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Crítica

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Antonio Alonso de la Torre García

Sobre como plantar un árbol del revés y preguntarse si sigue siendo árbol

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Texto extraído de Papeles Plástica, edición de la Casa Municipal de Cultura de Avilés, con motivo de la exposición de Iradia Lombardía, del 3 al 30 de Junio de 2009

Iradia Lombardía nace en Pola de Laviana en 1977. De niña se traslada con la familia a Madrid, donde estudia Derecho en la Complutense. Con el tiempo decide dedicarse al arte y realiza varios Master sobre imagen y tecnología digital. Participa en exposiciones colectivas y festivales de vídeo en Alemania, Australia, Dinamarca, España, Francia, Franja de Gaza, Italia, Líbano, México, Portugal y Turquía. En 2005 expone individualmente en la Galería Sopro de Lisboa (Dialéctica láctica) y en 2009 en el Centro de Arte Joven de la Comunidad de Madrid.

Los viajes y la variedad del paisaje la llevan a una continua sensación de extrañamiento, a realizar intervenciones, fotografías o vídeos que exploran nuevos lugares, que se preguntan sobre disonancias y órdenes  naturales, sobre naturalezas sacrificadas o sobre interferencias a las que acabamos habituándonos. Algo de ello hay en Sobre como plantar un árbol del revés y preguntarse si sigue siendo un árbol, descriptivo título de la exposición de Iraida en la Casa Municipal de Cultura de Avilés.

Iraida bajaría con frecuencia desde el verde concejo del alto Nalón hasta otros municipios cercanos, similares al suyo, pero muy transformados y llenos de cicatrices: minas, ferrocarriles, carreteras, industrias, ruidos..., lugares en los que los hombres parecen tener dificultades para asumir su propio paisaje y habitan una tierra empeñada en querer ser de otra manera. Pronto el viaje continuaría por la distinta meseta castellana para tener parada en Madrid, con otro lenguaje, otros ritmos... Como si Iraida estuviera siempre en medio, viajando de continuo, y entre las cosas. No debe sorprender por tanto que muy temprano comenzara a cuestionarse muchas cosas sobre su entorno, sobre cómo este es interferido y reconstruido continuamente.

La intervención sobre un árbol que presenta en la Casa de Cultura de Avilés fue desarrollada el año 2007 en Somao. Esta acción se produjo con más respeto ecológico del que puede parecer en principio, ya que la artista aprovechó los desmontes que por entonces se realizaban para la construcción de la autopista. La intención es hacer una metáfora acerca de un mundo que pretende ser organizado y, sin embargo, se deshace sin cesar. Iraida invirtió el árbol, resultando un árbol con vocación de no parecerse a un árbol, lo que origina cierta incertidumbre en el espectador. Se trata de un proceso que podría ser un land-art a pequeña escala, ya que la intervención redefine de nuevo un elemento natural, como es ese árbol, al que otorga un nuevo significado. El árbol estaba condenado a desaparecer, era ya un elemento inútil que tras ser manipulado hace de su inversión un absurdo que, mirado de otra manera, muestra nuevas soluciones a unas estructuras paisajísticas gastadas y tradicionales. A pesar de ser una acción en el paisaje muy sutil no deja de ser sorprendente. Con su nueva dimensión algo novedoso sucede en el entorno. Este pequeño árbol se convierte en una nota discordante.

En este trabajo creativo se invierten conceptos tradicionales muy arraigados. Nuestra sociedad tiene establecidas unas normas, defendidas incluso por unas leyes que castigan a las que las incumplen. Es la manera que tiene la colectividad de defenderse de los que quieren cambiar las cosas, ponerlas patas arriba, y subvertir el orden. Los que lo pretenden son considerados peligrosos. Quedan marginados y devaluados por rechazar el proceso de homogeneización. También el comportamiento de este árbol es irracional porque se enfrenta a la normalidad, ¿dónde quedan las leyes sobre las que se sustenta su verticalidad? Con algo que parece tan inocente se cuestiona lo que parece incuestionable, se perturba un sistema, un orden. Se inquieta el reposo de una sociedad adormecida. Por si fuera poco se pone en cuestión la autoría de la intervención al aparecer fotografías de los autores materiales del trasplante, personas que aportaron experiencia, herramientas, opiniones... Algo impensable en una sociedad que sobrevalora la firma cotizable de un artista. Por esta razón este pequeño árbol volteado, con las simbólicas raíces al aire, sugiere la relatividad del sistema y su fragilidad.

Sin embargo en este tipo de transgresiones es donde habita la imaginación, la fantasía sin normas. Este árbol insumiso pone en entredicho la noción de orden. Con él se entra en un tiempo de duda en el cual el hombre ya no se siente capaz de dominar el mundo, ya no puede regular el entorno a su gusto. La buena y maternal naturaleza rompe su domesticada armonía y retrata nuestros conflictos. El árbol invertido posee ese alto grado de intensidad y extrañeza que transmite la angustia de un cuerpo mal desarrollado. Una angustia que es en realidad una crisis, una oportunidad de la que han de surgir nuevos mundos que, a su vez, también serán desmontables, que podrán adaptarse a nuevos tiempos y montajes. Porque aunque las cosas parezcan organizadas bueno es que se deshagan y reemprendan sin cesar.

El árbol airea sus raíces, sus secretos y miedos, y nos recuerda que aunque el hombre entierre las suyas, ahí están, repletas de animalidad. Y no nos vendría mal hacer como él y liberarlas. Por eso el arte necesita de creaciones como esta que conduzcan a espacios de tensiones, a abismos contradictorios que generen preguntas y avances. El ser humano tiene la necesidad constante de conocerse, de renovarse y de articular sus contrarios. Raíces y hojas, unas realidades opuestas y complementarias que pueden conformar un nuevo ser. Como este árbol, por fin libre y sin vinculaciones.


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