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Soledad Álvarez

La capitalidad expresiva de lo monumental

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La intervención de Vaquero Turcios está presente en pasajes algo recónditos de nuestra geografía, como la central eléctrica Grandas de Salime, pero también en plena subida al cerro de Santa Catalina en Gijón




Publicado en El Comercio


El pasado miércoles nos sorprendió la triste noticia del fallecimiento de Joaquín Vaquero Turcios, autor de algunas de las creaciones de arte público que los asturianos podemos disfrutar en nuestros recorridos por la región, en nuestros paseos por la ciudad de Gijón y cuando acudimos centros oficiales y culturales. En efecto, su intervención está presente en pasajes recónditos de nuestra geografía, en aquellas zonas donde sólo la capacidad creativa de las grandes figuras puede alcanzar el diálogo de la ingeniería, la arquitectura y las artes plásticas con la naturaleza, sin establecer una competencia con ella y sin dejarse tampoco engullir por su fuerza arrolladora. De testigo están las impresionantes centrales eléctricas, en primer lugar la de Grandas de Salime, en la que el aún muy joven Joaquín Vaquero Turcios colaboraba con su padre en los trabajos pictóricos. Considero fundamentales los enormes murales que pintó en su sala de turbinas con poco más de veinte años, porque en ellos anticipaba algunas de las constantes que definieron su obra posterior: la capacidad para abordar las grandes dimensiones, la rotundidad formal, la fuerza expresiva y la versatilidad para moverse entre la figuración y la abstracción sin esfuerzo alguno.
Esas características entonces definidas redundarán en la monumentalidad, la potencia y el carácter constructivo de todas sus creaciones, así como en la versatilidad de su lenguaje expresivo, que sin renunciar a los valores tectónicos antes señalados, prestó atención al detalle cuando la conveniencia narrativa lo requiso. La capacidad discursiva a través de lo monumental se apreciaba ya en 1955 en los murales de Grandas y se seguía manifestando en 1977 en el colosal y a la par detallista Monumento al Descubrimiento de América de la plaza de Colón de Madrid, que denota el magisterio del artista para abordar la narración sin renunciar a la potencia expresiva de los volúmenes. En ambas obras, como en otras muchas de este creador (murales del Insalud y del Auditorio en Oviedo; del Teatro Real y del aeropuerto de Barajas en Madrid; de Tabacalera en Logroño; relieves murales y escultura monumental del Hospital Psiquiátrico de Ciempozuelos) de las que conviene destacar el proyecto pictórico para la fachada del estadio gijonés de El Molinón tanto por su magnitud como por tratarse de una obra aún pendiente de ejecución, Joaquín ha dejado patente su capacidad para hacer frente a las grandes dimensiones, capacidad adquirida y relacionada en primer lugar con el magisterio de su padre, que fue un referente constante para él, así como con su formación de arquitecto y con una observación permanente del paisaje natural, arqueológico y monumental.
Las constantes visitas a Asturias y sus recorridos por Castilla junto a su padre, la juventud vivida en Roma, las estancias después en grandes ciudades americanas, como México y Nueva York, los viajes por todo el mundo le ponen en contacto con entornos capaces de suscitar múltiples y diversas sensaciones y emociones, que interiorizadas, subjetivadas y sometidas a las leyes de su pintura, derivan en paisajes recreados y fragmentados primero, como los cuadros pintados en Roma en los años cincuenta (Fachada en ruinas, Tiberio, Trajano en el Aventino) en los que acusa el peso que ejerce la cultura clásica y el paisaje de ruinas que singulariza la ciudad en el entonces estudiante de arquitectura. Observación del entorno que deviene a veces en figuras apenas sugeridas (Torso negro, 1961) o en otras que surgen de la estrecha relación con del artista y su familia con el mundo literario, como la serie dedicada a retratos de escritores a mediados de los setenta (Jorge Luis Borges, James Joyce, Pablo Neruda). O más tarde, a composiciones cromáticas firmes, contundentes y constructivas, relacionadas con su interés por la arquitectura, como la serie de muros de los años ochenta, y a otras más líricas, que se recrean en los ritmos formales y las armonías cromáticas.
Su atracción por lo monumental y la capacidad para trabajar en el espacio abierto quedan también reflejados en sus esculturas públicas, con las que define hitos que humanizan esos «no lugares» que son las zonas de tránsito, como la escultura 'Cauce' o 'Cuélebre' de la Autopista 'Y'; con las que genera lugares de encuentro que favorecen la recuperación para el ciudadano de espacios urbanos anteriormente degradados, como la escultura Nordeste (1994) en el paseo de ascenso al cerro de Santa Catalina desde el Muelle de Gijón, en un privilegiado emplazamiento abierto al mar y al viento frente al puerto de El Musel; esculturas que son capaces de dar forma plástica al movimiento, al espacio y a la luz.
Esto y mucho más nos ha dejado Joaquín Vaquero, artista polisémico en sus lenguajes, que siempre se ha mostrado partidario de suscitar la inquietud del espectador por interpretar de forma libre y personal su obra. Artista que no podemos encasillar dentro de una disciplina, porque ha sido pintor, escultor y arquitecto, además de académico, ya de muy joven en Florencia y después en España, al ingresar el 25 de enero de 1998 en la Real Academia de Bellas Artes San Fernando con el magnífico discurso 'No hay reglas en la pintura'.
Artista culto, exquisito en el trato, afable y cálido, gran conversador, animado docente y aplicado investigador que, ante el interés que le suscitó el arte rupestre, necesitó desentrañar el misterio de la técnica y de los procesos seguidos por los pintores del Paleolítico. Artista que ha residido en muchos países, ha expuesto y tenido el reconocimiento internacional desde muy joven (Medalla de Oro en la Bienal de Salzburgo en 1956; Primer Premio de Pintura en la III Bienal de París en 1963), que ha vivido intensamente el arte desde niño y que ha seguido ligado a él hasta el momento de su fallecimiento.
Artista muy apreciado en Asturias, donde su memoria permanecerá viva a través de su obra y donde su recuerdo estará presente en quienes además de aprender y de gozar con su arte, hemos podido conocerle y disfrutar de su conversación y su compañía.

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