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Crítica

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Juan Carlos Gea

Ha nacido un monstruo

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Publicado en materiaparva
Pequeña biografía de un monstruo.
Videoinstalaciones y proyección de Lara + Coto.
El Hervidero.
Hasta el 27 de mayo.

Es sabido que los monstruos absolutos -a la manera, por ejemplo, del panteón de Lovecraft y de todas sus genealogías y derivaciones- nos atraen irresistiblemente porque representan lo absolutamente otro, aquello cuyos atributos resultan inconmensurables respecto a cualquier parámetro humano: amorfos, amorales, su hostilidad nos aplasta por pura inadvertencia a causa de la simple la escala cósmica de su magnitud. Semejantes entidades nos causan pasmo y nos sobrecogen, pero finalmente, de regreso de ese contacto con lo sublime personificado, diluyen la angustia en el excipiente de su monstruosidad fluida: la rebajan en una forma de distracción. Es verdad que nos ayudan a reubicar nuestra proporción respecto al universo, pero, fuera de ese ajuste meramente matemático, no dicen ni una palabra más acerca de la nuestro absurdo y nuestra contingencia que una noche estrellada o la mera presencia del océano. Ni resultan más agresivos o malvados que una enfermedad mortal o un alud que se nos llevase por delante.

Por el contrario, los monstruos de genealogía semihumana, compuestos por hibridación, deformación o cualquier otro tipo de alteración del nuestro patrón y escala, llegan a resultar pavorosamente elocuentes acerca de nosotros mismos: hablan de lo otro que existe en nosotros. De lo que somos. Estos nos espantan y nos conmueven, ponen en evidencia en torno grotesco, bufo, terrorífico o doloroso la tragedia cruzada de nuestras posibilidades y de nuestras limitaciones, pero siempre respecto a nosotros mismos y al mundo construido por nosotros. Desde cualquier mitología hasta el cine de género, Satanás, Hyde, Calibán, Frankenstein, Polifemo, Gargantúa, Darkman o el Dr. Manhattan componen nuestros retratos más consumados. Por no hablar de los monstruos de aspecto exclusivamente humano.

Casi todo el censo de monstruos imaginado por los hombres se inscribe dentro de esta segunda tipología, y anima relatos que intentan explicarnos, someternos a juicio y crítica e incluso corregirnos o redimirnos, pero siempre operando desde dentro. Y en este registro incivil hay que inscribir el monstruo cuya Pequeña biografía se narra –se empieza a narrar- estos días en el bullente sótano de El Hervidero. Sus creadores son Santiago Lara (Tomelloso, 1975) y Beatriz Coto (Gijón, 1977), trabajando conjuntamente como Lara + Coto. Ambos, pareja también al margen de su trabajo artístico, han encontrado en esa modalidad de equipo un óptimo punto de simbiosis en el que sus respectivos intereses se alimentan mutuamente y se encuentran en el terreno de la animación experimental y la instalación.

Valiéndose de técnicas tradicionales, como el venerable stop-motion aplicado de una manera “deliberadamente tosca” a trazos dibujados en un muro o en una pizarra, de herramientas como el popular Flash y After Effects y ahora también de intervenciones directas en la sala y de pequeños monitores digitales, Lara + Coto han decidido dar vida a lo que Santiago describe como “una personificación de nuestras obsesiones”. Unas obsesiones que, en la obra de ambos por separado y en equipo, giran casi siempre sobre del ser humano contemporáneo deformado por las insoportables presiones de un contexto social, política y ecológicamente amenazador, opresivo y alienante. Seguramente hay un punto de vista humanista en esto; sin duda, lo hay antropológico y político.

Como en ocasiones anteriores, Santiago y Beatriz unifican sus respectivas iconografías y maneras plásticas y las alimentan en distintas fuentes y tradiciones narrativas y simbólicas. Una de ellas, la mitología griega, que ya había aparecido en piezas como Vulcano, y que reaparece en la instalación Gran Argos, una “metáfora sobre la mirada, a la vez poética y grosera”. La misma poesía, pero en tono más lírico, aparece en el Monstruo del paisaje, extrañado –en cualquier sentido de la palabra- ante la vecindad de la naturaleza. La sátira, la crítica antisistema de parentesco underground, la invocación de seres que podrían formar parte de un bestiario kafkiano contemporáneo, se alternan en el retablo de pequeñas videoinstalaciones que ocupan el resto de la sala, cada una de ellas consagrada a un monstruo menor que revela su monstruosidad en un loop de apenas unos segundos.

Y, a modo de pórtico y natalicio, Biography, una proyección que narra los orígenes del gigante hueco que Lara + Coto están dispuestos a ir llenando en un ciclo antimitológico y antiépico, un work in progress del que Pequeña biografía de un monstruo es sólo el arranque. “Está en nuestra cabeza seguir adelante con él; esto son sólo unos cuantos esbozos digitales de un proyecto mayor”, anticipa Santiago. Era lo esperable. Al fin y al cabo nuestros pequeños y grandes monstruos interiores están disponibles siempre, literalmente, ahí, donde él dice: en nuestra cabeza. O quizá sea al revés: el ser humano esté dentro, en alguna, y el monstruo seamos nosotros. En todo caso, su pequeña biografía crece con la nuestra.


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