus incisiones sugieren, además, las técnicas de un hombre medicina que practicase tatuajes, cicatrices, escarificaciones en la piel momificada de la madera drenando su opacidad y dejando que entren en ella el vinagre, el pigmento o el aire, o limpiando el tejido muerto para sanar y revivificar el cuerpo que lo rodea.

Percibir todo esto y llamarlo “escultura” no sería mentir. Pero sí, posiblemente, quedarse muy corto.

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