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Juan Carlos Gea

Una cabaña heideggeriana en Candás

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Pablo Armesto levanta en un acantilado de la localidad un refugio de madera de 11,5 metros de altura concebido como «un lugar idílico para la meditación»


 
Publicado en La Nueva España




«Poco antes de su traslado a Marburgo adquiere Heidegger una pequeña parcela en Todtnauberg, en la que hace levantar su sencillo refugio. Él mismo contribuye a la construcción con sus propias manos. (...) Todtnauberg es desde ahora el domicilio en su retiro del mundo y a la vez el alto en el que se gesta la tormenta de su filosofía. Desde aquí todos los caminos conducen hacia abajo». La descripción aparece en la biografía Un maestro de Alemania: Martin Heidegger y su tiempo, obra del ensayista alemán Rüdiger Safranski, y retrata con la brillantez habitual en él la famosa cabaña perdida en la Selva Negra donde Heidegger destiló el núcleo de su pensamiento. No es de extrañar que Pablo Armesto (Schaffhausen, Suiza, 1970) anduviese ayer, entre fase y fase del aparatoso montaje de su nueva escultura al aire libre, buscando como loco en su casa de Granda o en la guantera del coche un libro con una cita alusiva al refugio heideggeriano. Al fin y al cabo, Armesto ha levantado en un alto de Candás, en buena parte con sus propias manos, un «Cabañu» que concibe como «un retiro, un lugar idílico para la meditación al que apartarse de vez en cuando». 

La pieza campa desde anteayer al borde de un bosque de eucaliptos, en el promontorio que conduce al faro: dos toneladas de pino silvestre finlandés tratado al autoclave que levanta a 11 metros y medio del suelo una escueta cabaña sustentada sobre cuatro pilotes. De una de sus caras arranca una escalera que incita a entrar, pero no llega al suelo. Es la culminación del proyecto con el que el artista afincado en Gijón ganó hace dos años la beca anual concedida por el Museo Antón, que se complementa y dialoga, en el interior del museo, con la exposición «Entrelíneas»: un ejercicio en el que el siempre inquieto y cambiante Armesto se vuelve hacia lo orgánico, hacia el trabajo «que mancha las manos», después de un período de experimentación con la luz y las nuevas tecnologías como «24 Secuencias», la obra que exhibió en Laboral y en el ZKM alemán como parte de la exposición «Banquete_nodos y redes». 

«No es una escultura, sino una instalación, una intervención en el espacio que dialoga con él y lo modifica», apunta el autor de este «Cabañu» «que es un lugar en cierto modo surrealista, que invita a acceder a él pero que no tiene acceso, como suspendido entre el cielo y la tierra». Una indefinición que se plasma también en la propia configuración de la pieza, «que deja ver», según su autor, «un proceso en su fase intermedia, del que no sabemos bien si es el de su construcción o el de su deconstrucción». La impronta de la intemperie y el tiempo sobre la madera y la instalación, en los próximos días, de una pequeña bombilla que lucirá en la altura cada noche, alimentada por un panel solar oculto, reforzarán ese heideggeriano emplazamiento que es a la vez «retiro del mundo» y «cuyos caminos conducen», en todo caso, «hacia abajo», como apunta Safranski de la cabaña de Todtnauberg. 

La nueva pieza del parque artístico al aire libre de Candás dialogará aún durante unos días con lo que Armesto ha instalado en el interior del Museo Antón. Con unas técnicas muy parecidas de ensamblaje de componentes sencillos -varas de madera de avellano, varillas de metal, alambre-, el artista ha ensamblado la parte tridimensional de «Entrelíneas», una variada muestra que combina instalación, escultura, grabado y pintura para «rendir un homenaje a lo que no se ve». Pero no necesariamente en el sentido metafísico, sino en el puramente constructivo: «las estructuras que se embeben en el hormigón, y que olvidamos que están en lo que construimos». 

Así, la instalación «Sofito», una tupida estructura que ensambla varas de avellano recogidas y cortadas por el propio autor, atraviesa con una malla tridimensional al tiempo simple y compleja el volumen de una de las salas, previamente clausurada. La estructura parece sustentar el espacio arquitectónico, al revés que las piezas más pequeñas -la delicada «Parafito», «Carreña», «Cebatu» o «Del revés»-, en las que Armesto juega a trenzar equilibrios precarios o, en el caso de la última, a invertir la relación entre la malla de la estructura y el sólido, envolviendo éste en aquélla. 

El concepto constructivo y volumétrico se mantiene en los grabados y en las pinturas, pero con recursos de cada uno de sus lenguajes. En el caso de «Entrelíneas», dos obras ejecutadas con técnica mixta y acrílicos sobre un soporte reticulado, son las gradaciones tonales de blancos, grises y negros las que modulan la profundidad de las estructuras que ocupan el espacio; en el de las tres xilografías de la serie «Brotes», la tinta negra con la que Armesto trenza líneas de inspiración orgánica que sugieren fragmentos de ramaje boscoso, se ha estampado sobre relieves que, a su vez, se entrelazan en tramas de forma vegetal.


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