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Crítica

Antonio Alonso de la Torre

Cesar Ripoll Dono

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Antonio Alonso de la Torre

Recortes
Sala Borrón. Oviedo

En la Sala Borrón de Oviedo se expone a lo largo de este mes de octubre una exposición de César Ripoll Dono. La ya larga trayectoria artística de César puede parecer que se escapa a cualquier posible encasillamiento. Encontramos esculturas, instalaciones, murales..., por no hablar de su papel como investigador, como docente o como comisario de exposiciones. Es el suyo un recorrido creativo continuamente inquieto y experimental, propio de un buscador infatigable. Pero a pesar de esta primera impresión existe algo en común en su trabajo, porque se mueve entre mundos diferentes pero inmediatos. En general carece de referencias figurativas e intenta un juego de geometrías que buscan su equilibrado acomodo en el espacio.

Para esta exposición, titulada Recortes, Ripoll presenta un proyecto de sintética concepción, basado en desarrollar una idea que busca mezclar y unificar varias formas de trabajo sobre el papel, como son el dibujo, el grabado, la escultura o el control de la luz. El artista utiliza como soporte protagonista el papel y como recurso expresivo el dibujo junto a la incisión o corte. Es el papel un elemento primigenio, fundamental, que está en el origen de todo proceso creativo. Se encuentra en bocetos, notas, croquis, esquemas o bosquejos de pintores, escultores, escritores, arquitectos… y soporta y proyecta el potencial de las primeras ideas, de esa chispa inaprensible que se va si no es rápidamente recogida. Por otro lado los recursos expresivos utilizados sobre ese papel, el dibujo y el corte, son utilizados para delinear, separar o dejar ver. De este modo las líneas o los rasgados delimitan distintos campos de la composición y generan unas construcciones rítmicas enérgicas, aristadas y quebradas. Así se distribuye un espacio en el que las formas consiguen un juego de ritmos sorprendente y armónico.

Aunque puede parecer que en este trabajo predomina una seriación y repetición minimalista basada en líneas y en variados fondos cromáticos, existe también un delicado juego de color y de formas, cierta gracia y espontaneidad. Podría hablarse de un grado de lirismo abstracto con un acento constructivo, de intentar ordenar conforme a un rigor mental que no es frío. Para ello es importante el proceso de elaboración de cada una de estas obras. César controla los efectos visuales al tiempo que se deja llevar por la emoción del momento. Incluso los trazos profundos y marcados conseguidos están próximos a la pintura-acción, con su espontánea construcción rítmica y cromática, pero teniendo en cuenta que artista, al organizar cada obra visualmente, ordena también el interior de su persona. Es un trabajo que refleja emociones e ideas.

En cada una de las obras está el concepto como orden y el sentimiento como fuerza. Se observa sobre todo en el hecho de que a las líneas rigurosas y resueltas se alía el color, para sensibilizarlas y así resolver cada obra con una visión globalizadora más sensible y profunda. Se trata de un color que se activa interiormente, detrás de los trazos aguzados o tras el propio rasgado del papel, un rasgado que genera también efectos de luz y sombra. Este efecto lumínico se intensifica en las piezas que generan espacios iluminados. La luz es utilizada como un elemento constructivo más, tanto o más primigenio que el mismo papel. Es un fulgor que sirve de señal, guía y amplificación. Además, hay que tener en cuenta la interrelación entre luz y papel que, dependiendo de sus tonos y gramajes, tamiza y transforma la superficie y el entorno de las obras. Se establece así el esencial y sutil juego de quiebros y reflejos, de contrastes, de pieles translúcidas, de variaciones sobre una determinada fórmula o de una simetría simulada.

Es en estas piezas lumínicas en las que mejor se observa la vocación escultórica del creador, pero también en la obra de pared tiene gran importancia la volumetría unida a la dinamicidad. En ellas César Ripoll va más allá de la propia organización compositiva del cuadro al aspirar a relacionarlas con el espacio. Esta vocación de integrar la tridimensionalidad se concreta definitivamente en las piezas abstracto-espaciales de suelo situadas dentro de la sala, pero también en el exterior, en esos otros retazos creativos situados en los jardines del cercano Banco de España.

En definitiva, se observa en esta exposición una lucha personal por crear y dominar nuevos signos creativos, como el papel, los cortes, o la luz. Pero el creador no busca imponer una visión, porque la lectura de la obra es lo más abierta posible. Aunque domine un cierto geometrismo, éste no está reñido con una concepción lúdica que da lugar a unos espacios ilusorios generados por luces, insinuaciones o tonos semiescondidos tras una incisión. En esta multiplicidad de visiones hay que tener en cuenta las relaciones de conjunto entre estas obras, que podrían interpretase, superponerse y mezclarse de mil formas, según cada persona, cada momento o cada estado emocional. Habrá quien vea paisajes siderales o quien se quede con la musicalidad de las formas. Algo hay de todo eso.

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