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Crítica

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Jaime Luis Martín

La cultura del atomóvil

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Publicado en La Nueva España
Auto. Sueño y materia
Del 15 de Mayo al 21 Septiembre
Laboral Centro de Arte
A veces, en muy pocas ocasiones, te encuentras con una exposición como «Auto. Sueño y materia», comisariada por Alberto Martín y producida por Laboral Centro de Arte y el Centro de Arte Dos de Mayo (CA2M) de Móstoles, y vuelves a creer que el arte tiene algún sentido, que, todavía, sirve para reflexionar y aún mantiene su capacidad para contarnos historias que nos dejan embobados.
No pretendo dar pomada, pero el rugido del motor de esta muestra suena espléndido y muy poco se le puede reprochar a este discurso que, en palabras del comisario, «se configura, así, desde una doble vertiente: como una reflexión acerca de la tecnología y el progreso y sus condiciones, y como una mirada crítica desde el arte hacia el automóvil». Y ambos objetivos se cumplen de forma magnífica, como consecuencia de un trabajo bien hecho que implica una buena selección de las obras, un núcleo expositivo perfectamente tramado y un buen montaje que permite disfrutar de cada pieza. Pero, además, la industria del automóvil se encuentra de plena actualidad, sacudida, con mayor virulencia que otros sectores, por un colapso económico que ha tenido consecuencias impensables hace tan sólo unos años. Hasta la General Motors, uno de los símbolos del capitalismo, ha sido nacionalizada temporalmente como consecuencia de esta crisis.

El coche ha impuesto su propia cultura y ha modelado nuestro paisaje con las gasolineras, carreteras, aparcamientos y autopistas; ha definido las formas de trabajo y modificado nuestros hábitos de consumo, sería impensable la proliferación de grandes centros comerciales en la periferia de las ciudades sin el automóvil; y en el coche varias generaciones han descubierto el sexo y la velocidad, la libertad de movimiento y el modo de acceso a lo social; resulta, por tanto, como señala Jonathan Crary, «un lugar de múltiples intensidades». Pero no todas felices. La contaminación, los accidentes, las guerras del petróleo representan el lado negativo de este objeto industrial que, sin embargo, a pesar de estas trágicas consecuencias, sigue siendo deseado. 


La relación del automóvil con el arte ha estado presente durante todo el siglo XX y tanto para los futuristas como para los artistas fluxus, caso de Vostell, y la mayoría de los vinculados al pop, el coche ha sido fuente de inspiración y símbolo de un estilo de vida. De aquellos primeros modelos, en torno a 1910, que entusiasmaban a Marinetti por su velocidad, ruido y potencia, pasando por la visión más desencantada de la serie «Car Crash», que realizó Warhol entre 1961 y 1962, hasta llegar a la actual pesadilla de atascos y muertes, hay todo un recorrido que va desde el entusiasmo y la devoción a la crítica más exacerbada, acentuada en las últimas décadas como consecuencia de una mayor conciencia ecologista.

El acierto en la selección de los artistas y de las obras permite ofrecer un amplio panorama de todo lo relacionado con la cultura del automóvil. Desde la adoración del coche que lleva a un hombre a lamer la carrocería en el vídeo «Dirty car» de Franck Scurti a la acumulación de residuos de vidrio o neumáticos de Eric Aupol y Edward Burtynsky; desde las actitudes machistas y de reafirmación de grupo que demuestran los conductores de todoterrenos en el vídeo de Yael Bartana al atasco coreografiado de Maider López; desde las autopistas de neón de Koen Wastijn al viaje pictórico de Juan Fernández; desde el tuneado vandálico de Ahmet Ögüt a los retratos de vehículos que reflejan el aura de sus propietarios de Félix Curto; desde la aproximación al accidente, a partir de imágenes extraídas de internet o de los periódicos, de Dirk Skreber a la visión aparentemente idílica del vídeo de Corinna Schnitt; desde el coche futurista de Erwin Wurm al prototipo de Xavier Veilhan. Todo un recorrido por la temática del automóvil a través de más de un centenar de piezas, algunas de artistas tan significativos como Vik Muniz, que se apropia de imágenes de la historia del arte para fijar su visión de un coche accidentado; Julian Opie, con tres obras que recrean distintos aspectos de la realidad del automóvil; Andrew Bush, que logra transmitir con sus retratos fotográficos las distintas actitudes del conductor; Chip Lord, que recurre a un «mapeado» ficticio de la ciudad de San Francisco sirviéndose de las escenas de persecución de las películas «Vértigo» y «Bullitt»; June-Bum Park, que explora las complejas relaciones de un hecho tan banal como aparcar, y Panamarenko, que de manera visionaria desafía los límites de la racionalidad. 



Se puede afirmar sin miedo a equivocarse que «Auto. Sueño y materia» es una exposición recomendable, atractiva y oportuna, porque el coche sigue estando presente, de una forma determinante, en nuestras vidas, incrustado en nuestras fantasías y nuestros miedos. Y sus formas, el sonido del motor, el olor de la gasolina siempre evocarán la posibilidad de escaparse y alcanzar la libertad.

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