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Crítica

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Ángel Antonio Rodríguez

Inmolar el propio ego


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Faustino Ruiz de la Peña y Marcos Morilla miran la naturaleza bajo dos expresiones y una misma humildad

Publicado en El Comercio
No deja de ser loable el interés de algunos artistas actuales por evaporarse, humildemente, en el espíritu de la naturaleza e inmolar su propio ego. Su capacidad para sentirse al filo del abismo, en la morada de la poesía, buscando la virtud de la ensoñación, admirando el paisaje y recorriendo la sutil esencia de lo invisible. Para marcar su propio territorio, sin preocuparse demasiado por el público o la crítica.
«Soñamos viajes a través de los espacios cósmicos. ¿No está, acaso, el espacio cósmico en nosotros mismos?». Con estas palabras abría Novalis uno de sus fragmentos literarios (’Polen’), publicados en 1798. En esa introspección el poeta alemán planteaba la pureza de su romántica visión del mundo. Fuerza para evadirse, como la que destaca en las pinturas de Faustino Ruiz de la Peña (Oviedo, 1969) y las fotografías de Marcos Morilla (Gijón, 1963) que estos días exponen en los dos espacios de la galería Texu, en Oviedo. Sus trabajos respiran ese soñar incesante, esa búsqueda del infinito en los pequeños detalles, lejos de cualquier dogma.
Narrativo
Faustino Ruiz de la Peña comenzó a destacar en nuestro circuito con una figuración muy sobria donde el dibujo emergía en amplios espacios de reminiscencias ‘pop’, entre magmas y pigmentos.
Pero en sus últimas exposiciones los cuadros se despojaron, en composiciones enigmáticas que alteran la cotidianidad y el misterio bajo curiosas perspectivas.
Hoy atesora cierta narratividad, contando historias. Y también cierta tradición alemana, con otros guiños que habitan atmósferas siempre norteñas.
Una inteligente manera de pintar.
Cielos grises, diálogos entre el blanco y el negro que asumen una suerte de neorromanticismo bien entendido donde prima el placer de pintar sin concesiones a lo decorativo. Se percibe, incluso, un intento de unir pintura y filosofía vital, lanzando silenciosos mensajes al vacío. El investigador de la naturaleza, como el poeta, ordena sus experiencias, da cuenta de ellas y pasa del lado objetivo al subjetivo sin abandonar la inmediatez sensible de los fenómenos que representa.
Intimista
Con otras herramientas pero una actitud muy similar, las fotografías de Morilla fijan su intimismo en la naturaleza y, a modo de diario, reinterpretan la realidad durante largos paseos de ritmos metafísicos. Aquí no importa el ‘qué’ sino el ‘cómo’. En esa metodología la fase de realización es esencial, casi definitiva, para un autor que es feliz lejos de las exposiciones públicas.
En esa soledad, la técnica de Marcos Morilla se transmuta en acción, con instantáneas muy largas realizadas sin trípode, bajo emotivas comuniones con el paisaje que proporcionan a sus fotografías una enorme riqueza plástica, de la mano de juegos poéticos y contenidos.
No se trata de implorar de esas naturalezas un sentido necesariamente místico o moral, sino gozarla sin más, como hacían los griegos en su arte y su ciencia.
Goethe, como los clásicos, decía que arte y ciencia son lo mismo, dos estrategias convergentes para explicar la naturaleza. En el caso de Marcos Morilla, el resultado es ejemplar. Lujos concebidos en horas crepusculares para mantener ese misterio inherente a las obras auténticas, lejos de dogmas y ortodoxias, escribiendo sugerentes poemas sin palabras.

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