AJIMEZ ARTE

Crítica

Bruno Marcos

Raro

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Publicado en e-norte


Creo que debería dejar el diván aprovechando el verano. Mi problema, o mi virtud, es que lo dejo todo, que nada me satisface. Uno no puede ser, por ejemplo, poeta a jornada completa un año tras otro, o quizá sí, podría fingir que lo soy, que sólo valgo para hacer, de vez en cuando, unos versitos que no habrían de ser especialmente buenos, pero claro algún escaparate debería refrendarme, o, en su ausencia, podría vestir pantalones de cuadros y suéter estrafalario con fular malva y algún tipo de tocado, con lo que mi aspecto me abriría las puertas del parnaso apariencial, que es de lo que se trata, nada de penetrar en la historia de lo sublime.

Ni siquiera se puede ser un artista joven de por vida aunque los haya en el geriátrico. Veo a la gente, siempre con el mismo perfil, que no cambia, que nunca tiene la nariz más grande o el pelo más lacio, que se copian a sí mismos, que se perpetúan como si aspirasen a ser una piedra, y yo que no me reconozco ni en la foto de ayer, que me discuto y me cuestiono, para qué.

Y así que pase la vida, he intentado de verdad derechizarme, he leído las esquelas del ABC con fruición deleitándome y deseando morir siendo duque o al menos marquesito del Bernesga y si no llegar a ser cinco veces grande de España al menos media de mi pueblo. He asistido a sesiones de intereconomía y he visto como se le encanecían las pelambres a ese hombre de mi edad que nació anciano, pero, al final, volvía a lo mío, no voté, y lo habría hecho a un partido que hubiera esperpéntico y misántropo en el que podríamos militar los hombres que parecemos absolutamente normales pero, por dentro, somos raros.

 

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