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Juan Carlos Gea

Un mapa cordial de Vaquero Palacios

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Van Dyck reunirá a la familia del pintor tras la muerte de Joaquín Vaquero Turcios con motivo de «Paisajes del alma», monográfica que repasa algunos de los temas predilectos del ovetense




Publicado en La Nueva España






«Las formas se han ido plasmando inventadas o inspiradas por otras, pero sólo con el conocimiento del natural pueden tomar forma y entidad plástica. Si no fuera así, todo el paisaje inventado, por muy fantástico e imaginativo que fuera, quedaría sin el soplo de la vida». En «El alma del paisaje», el discurso con el que ingresó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1969, Joaquín Vaquero Palacios (Oviedo, 1900-Madrid, 1998) desvelaba con estas palabras la esencia de la obra que lo consagró como uno de los grandes paisajistas españoles del siglo XX; y esos dos elementos cruciales en su legado -alma y paisaje- reaparecen, pero con un orden y un sentido distintos, en el título de la exposición con la que el legado de Vaquero regresa, cinco años después de la última monográfica de su obra, a Van Dyck: «Paisajes del alma» ha sido el título escogido por la galería gijonesa para la selección de una treintena de óleos y una pequeña representación de obra gráfica que exhibirá entre el 25 de este mes y el 17 de agosto. 

No en vano, la muestra -que reunirá por primera vez en un acto público a los nietos del artista y a su nuera, Mercedes Ibáñez Novo, después de la muerte de su hijo, el también pintor Joaquín Vaquero Turcios- traza un recorrido por algunos de los paisajes que enamoraron a Vaquero Palacios, y sobre los que este artista viajero volvió con insistencia en distintos momentos de su vida, y con distintas actitudes y maneras pictóricas. Aunque el grueso de la exposición está integrado por obras realizadas en la década de 1980 y 1990, «Paisajes del alma» incluye también un testimonio de sus inicios: «El Ojo del Agua», un paisaje hondureño en las ruinas mayas del mismo nombre pintado por Vaquero Palacios en 1930, durante su periplo centroamericano junto al también arquitecto Luis Moya. 

El resto de las obras se reparten entre Asturias y Castilla, los dos territorios físicos -y también cordiales y espirituales- en los que se desplegó lo mejor de la pintura del ovetense, a caballo entre los dos últimos períodos que ha demarcado en la obra de Vaquero Palacios Francisco Egaña Casariego, historiador del arte, conservador de la Casa-Museo dedicada al artista en Segovia y sobrino del pintor: el final de la que denomina «del esquematismo», que remata entre 1970 y 1985 otra más extensa -la del «paisaje recreado»-, y el principio de la última etapa de la larga vida creativa de Vaquero Palacios: la del «paisaje entrevisto y soñado», en la que el pintor revisitó algunos de los paisajes que eran ya para el vida y memoria desde su plenitud técnica y la máxima libertad creativa: «Ahora que ya no salgo al campo, que no veo directamente el paisaje, lo recuerdo y lo sueño sin sentirme obligado a nada», cita Egaña Casariego en su monografía sobre el pintor. 

En ese marco, «Paisajes del alma» incluye depuradas revisiones del mismo paisaje de montaña que encandiló al Vaquero que pintaba sus primeros cuadros en las salidas a Somiedo («La hora mágica», «Lago de la cueva») o fluidas esquematizaciones de los campos castellanos («La tarde», «Campos de trigo», «Rastros pajizos III», o el más complejo y detallado «Cabañas de Castilla»), llanuras en las que el pintor encontró la misma sustancia sublime que se le impuso en la montaña asturiana («Cordillera», «Alta montaña») o ante el Cantábrico, con el que se reencontraría en esos mismos años. De esta recuperación de la marina dan fe piezas como «Ola verde» o «Chatarra en la playa», en las que Vaquero esculpe el oleaje con la materia pictórica y una paleta asombrosa, o el regreso, en una de sus obras sin título, a la playa de Cuerno, uno de los enclaves de la costa asturiana que más impresionaba al pintor. 

Otras obras muestran el modo en el que Vaquero Palacios fue consciente de la proximidad de su pintura, sobre todo la de la última etapa, a la abstracción -la «pintura pura», dice Egaña Casariego- y la nueva vitalidad que alimentó la obra de sus años finales, en los que el artista anduvo de nuevo por algunos de los paisajes (castellanos, como en «La ruta de la paja», o asturianos, como en «Bosque») que, en su inmovilidad, no podían ser ya más que paisajes, en efecto, «del alma». Y pintados desde el alma.



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