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Crítica

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Juan Carlos Gea

Partituras para la música de la vida

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Publicado en La Nueva España

Líneas sinuosas que se ondulan en figuras cerradas y siluetas en forma de hoja; una paleta elemental, a menudo muy sobria, de colores; acrílico, lápiz, grafito y acuarela; trazos y veladuras. Con esos contados elementos le basta y le sobra a Alejandro Corujeira (Buenos Aires, 1961) para componer el sugerente universo que se despliega en los lienzos y papeles de «La forma exacta», la primera individual de su obra en Asturias, que estos días acoge la galería Cornión.
Como es habitual en el pintor argentino afincado en Madrid, la economía de su lenguaje pictórico se multiplica al infinito mediante el uso de una serie de recursos que convierten el disfrute de sus cuadros en una experiencia a la vez inmediata y llena de complejidad. La pintura se va adensando mediante superposiciones de planos que rompen continuamente el juego perceptivo de fondo-figura y lleno-vacío, y dotan a cada obra de una profundidad paradójica, por cuanto el espectador nunca pierde de vista la sencillez de cada una de las capas que se acumulan sin apenas añadir materia al lienzo. 
Pero lo que en otras etapas del trabajo de Corujeira eran formas rectilíneas, se han ido curvando de manera cada vez más sinuosa hasta llegar a las complejas configuraciones que flotan en los medios neutros de sus cuadros actuales. La evocación de seres vivos o de procesos naturales es inevitable: organismos unicelulares y filiformes, estructuras botánicas, incluso cortes tomográficos o representaciones gráficas de fenómenos sonoros u oscilatorios que a veces Corujeira pinta con meticulosa uniformidad y que en otros deja ver los pulsos líquidos de la pintura, como la savia o la sangre circulando rítmicamente por sus conductos. La vista se enreda en ellos, los sigue, se extravía y se ausenta, como en un laberinto sin principio ni fin donde puede permanecer indefinidamente.
Más allá de esto, es posible una lectura de estas formas quizá más sutil, que apunte hacia la representación del tiempo en el progresivo alejamiento, borrado y disolución de las capas de formas, que pueden mostrarse inicialmente como un registro de la memoria humana, sus ambigüedades, simplificaciones y confusiones; pero que también pueden hablar del tiempo de la vida, en el que la huella de las cosas no se atiene a la complejidad de la memoria humana sino en la memoria biológica de la evolución o, individualmente, del ciclo de la vida y la muerte.
Desde este punto de vida, las «formas exactas» que persigue Alejandro Corujeira pueden verse como representaciones de la vida y sus acontecimientos mediante un repertorio muy elemental de símbolos que, en cualquier caso, hacen pensar, finalmente, en una pura estructura musical transcrita mediante la pintura: melodías, armonías, ritmos y tonos superpuestos sobre el lienzo, convertido en una gozosa partitura para la música de la vida.

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