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Crítica

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Jaime Luis Martín

Poshistóricos y remezcladores

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Jaime Luis Martín
Texto extraído de catálogo de la XX Muestra de Artes Plásticas del Principado de Asturias

Si veinte años no es nada para volver junto al primer amor, como decía la canción, sí que representan una experiencia excepcional cuando hablamos de la Muestra de Artes Plásticas del Principado de Asturias. Su vigésimo cumpleaños supone celebrar y reconocer que nos hallamos ante un proyecto singular y con continuidad en el tiempo, aspecto básico para que funcionen este tipo de iniciativas culturales. Durante estas dos últimas décadas se ha logrado cartografiar el arte joven asturiano con la mirada abierta y, aunque en ocasiones, errante en las sombras, siempre buscando aquellos signos que dotaban de contenido y densidad la experiencia artística. El balance resulta, ciertamente, positivo, pues más allá de la posición y gesto de cada artista se ha conseguido trazar un discurso comunitario sobre la historia del arte joven asturiano.
Cinco años antes de la primera edición de la Muestra (1989) Arthur C. Danto publicaba La muerte del arte (1984) donde señala como característica de esta nueva era la existencia de múltiples direcciones que conducían a una época poshistórica, un arte situado en los lindes, “sin ninguna forma de arte mandatada históricamente” (Arthur C. Danto, Después del fin del arte, Paidós, 1999), que abre paso al todo vale. Liberados del peso de la historia, se presenta un panorama muy interesante y, si bien se encuentra sometido al furor mercantilista, a los discursos demagógicos que reclaman una vuelta a la tradición y a la proliferación de propuestas vacías de contenido, algunas respuestas elaboradas desde posturas críticas desbrozan el camino, asumiendo que no hay un estilo que dure mil años y que resulta impensable en la actualidad imponer, como pretendía Picasso, según  su propia confesión a Gilot, un nuevo orden estético. Debemos aceptar que vivimos en el caos y que, desterrada la certeza del vocabulario artístico, conscientes de los agotamientos de neos y pos, sin un claro en el bosque que nos permita disfrutar de un momento de luz, todo parece a punto de derrumbarse. Sólo algunos conceptos relacionados con el consumo, el márketing y el mercado apuntalan las ruinas de una sociedad que rinde culto a lo efímero y a lo intranscendente.
¿Acaso vivir el instante, santificar el goce, no medir el tiempo, negar la duración, despreciar la experiencia no son lugares comunes de la juventud? “Se terminó esa principalidad de la cultura anciana, basada en la experiencia, la memoria y el asentamiento sedimental de lo ya sabido: ella carece de respuesta frente al mundo que tenemos, frente al mundo que nos viene encima” (José Luis Brea, “Todas las fiestas del futuro. Cultura y Juventud”, Exit 4, 2001). Tampoco los jóvenes tienen respuesta, aunque parecen sentirse cómodos en ese no saber que, sin embargo, les permite actuar resplandecientes tras un disfraz rebelde o narcisista. El mercado defiende a la juventud y estira hasta lo irreconocible esta etapa de la vida, insistiendo en las bondades de una mirada adolescente, fácilmente manejable, acrítica y consumista.   
El arte joven participa de esta cultura. Cierto que el (la) joven artista se encuentra con una sociedad saturada de imágenes y objetos, sumergida en una estética decorativa que oculta tras los trampantojos la basura que produce, el maloliente malestar social, a los desheredados de la tierra. En este lugar nauseabundo, tiene que hacerse un sitio sin despreciar –si no quiere volverse invisible– el sistema institucional y de mercado. En el mejor de los casos construye una mirada  transgresora y crítica con su entorno, aunque, muy posiblemente, terminará asimilada; pero la mayoría asume la banalidad como norma, expresándose con torpeza e ingenuidad, y una subjetividad que a nadie importa, acomodada en lo superficial.
Ambos, los asimilados y los incipientes rebeldes, son herederos de una tradición que manejan con cierto desparpajo, desmembrando y montando a su antojo, recorriendo la senda del pastiche o reconstruyendo con ambigüedad una historia más próxima al espectáculo que a la realidad, que no hace más que revelar su conformismo y sometimiento. El arte vive el paroxismo de producir imágenes en las que no hay nada que ver, pero sólo desde un profundo cambio, asumiendo que el arte no es sólo arte sino, sobre todo, pensamiento, quizá podamos encontrar una mirada diferente que nos devuelva el futuro.
A diferencia de aquellos artistas asturianos de generaciones precedentes que vieron en diferido los diferentes ismos que sacudieron el siglo veinte, los actuales jóvenes creadores trabajan en tiempo real enganchados a la Red por la que circula un intenso flujo de información y creatividad. Además LABoral. Centro de Arte y Creación Industrial  se ha convertido, desde su inauguración, en un potente emisor que nos permite contemplar en directo una las transformaciones más importantes que se están produciendo en la cultura visual desde mediados del siglo pasado. La irrupción de las nuevas tecnologías ha modificado los modos de producción, situando el producto en la esfera de lo simbólico, y alterando la forma de distribución y el consumo, ya sin ninguna limitación, posible desde cualquier lugar y en cualquier momento. Estas prácticas conviven con las más tradicionales y el olor a óleo, a pigmentos y tinta sigue impregnando el mundo del arte. En la actualidad la pintura ha perdido muchos privilegios y se encuentra influida por la fotografía, moviéndose con total libertad estética, mezclando épocas y tendencias, recurriendo a una falsa y pretendida torpeza amateur para producir un efecto desenfadado, y buscando maridajes con otros medios para expandir su propio campo. Por tanto, se abren nuevas posibilidades para la pintura al igual que está sucediendo con el dibujo o las diferentes técnicas de estampación que se han expandido mezclando tendencias y manejando con desenfado muy diversos recursos estilísticos.
Y  la Muestra de Artes Plásticas del Principado de Asturias no hace más que reflejar este tiempo de rutinas y reciclajes, pero, también, apuesta por trayectos que puedan romper el aislamiento del arte contemporáneo, sacándolo del ensimismamiento en que se encuentra sumido y devolviéndole toda su potencialidad y sentido. ¿Cómo desgarrar la uniformidad y las estructuras actuales? Posiblemente, se trate de elaborar nuevos recorridos, diseñar otros territorios que pongan al arte en relación con la sociedad, menos como objeto decorativo y más como práctica comunicativa, centrado en discursos heterodoxos que potencien otras estrategias frente al agotamiento de las actuales. Posiblemente, la salvación no se encuentre en los refugios de lo visto y lo asimilado, sino, más bien, en los acantilados y precipicios, en las rupturas y peligros a los que el arte ha renunciado para abandonarse en brazos de la molicie.  
Los artistas seleccionados participan de este empeño por evitar los lugares comunes y, sin llegar al filo de lo cortante, sus reflexiones nos permiten adentrarnos en la complejidad del momento actual. Moviéndose en esta dirección se encuentra Sara García, Premio Asturias Joven de Artes Plásticas en la presente edición, que recorre  las páginas de los libros de contabilidad trazando una caligrafía icónica, ácida y visceral. Su propuesta “Debe y Haber” revuelve en lo textual, flirtea con lo conceptual y logra que sus microhistorias y dibujos se muevan entre la poética y una desgarradora frialdad en la expresión. La dulzura de muchas de las imágenes y el soporte empleado contrastan con las frases febriles de una intimidad desbordada. Estas confesiones se distancian de otros trabajos de la artista en los que abraza sin complejos una estética kitsch que cuestiona lo que tradicionalmente se entiende como arte. También Manuel Griñón se desvía de los repertorios convencionales armonizando diferentes subculturas con una personal y lúcida mirada, contaminada de registros expresionistas y oníricos. Un trabajo centrado en el dibujo, próximo al mundo del cómic, muy vinculado al retrato y a una estética en blanco y negro. Sus personajes caricaturescos, con los que resulta fácil conectar, construyen un entorno crítico que afronta los problemas sociales y medio ambientales.
El colectivo Rubenimichi –integrado por Luis José Suárez Álvarez, Miguel Ángel Cabrerizo Laiz y Rubén Bartolo García- ha venido desarrollando su trabajo a través de una variedad de registros que van desde la pintura a la cerámica, a la fotografía o la ilustración. Maneja un lenguaje influido por la iconografía pop que se nutre de imágenes de la cultura de masas y, especialmente, las relacionadas con la música, la televisión, la religión y el sexo. Sus pinturas narrativas y con toques oníricos tienen un aire inquietante y extraño, a pesar de estar protagonizadas por una iconología reconocible. Las escenas pictóricas de Lorena Álvarez se encuentran inmersas en una tupida red de relaciones, que dan como resultado composiciones abigarradas de intenso y llamativo colorido. Este universo se fragmenta en diversos microcosmos, realizados con un estilo desenfadado. Son situaciones invadidas por el caos, fragmentadas y superpobladas por motivos ornamentales, consecuencia de los plásticos y las telas estampadas empleadas como fondos. Esta figuración con ligeros toques kitsch nos traslada a terrenos fértiles para la comunicación y lindantes con el entorno de la viñeta.
Carlos López Traviesa recrea diversas narraciones en sus pinturas, historias extraídas de la prensa diaria que modifica quedándose con aquellos elementos más esenciales y simbólicos. Los paisajes que recorre están relacionados con los juegos, los animales y el sacrificio, representados en cuadros de pequeño formato dejando que fluyan las sensaciones y unos colores llamativos que se erigen en protagonistas de las composiciones. En sus dibujos, de fuerte carga narrativa y gran dinamismo, opera con estructuras cáusticas y tramas críticas. Las estampaciones litográficas de Carlos F. Pérez se centran en el viaje, acentuando los aspectos emotivos y los anhelos que acompañan cada recorrido. Su obra aspira a una delicadeza y sensibilidad asociada con el color y a unos trazos figurativos con pronunciados desvíos hacia la ilustración. El resultado son unas escenas como de cuento, con un elemento común: un barco de papel que se relaciona con los personajes sin rostros que, en ocasiones, se ven asaltados por una liebre que imprime dinamismo a la tranquilidad de la atmósfera.
Rebeca Menéndez,  que utiliza indistintamente  la fotografía, la pintura y la serigrafía, reflexiona en su trabajo sobre la identidad y la individualidad, pero, también, explora los lugares domésticos a los que adhiere un halo de misterio e irracionalidad. Los escenarios de sus fotografías son habitaciones abandonadas o apartamentos con paredes empapeladas, espacios que modifica y reconstruye, dotándolos de un simbolismo pictórico. Las protagonistas de sus obras se mueven en terreno resbaladizo, entre lo familiar y un misterioso acontecimiento siempre a punto de suceder.
Las instalaciones de Adrián Cuervo se encuentran relacionadas con el tiempo, la velocidad y una intensa levedad poética, con la pantalla como soporte de estas vivencias. Si su obra La huella responde a estímulos sonoros del ambiente que producen en la pantalla rastros pictóricos volátiles, en La Vitesse (La velocidad) una imagen real manipulada digitalmente se transforma en formas abstractas y fluctuantes que fluyen por tres pantallas sincronizadas con un retardo de 2 segundos, creando una falsa sensación de movimiento. La propuesta relaciona, de manera promiscua, pintura, escultura e imagen en movimiento, cuestionando y diluyendo los límites entre las diferentes disciplinas.
Así la creación actual emergente le debe mucho a la forma de trabajar del DJ, quien, atento al momento que le ha tocado vivir, sensible a cuanto le rodea, remezcla y manipula los diferentes signos sin renunciar a la retórica, pero transgrediéndola al mismo tiempo; reconociendo la pérdida de originalidad, pero afirmando una personalidad basada en la recombinación; cuestionando lo establecido, pero haciendo suya la historia y hurtando los lenguajes para rescribir nuevos discursos. ¿Hasta qué punto estas tácticas servirán para pensar un arte sin límites y resistente a la pandemia de banalidad que nos asola? No cabe más remedio que ser optimistas si no queremos que el futuro se conjugue como un pretérito imperfecto.

Fotografia:Aaron. Colectivo Rubenimichi

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