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Jaime Luis Martín

Amable Arias en el Museo Evaristo Valle

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Pertenezco al círculo de los amablianos, junto con otros muchos iniciados que hemos caído rendidos ante la inimitable y personal obra de Amable Arias (Bembibre, León,1927-San Sebastián, 1984), al que Bonet califica de “pintor oscuro y doliente y caótico y peleón, que supo definir, en soledad, un mundo propio”. Este artista y poeta que a los nueve años sufrió un grave accidente que le dejó cojo y con problemas de riñón no tuvo demasiada suerte en la vida. En 1942 se traslada con su familia a San Sebastián. Fueron años de tristeza, dolor y dificultades, con un padre que maltrataba a la madre y finalmente los abandonó. En aquellas tiempos de postguerra, una época oscura y calificada por el pintor de “cerrada” nació su conciencia política antifranquista. “El arte –confesaría años más tarde- me sirvió para aguantar mi soledad llena de escarnios. Mi pintura surgió de una situación de exasperación interior y exterior”. Autodidacta se pasaba las mañanas en la Biblioteca Municipal con el deseo de aprender para ser diferente a todos, de hacer algo que nadie hubiera hecho en el arte.
En 1956 pintó su primeros óleos y en 1958 realizó su primera exposición individual en la galería Aranaz Darrás en San Sebastián. En 1963 expone en las salas Municipales del Ayuntamiento donostiarra una propuesta, radical e incompresible para la época y el lugar, que muestra, entre otras obras, unos marcos vacíos. En 1965 expone en la Galería Maeght de París y en 1966 junto con los pintores Bastarretxea, Ruiz Balerdi, Sistiaga, Zumeta y los escultores Oteiza, Chillida y Mendiburu fundó en el Grupo Gaur en Guipúzcoa. Pero a partir de 1972 quedará prácticamente olvidado, una marginación real, “como consecuencia de una trayectoria -señala Carmen Alonso Pimentel- en la que se va imponiendo un estereotipo de “pintor maldito” que él, por otra parte, con su carácter y actitudes contribuye a reforzar”. A principios de la década de los ochenta empeora de su enfermedad y se agudizan los dolores, al tiempo que intensifica su actividad, pero ya incapaz de acudir al taller donde pintaba se vuelca en el dibujo, desplegando un amplio abanico de recursos técnicos. En 1984 fallece a la edad de 56 años.
El Museo Evaristo Valle acoge hasta el 30 de Agosto la primera exposición de Amable Arias en Asturias. Se han seleccionado 47 dibujos, 23 pertenecientes a la serie Prismalós -recibe su nombre de los lápices acuarelables – integrada por 233 dibujos realizados entre abril de 1981 y enero de 1982. Los otros 24 pertenecen a la serie Maquillajes compuesta por 71 dibujos realizados entre el 15 de enero y el 12 de febrero de 1981. En estos dibujos conviven numerosos personajes tanto racionales como irracionales, así como extraños homúnculos que se relacionan en el papel en un aparente desorden desjerarquizado. Un mundo propio, una mágica escritura de figurillas ejecutada a tinta, lápiz, maquillaje de sombra de ojos y rouge de labios. Porque Amable Arias dibujó con un boli sin tinta para sólo dejar las huellas de la impresión, pinchó el papel para lograr efectos táctiles, mezcló tintas con líquidos extravagantes, mojó lápices en manchas de Nescafé y experimentó con toda clase de materiales para llevarnos a su universo imaginativo, metafórico y seductor.
Un universo del que también se desprenderían perlas poéticas . “Subes la escalera de tablones/peldaño/ peldaño/arriba hay un corredor/ una piedra/ una pendiente/ detrás, todos los oscuros deseos a satisfacer”. Estos versos pertenecen su poemario La Mano Muerta (1980) que junto con el libro de cuentos mínimos 23 (1981) editó Hordago . En el año 2003 el Instituto de Estudios Bercianos publicó Sobre el vaivén de las cortinas que reunió una selección de 35 poemas escritos en 1974, acompañados de los dibujos de la serie Maquillajes y Carnavales.
Para Javier Hernando Carrasco el espacio constituyó un elemento esencial en la pintura de Amble Arias, que abordó desde dos posiciones extremas: saturación y vacío. La influencia compositiva rothkiana, el gestualismo cromático de Clifford Still y Hans Hartung , la manera de afrontar la realidad de Paul Klee y la sensibilidad de Cy Twombly y Michaux están presentes en su obra. Pero, al margen de estas vinculaciones, Amable Arias representa su particular drama sabiendo que el arte – según sus propias palabras- es “la capacidad de transcender de lo individual a lo colectivo, de lo particular a lo universal, e integrarse fusionándose con lo social”.

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