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Ángel Antonio Rodríguez

Paseo por ciudades sin vistas


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Luis Lanzas muestra en Oviedo un recorrido en imágenes manipuladas digitalmente para redefinir la indefinición


Publicado en El Comercio

Ángel Antonio Rodríguez
«El Fénix era un ave mitológica de increíble belleza que vivía 500 años. Al aproximarse al final de su vida, el Fénix construía un fragante nido de hojas y corteza de canela al que al caluroso sol de mediodía prendía fuego. El ave era consumida por el fuego, pero dejaba atrás un diminuto gusano que resurgiría de las cenizas y crecería para convertirse en un nuevo Fénix». Empleando esas palabras como permanente metáfora, Vicente Pastor (Luarca, 1956) renace en cada nueva aventura creativa. Así lo hará a partir de hoy en el espacio cultural As Quintas, un ejemplar proyecto que nació a comienzos del verano en La Caridad (El Franco) y ahora, tras dos primeras exposiciones dedicadas a Marcos Morilla y Charo Cimas, presenta ‘El reflejo y la brisa’ del febril artista valdesano. 
Una de las aplicaciones más sinceras del arte es tratar de alcanzar la realidad con los gestos para retroceder bruscamente y no tocarla nunca, al margen del carácter representativo o no-representativo del resultado final. Los recursos estructurales no determinan un proyecto de representación, aunque ayudan a comprender más y mejor la idea creativa. 
Esa tesis se patenta muy bien en la muestra que presenta estos días Luis Lanzas en la galería Texu, un espacio renovado bajo la programación expositiva del artista Jaime Rodríguez. La obra parte de trabajos realizados en los dos últimos años, con imágenes manipuladas digitalmente y esculturas de medio formato. 
Más allá de cualquier referencia arquitectónica, del reflujo geométrico que respiran sus piezas, de la paciente austeridad de la imagen manipulada, del hoy o del ayer, del alcance más o menos realista de sus logros, del placer más o menos estético de sus composiciones, de la emoción más o menos contenida y del poso más o menos conceptual que le mantiene activo, Luis Suárez Lanzas define la indefinición. 
No en vano, que lo real sea variable hace que también sea variable lo verosímil, y eso provoca un certero desfase entre conocimiento y descubrimiento. En la búsqueda está la clave. Su fuerza, su energía, se genera en función de las necesidades, de esos ‘mundos de silencio y soledad urbana’ que definen las palabras del artista. Su visión, de guiños metafísicos, se sirve de la noción de juego para explicar las relaciones entre el mundo real y la ficción. 
La indefinición del lugar que habitamos, pensamos o creamos en ese perenne diálogo mantiene la búsqueda de Lanzas. Las investigaciones destinadas a la disposición de los elementos del marco urbano, en relación estrecha con las sensaciones provocadas, no se presentan sino como hipótesis audaces que conviene corregir a la luz de la experiencia, la crítica y la autocrítica íntima. Como ciertas pinturas de De Chirico, que se configuran con sensaciones cuyo origen se encuentra en la arquitectura pero plantean una acción de retorno sobre su base más objetiva, los cuadros de Lanzas se transforman siempre. Y jamás se repiten. Son ensayos de ese ‘no-lugar’ que Augé definió como lo contrario a una residencia, en el sentido común del término. 

Nómada

El carácter nómada de Lanzas y el anonimato de sus escenas son fundamentales para la base fotográfica inicial, que capta, manipula, desenfoca y, con la virtualidad digital como cómoda compa ñera, le permite crear esta ‘nueva Babilonia’ de sus piezas. Con todo, el asturiano escenifica sus edificios despersonalizados, esa ‘ciudad sin identidad’ que el crítico Jaime Luis Martín hallaba en su anterior exposición. 
Son escenas de cualquier momento, de cualquier instante o cualquier lugar, cuyo paseo previo por decenas de urbanizaciones miméticas proporciona una experiencia fundamental para, al menos, pensar, para obtener un esquema vital abierto al ojo inteligente y superar la referencia. 
Improvisación, voluntaria imperfección, microutopías, metáfora del hábitat, laberintos, esencias mínimas, que se asumen como situaciones construidas y se entregan a la expectación ajena para, quizás, su posterior destrucción colectiva de pautas reflexivas. 
Y de fondo, y de forma, como estrategia última, la esencialidad plástica, ese otro ‘no-lugar’ tan impactante y necesario para que la armonía se filtre en las miradas.


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