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Juan Carlos Gea



Juego con los planos de la utopía

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Publicado en La Nueva España


Deberían haber servido como planos para edificar la utopía en este mundo. O como puertas para conducir a los ojos y a la mente de la humanidad entera hacia un misticismo universal. Pero el paso del siglo XX, el fin del sueño modernista y la banalización consumista y tecnológica de las conquistas de la vanguardia, los patrones formales creados por el suprematismo, la Bauhaus, el neoplasticismo y los demás apostolados del arte geométrico quedaron justamente en eso: en patrones integrados de la cultura de masas, tan accesibles y tan asimilados como, en su tiempos, lo podían estar un adamascado o un motivo art nouveau; y mucho más desde que la pantalla del ordenador y las construcciones virtuales han irrumpido en el imaginario colectivo. Pero también, precisamente por esa omnipresencia y difusión como simbolismo universal, son materiales disponibles para una relectura que los reconduzca al terreno del arte. Así lo ve, y así echa mano de ellos, haciéndolos bascular entre el homenaje y la reflexión histórica, el avilesino Pablo de Lillo (1969), que regresa con «Ciclos de luz permanente» a la misma sala en la que debutó con una individual hace diez años, después de cuatro sin exponer en solitario. 

Pero la antigua galería Nogal era un espacio completamente distinto a lo que es hoy Guillermina Caicoya, y De Lillo ha querido unir conceptualmente la renovada configuración arquitectónica de la sala y las piezas de «Ciclos de luz permanente»: relieves de madera pintada y dibujos que, con vocación próxima a la de la instalación, «se conectan conceptualmente con el cubo blanco de la sala, como si fuera la pantalla retroalimentada del ordenador». Sobre ese fondo inmaculado brotan varios tipos de estructuras en los que De Lillo no ha buscado, sin embargo, replicar la asepsia de las geometrías cuyas matrices construyen los mundos digitales. Todo lo contrario. «No he querido dar a las piezas un acabado industrial, sino dejar a la vista los aspectos artesanales, complacerme en el disfrute al hacerlas, un poco como sucedía con los juguetes-Bauhaus de Feininger», explica Pablo de Lillo, quien resume el efecto final como «una apariencia de exactitud, más que exactitud en sí misma». 

Ese efecto se aprecia sobre todo en las piezas de madera pintada que, a modo de relieves de grosor considerable, ocupan los espacios más visibles de la sala, repartidos en dos tipos de configuraciones. De una parte, estructuras de aspecto arquitectónico, monocromas o policromadas, que se inspiran en la neutralidad «de esos edificios en los que, como muchos de los que proyectan los arquitectos-estrella, parece importar más el contenedor que el contenido y el uso que se les vaya a dar, que muchas veces ni se conoce de antemano»; de otra, formas curvas que remiten a simbolismos «más orgánicos», que presentan, a su vez, delicados, casi invisibles relieves y acumulan capas de distintos colores en las que resuenan, según De Lillo, ecos «del paso del tiempo, incluso conceptos como el del eterno retorno». 

El segundo bloque de la exposición, constituido por una serie de papeles, refuerza aún más la conexión con los ideales de la arquitectura de vanguardias -y su extinción-, tal como fueron formulados en su época de mayor combatividad y ambición. «Hoy a menudo hacemos mofa de aquellos movimientos que quisieron cambiar el mundo y el arte, y de una fe que nos puede parecer ingenua», comenta De Lillo, que, más allá de la ironía, deja traslucir un sentimiento admirativo hacia aquellas posiciones. De ellas rescata su lenguaje -la pureza geométrica- y sus procedimientos -el uso del sistema axonométrico- como «puntos de partida para derivar», transformando «lo que en ellos era construcción de la utopía en un juego de niños»; un lenguaje creativo en el que apoyarse para levantar «de manera intuitiva» proyectos que se agotan en su propia construcción sobre el papel. 

«Lo que me interesa de la arquitectura, y lo que la arquitectura es en muchas ocasiones, es su capacidad para crear apariencias y símbolos», afirma De Lillo, que resume su trabajo en «Ciclos de luz permanente» precisamente como «una transformación de esencias formales en símbolos que tengan capacidad para estimular al espectador». 

A efectos de su propia trayectoria personal, la nueva individual del avilesino le aporta una conquista. «Haber ganado diez centímetros de espesor en los relieves me ha sacado de las dos dimensiones y me ha descubierto muchas posibilidades, así que ahí pienso seguir», anuncia De Lillo. Y remata con una broma: «Si con cuarenta he descubierto las tres dimensiones, a lo mejor dentro de diez años estoy trabajando con la cuarta».


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