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Crítica

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Luis Feás Costilla

El abuso de la belleza

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Publicado en La Voz de Asturias
 Nacho Suárez Blanco. Pictorialismo Post Scriptum.
 Sala Borrón, calle General Yagüe 3 (Oviedo). Lunes a viernes de 11.30 a 14.30 y de 18 a 21 horas. Sábados, de 11.30 a 14.30 horas.
Hasta el 20 de marzo.


El joven Nacho Suárez Blanco siempre ha vivido en un mundo surrealista, de pulsiones ocultas. Cuando fue elegido en 2008 para participar en la Muestra de Artes Plásticas del Principado de Asturias, su estudio sobre la ría de Avilés ya estaba poblado de objetos extraños y maniquíes encontrados. Licenciado en Bellas Artes por la Universidad de Salamanca, sus primeras pinturas, expuestas el año antes en la Casa de Cultura de Avilés, evidenciaban un interés por los ensamblajes concretado en las cinco piezas recogidas en la Muestra, que unían su pasión cinéfila con una ambigua asociación entre sexualidad y violencia. El surrealismo, históricamente, siempre estuvo ligado a lo siniestro, como recoge brillantemente Hal Foster en su ensayo Belleza compulsiva (con p, no es error de traducción), a ciertas formas de depravación inconsciente, que supo articular como medio para la resolución de traumas no sólo personales sino sobre todo sociales, y el joven avilesino lo aplica a la denuncia de ciertas prácticas comerciales, como los usos represivos de la belleza aplicada a la moda femenina. Así era en las obras que mostró entonces y así es en las fotografías retocadas que ahora presenta en la Sala Borrón de Oviedo, jóvenes modelos con el rostro desfigurado por la pintura y el tratamiento digital, muy en la línea de lo que han hecho otros artistas españoles como la mallorquina Susy Gómez y el gijonés Jorge Nava. El efecto es de shock, indudablemente, y supone una clara trasgresión de los cánones publicitarios (algo así como eyacularles en su propia cara), pero la protesta corre el riesgo de quedarse en su estadio infantil, escatológico, fetichista, y no progresar hacia un plano más adulto, desde el que se podría acceder, a través de lo sublime, a ese punto del espíritu en que los contrarios ya no pueden ser manejados por el totalitarismo. Ese era el reproche que André Breton le hacía a Georges Bataille en el Segundo Manifiesto del Surrealismo.



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