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Luis Feás Costilla

Helena Toraño hace Pop

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Visto en el catálogo de la exposición
Hoy pocos se acuerdan de que el pop no fue un invento norteamericano sino británico, no sólo en lo musical, donde ha dado sus mejores resultados, sino también en lo plástico. Se creó en Londres en 1956, cuando el Independent Group organizó, en el Instituto de Arte Contemporáneo, la famosa exposición titulada Esto es mañana, cuyo cartel, realizado por el artista Richard Hamilton, era un collage con el título ¿Qué es lo que hace que las casas de hoy sean tan diferentes, tan atractivas?. En primer término, aparecía un musculoso muchacho, un culturista, con un chupachups entre los brazos con la inscripción POP, que acabaría dando nombre al movimiento.

Richard Hamilton exigiría al nuevo arte, como toda aquella primera hornada de young british artists, “popularidad, efimeridad, prescindibilidad, ingenio, cachondeo, atractivo y malabarismo mecánico”, una reivindicación que coincidía en lo esencial con la cualidades que, justo un siglo antes, Baudelaire señalaría para el pintor en la vida moderna: “Lo transitorio, lo fugitivo, lo contingente”. Sin embargo, para el poeta francés, lo actual, lo efímero, el gusto por lo transitorio y fugaz, la necesidad de lo inaudito y lo nunca visto  como cualidades de la modernidad sólo constituirían “la mitad del arte”. La otra mitad, diría, “es lo eterno y lo inmutable”, y en esto los artistas pop británicos dan sopas con honda a sus descreídos colegas norteamericanos, más ocupados en el desmantelamiento de las convenciones artísticas.

Las evidentes calidades plásticas del propio Hamilton, el adoptado R. B. Kitaj, el putativo Peter Blake o el benjamín David Hockney se trasparentan en la pintura de la joven Helena Toraño, también interesada, como ellos, en el gusto popular, la moda, el ingenio, la novedad y lo nunca visto, aceptados ya como valores tácitos por su generación, la nacida en los años ochenta. Recién licenciada en Bellas Artes por la Universidad del País Vasco, su primer reconocimiento le vino en Oviedo con la obtención del premio de pintura del Bulevar de la Sidra, como no podía ser de otra manera, pues qué icono publicitario puede haber mejor en Asturias que el de su famosa bebida gaseosa (por irrigación). Después vendría su primera exposición importante, la celebrada en abril del año pasado en la Casa Municipal de Cultura de Avilés, en la que la joven llanisca se definía, a través de su hermana María, como claramente nostálgica de las corrientes artísticas (no sólo pictóricas, sino también musicales, cinematográficas y literarias) surgidas entre la década de los cincuenta y la de los ochenta.

De hecho, en sus cuadros son frecuentes las alusiones reconocibles a cantantes y actores de esa época. Leonard Cohen, los Rolling Stones, Woody Allen o los protagonistas de las películas de Jean Luc Godard pululan por sus obras con el desparpajo de los hados familiares, toda vez que le resultan tan cercanos como sus propios padres o hermanos, a los que también ha retratado. Aparecen todos mezclados, pues su método visual es el mismo que el del collage, invento del cubismo luego desarrollado por el dadaísmo, el surrealismo y el pop a partir de los famosos versos del Conde de Lautréamont. En su caso, los encuentros fortuitos, realizados sin bocetos previos, se producen no sólo en el interior del lienzo, dentro del marco, sino que se extienden a los títulos de los cuadros, hechos con juegos de palabras o frases sacadas de canciones o películas, que refuerzan los contrastes y potencian su voluntad irónica y humorística.

Pero, en contra de lo que se pudiera esperar, el resultado no es inconexo ni incoherente, sino que se halla perfectamente trabado e integrado, gracias a los esfuerzos de una artista que se toma en serio la pintura y es plenamente consciente de lo que quiere. La distorsión y la ingenuidad premeditadas de sus figuras, que a veces pueden llamar a engaño, se acompasan con un impecable tratamiento pictórico de versatilidad infinita (muy adecuada para su opción estilística) y color bien matizado, lo que, unido a un talento para componer en planos realmente virtuoso, garantiza una exposición muy atractiva y nada monótona, que es de esperar suponga, si no la consagración de Helena Toraño, impensable para alguien de su edad, sí al menos su revelación y su eclosión definitivas.


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