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Bruno Marcos

El museo sin musas

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Publicado en e-norte.org
Se dice que la palabra museo proviene del vocablo latino museum y del griego mouseion, lugar dedicado a las musas, y, cuentan que estas musas servían de vínculo entre lo divino y lo humano inspirando a artistas, músicos y poetas.
Es llamativo el relato del final de Orfeo. La leyenda mitológica narra que el músico prodigioso habiendo perdido, por segunda vez, a Eurídice se entregó a una vida disipada con ménades y bacantes, hasta que, un día, estas, sin motivo aparente, lo despedazaron y lo arrojaron al río. Las musas recogieron flotando del agua los restos y les dieron la debida sepultura.
Unas versiones dicen que Baco ordenó asesinarlo porque se oponía a su culto, otras, que las mujeres tracias, que disputaban por su afecto, fueron las homicidas, encolerizadas ante su promesa de no volver a enamorarse.
Así, aquel músico que apaciguaba a la fieras salvajes, que, incluso, hacía que la naturaleza detuviera su curso para escucharle, y al que, en gracia a su talento, Hades y Perséfone le permitieron bajar al reino de los muertos para rescatar a su amante, perecía sin una explicación clara.
Podemos interpretar, hoy, el relato de la muerte de Orfeo como una alegoría en la que vemos que el ser humano, sin ambición de lo verdadero, sucumbe, víctima de alguna fuerza oscura y destructora: la inercia dionisíaca frente a lo apolíneo, la bacanal, el aquelarre, toda suerte de convocatorias pavorosas de un placer que abandona lo racional.
Es posible, también, relacionar el mito a los más cercanos herederos del vocablo clásico de museo: ¿Son los museos del linaje de las musas que sepultaron los despojos de Orfeo?¿Son realmente los museos los intermediarios entre, no ya la inspiración y los artistas como se decía en la antigüedad, sino entre ellos y la sociedad, o, realmente, unos manipuladores que confunden?
Los principales puntos cuestionados por algunos miembros de la comunidad artística en la actualidad son aquellos que hacen referencia al deseo explícito de los museos de arte contemporáneo de convertirse en galería de galerías que comercializa no ya colecciones de objetos sino falsos acontecimientos, acercándose a una progresiva equiparación de la producción artística con los bienes de consumo y su consiguiente banalización.
La parte del sector más aferrada a las derivas marcadas por las galerías de arte comerciales ha visto en el componente legitimador de los museos su aval económico cuando no su cliente más seguro y menos reticente pero la realidad es que los objetos artísticos están ya desfasados frente a los simulacros que se despliegan y cobran existencia más en los medios de comunicación que en el propio museo que se supone que los alberga. Se deja, así, al desnudo una identificación total entre cultura e industria cultural combinando el prestigio histórico de la institución museística con el espectáculo mediático. Pero lo más preocupante del asunto es que subyace la sensación general de que, en la base primaria del proceso en el que se da visibilidad a lo artístico, estén los agentes que generan la realidad y sus interesados filtros. El interés de dichos agentes obviamente, no puede ser otro que el de cosificar lo artístico para convertirlo en un fenómeno de pactada obsolescencia, fungible, de consumo, de usar y tirar, inefectivo socialmente, desintelectualizado. Por lo visto, para algunos, el estado debe pagar con el dinero de los ciudadanos megagalerías dedicadas a legitimar con el baño museal la producción de una realidad narcótica.
La cuestión es saber qué significan los museos del presente además de una contradicción absoluta. Seguramente el plan museográfico más idóneo tendrá que ver más con el pasado que con un presente que se nos muestra totalmente viciado por la deriva postmoderna. Probablemente se trate de un museo en las coordenadas del proyecto moderno de aquella ilustración insatisfecha de la que hablaran hace tiempo más que de cualquier otra cosa. Es decir poner, de alguna forma, en cuarentena el presente.
Sin lugar a dudas, y a pesar de cualesquiera planes museográficos que se diseñen, lo que nos espera, no ya en los museos del presente sino en los museos del mañana es una glotonería suma seguida de una bulimia que impedirá que nada trascienda. Por eso hay que diseñar museos ágora que proporcionen una experiencia del conocimiento en la que el presente sea puesto en la mirada a partir – y por qué no– del pasado.
Se torna urgente poner en cuestión las colecciones de objetos que pretendan mostrar las épocas a través de ellos y articular auténticas contextualizaciones sí, pero estas han de ser absolutamente objetivas, científicas -si eso fuera algo más que una quimera- para que el visitante no salga sintiéndose tan sólo partícipe o no de una teoría del gusto sino dueño de un conocimiento. En estas misiones los touroperadores que asaltan el poder de las instituciones museísticas más poderosas resultarían analfabetos funcionales.
Claro que esta opción será tachada de ser una nostalgia del discurso, una melancolía exasperante frente a la plenitud de estómago que nos proporciona la cultura basura; pero quién no se ha de sentir al poco con tanto ketchup saturado de sabor y totalmente insatisfecho.
Orfeo despedazado, triturado y envasado. Estamos como cuando los futuristas, el museo es el cementerio del arte. Ninguna de las nueve musas parece habitar ya en esos museos sino, más bien, estos parecen estar superpoblados por bacantes.

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