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Juan Carlos Gea

Cobijo bajo un cielo desgarrado

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Mar Solís ocupa la capilla del Museo Juan Barjola con una envolvente escenografía basada en sus esculturas en acero




Publicado en La Nueva España 



 
Ni escultura ensimismada, indiferente hacia espacio en el que se exhibe ni instalación concebida específicamente para él: más bien una escenografía pensada para un contenedor tan especial como la capilla de la Trinidad del Museo Juan Barjola. De este modo es como ha concebido la escultora Mar Solís (Madrid, 1967) la envolvente y seductora muestra «El cielo abierto», que estos días exhibe el museo Juan Barjola, y que agrupa en el antiguo recinto sagrado tres piezas monumentales, siete «trípodes», una animación proyectada sobre el paño del altar y una escultura adosada al mirador sobre la capilla, además de un relieve instalado en el vestíbulo del museo. 

En todos los casos, se trata de esculturas que desarrollan con una especial atención a la armonía y la belleza formal el principio bajo el que Mar Solís desarrolla su trabajo: conseguir un efecto de complejidad a partir de un punto de partida muy simple y un desarrollo meticuloso de las posibilidades de cada elemento. En el caso, por ejemplo, de las tres grandes piezas que se abaten sobre el espectador como el cielo desgarrado al que alude el título de la exposición, la autora ha trabajado a partir del despliegue y el repliegue de un simple plano recortado en formas angulosas y curvadas que después se sustentan sobre una estructura más geométrica. 

El juego aéreo de grandes planos curvados, recortes agudos, fracturas y huecos crea una sensación simultánea de cobijo y amenaza, de sustentación y caída que se incrementa con los continuos cambios que propicia el desplazamiento en torno a unas piezas que, según su autora, «quieren incitar a moverse», conforme a un objetivo, que se aprecia de forma muy remarcable en piezas como la instalada en la pasarela superior de la capilla: «Crear lugares, espacios transitables» en los que, como sucede en «El cielo abierto», el espectador tiene la impresión de estar en contacto con seres orgánicos distribuidos conforme a alguna puesta en escena, y de estar al mismo tiempo husmeando en la tramoya de esa escenografía. 

A esa atmósfera contribuye la proyección en el muro del antiguo altar de una sutil animación en la que se mueven casi imperceptiblemente las formas de algunos de los recortes obtenidos durante la realización de las esculturas, con cierto efecto de luz tamizada por el rosetón de un templo.

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