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Luis Feás Costilla

Del paraiso prometido...

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Publicado en La Voz de Asturias


        
No hay año nuevo que no traiga buena nueva. En lo que se refiere a las artes y el espectáculo, todas las expectativas de 2010 pasan necesariamente por el Centro Cultural Internacional Oscar Niemeyer, que se está construyendo en Avilés y se acabará, si las previsiones se cumplen, este mismo verano. Las líneas sinuosas de los cuatro edificios diseñados por el centenario arquitecto brasileño ya se distinguen claramente del fondo industrial que le sirve de telón al otro lado de la ría y que, poco a poco, se irá trasformando también, como lo hará toda la ciudad portuaria, volcada con un proyecto que ilusiona y convence, ahora que lleva cerca de tres años rodándose. En este sentido lo están haciendo bien sus responsables, dirigidos por Natalio Grueso y su ya casi legendaria agenda, que en su pasar de página ha tupido una extensa trama de relaciones y contactos cuya excelencia nadie puede poner en cuestión, salvo la reciente sustitución, en su consejo asesor internacional, de los extraordinarios pero fallecidos escritores Ryszard Kapuscinski y Norman Mailer por el más famoso pero mucho menos prestigioso Paulo Coelho, quizá por eso de la alquimia carioca. Un bajón de calidad que no es previsible que afecte a las actividades del centro, hasta el momento muy cuidadas y exclusivas, con estrenos mundiales y figuras internacionales paseando por el casco antiguo de Avilés.

Pero, ahora que ya está hecha la promoción (con el actor Brad Pitt fotografiándose con casco entre andamios y volquetes) y se ha establecido el plantel de amigos (Woody Allen, Vinton Cerf, Fatema Mernissi, Wole Soyinka, Kevin Spacey, Wim Wenders y Carlos Saura, Barbara Hendricks y Love Derwinger, Omar Sharif) y entidades colaboradoras (la última nada menos que el Carnegie Hall de Nueva York), llega el momento de los hechos. Los escasos seis meses que quedan para la apertura del Centro Internacional Oscar Niemeyer de Avilés están empezando a poner nervioso a más de uno, toda vez que no acaba de presentarse la programación inaugural y nada trasciende sobre las actividades que van a configurar su día a día. Es fácil imaginarse lo que se puede hacer con artistas, creadores, pensadores, escritores y científicos de tan altísimo nivel, de premios Príncipe de Asturias para arriba, y con las consiguientes conferencias, cursos, conciertos y exposiciones de primerísimo orden, pero también preocupa que a pesar de lo que se ha venido trabajando al final, por una precariedad de medios sólo medianamente resuelta en los últimos presupuestos, todo quede deslucido y sin el destello que todo el mundo ansía para este importante proyecto. No son fáciles de llenar los 4.000 metros cuadrados de su espectacular sala de exposiciones, esa cúpula semiesférica de proporciones perfectas que desde hace ya meses corona el paisaje urbano de la tercera ciudad asturiana, y lo que no puede suceder es que tengan que transcurrir lustros hasta que empiecen a producirse los aciertos.
Es lo que ha pasado por ejemplo con Laboral Centro de Arte y Creación Industrial, que sólo cuando se van a cumplir los tres años de su apertura comienza a desarrollarse en la dirección correcta.
En todo lo demás, se pasa del paraíso prometido a la parálisis. El mal entendimiento que desde las administraciones públicas se tiene de lo que es la industria cultural (reflejado en ese Libro Blanco que no es sino un libro todavía por escribir), que ha hecho por ejemplo que se considere como gasto corriente lo que no es sino inversión, ha provocado que en este año de crisis se hayan reducido drásticamente sus presupuestos, casi un 20% en el caso de la Consejería de Cultura, lo que pone en peligro no sólo las nuevas iniciativas, como el Museo del Neandertal o el Centro de Interpretación del Arte Rupestre Tito Bustillo, sino incluso las más consolidadas y con solera, como la Opera de Oviedo y el Festival Internacional de Cine de Gijón, o hasta las más elementales actuaciones de conservación en el prerrománico asturiano.
Las piedras viejas no interesan, como demuestra lo que pasa con el Museo Arqueológico de Asturias, que se inauguró el verano pasado por oportunismo político, tras una pavorosa intervención, pero realmente no se abrirá hasta dentro de un año, cuando se instalen definitivamente sus colecciones históricas, en las navidades de 2010. Aunque, visto lo visto en el Convento de San Vicente de Oviedo o en el Museo de Bellas Artes de Asturias, hay iniciativas que es mejor que no se produzcan nunca.
Al parecer, ya está claro que la desafortunada ampliación de este último no va a servir siquiera para cubrir las más elementales necesidades del museo, principalmente las de depósito y circulación de las obras, e incluso comporta una temeraria intervención sobre los dos edificios históricos, el palacio de Velarde y el de los Oviedo-Portal, cuya preciosa integridad corre peligro. No es que haya que darle la razón en todo al comité de expertos formado ad hominem por el director del museo, Emilio Marcos Vallaure, pero lo que no tiene sentido es que una actuación en el presente estrangule el futuro de una institución que en el fondo es patrimonio de todos y que, a poco que nos descuidemos, puede hacer que el año que acaba de comenzar sea recordado, en lo cultural, no tanto por sus logros como por sus errores.
Y para eso es mejor que nos quedemos como estamos, virgencita nuestra, aunque siempre sería preferible esperar un feliz año.

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