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Ángel Antonio Rodríguez

Fricciones en el exilio


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Las pinturas apenas perceptibles, las calidades tactiles y la extrema sobriedad del mierense Lisardo vuelven estos días a las paredes de la galería ovetense Vértice


Publicado en El Comercio

«El yo germina desde el yo profundo hasta las yemas encendidas de los dedos; luego, ya se sabe, penitencia de rodillas ortopédicas y totem endiablado fornicando en las hendiduras cangrenadas de la gran prostituta. Ya no forma. Sólo territorio. Falsa forma del territorio ausente, imposibilitando cualquier salida digna del lodazal fluorescente que nos acoge». Con estas palabras y otros textos se abre la tercera exposición de Lisardo (Mieres, 1960) en la galería ovetense Vértice. Titulada ‘Fricciones en el exilio’, se nutre de una serie de cuadros de masas apenas perceptibles, mutaciones y combinaciones de líneas donde el ‘blanco sobre blanco’ lisardiano se ha transmutado, en ocasiones, en ‘negro sobre negro’, para volver a impactarnos desde la sobriedad extrema.
Aunque comenzó a exponer en los años ochenta, Lisardo pasó bastante tiempo apartado de los circuitos públicos, mientras simultaneaba el estudio de la poesía, la literatura, la filosofía o la política. Con alguna exposición importante, como la de la sala Renfe de Madrid (1985), su regreso definitivo al circuito llegó tras su debut en la galería Vértice de Oviedo, en 2002, donde presentó sus ‘Geografías construídas’. Desde entonces ha participado en varias aventuras colectivas, brillando en distintos certámenes, en la feria de Arco y en sus dos últimas exposiciones individuales, que ocuparon las salas asturianas de Cajastur (2002) y la galería Fruela de Madrid (2004). En esta última, que titulaba ‘También la sed’, ya destacaban lienzos blancos como estos que hoy nos ocupan, cuya parquedad hace referencia a una manera casi oriental de entender el arte, asumiendo toda obra como parte de un camino, como un desierto de arena que resume el futuro y los anhelos de cada ser humano. Una de sus anteriores muestras en Vértice (’Hacia el otro lugar’) priorizaba un paisaje más despojado, si cabe, que el de antaño. 

Intensidad
En su intensidad lumínica, flotando entre magmas generalmente, el pintor sabe recrear esa abundancia de gestos, levedades y síntesis matérica que le caracteriza.
«A mi no me interesan los fuegos de artificio», nos decía recientemente.
«Mi trabajo se desarrolla más en el exterior de la carpa, donde el recorrido es largo y a veces contradictorio».
No debe ser tarea fácil despojarse de una pintura de por sí despojada, nacida entre la depuración y la geometría. «Quiero crear una especie de antesala que posibilite el entendimiento, al margen de la interpretación, de la ‘conexión’ con el público», Pero este pintor reflexivo y austero, que ha sabido admitir las herencias neoplástica y constructiva armonizando dibujo y color con una potente depuración técnica, alterna constantemente esas aspiraciones (casi matemáticas) con una envidiable capacidad de renovación.
«Se trata de ‘ser’ antes que ‘estar’. La finalidad no es crear equívocos que trastoquen nuestra vanidad. A pesar del frio se desprecia el gran contenedor», Estas telas levantan imaginarias arquitecturas, edificando ciudades en nombre de la geometría, con un ánimo que jamás se detiene en ningún dogma. Son búsquedas procesuales, discursos que explican esta materia limpísima, capaz de desvelar la severidad analítica del autor, muy lejos de los registros fríos o la ausencia de espontaneidades.
«Quien ‘hace’ es el solitario, harto de su soledad.
Si el humo ya no alcanza altura suficiente, resulta que ahí, en lo ‘blanco’, puede uno insertar sus mensajes con la intención de solventar la gran necesidad».

Ensayos escultóricos
Sus primeros ensayos escultóricos se exhiben en esta exposición, recogiendo las vibraciones y los ritmos de sus pinturas. Es un paso adelante, un complemento, una necesidad, quizás, de trascenÁ. der las dos dimensiones para seguir marcando el tiempo. «Quiero resistir la avalancha. Consciente de que vivimos un tiempo incendiario, quiero observar atentamente los destellos que provienen de la maleza», Lisardo habla, en fin, de la cotidianidad, pero con argumentos puramente pictóricos. Son memorias recuperadas, abstracciones y energías que mantienen un diálogo vitalista entre el acto de pintar y el énfasis contemplativo, para proyectar su belleza. En estas enérgicas vidas pictórica y escultórica parece haber cierta nostalgia de la luz, de situaciones, abstracciones y energías rigurosas pero jamás tediosas.
«Quiero almacenar semillas y continuar, si es posible, con esta vía experimental que defiendo».

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