AJIMEZ ARTE

Crítica

Imagen

Juan Carlos Gea

La gripe Arco

0 comentarios



Publicado en La Nueva España



 «Tú ponte siempre en el "no"; si luego es "sí", eso que te encuentras». Era lo que solía aconsejar mi abuela -estoica preventiva, como buena manchega- cada vez que cualquier asunto pintaba incierto, tirando a desastroso. Y no iba mal del todo. No sé si los organizadores de Arco 2010 tienen ancestros manchegos, pero su estrategia ha sido calcada. Y no les ha ido mal del todo. 

El (de entrada) «NO» lo instalaba Santiago Sierra en su «performance» inaugural. La pieza no tenía nada que ver con las ominosas previsiones y el trompeterío apocalíptico que, a cuenta de las crisis internas y externas, habían extendido los medios durante las vísperas, pero lo cierto es que -una vez superada la sorpresa de que no hubiera un cráter humeante donde debería haber estado Arco-, el gran «NO» causaba aprensión al recién llegado, que pisaba suelo incierto con tanta desconfianza como un secundario de película de catástrofes. Sin motivo: al final, la Feria del Fin del Mundo ha sido lo más parecido a una pandemia fantasma. Una feria con gripe A: un trancazo muy parecido al de todos los años, incluso con menos fiebre, en la que quien realmente se ha curado en salud han sido los gestores, por si acaso. Más exacto que el «NO» mayúsculo de Sierra, habría sido un «PSÉ» salpicado de algunos «síes» del tamaño de las deliciosas piezas liliputienses de Liliana Porter. 

En realidad, lo más parecido a la devastación era el enorme espacio despejado por las 70 galerías en el exilio o en el autoexilio: un vacío que ha resultado ser la pieza más comentada, aunque invendible. Para colmo, un fantasma recorría los pabellones: la sombra, escandalosamente grande para figura tan magra, del «Hombre que camina I» de Giacometti. La marca batida por el Hombre de la Zancada de los 74,34 millones estaba aún muy fresca, demostrando dolorosamente que la burbuja del mercado del arte sigue inflamándose a despecho de toda recesión. Pero en otra parte. Entre tanto, la pieza más cotizada en Ifema dicen que era un Botero. También suena a disparate. 

El secreto para valorar lo que ha dado de sí, como en las minúsculas instalaciones de Porter, está en la proporción y en el contexto. A su escala y con su concepto, y a pesar de su fiebre crónica, Arco sigue vivo. Este año -dicen- incluso mejor que los anteriores, aunque los libros de asiento de un galerista de arte sean una realidad tan visible como un agujero negro. Por mucho que voces como la del director del Reina Sofía, Manuel Borja-Villel, clamen contra la excesiva mercantilización de la feria (suena raro, como si se le reprochase a él la excesiva musealización de su museo) y se exija una reinvención que, esta sí, casi nadie discute, no hay que olvidar que Arco no es una bienal o una «documenta» sino un híper de arte contemporáneo. Y el año no estaba como para vocear en los puestos productos de cocina molecular, sino artículos de primera necesidad (para un coleccionista, se entiende). 

Otra cosa es la invencible sensación de repetición, tan fatigosa como el «Diafragma dodecafónico» de Cruz Novillo, una interminable sucesión de permutaciones con repetición de un determinado número de notas musicales, colores y patrones sutilmente distintos que acaban por parecer siempre iguales. Pero quién se libra de esto, sea en Madrid, sea en Miami, Londres, Venecia o Basilea. 

Superada, pues, la «mascletá» preinaugural y visitado el «ninot» del escándalo anual -patrocinado este año por la Embajada de Israel y dedicado al agradecido tema del monoteísmo-, quedó tiempo para cruzar a paso de Giacometti, las praderas de moqueta y ventear algunas piezas con los ojos análogos a los de los africanos de Ángel Marcos observando el banquete desplegado por el fotógrafo, uno de los referentes de un año con mucha fotografía. De lo instalado en las posiciones de avanzadilla ya han dado fe todos los cronistas; personalmente, el que suscribe hubiera preguntado precios de las fotografías de Dionisio González y Marina Abramovic; de un delicioso trasto interactivo de Tinguely; de las videoinstalaciones de Matt Collishaw y Bill Viola en «Haunch of Venison» y del proyecto completo de Rafael Lozano-Hermann para esta misma casa. O hubiera negociado con el Mefistófeles de los coleccionistas los plazos para adquirir un brutal relieve de la mítica serie «Corporate Wars», de Robert Longo. 

A cambio, me traje un concepto, que siempre es gratis. Lo obsequiaban al visitar la magnífica instalación de Susan Collis, compuesta por un conjunto de pecios domésticos -un listón destrozado, un trapo, clavos doblados- que la artista ha construido con extremada fidelidad usando oro blanco, jaspe veteado, ébano y amatista, hilo de seda primorosamente bordado y palo de rosa indio: una sutil y al tiempo terrorista reflexión sobre los infinitos equívocos de verdad y apariencia, valor y precio, que bien valen una feria. Y la resumen aún mejor. 

Quizá haya sido el último Arco tal como lo conocíamos. Queda un año para pensarlo, igual que para ver qué se hace con los excedentes de vacunas contra la gripe A. Es posible que en 2011 el número de galerías sea aún mejor, y la crisis y el espacio aún mayores. Pero, aun así, a la mano invisible aún le queda mucho espacio que achicar en los pabellones. Si Ivo Mesquita fue capaz de exponer 12.000 metros cuadrados de vacío absoluto en la última Bienal de São Paulo, en Ifema siempre habrá quien lo venda.


Volver

Comentarios

No hay comentarios a esta critica

Si lo deseas, puedes enviar un comentario a critica:

Envía esta referencia