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Ángel Antonio Rodríguez

De luces, hallazgos y tensiones norteñas

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Publicado en El Comercio

Javier Victorero (Oviedo, 1967) ha inaugurado una nueva exposición individual en la sala Robayera de Miengo que estará abierta hasta el 27 de junio. Por este prestigioso espacio cántabro sólo habían pasado hasta ahora cuatro asturianos (Camín, Miguel Galano, Pelayo Ortega y Javier Riera) en una ambiciosa programación que acaba de cumplir veinte años con la participación de otras figuras como Tápies, Chillida, Baselitz, Juan Muñoz, Cristina Iglesias, Gordillo, Markus Lüpertz, Barceló, Jaume Plensa y Juán Uslé.
El reto es, pues, muy importante para Victorero, que lleva tres años preparando esta exposición, que cuenta también con un atractivo catálogo con textos de Dámaso Santos Amestoy.
Escribe este febril amante de la pintura que Victorero lleva tiempo tratando de encontrar su 'verdad' y enamorándose de esa tradición iluminista que el crítico dice percibir en sus lienzos. «Los nuevos recursos geométricos y los hallazgos espaciales -dice- deben su desarrollo a la prosecución en pos de aquel fulgor de la pintura que sólo se produce en el límite de la visibilidad. Pintura de otra luz, no es de extrañar que tenga escasos precedentes actuales».
Verdades
Pintura de otra luz, otras maneras e idénticas verdades que ya se advertían en la anterior exposición de Victorero en Gijón (Cornión, enero de 2006) donde los planos geométricos se transmutaban en música, porque este poeta de la luz compone melodías con sus azules, verdes, ocres, amarillos, rojos, blancos rotos y negros que cimbrean, entre compases armónicos, dudas, satisfacciones, miedos, sentimientos y vacíos mundanos. Ya cuando en 2004 ganó el Premio de la Junta General del Principado con 'Jardín para Boticelli', un hermoso lienzo amarillo-cadmio («color de plenitud, luz y naturaleza»), sus lienzos evitaban todo azar para ordenarse pasionalmente, entre pinceladas, formas y signos abiertos a realidades constructivas y reivindicativas.
En Miengo cuelgan los frutos ya maduros de aquella siembra. Su obra actual, igualmente delicada, alterna la nebulosidad y la luminiscencia, evitando la ortogonalidad pero manteniendo el rigor estructural y las tensiones, proporcionando composiciones de un equilibrio tan sensato como difícil de traducir con palabras.
Al margen de discursos militantes, la obra actual de Victorero demuestra, como señala Amestoy, que ni la pintura figurativa, si es verdaderamente pintura, se compone de imágenes, ni la (mal) llamada abstracta es menos figurativa que la del ilusionismo tridimensional. Estamos ante un pintor para pintores, con las alegrías o sinsabores que esa virtud conlleva. Pintura norteña, quizás, pero sobre todo pintura ajena a las miradas superficiales, incapaces de advertir el misterio y captar eso que llaman 'emoción estética' que presupone, entre las muchas inquietudes del ser humano, una particularmente válida para sentirse vivo ante las obras de arte.

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