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Crítica

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Jaime Luis Martín

La rutina sin brillos

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Publicado en La Nueva España y http://blogs.lne.es/jaimeluismartin/

Jaime Luis Martín

Juan Fernández
Final de Concierto
Del 10 de Septiembre al 30 de Octubre
Galería Altamira




Juan Fernández (Piedras Blancas, 1978) está en racha. Si en el 2006 obtenía la Beca de Artes Plásticas concedida por el Ministerio de Cultura para desarrollar un proyecto en el Colegio de España de la Cité Universitaire Internationale de Paris, en el 2007 recorrió las carreteras pictóricas en una magnifica exposición en la galería Nogal. Y durante el último año ha participado en dos importantes proyectos: «La pintura en tiempos de arte. Veinte años de pintores españoles en el siglos XXI», comisariada por Enrique Andrés Ruiz, y «Auto. Sueño y materia», una de las muestras más relevantes del circuito nacional, organizada por Laboral y el Centro de Arte dos de Mayo de Madrid. Pero siendo importantes ambas exposiciones resulta, todavía, más gratificante comprobar que su pintura evoluciona hacia registros cada vez más personales, acotando el territorio, esculpiendo en óleo sus vivencias e hipnotizando con estos excelentes retratos de jóvenes. 



En la muestra que presentó en la Casa Municipal de Cultura de Avilés (2006) una de las pinturas más interesantes llevaba por título «Final de concierto». En aquel cuadro se veía un personaje solitario que contemplaba, desde la lejanía, un escenario saturado por la iluminación del espectáculo. Tres años más tarde las luces ya se ha apagado y tras la música ha llegado el silencio, después del torrente de alegría se ha sedimentado la nostalgia y a la excitación le ha sucedido la melancolía. El final de concierto es un instante entre dos momentos extremos: la felicidad desenfrenada y el regreso a la cotidiana mediocridad. La fiesta acabó y llegó el momento de separarse de los colegas y afrontar la triste realidad, la vuelta a casa. La pintura de Juan Fernández se encuentra impregnada de esa sensación de pérdida y agotamiento, de esos cuerpos vencidos, de las caras descompuestas y miradas derrotadas que se preguntan ¿ahora a dónde vamos? Los jóvenes protagonistas de estas obras, dispuestos a vivir la música hasta que el cuerpo aguante, descubren con estupor que, al igual que la vida, todo tiene un final. Esa fugacidad, difícil de entender cuando tienes veinte años, produce un inmenso vacío que se percibe desde la boca hasta el estómago, revolviéndolo todo. 



Las pinturas parten de fotografías de gente anónima que el artista toma en diferentes conciertos. Existe por tanto una comunicación entre lenguajes y de hecho la obra pictórica tiene adheridos muchos restos fotográficos. En esa impureza se encuentra la modernidad de estos retratos que intentan hacer visible aquello que se encuentra escondido. La figura siempre aparece sobre un fondo oscuro iluminado por un gesto o una actitud del modelo, destacando el empleo de blanco de plomo para las carnaciones y la ropa. El resultado es una obra de una gran carnalidad pictórica, retratos densos elaborados con sinceridad y una innegable complicidad. El artista ha sabido captar el detalle individual de unos personajes que se mueven entre la contemporaneidad y la atemporalidad del retrato más tradicional. Las influencias de Caravaggio y Lucien Freud, de Vermeer y Pierre Gonnord están presentes como un recordatorio de la historia, una huella soterrada que va dejando un poso de excelencia en cada pincelada. 

Más allá de los aspectos formales, más acá del acto pictórico vivido con una indudable intensidad en el estudio, se encuentran los aspectos documentales, con los cuerpos abandonados a la sombra de la noche, las sonrisas entregadas en la última canción, la intimidad compartida para sostenerse tras ese momento de felicidad, cuando de regreso al silencio sólo espera la anodina realidad, una rutina sin brillos.


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