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Juan Carlos Gea

De vuelta de Tánger

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Paco Fernández revive en Guillermina Caicoya la borrachera de sensaciones de la ciudad marroquí mediante un estallido creativo de instalaciones, pinturas y construcciones





Publicado en La Nueva España
En sus últimas muestras, Paco Fernández (San Juan de la Arena, 1950), había extremado en dos direcciones distintas y complementarias su trabajo: en una de ellas, más esencialista y casi mística, la estructura física de la obra se había reducido a un soporte emisor de puras vibraciones cromáticas; en la otra, era concebida como una construcción tridimensional vivificada por sus cualidades plásticas. Es verdad que lo primero suena a la definición más pura de lo pictórico y lo segundo podría aproximarse a una definición de lo escultórico. Y quizás esa fuera una reflexión pertinente ante aquella obra. Pero Paco Fernández no es un artista cerebral, sino todo lo contrario, y la pintura y la escultura se quedan cortas para describir un trabajo que, una vez más, en «Tánger», la espectacular muestra que acaba de inaugurar en la galería Guillermina Caicoya, vuelve a desbordar con muy pocos elementos y una irrefrenable pasión creadora todos los límites entre los lenguajes y los géneros de la plástica. Y también los sentidos de quien la visita. 

No otra parece ser la intención de Fernández en este caso: reconstruir en el laboratorio de la galería con la mayor fidelidad posible las sensaciones que ha ido recibiendo en sus sucesivas visitas al Magreb, que inició en 1996 y que se han concentrado sobre todo en una estancia de varios meses en la ciudad de Tánger entre finales de 2008 y principios de 2009. Apoyándose en la omnipresencia de un colorido carnal y vivo, que contrasta con la acidez de la paleta utilizada en la obra precedente y de la blancura que le confería su ligereza y su espiritualidad, el artista ha invadido literalmente todos los recovecos del gran espacio de la galería, desde la entrada hasta la planta baja en un acto de creatividad centrífuga y expansiva hasta la explosión. 

Porque, como en una explosión, en «Tánger» el interior pugna inconteniblemente por ser exterior. Fernández ha querido evocar el aire libre, las plazas, las arquitecturas del norte de Marruecos, o más bien, el modo en que su presencia envuelve los sentidos, convirtiendo la visita a la exposición en un paseo en el que el espectador vive -y revive- una experiencia análoga a la experiencia inmersiva, envolvente y casi embriagadora del viajero en origen: desde las instalaciones de la planta que da a la calle, bañados aún por la luz, tan distinta, de Asturias, hasta la absoluta saturación de colores y formas verticales que le envuelven en el espacio cerrado de la planta baja, ya aislado de toda otra referencia. 

El tránsito se realiza progresivamente. Paco Fernández ha sumado instalaciones y pequeñas construcciones y pinturas en un «crescendo» orquestado con sus habituales materiales pobres y su proverbial intuición en el manejo alquímico del color. La impresión final es que la energía de la experiencia vital -la del viajero, en este caso, que cambia profundamente en el curso del viaje- ha alimentado una intensa combustión creativa; una nueva síntesis de los elementos característicos del autor que, de alguna manera, han re-encarnado el color, que en su obra reciente flotaba como un nimbo o un aura inmaterial sobre sus piezas blancas, y ensamblado algo más grande que las construcciones aisladas y concentradas de su trabajo anterior. Tienta hablar del paso de la música de cámara a la sinfonía. Y, en todo caso, se confirma la caracterización que de Paco Fernández hizo en su día Javier Ávila, citando a su vez a Margit Rowell: «Un minimalista con rasgos peculiarmente humanos». Que además ha visitado Tánger. 


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