AJIMEZ ARTE

Crítica

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Ángel Antonio Rodríguez

La fuerza de lo joven

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Publicado en El Comercio



El eclecticismo del llamado 'arte joven' es una evidencia desde hace más dos décadas donde han desaparecido las tendencias comunes. Si analizamos lo que destacan las ferias y los telediarios vemos que las obras más recordadas suelen ser las más grandes, espectaculares o polémicas. El arte es superficial, en una época superficial donde las exposiciones más pretenciosas buscan emociones baratas y toda sensación de unidad se traduce en fracaso.
Decía Gombrich que no existe el arte, sino los artistas. Por eso, lo que define hoy a un colectivo artístico no es su homogeneidad, ni los 'ismos', ni el carácter geográfico o nacionalista de sus trabajos. Lo que les da vida son las oportunidades, única vía honorable para que cada individuo construya cierta identidad.
Eso es lo que, sin más discursos, viene haciendo desde 2005 'Jóvenes valores del arte contemporáneo', la iniciativa estival de la sala Van Dyck. Ofrecer su espacio a artistas jóvenes para incluirles a un circuito marcadamente comercial y poniéndoles en contacto con el público. La muestra incluye a ocho pintores en su sexta edición, coincidiendo con el 25 aniversario de la galería gijonesa.
Sinfonía
Los responsables de la sala Van Dyck continúan defendiendo que su apuesta huye de modas y provocaciones efímeras o mediáticas, para proponer un núcleo ecléctico que se nutre, básicamente, del oficio y las calidades. Según su también joven directora, Aurora Vigil-Escalera, es un «verdadero deleite de sinfonía y contrastes», con más de 70 pinturas recientes.
Algunos repiten presencia en la iniciativa. Es el caso de Guillermo Oyágüez (Málaga, 1970) que ya estuvo en la primera edición. Su obra respira cierta estética mediterránea y entronca con la escuela metafísica valenciana y sus escenarios desnudos, de arquitecturas y horizontes apaisados. También repite David Morago (Madrid, 1975), que mantiene el dibujo y la sobriedad como virtudes. El carácter experimental de sus herramientas se descubre en la alternancia de fondos y formas, con animales y figuras inertes sintetizando cada imagen. Esa pasión figurativa se advierte también en Virginia López (Gijón, 1975), pura poética, con esquemas clásicos y maternidades que tenido recientes éxitos en Roma y Florencia. También repite el imaginario de Víctor López (Madrid, 1975), de reminiscencias surrealistas y complejas escenografías oníricas, voluntariamente infantiles, como Edgar Plans (Madrid, 1977), que mantiene su espontaneidad jugando con la herencia del 'graffiti' y de Basquiat, a los que suma rincones gijoneses, juegos y colores intensos.
La no representatividad figurativa se plasma en la obra reciente de Irma Álvarez-Laviada (Gijón, 1978), depurada y certera, con una minuciosa analítica del espacio geométrico que recorta mediante finas transparencias y hermosas veladuras. Más gestual y expresionista es la pintura de María Vallina (Langreo, 1978), de ritmos guerrerianos. Cierta herencia informalista llama la atención en las obras de Migo Gay (Benavente, 1966), con sus eficientes 'dripping' sobre telas rasgadas, memoria del paisaje. Una feliz iniciativa expositiva que, sin pretensiones, defiende y proyecta a estos jóvenes y válidos artistas plásticos

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