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Crítica

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Antonio Alonso de la Torre García

Geometrías sensibles

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Texto extraído del catálogo de la exposición sobre el ceramista Jesús Castañón. Puede visitarse desde el cinco de marzo hasta el 11 de abril en el Museo Antón de Candás.
En la obra actual de Jesús Castañón (Gijón, 1956) aún se intuyen huellas de sus tempranos estudios en talleres de cerámica, pintura o escultura. Esta exposición en el Museo Antón supone una sutil y madurada reflexión acerca de la interrelación y las fusiones entre todos estos conocimientos artísticos.
Si durante varios años el trabajo de Castañón giraba en torno a la forma lunular, la obra que presenta en esta ocasión se basa en el triángulo. Es sorprendente la variedad de motivos que puede hacer surgir de formas tan sencillas. El triángulo es una forma geométrica básica y simple que, sin embargo, llega a sugerir profundas asociaciones. No en vano el triángulo ha sido utilizado como símbolo de divinidad, de sabiduría, del mundo femenino, o también del masculino si se presenta invertido. Son estas unas relaciones que quedan abiertas a las experiencias y expectativas que sienta el espectador ante la obra, porque Castañón se limita a mostrar su querencia hacia la geometría.
En uno de los grupos de cerámicas que se presentan estas formas triangulares cobran un volumen extraordinario y adoptan múltiples variables imprevisibles. Se dilatan en el espacio y flotan ligeras en el aire a pesar de su consistencia. Apoyadas en las paredes semejan fabulosas esculturas en las que se mantiene la monocromía de un rojo sedoso, brillante y misterioso. Se trata de un rojo en el que se originan múltiples mutaciones, con zonas más opacas y otras más transparentes, que forman así una especie de nebulosas que se concentran o expanden y dialogan o interfieren entre sí. Son figuras en las que parece latir la vida.
Otro grupo lo constituyen piezas similares a las anteriores, pero de menor tamaño. Estas dimensiones más reducidas invitan a rodearlas y a observar sus estructuras, rígidas y flexibles a un tiempo, y llenas de sugerentes huecos. Este diálogo entre macizos, cortes y vacíos lleva al espectador a un lúdico ejercicio de complicidad que consiste en buscar misterios en el interior de unas cerámicas que parecen encerrar un secreto en su seno. Cada una de ellas tiene entidad propia, pero también poseen múltiples posibilidades de combinación, desde emparejamientos hasta agrupaciones mayores que pueden expandirse indefinidamente hasta proyectar paisajes de singulares arquitecturas.
En otra de las salas se observan las pinturas-azulejos, en las que sorprenden los variados matices de color, ya que el rojo pierde protagonismo al lado de negros, azules y naranjas. Además destacan las adiciones de pequeños relieves, de nuevo en forma triangular. Este juego cromático y este equilibrio compositivo las convierte en paisajes imaginados.
En conjunto se trata de un fascinante desafío al color, a la geometría, a las formas, a los brillos y a las texturas. Toda una espiral de sugerencias sólo al alcance de quien sabe aplicar sus conocimientos como pintor y escultor al cosmos silencioso de la arcilla.



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