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Crítica

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Javier F. Granda

El Hip Hop Graffiti y la domesticación institucional han asesinado al Graffiti. ¡Viva el Graffiti libre!

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Los medios de comunicación de nuestra comunidad recogen desde hace algún tiempo noticias acerca del fenómeno del Graffiti donde se pueden observar situaciones, cuanto menos, sorprendentes. Una de ellas nos la entregaba el diario La Nueva España bajo el título de “Covadonga 2008, en versión graffiti”. Con este titular se despachaba el lunes, 8 de septiembre de 2008, la información sobre el año santo y la oportunidad del graffiti para conmemorar la efeméride, lo cuál fue resuelto con la colaboración de la Iglesia, el Gobierno de Asturias y otras instituciones. No se trata de ningún error tipográfico, así las cosas, veamos qué hay detrás de todo esto, pues resulta necesario acotar ciertos matices.
El graffiti actual, para entendernos, no se trata de un arte en términos estrictos, sino de una expresión que pudiera englobarse en el Street Art, que irrumpe fuertemente en el último tercio del s. XX. El término Street Art abarca un conjunto de manifestaciones artísticas cuya temática lleva implícita, en buena medida, la lucha social, el contenido político y la protesta. La calle es precisamente el caldo de cultivo de donde emerge el graffiti en nuestra época contemporánea, como escenario extraordinario de comunicación a todos los niveles. Pero no podemos olvidar que siempre existen estrategias de control institucional para las iniciativas que surgen en este contexto. El graffiti ha jugado un importante papel al canalizar una parte de la acción protesta, de la demanda o de la inconformidad social, como potente vehículo contracultural, desafiando el poder dominante y escapándose a sus controles. De ahí, como bien apunta Figueroa Saavedra en su libro “Graphitfragen”, el deseo por parte de los poderes públicos de controlar la calle en todas sus dimensiones, ya que quien controla la calle, controla los individuos.
Existe una amplia opinión que sugiere que las manifestaciones de protesta se han ido reemplazando por otras que no reclaman ni dicen nada, lo cual ha forzado a preguntarse en qué se ha convertido el mensaje que encierra el graffiti. En mi opinión este mensaje estéril se debe a la propagación del Hip Hop Graffiti, pues no tengo ninguna duda de que el resto de expresiones de arte urbano están muy vivas y cargadas de formas y conceptos muy sugerentes.
Atendiendo a las clasificaciones “provisionales” en el ámbito del Street Art, podemos interpretar que la obra a que se refería la noticia se trataba de una expresión de la subcultura hip hop (versión astur). Como sabemos, el hip hop nace en las calles neoyorquinas a finales de los años sesenta del pasado siglo, de un sustrato latino y afroamericano asentado en barrios como Bronx o Brooklyn, los cuales toman el graffiti para expresar aquellas cuestiones que no se expresan con el baile o la música y como un medio más de reafirmar la identidad cultural. La pervivencia hasta nuestros días de la subcultura hip hop puede explicarse en términos de flujos de la aldea global o cultura global en la que se han visto proyectados y son fácilmente criticables si no existe un verdadero trasfondo que justifique su existencia más allá de tendencias repetitivas. Esto lleva implícito reconocer el éxito de propagación del hip hop, así como lo atractivo que haya podido ser el mensaje para resistir frente a nuevos y múltiples movimientos que han aparecido durante los últimos años.
No obstante cabe hacerse la pregunta de qué es lo que une a un chaval de Mieres, de Gijón o de Langreo, con un neoyorquino del Bronx para que, mientras uno (el neoyorquino) se desenvuelve en su urbe manejando códigos que surgen de una realidad social, el otro (asturiano) emule lo que ha conocido por la televisión o le ha llegado por distintos canales, pero sin vivir en primera persona la realidad social de donde emana la cultura que reproduce. En este caso sabemos que lo auténtico ha de hallarse al otro lado del Atlántico y es allí donde debemos analizar la situación original, y lo que ocurre en Asturias, respecto de las emulaciones, no deja de ser un ejercicio sin ningún atractivo o coherencia digna de resaltar, más allá de cuantificar la mutación.
A esto se une que la única reivindicación del grafitero hip hop astur, a tenor de los pronunciamientos públicos que podemos leer en prensa y de los programas culturales que han salido al paso de sus reivindicaciones, es la de saberse reconocido social e institucionalmente y poder ganarse el sustento con sus pintadas. En esto encaja perfectamente el contubernio que citamos al principio, donde se refleja el discurso servil y opuesto a la naturaleza del graffiti por quienes no tienen una verdadera conciencia del horizonte de libertad que la expresión lleva implícita.
Javier Abarca, en Urbanario, al referirse a qué es en realidad el arte urbano, nos habla de “la publicación de infinidad de libros atiborrados de imágenes pero dramáticamente faltos de textos analíticos que pudieran servir para entender de qué estamos hablando en realidad”. En este sentido debemos destacar que en Asturias se repite la tendencia, al salir a la luz el pasado año 2008 la publicación “Contra la pared. Graffitis de Asturias” que se dedica a recopilar material fotográfico sin mayor contexto. No obstante, y en su favor, diremos que se recoge la opinión de los grafiteros que tiene mucho interés para explicar el fenómeno que aquí abordamos. En él hallamos la interpretación que hace el autor del “graffiti de Covadonga”, el cuál nos matiza textualmente: “si hacemos del graffiti un movimiento totalmente underground, cerrado, sí, está bien, es una parte más; lo que pasa es que no podrás llegar a las instituciones, y entonces no podrás atacar con otras armas. Hay que tener varias alternativas y un método de ataque, no ser simplemente un movimiento vandálico”.
No se entiende. Desconozco si el esgrimir las armas de la incoherencia o de la contradicción forma parte del mensaje hip hop, pues no tiene sentido que quienes quieren atacar el sistema, por mucha estrategia guerrilla que empleen en ello, traten de aprovecharse del mismo, bien reclamando el reconocimiento social e institucional por sus pintadas, bien tratando de crear escuela entre alumnos de talleres financiados con dinero público para que la expresión que cultivan arraigue entre ellos. Lo peor es que no sabemos exactamente qué tratan de enseñar con su ejemplo.
Respecto de las estrategias de control institucional, una vez más se han demostrado efectivas, dado que han canalizado las inquietudes de los individuos que “ensuciaban” hasta entonces las calles a cambio del tan ansiado reconocimiento, haciéndoles ver su utilidad por medio de talleres, festivales, premios, etc., para alimentándoles el ego, erradicar un problema y domesticar y tutelar la cuestión.
De ahí que me atreva a afirmar que el Hip Hop Graffiti haya sido neutralizado por las instituciones a cambio de un puñado de monedas, en un momento de indefinición y carencia de horizontes; lo cuál no ha de hacernos desesperar pues el verdadero arte de la calle está cada vez más vivo y con unas altas dosis de frescura y creatividad que ya le gustarían a éste pobre cautivo.



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