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Juan Carlos Gea

Pintura en la diáspora

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«Migraciones pictóricas» reúne en el Banco Herrero la obra de nueve artistas asturianos que trasvasan a los nuevos medios la cuestionada esencia de lo pictórico




  Publicado en La Nueva España



El día de 1839 en que la Academia de Ciencias y Bellas Artes de Francia acogió la presentación oficial de una innovadora técnica de reproducción de la imagen basada en la captura de la luz sobre una superficie sensible, que en unos meses se divulgaría universalmente con el nombre de fotografía, supuso el principio del fin de la pintura tal y como tradicionalmente se había practicado y entendido. Hasta ese momento, sólo había tenido que disputar su hegemonía, y más bien teóricamente, como testimonio supremo de la realidad con otras artes como la literatura o la escultura; pero el de la fotografía no fue un ataque escolástico, sino brutalmente fáctico, que arrebató a la pintura su condición de notaria máxima del ojo humano. Al derrocamiento se sumarían los medios de reproducción masiva de la imagen; las revoluciones internas en la propia pintura; la iconoclastia, el experimentalismo o el purismo crítico de las vanguardias y, ya bien entrado el XX, las tendencias desde la desmaterialización conceptual o el arte del cuerpo hasta las tecnologías de la era digital.



Pero la pintura se ha resistido a su disolución. Y no sólo porque, con justificaciones teóricas más o menos sólidas o sin ellas en absoluto, se haya seguido pintando. También porque, en un exilio y una peregrinación interminables, una parte del viejo espíritu de lo pictórico ha acabado por refugiarse en ámbitos completamente ajenos a la práctica milenaria del pincel y el pigmento sobre la superficie. De algunos de ellos, según los ha plasmado el arte asturiano reciente, se ocupa «Migraciones pictóricas», colectiva producida por el Principado en colaboración con el Banco Herrero, inaugurada ayer en la sala de la entidad en Oviedo que agrupa obras de Pablo Armesto, Carlos Coronas, Isabel Cuadrado, Sandra Paula Fernández, Alicia Jiménez, Vicente Pastor, Jaime Rodríguez, Carlos Suárez y Luis Suárez Lanzas. 



Para el comisario de la muestra y colaborador de LA NUEVA ESPAÑA Jaime Luis Martín, todas ellas constituyen ejemplos del modo en el que, «a estas alturas de la historia, los códigos pictóricos han sido injertados en las pantallas, se han travestido en bits, saltan en chorros de tinta convertidos en color, han mutado en luz, se han camuflado entre los píxeles, se incrustan en instalaciones y han penetrado en los lugares más recónditos de la mayoría de las propuestas visuales». 



El oportuno y muy útil catálogo, que casi justifica por sí mismo el interés de la convocatoria, reconstruye la historia de esta condición post- o trans-pictórica en Asturias, contextualizándolos en los más relevantes episodios de la «historia de terror» que se desencadenó sobre la tradición pictórica y que parece no haber cesado: estaciones de ese «vía crucis» que ha obligado a la pintura «a perder su lugar de privilegio en el entorno visual, obligándola a deambular por los márgenes, buscando su ser y estar en un mundo tecnológico que la desplaza y la reclama, dispersando o enlazando los fragmentos que le confieren, todavía, algún sentido». Pero también revelando el modo en el que -cita Martín a Rosalind Kraus- la cultura ha conseguido preservar la referencia a la pintura o la escultura, «amasadas, estiradas y retorcidas en una extraordinaria demostración de elasticidad, revelando la forma en que un término cultural puede expandirse para hacer referencia a cualquier cosa». 



Sobre ese trasfondo lo que tienen en común los artistas seleccionados es su insistencia «en reflexionar sobre la pintura y sus desplazamientos, reivindicándola a través de distintas manifestaciones, que, más allá del estilo o la técnica», lo hacen enfrentándose a lo pictórico con ánimo muy diverso: como concepto, como resto, como referencia o cita, como discurso antagónico o punto de partida dialéctico sobre el que enunciar otros discursos, como modelo a reformular para seguir pintando sin pintura. 



Y, sobre todo, lo hacen con mañas y poéticas muy distintas: tubos de neón, «leds» luminosos, cordones o hilo de lana, mallas metálicas, vídeo, «software» interactivo, construcciones y objetos de uso cotidiano. Con todo ello construyen instalaciones; piezas entre la instalación, la escultura y la pintura propiamente dicha; proponen juegos desmaterializadores; filman el tiempo de la naturaleza o cuelgan el trabajo en la red. Pero lo esencial, lo que justifica e hila el discurso urdido por «Migraciones pictóricas» es lo que pervive en estos artistas -la mayor parte de ellos, jóvenes- de la pintura: formas geométricas, el recurso a la representación o a la ilusión, el uso de la luz como medio de transmisión en sí misma o como símbolo, la composición o los valores asociados a la iconografía pictórica en los que, aunque sea extenuada, cuestionada, perdida la inocencia o con su identidad casi borrada, la pintura permanece, aunque sea en la diáspora.


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