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Ángel Antonio Rodríguez

Los experimentos, con ideas

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Publicado en El Comercio

Lírico, conceptual, casi cibernético, patentando su claridad de ideas. Así se muestra estos días en Oviedo Pablo de Lillo (Avilés, 1969), en la galería Guillermina Caicoya, donde este inquieto y joven creador mantiene su sólida actitud experimental. Las obras establecen profundas relaciones, a modo de instalación interdisciplinar.
La primera exposición de Pablo de Lillo fue en 1989 en este mismo espacio (cuando aún era la sala Nogal) y, al tiempo que participaba en premios y colectivas, hizo una itinerante con Cajastur (1997) y dos individuales más en Oviedo (Dasto, 2001, y Vértice, 2004). Licenciado en Bellas Artes por la Universidad Complutense de Madrid, trabajó de profesor en La Escuela de Arte de Oviedo y la Escuela de Arte y Oficios de Avilés. En 2005 dirigió un taller en la Semana de Arte AlNorte de EL COMERCIO.
El trabajo de Pablo de Lillo cede gran importancia al contenido teórico y su obra cita, de modo voluntario, a artistas como Liechtenstein, Judd, Arp, Picasso, Philip Guston, Luis Fernández, Paolo Ucello, Mies Van der Rohe, Gerwald Rockenschaub o el joven cubano Jorge Pardo. Esa mixtura de intereses es, para el asturiano, un «bricolage virtual en el almacén modernista para la era de los medios de masas».
La capacidad de Pablo de Lillo para contrastar elementos aparentemente dispares, fruto de la casualidad o la intuición, se filtra bien con su obsesión por la estructuración y la geometría, como herramienta de orden casi eterno. No es extraño que Sol Lewitt, fallecido hace dos años, eligiese en 1993 a Pablo de Lillo (junto con Ramón Isidoro y Hugo O'Donell) para el mural 'Boceto para Wall Drawing 726' durante la exposición del artista norteamericano en el Palacio Revillagigedo, un lujo efímero. Seguramente Lewitt o su entonces galerista en España, Juana de Aizpuru, advirtieron ese interés de los tres asturianos por experimentar el espacio y marcar un camino que conecta con el minimalismo y el arte post-conceptual.
Los nuevos ciclos de luz de Pablo de Lillo sorprenden por su complejidad y su voluntad de inventar símbolos, armazones soñados que resultan más coloristas que antaño pero igualmente subyugantes. El autor sigue declarando su fe en la gramática del modernismo y la forma plana, en composiciones que incorporan frases, alteran significantes y significados, o mantienen sus exploraciones bajo una apariencia lúdica. Su trabajo alterna la preocupación romántica por el dibujo y lo que éste tiene de pulsión de la realidad, con ritmos propios del cómic o el trabajo con ordenador.
En el conjunto expuesto, perfectamente integrado en los 'white cubes' de Guillermina Caicoya, late un constante homenaje a los modelos abstractos del siglo XX, donde Pablo de Lillo estudia los planteamientos culturales con la mirada abierta, aprovechando los sistemas virtuales o los medios de comunicación de masas como unidades metodológicas que se suman a otras variables técnicas (dibujo, pintura, relieve, fotografía) para provocar emociones visuales y procesuales. En los límites que separan el 'objeto artístico' del 'objeto utilitario', el asturiano aporta nociones y visiones en torno a lo habitable, funde arquitectura y diseño, desarrolla infinitas variaciones y plantea, en fin, potentes transmutaciones cromáticas de combinaciones caprichosamente abstractas, formalmente densas y bien bosquejadas. Son construcciones ilógicas pero sorprendentes, para ser aceptadas con naturalidad, sin personajes ni anécdotas. Realidades transformadoras que persiguen la armonía plena.

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