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Laura Revuelta

Realismo no tan sucio

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Publicado en ABCD

Marina Abramovic
Eight lessons on emptiness with happy end
Laboral Ciudad de la Cultura
Hasta finales de Junio

Es la propia Marina Abramovic quien habla de «realismo CNN» para calificar el que es hasta la fecha su último proyecto. En la veraz argumentación de estas dos palabras hay toda una carta de irónicas intenciones. No cabe la menor duda. Ocho lecciones sobre el vacío con final feliz (Eight Lessons on Emptiness with a Happy End) es el título original de esta pieza que se rodó en Laos, que tiene a la infancia y a la guerra como protagonistas absolutos y que se ha presentado en Laboral Ciudad de la Cultura, de Gijón. La iglesia de este inclasificable e inmenso espacio arquitectónico, que se levantó en los años del franquismo como colegio-universidad, y que ahora, en medio de prados e urbanizaciones e, incluso, con vistas a un cementerio, se erige en un espacio para la cultura, es la sala «improvisada» para la proyección de estas ocho lecciones?
Una réplica obstinada. Una iglesia con cúpula que parece concebida como una obstinada réplica de El Vaticano en medio de un patio central entre edificios con ínfulas escurialenses. La estética de un fascismo, a la española, que formó a miles de jóvenes, disciplina pura y dura, en aquellos años, como aún se puede ver en el No-Do de la época. La descripción de este espacio resulta aséptica, contada así tal cual, pero no se puede poner en duda que seduce a todo el que allí se acerca, conozca o no sus secretos, para construir infinidad de historias relacionas con el pasado. La propia Marina Abramovic va a rodar un vídeo en las antiguas cocinas del colegio-univesidad el próximo año. Antes se tiene que meter en la que será, tal vez, su más intensa performance, pues durante los tres meses que dure la retrospectiva que prepara para el MoMA de Nueva York «actuará» o «aguantará el tipo» frente al respetable todos los días durante siete horas seguidas.
La intensidad de Marina Abramovic adquiere otra dimensión en este espacio tan arraigado a la intrahistoria y dentro de estas Ocho lecciones sobre el vacío con final feliz que, pese a su espiritual título, es un ejercicio, como ella afirma, de «realismo CNN».
En vivo y en directo. Pero cuando se refiere a ello, no conviene confundir su intención con el periodismo televisado o retransmitido en directo que suele ejercer esta cadena internacional. No. Hay aquí una crítica bien explícita a una forma de trabajar en la que se hace de la guerra -entre otros muchos desastres naturales o no- una forma de espectáculo. El «realismo CNN» de Marina Abramovic es demoledor, pese a que juega, intencionadamente, con la descarada estetización de unas imágenes en las que una serie de niños juega a la guerra como si ésta fuera el pan nuestro de cada día (así es en su caso), pero tal cual parecieran sacados de un anuncio de una conocida marca de ropa juvenil. «Realismo CNN» de unas guerras que hoy se hacen como operaciones de un marketing televisado que sufren en sus propias carnes unos cuantos y que pueden seguir en vivo y en directo millones de personas. Ya se sabe que, cuando hay una cámara detrás, siempre se busca el mejor plano y la mejor pose.
Por insistencia. Quienes asistimos a la presentación de este trabajo de Marina Abramovic pudimos ver también el documental que recoge el making off del proyecto, en cuya visualización, por cierto, insistió muchísimo la propia artista. Esta película, que dura cerca de hora y media (mucho más que la obra en sí misma), recoge los más íntimos detalles de la gestación del proyecto, de la realización y montaje del mismo, de cómo piensa un título y luego acaba en estas Ocho lecciones sobre el vacío con final feliz. La verdad es que no pone ni quita mucho al trabajo final: curiosidades, detalles sobre cómo se trabaja con niños; cómo se buscan unos exteriores muy concretos; cómo se convive también y en definitiva, con una diva del arte contemporáneo, por otro lado, todo hay que decirlo, mucho más accesible y tratable que otras grandes damas de la escena creativa.
Ocho lecciones... Son ocho lecciones o capítulos que se proyectan en cinco pantallas donde se combinan las escenas «infantiles» con paisajes idílicos de la zona, aparentes refugios para la paz. Las secuencias infantiles consisten en la escenificación de una guerra cuyos soldados son niños. Conviene recordar que el guión de este trabajo parte de la realidad de un país, como tantos otros, en el que los más pequeños están acostumbrados a convivir con las armas o a contemplar cómo la guerra se desarrolla a las puertas de su casa.
Rifles de juguete. Para jugar a esa realidad-irreal, las armas no son reales, sino de juguete, y la casa, que hace las veces de escenario donde se desarrollan las secuencias, está construida a escala mucho más grande de la real. Los propios niños parecen habitar en un mundo de gigantes, en el que, menos las ametralladoras que manejan a la perfección y los uniformes hechos a medida, les viene todo grande. Asistiremos a fusilamientos ficticios, con las armas de juguete traqueteando machaconamente, a juicios sumarísimos... Hasta llegar a ese anunciado final feliz en el que llega la rendición, se amontona toda la metralla en la puerta del refugio y se quema a plena luz del día. Será en ese making off donde nos enteramos de que los niños se resistían a abandonar las armas-juguete de tan bien como se lo habían pasado en el rodaje, mientras se repetía un plano tras otro de algo que es realismo sucio, aunque no parezca tan sucio.
 

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