AJIMEZ ARTE

Crítica

Antonio Alonso de la Torre García

Urbanismo gijonés. El Paseo de Begoña

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Parece que, una vez más, van a cambiar y reordenar el gijonés Paseo de Begoña para incorporar en su subsuelo un nuevo aparcamiento. Con ello se vendrá abajo, según se anuncia someramente, el ambicioso diseño realizado al comenzar la década de los noventa. En ese momento se había encargado la remodelación de este espacio a un equipo formado por los arquitectos Joaquín Aranda, José Manuel Espina, Javier Hernández Cabezudo y Carlos Viñuela. Junto a ellos estaban los artistas Mabel Álvarez Lavandera, que se encargó del mosaico frente al teatro Jovellanos, y Joaquín Rubio Camín que levantó dos esculturas en hormigón.

La clave del proyecto que afrontaron era conectar la Plaza de los Campinos con el eje que forma el paseo de Begoña. En aquel momento la pequeña plaza estaba aislada y separada del paseo por el paredón que originaba el cambio de nivel que había en la Calle de San Bernardo.

La intervención en los Campinos no encerraba dificultades. Por un lado estaba la baza política de acabar con el monumento que allí había al alférez provisional y, por otro lado, existía una demanda popular para recuperar la pérgola que allí había sido construida en 1929 y que permanecía en el recuerdo de muchos ciudadanos influyentes. El equipo de arquitectos decidió hacer un homenaje a esta pérgola, convirtiéndola en una especie de monumento que sobresaliera por encima del estanque.

Les quedaba por resolver la prolongación desde ese espacio hacia el paseo. Este nuevo eje, más corto, se cerraba por un lado con la pantalla visual que forma la fachada de la iglesia de San Lorenzo, pero al otro extremo no existe una compensación visual adecuada. Por eso decidieron hacer un monumento que centrara la visión en esa dirección desde Los Campinos y que relacionara todo el conjunto. Se concibió así una especie de cueva de la que manaría agua. Agua que se dirige visualmente hacia el estanque bajo la pérgola. Así fue como se acordó construir una estructura de hormigón de trece metros de vuelo, únicamente soportada en un punto, que remata en forma curva para evocar la sensación de abrigo de una cueva. Fue el arquitecto José Manuel Espina el que realizó el cálculo de esta audaz construcción que en Asturias sólo puede compararse con la que sustenta el mirador de El Fitu.

El agua de esta “cueva” no debía surgir en chorros, sino que imitaría el interior de esas cavernas que rezuman una humedad que se desliza por la piedra. Lo de incorporar “chorrinos” decorativos vendría después, por decisión unilateral de alguien del ayuntamiento que ni siquiera consultó con los creadores. De esta forma el agua va cayendo desde esta especie de cueva, a la que el pueblo bautizó como L’Anzuelu, hacia tres amplias piscinas escalonadas, dando así la sensación de que el agua avanza en dirección al estanque principal de Los Campinos. De esta manera, en pendiente, se salva el desnivel entre las dos zonas a conectar.

Además, esta “cueva”, este refugio primigenio, entra también en diálogo con la obra en hormigón de Camín llamada Génesis, junto a  la cual forma un ángulo que comunica con el eje principal del paseo de Begoña. De este modo se generó un espacio habitable que ha sido aceptado por la gente, que pasea y transita ese lugar, que lo ha escogido para las concentraciones que se producen para celebrar los mayores logros deportivos de la ciudad o que sirve de escenario a variadas actividades festivas.

Hace unas semanas el Ayuntamiento de Gijón anunció una remodelación funcional de la zona para incorporar un nuevo aparcamiento subterráneo. Ya cuando hace pocos años se realizó el aparcamiento actual, situado debajo del paseo, quisieron eliminar el mosaico que Mabel había realizado frente al teatro. Al menos a ella la avisaron y pudo rehacer su obra, conservando una parte y recreando de forma novedosa la que era insalvable. Puede que en algún lugar consideren más creativos y respetables a los artistas plásticos que a los arquitectos, a los que debe dar igual que les destruyan sus trabajos, sobre todo si estos trabajos han sido recientes, porque da la sensación de que en arquitectura se valora más la edad que la calidad. Si es muy viejo hay que conservarlo, pero si es reciente da igual que sea bueno o no, se puede tirar.

En este nuevo cambio para un lugar tan emblemático de Gijón aún hay muchos interrogantes. No se ha explicado si se va a caer de nuevo en el error que en la actualidad estaba subsanado, de qué forma se comunicará la zona de Los Campinos con el paseo, cómo se salvará la diferencia de alturas, si debe primar lo práctico de un aparcamiento sobre la habitabilidad del lugar, etc. Lo que ya va a ser un poco tarde para arreglar es la falta de respeto a los creadores.



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