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Juan Carlos Gea

Coleccionista es también femenino

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Espacio Líquido expone «Mujeres gritando», una selección de videoarte y fotografía contemporánea de la coleccionista Alicia Aza en torno a diversos aspectos de la femineidad






Publicado en La Nueva España



No todas están firmadas por mujeres, representan figuras femeninas o destilan militancia feminista. Ni siquiera todas comparten una mirada necesariamente femenina. Y sin embargo, las obras reunidas en «Mujeres gritando», la peculiar colectiva que hoy se inaugura en Espacio Líquido, tienen en común tres atributos: están impregnadas de estas y otras formas más sutiles de lo femenino; se presentan en soporte fotográfico o videográfico y forman parte de la misma «colección privada», a la que alude el subtítulo de la muestra: la de la coleccionista asturiana Alicia Aza. 

Más allá del peso específico de los artistas que la integran y de los trabajos seleccionados, la peculiaridad a la que se ha aludido reside en el interés pedagógico, casi ejemplarizante, que ha motivado esta muestra. Su intención es presentar, junto a las obras, la experiencia de una coleccionista cuyo gusto se formó en la plástica tradicional pero que no dudó en dar el salto a los formatos de lo que Paul Virilio -de modo especialmente inquietante para el fetichista de lo original y lo único que todo coleccionista lleva dentro- bautizó como «estética de la desaparición». Incluso, más allá de esto, «Mujeres gritando» también parece querer recordar que los coleccionistas son una pieza clave, en el sentido arquitectónico de esta palabra, para la sustentación del arte contemporáneo. Sobre todo aquellos discretos que ocupan la zona media del mercado, que arriesgan de verdad su dinero y que no resultan ser tan célebres como los artistas con los que se autopublicitan. 

Una última peculiaridad, esta de corte más bien biográfico en una colección dominada por el videoarte y la fotografía, es la inclusión de un grabado y una pintura un tanto «fuera de programa»: el primero, de Mompó, presta el título a la exposición y testimonia las primeras querencias de Alicia Aza como coleccionista enamorada del informalismo español del medio siglo; la segunda, una exquisita marina gijonesa de Clara Gangutia que fue su primera compra, no sólo por su calidad sino también por el fuerte vínculo con sus raíces asturianas que orientó buena parte de sus adquisiciones iniciales, y que aún permanece presente de algún modo en sus gustos a través de una cierta inclinación hacia lo norteño. Pero sí que está en ellas el elemento con que Alicia Aza decidió dotar de singularidad y cohesión a su colección acompasada a los tiempos: la mujer; lo femenino. 

El resto son obras de creadoras con una notable presencia en el ámbito internacional -Rosemarie Trockel, Ellen Kooi, Rosângela Rennó, Elke Boon, Sophie Whettnall- y nombres nacionales con una proyección creciente -la asturiana Rebeca Menéndez, Ixone Sádaba, Manu Arregui, Begoña Montalbán- hasta llegar a la adquisición más reciente, «Cuando el viento del este sopla al oído del caballo», una aguda y hasta divertida reflexión en vídeo sobre el choque cultural y la condición de extranjero realizado por la japonesa afincada en España Kaoru Katayama, que ya se exhibió en la galería gijonesa como parte de una monográfica dedicada a la artista. 

También recordarán los aficionados asturianos «Salto», una fotografía llena de la dramática plasticidad propia de Ixone Sádaba que se expuso en Gijón hace unos años y que forma parte, como «Bosque», del ciclo neoyorquino de la autora. Impacta del mismo modo por su intensidad y su fuerza plástica, directamente remitida a la pintura, la revisión, por parte de Ellen Kooi, de un clásico de la pintura norteamericana contemporánea: la famosa témpera de Andrew Wyeth «Christina's world», que, invirtiendo exactamente su composición, la fotógrafa holandesa ubica en un paisaje sutilmente distinto al de su inquietante modelo. 

El juego de las alusiones y los metalenguajes está también presente en «Stand-In», fotografía de Marijke van Wamerdam que forma parte de una serie de dípticos basados en el tema del paisaje en los que la fotógrafa holandesa quebranta las convenciones de la representación alterando fondo y forma, figura y contexto. La imagen expuesta remite, de hecho, a otra obra de la misma fotógrafa que, en la pieza expuesta en «Mujeres gritando», es desplazada y recontextualizada hasta perder su significado original. La realidad también es llevada a nuevos planos de significado mediante su manipulación por la brasileña Rosângela Rennó en «Lagoa», un vídeo tan ralentizado que se convierte en «antifotografía y antivídeo» cuestionando los límites de ambos géneros. De la avilesina Rebeca Menéndez -que acaba de clausurar individual en la sala- se selecciona una de sus características fotografías de interiores, escenarios distorsionados en los que mujeres solitarias se enfrentan a situaciones marcadas por la ambigüedad y una vaga amenaza. 

Varias obras comparten temas relacionados con el cuerpo, la identidad sexual y las alienaciones y restricciones vinculadas al género. Lo hacen desde muy distintas perspectivas: la irónica, casi humorística, de Sophie Whettnall, que en «Over the sea» pone a una mujer elegantemente vestida con falda, medias de seda y zapatos de tacón a recorrer el Camino de Santiago; la provocadoramente poética de Manu Aguirre, con su bellísima pieza «Un impulso lírico del alma», en la que mezcla imagen digital y real basándose en una coreografía con Rubén Orihuela, el único deportista español que ha conseguido entrar en el coto femenino de la gimnasia rítimica; la concisa pero contundente de Guillermo Paneque con un tríptico de rostros femeninos sometidos, mediante una trabajada técnica de superposición de imágenes, a metamorfosis que los laceran y vejan; la sorprendente y subversiva de Elke Boon, en «Liam» (que también podría titularse «Niñas gritando»). 

El sonido se suma a la imagen en la videoinstalación «Voces en off», en la que Begoña Montalbán invoca los versos de poetisas suicidas a través de las bocas cambiantes de actrices: una especie de acto mediúmnico en el que la poesía se convierte en un flujo impersonal de palabras y ritmos que fluye desde otro mundo. Una última excepción para cerrar el recorrido: de nuevo pintura, pero esta vez con un sentido muy distinto al de Mompó o Gangutia, a través de la aportación del limeño Miguel Aguirre, en la que fusiona la imagen fílmica con la pintura representando una foto fija de «In the mood for love», de Wong Kar-Wai. 

La exposición se completa con un cartel-catálogo donde aparecen recogidas las restantes referencias de una colección ya muy robusta que, después de ser compartida, aspira a seguir creciendo. 



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