AJIMEZ ARTE

Crítica

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Julia Barroso Villar

Juan Antonio Ramírez, “in memoriam”

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Recibo con consternación la noticia del fallecimiento de mi muy estimado y valorado colega Juan Antonio Ramírez, Catedrático de Historia del Arte en la Universidad Autónoma de Madrid desde 1984-85, había nacido en Málaga el 24 de junio de 1948, aunque vivió muy poco tiempo en esa ciudad. Con titulación además en Periodismo, este historiador del arte está ligado a la descendencia innovadora  potenciada por Antonio Bonet Corea, que en los años del franquismo era una “rara avis” en la institución universitaria por su talante modernizador y cosmopolita. De esa estirpe Juan Antonio aportó siempre su genio y figura, consistentes en su apertura de intereses como investigador, en su profundidad, sentido crítico y activismo. Escritor prolífico, fue de los privilegiados que buscó la manera de otear otros horizontes que las aulas y sus servidumbres, con una envidiable relación de obras espléndidas. En el artículo autobiográfico aparecido en el Boletín de Arte, nº 29, 2008, del  Departamento de Historia del Arte Universidad de Málaga colgado en la red (http://e-valencia.org/index.php?name=News&file=article&sid=12670) titulado “Los poderes de la imagen para una iconología social (esbozo de una autobiografía intelectual)”, se puede seguir su compleja carrera que abarca desde los estudios de los medios de masas en fechas muy tempranas en nuestro país, a las “arquitecturas soñadas” del surrealismo y otras corrientes, pasando por su ligazón con el Warburg Institute de Londres entre 1979 y 1980, sede de los estudios iconológicos,  que aplicó al templo en algunas de sus publicaciones. Pudo trabajar con medios a sus anchas en el Getty Center de Los Angeles, en la Columbia University de Nueva York (donde estuve como "visiting scholar" el curso 1982-83 así como en París.  Profesor itinerante por diversas universidades españolas en razón de las oposiciones y traslados de destino  había ejercido previamente como en las universidades Complutense, de Málaga y de Salamanca.
Su sentido crítico le hizo percibir que el excesivo celo por los estudios propios de las autonomías iba a generar “muy pocos estímulos para investigar en otros dominios”,   sin apenas cobertura financiera ni mediática. Al encontrarse con el freno de los derechos de reproducción de la imagen con una editorial anglosajona, dejó morir proyectos que seguramente recicló en sus muchas ediciones posteriores. Más tarde se enfrentaba al núcleo de la cuestión en el artículo publicado en El Lápiz "El valor de la imagen. La crítica y la historia del arte frente a los derechos de reproducción”, que le produjo un importante desencuentro con la VEGAP al afirmar con toda razón que el recurso que nos queda a los historiadores del arte, si no queremos pagar por nuestro trabajo, es el retorno a los métodos de la época de Plinio El Viejo, la llamada  écfrasis o representación verbal de un objeto plástico, justo como en los tiempos anteriores a los medios técnicos de reproducción de la cultura de la imagen. Por otra parte, decidió trabajar en lo que le gusta y lanzarlo como botella de náufrago en la esperanza de encontrar alguien que sintonizara con sus propuestas, postura que creo es el sueño más que secreto de muchos de sus colegas de época, entre los que me cuento.
Su procedencia ideológica del marxismo como él mismo revela y sus rechazos ante la vieja manera de entender nuestras metodologías y objetos de estudio ponen de manifiesto las convulsiones vividas por los intelectuales españoles de los años 70 y 80 que no nos conformábamos con estudiar esculturas canónicas del siglo XVII castellano por ejemplo, y por citar los suyos propios.
Medios de masas e historia del arte (1976) ha sido uno de los pocos libros editados en español que hemos manejado varias generaciones de estudiosos al acercarnos a las complejidades del arte emitido y los públicos receptores. En estos momentos de una universidad reglamentista a la que la sociedad más que normativizar parece que quiere ahogar, no me resisto a recoger sus palabras:
“No me preocupo mucho, en fin, de la recepción de mis trabajos, pues acepto de buena gana que los discursos científicos pueden ser algo minoritario, que muy pocos son capaces de comprender. Este relativo desapego de la vida pública de mis escritos es un error, sin duda, pero no puedo cambiar de país, ni de idioma, ni darme la vuelta a mi mismo. Me consuelo suponiendo que los malentendidos (o desentendidos) intelectuales que generan mis trabajos pueden tener un valor creativo, y son de la misma naturaleza que los originados por mí mismo cuando malinterpreto, también (sin querer o queriendo), el sentido de lo que hacen los demás.”
Sin ser un crítico de arte al uso, hizo artículos extensos evaluando fenómenos y tendencias, pues su relación con el arte contemporáneo se intensificó en los últimos años con la dirección y realización de varias obras. Publicó algunos de los mencionados en los suplementos culturales de El País y El Mundo, así como en Exit Express, en Descubrir el arte y en Arquitectura Viva.
En fin, sus más de 30 libros y numerosos artículos además de su amplia proyección internacional hacen que evoquemos con agradecimiento y admiración quienes lo conocimos en diversas batallas dialécticas y también algunas más formalistas del gremio, su singular aportación y ese sentido que pugnaba por ampliar el espectro mental de los historiadores del arte. Su reciente deseo de acceder a la jubilación voluntaria anticipada por la que justamente acabo de optar refuerzan esos lazos de admiración y de sentir que hemos perdido algo muy valioso quienes nos movemos con algunas de sus inquietudes y ese sello de época postfranquista que tanto nos marcó. Ojalá su amplia producción, estoy segura, sirva de estímulo para enriquecer nuestros planteamientos metodológicos y de contenidos cada vez más cercados por formalismos y política de conveniencias de imagen.

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