
Ángel Antonio Rodríguez
Escultura ecológica de Ernesto Knörr
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Presenta una exposición individual en la galería Nuble de Santander donde el acero ha tomado nuevos rumbos y formas
Publicado en El Comercio
Sus exposiciones son siempre un guiño a la sorpresa, al juego irónico y las calidades; un tributo a la historia reciente, amalgama de ideas que fluyen, inquietas y rítmicas, sin prisa ni pausa, hacia nuevos albores simbólicos. Ernesto Knörr, artista vasco residente en Asturias desde hace veintisiete años, mantiene su fe en la escultura bien resuelta, y no deja indiferente a quien sabe mirar. Pero eso no impide que atesore otras búsquedas siempre renovadoras bajo la misma impronta.
Con esas premisas Knörr presenta una nueva exposición individual en la galería Nuble de Santander.
Las obras mantienen una distancia prudencial entre las nuevas generaciones y la disciplina oteizana, sin dejarse lastrar por filosofías o místicas ancladas en lo meramente ancestral. Tampoco lo necesita. Sabe cómo quiere vivir, dónde quiere vivir, con quién y para qué. Y lo hace humildemente, bregando el aire, dibujando el espacio cada jornada.
No desechables
Estas obras, bajo el título ‘no desechables’, incorporan ritmos y mensajes más o menos ocultos.
Contra la cultura de usar y tirar, que impone una manera de pensar diseñada para alimentar las necesidades a corto plazo de la industria, la política, la sociedad y el éxito a corto plazo, Knörr rechaza perder de vista las virtudes de las cosas duraderas. Por ejemplo, el buen arte.
Se trata, en fin, de seguir articulando respuestas e integrando significados estéticos y funcionales al contexto de trabajo, otorgándole cierta especificidad. Y hacerlo, si cabe, con un lenguaje abierto, capaz de releer las vanguardias históricas y sus raíces escultóricas, sin perder el norte, manteniendo fructíferos diálogos con los volúmenes. Piezas contundentes, pero ligeras; aparentemente volátiles, pero enérgicas, que desvelan un eficaz planteamiento compositivo y un empeño constructivo armonizando las tensiones entre continente y contenido y estas relaciones, visibles o invisibles, pero esencialmente plásticas.
Y hoy además, Knörr lanza un canto ecológico. Una suerte de ‘reciclaje’ que atrapa experiencias de la memoria, apartándose de la sociedad de consumo para no ser consumido. Canto crepuscular, que nace seguramente de las faldas del Sueve, donde el artista habita sus días y sus noches. Imagen y silencio, dualidad que se filtra sutilmente en cada una de estas obras; rigor y fantasía, asumidos como ejes discursivos de este renovado y ejemplar compendio de formas y vacíos.
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