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Crítica

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Ángel Antonio Rodríguez

El tiempo en el espacio

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Publicado en ABCD
 
Mar Solís,El cielo abierto,Museo Barjola. Gijón C/ Trinidad, 17,www.museobarjola.es,Hasta el 8 de Diciembre

«Descansa el tiempo en el espacio como las formas en el aire esforzado, con la inalterable búsqueda del primer brillo que las despierte a la vida. La distancia, el viaje que existe entre la noche y el día, entre la sombra y el perfil de luz». Las palabras de Mar Solís (Madrid, 1967) definen la piedra filosofal de su último proyecto, titulado El cielo abierto, que ocupa la Capilla de la Trinidad del Museo Barjola con varias piezas de acero inoxidable y una vídeo-proyección sobre la pared frontal del presbiterio. Las dificultades de este entorno barroco para garantizar el éxito de las intervenciones contemporáneas no han hecho fracasar a esta entusiasta escultora que, respetando la pureza arquitectónica del lugar, ha concebido intensas tensiones mutables e inmutables, lejos de cualquier amaneramiento, bajo un feliz encuentro con la poética y la emoción contenida.
Una vieja conocida. Ésta es la primera exposición de Mar Solís en Asturias, donde en 2006 coincidió con otros autores en el taller que Martín Chirino impartió en AlNorte, la Semana Nacional de Arte Contemporáneo del diario El Comercio. Un año después, el artista canario expuso en este mismo museo defendiendo esa capacidad del escultor actual para «habitar el borde que limita el misterio y el peligro, en rebelión constante, viviendo en un extraño y maravilloso temblor». Gran admiradora del maestro, Solís viene apostando desde sus inicios por la esencia primaria del objeto, su razón de ser y el menos es más miesiano, eje de sus esfuerzos. En los últimos años ha presentado importantes exposiciones individuales y ha recibido premios como El Ojo Crítico de Artes Plásticas de RNE (2005) o el Primer Premio Caja de Extremadura (2008). Entre sus últimas intervenciones públicas, destaca Estancia, instalada hace dos años en el Parque de los Charcones de Navalcarnero, en Madrid.
Alegorías orgánicas. Mar Solís mantiene una sencillez aparente que se asienta en la armonía entre su pasión matérica y su diálogo con el medio, dibujando el aire, organizando huecos, gravitaciones, vías invisibles y sutiles alegorías orgánicas. Su trabajo busca una interrelación espacio-tiempo que no desprecia las teorías kraussianas sobre la «sintaxis del doble negativo» y la anulación de las relaciones físicas, simbólicas y arquitectónicas de la nueva escultura. Pero tampoco se deja seducir por la voracidad, a menudo excesiva, de aquellas tesis. Inventa entrantes y salientes de aspecto vegetal que buscan la comunión de continente y contenido, compensando la frialdad industrial del material elegido con sus cálidas soluciones finales.
El espectador se enfrenta a obras hermosas que, con frecuencia, desafían la gravedad y forjan zonas angostas, acentuadas por el cortante y dúctil acero, en contraste con otros trabajos que Mar Solís suele realizar con madera. «Con el acero inoxidable rasgo la superficie del lugar infiriendo, deduciendo sus recovecos, resaltando ese paréntesis que existe desde el final de la sombra al principio de la luz», señala.
La obra expuesta en Gijón incita a pasear en silencio y respirar esta constelación de ritmos místicos cuya pulcritud plástica domina por completo una escenografía impactante. Caminos transitables donde la línea, el aire, las aristas y las curvas componen un conjunto expresivo que, en su perfecto montaje lumínico, permite a las sombras cobrar vida e implementar esta sugerente ética, que trasciende más allá del empeño estético.
 

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